NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Los tambores de guerra son tambores de hambre

    El amor se conquista por el estómago y la guerra se declara en contra de él. Por ejemplo, una forma de darme cuenta que mis padres habían discutido seriamente era cuando la olla permanecía vacía durante días. Digamos que es algo así como una guerra de desgaste: mientras más hambre se pase, los argumentos serán mejor aceptados.

    Lástima que no me enseñaron a cocinar del todo para subsistir en la jungla de cucharones y cuchillos, pero al menos sé lo básico como para ayudarme buscando en Internet las recetas que acompañen al arroz blanco. Como reza el dicho, de la necesidad se aprende a subsistir. No queda otra que aprender cosas más sofisticadas para darme el gusto -y el disgusto en mis primeros ensayos-.

    Me acuerdo de mi madre cuando me hablaba que su abuela le enseñaba con sumo rigor los secretos de la cocina familiar. «Ahora ya nadie aprende con dedicación lo que es planchar, cocinar, atender a los hijos… como yo lo hacía con tu abuela. Eso era antes, y yo como cojuda tomándole la palabra», lo dijo con una sonrisa amarga, con ese espíritu feminista que la caracteriza cuando da la contra a los estándares machistas, solo que por amor tuvo que doblegarse para besar sin remordimiento a mi padre, un expolicía chapada a la antigua.

    Si estoy escribiendo esto ahora es porque muero de hambre. No obstante, me alivia saber que la dura circunstancia se debe en aras de la libertad de la mujer que me trajo al mundo. No debería tenerle riña, por más que sea una víctima del daño colateral de sus decisiones, pero en algún momento imaginé que iba a suceder mi iniciación en la cocina. Además, así creo poder comprenderla mejor. Si ya me está dando flojera cocinarme por un día, ¿cómo habrá hecho ella para soportar esa rutina por más de 25 años? Incluso, tener que soportar las críticas de un señor cuadriculado.

    Para bien o para mal, me pondré el mandil a partir de mañana. ¿Te sabes alguna receta sencilla y barata para compartirme? Cualquier ayuda es bienvenida.

    Foto: Mattbuck – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    agosto 15, 2014
    Artículos
    Cocinar
  • De niño me prohibían ver ‘El Chavo’

    Tener 25 años hace que uno se pregunte por las cosas que han forjado su carácter, desde los elementos más inherentes de nuestra personalidad hasta las circunstancias más ajenas a nuestra responsabilidad. Quizás decir 25 años es algo precipitado, pero estadísticamente está bien posicionado por ser la mitad del 50, cifra en la que uno ya piensa en jubilarse y en los futuros nietos. Entonces, hacer una retroalimentación ahora nunca está de más. Es como desfragmentar el disco de tu computadora para que esta funcione mejor en el futuro.

    Dentro de todas las cosas que han forjado mi identidad, una en especial me he llamado la atención. En realidad, no es tanto ‘algo’, sino la ‘ausencia de algo’ lo que hizo de mí un joven amargado de las tendencias infantiles de mi época. Sucede que mi padre me prohibía ver ‘El Chavo del 8’. Sí, tal cual como lo lees. La razón me pareció lógica en su tiempo: ver a adultos interpretando el papel de niños me convertiría en estúpido en el futuro.

    Esta confesión ha sorprendido a varios de mis amigos, quienes se sorprenden de mi ignorancia sobre el programa de Chespirito. Hace unas horas me enteré qué era ‘Agua de Jamaica’. Incluso, ver los viejos episodios en el Canal 4 me parecen todos nuevos, ya que no he visto ninguno. Si esto me pasa recién, ¿te imaginas cómo debió ser en Inicial o en la Primaria? Los niños se divertían interpretando los papeles del sketch mexicano, mientras que yo me hacía a un lado juzgándolos de futuros idiotas en silencio.

    Ahora creo que el idiota siempre fui yo al no endulzar mi niñez con tan espléndidos personajes. En realidad, ni fue tanto mi responsabilidad, porque mi padre me lo prohibía de raíz, hasta llamaba a la casa preguntando si veía ‘El Chavo’ y yo, inocentemente, confesaba mi desobediencia y cambiaba de canal por el resto del día. Siempre he sido un niño muy disciplinado, solo que esta vez parece haber jugado en mi contra.

    No me arrepiento, al menos esa dura regla de mi padre hizo que distraiga mi atención en otras actividades. ¿Cuántas horas de vida habré ganado si sumamos todas las horas que habría perdido viendo ‘El Chavo’? Imagino que la cifra es menor a las horas que los fanáticos dedicaron a ver a Gokú en la caja boba. Sí, tampoco veía ‘Dragon Ball’, pero eso ya es otra historia.

    Foto: Evert F. Baumgardner – National Archives and Records Administration. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    agosto 14, 2014
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    Dragon Ball, El Chavo, El Chavo del Ocho, Gokú, Infancia, México, Series, Televisión
  • El hombre del saco de yute (4)

    -¿Has viajado alguna vez?- Pregunta Karem, mientras se cambia detrás de un arbusto muy grande de un parque por Lince. Su dorso desnudo está cubierto por la luz amarilla de las calles. Jano está sentado en la vereda, cuidando de que nadie vea el cuerpo de Karem entregado al viento en la oscuridad de la noche.
    -Por su puesto, viajo todo el día-, dijo Jano, extrañado de la pregunta.
    -¡Pero te preguntaba si a otro país!-, repuso, riéndose, Karem al tapar sus pechos con el antebrazo, pues se le cayó el polo al césped.
    -¿Pero qué diferencia hay entre viajar miles de kilómetros y unos cuantos metros? Puedo estar a metros de ti, y no verme, y sentir mi ausencia como si me fuera a otro continente-, respondió Jano, mirando la pista por si vienen policías.

    El parque es grande, queda cerca del Touring, una academia de manejo muy conocida en Lima. Los árboles son grandes, de eucalipto, y dejan una sombra perfecta para una visita íntima. Unas cuantas parejas se encuentran en el parque ahora, viéndose a los ojos tras cada beso. Jano las mira con curiosidad. “¿Hace cuánto tiempo que besé a una mujer?”, se pregunta, mientras observa las hormigas de la vereda.

    Karem sale del arbusto con su traje morado, tal como la noche anterior. Desde que se conocieron, ha dejado de consumir sus pastillas pese a haber confesado que era adicta a ellas de tiempo atrás.

    Luego de ver a las parejas profesándose amor, Jano mete una de sus manos a su bolsita de yute para arrancar la esquina de una de las hojas para comérselas.

    -¿Tienes hambre? Deberías comer otra cosa-, propone Karem, quien se sienta a su lado para ver qué tienen esos papeles de verdad. Aunque Jano contó que eran poemas, nunca pudo ver ninguno de ellos completos, es más, ni una sola letra, ya que Jano pega sus labios al borde de la bolsa de yute para masticar las esquinas sin que nadie vea el contenido.
    -Sí, me ha dado hambre. Pero ya te dije, no es cualquier hambre. Vayamos a caminar, que debemos buscar lugar poder descansar-, contestó, al momento que tragaba el pedazo de papel. Sentía que los pliegues arañaban su garganta, pero el dolor es nada a comparación de la hambruna incierta que sufre Jano.
    -Antes de ir, quisiera que me cuentes más de esos papeles. ¿Por qué los escondes tanto?-, preguntó Karem, acercándose a Jano sin los temores de antes.
    -Son poemas, ya te dije…-, contesta, sabiendo que esa frase la ha repetido mil veces.

    Karem lo mira con detenimiento. Mira los ojos de Jano, ve cierta verdad en sus confesiones, a pesar de que no sean de gran envergadura. Ve cierto miedo en él, en sus iris oscuros que se abren de par en par, como cobijando a Karem en sábanas de color café, dándole calor pese al frío de las calles.

    -Eso ya lo sé. Te pregunto sobre qué dicen. Dices siempre que son poemas, pero no has leído ninguno-, pregunta Karem con cierto temor al ver a Jano viendo el pavimento como si no la escuchara, como si la certeza de sus dudas fueran puñales que acribillan su espalda.
    -Vámonos, ya no quiero hablar de esto-, la miró con ojos desafiantes, pero con el brillo de un animal herido, lastimo y, sobre todo, con un apetito insaciable.

    Ambos se levantan incómodos de la vereda. Jano se toma de la cabeza, esconde su bolsa de yute en los bolsillos y mira alrededor para conseguir un tema de conversación. Hace una retrospectiva, se acordó de la primera consulta de Karem, apuesta por recobrar ese tema de conversación.

    -¿Tú sí has viajado? ¿Has salido de este país?-, Jano la mira en silencio, sabiendo que busca remendar su falta de tacto.

    Ella lo mira resentida. “¿Para qué responder sus preguntas si no me quiere contar nada de sus estúpidos poemas?”, se preguntó. Solo atinó a ver las vayas publicitarias, entre las muchas que habían, se fijó en una que estaba ubicada en el paradero, en esos anaqueles de vidrio con luces fluorescentes: era de la aerolínea LAN que promocionaba paquetes turísticos a Buenos Aires.

    -¿Te gustaría ir a Argentina?-, preguntó Jano, tratando de adivinar la especial atención que Karem tenía en sus ojos. Nuevamente, ella solo aprecia el afiche sin tomarse la molestia de responder.

    Los ojos de Jano observan el afiche para ver qué tanto llama la atención. El póster parecía una hermosa postal de la ciudad gaucha, una fotografía panorámica de la ciudad con el obelisco de Buenos Aires al centro del encuadre. Jano ve a Karem con cuidado, tratando de no despertarla de su viaje imaginario. Sus dedos chocan de casualidad y solo los pulgares se unen sin soltarse. Karem aprieta el dedo de Jano, cerrando los ojos como si tratara de hundirse en el plano fotográfico. Pero por razones de miedo, de viajar a un país desconocido con un extraño, la despierta súbitamente del letargo. Mira a Jano a los ojos, tiembla de una pierna y se echa a caminar sola, soltando el dedito de su acompañante.

    -¿Te gustaría despertar en Buenos Aires un día? Creo que sí te gusta el sitio-, preguntó nuevamente Jano, buscando piedad en la dureza de Karem, quien no se atreve a verlo mientras camina a cualquier sitio.
    -No tengo mucho dinero ahora como para llevarte, solo mírame si es que te hablo-, ruega Jano con los ojos grandes y tristes. A pesar del gesto, ella sigue su camino hacia ningún lado.

    Caminan por más de treinta minutos sin cruzar palabras, hasta llegar un generador de electricidad abandonado, esos que pululan entre las casas sin rejas de por medio. Ella saca de las manos los cartones que Jano coleccionó horas antes para echarse en el suelo. Karem se echa viendo la pared y, en menos de un minuto, sus respiros confirman que está en los brazos de Morfeo.

    La tristeza de Jano es profunda, porque hizo daño sin querer a quien se preguntaba inocentemente por sus poemas. Resulta extraño cómo los miedos más profundos, esos que quieres evitar exhibir, puedan herir incluso cuando no se confiesan, como si el solo secreto de esconderlas pueden dañar el ánimo de quien nos quiere.

    Se acerca donde Karem para darle un suave beso en la mejilla mientras duerme. “Discúlpame”, dice con voz quebrada cerca de la oreja de Karem. Antes de irse, abriga con cartones de más el cuerpo de la joven, quien instintivamente siente más calor de lo normal y su cuerpo se arrulla, abrazándose a sí misma. “Dormiré en el suelo ahora, pero ya qué importa”, se dijo, mientras volvía por el mismo camino, pero armado de una gran roca y un pedazo largo de metal oxidado.

    Antes de abrir los ojos por la mañana, Karem sintió que había dormido sola toda la noche. Instintivamente, pasa las manos por sus alrededores para sentir la presencia de Jano. Comienza a sentir miedo, sus respiros son más fuertes: él había desaparecido.

    Luego de estirar su pequeño cuerpito echado en el suelo, ella abre los ojos llevándose una gran sorpresa: la pared gris que ayer apreció antes de dormir estaba cubierto por el póster de LAN con la gran ciudad de Buenas Aires, cuidadosamente situado para que cubra la vista de Karem al despertar. “Lo lograste, Jano. Desperté en Buenos Aires”, se dijo, apreciando con una sonrisa el detalle.

    Foto: freepix.eu. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 31, 2014
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    Cuento
  • Ese trauma de niño…

    De niño tuve un trauma que aún perdura hasta nuestros días. Mi madre y mi hermana me acusaron sin pruebas de haber robado cierta cantidad de dinero. Habré tenido trece años, recuerdo, esa noche que ambas me gritaron y me castigaron por algo que nunca hice. Tanto lloré clamando mi inocencia que tenía por pañuelo una toalla grande para sonarme la nariz y quitarme las amargas lágrimas de las mejillas.

    Luego de un par de horas de tenso escarnio, mi hermana halló el susodicho dinero bien escondido detrás del televisor, sitio en el que ella misma lo había dejado, solo que se olvidó dónde. Tras descubrirse esto, se acercaron a mí para comprar mis disculpas con un helado que, por cierto, no recuerdo haber comido.

    Desde entonces, cuando me siento la más mínima desconfianza sobre lo que afirmo, me agobia una tristeza tan dura que me conmueve hasta recaer en el solipsismo, una creencia metafísica de que lo único que uno puede estar seguro es de la existencia de su propia mente. Quién más que uno mismo es testigo de primera mano, abogado de oficio y juez dirimente de sus propias afirmaciones. Lástima que la garantía de éstas últimas recaen en la confianza de quien aprecia la narración, por más que esta sea mimética, veraz y fiel reproducción de la verdad observada.

    Ahora pensaba sobre qué hacer cuando la persona que te escucha no da crédito de lo más noble uno puede hacer para exhibir el interés y cuidado que se tiene por ella. Duele, de cierta manera, los cuestionamientos de acto producido por el desinterés más puro que afirma las sensaciones percibidas, porque es como boicotear o corromper algo que sencillamente es por lo que es, y no es por lo que queremos que sea. En cristiano, por ser meticulosos en interpretaciones intencionadas, no apreciamos las formas más humildes y elementales de cualquier afirmación.

    Duele, para terminar, ser juzgado por el miedo, ser incapaz de señalar con el dedo el pedazo de alma que atestigua su comportamiento en soledad, momento en el que esta se desnuda derrochando sinceridad.

    Foto: Odd-Wad / Deviantart. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 18, 2014
    Artículos
    Verdad
  • Lo que nadie se imagina 8

    Javier Peña cuelga el teléfono de su casa con una sonrisa: iba a pagar un buen precio por el asesinato de su esposa Elsa Mariño. Se sienta en el sofá y trata de ver la televisión pero no puede. Su mente, en realidad, solo piensa en cobrar venganza por la infidelidad de su mujer, que en esos instantes había salido a trabajar.

    «Quiero que la mates junto a su amante», había ordenado Javier al experto sicario con quien prefirió nunca verse personalmente para evitar sospechas. «No te preocupes, a penas termine mi trabajo, te llamo para el dinero», dijo el asesino que hace un par de días había llegado a Lima desde Bogotá para probar suerte en el mundo del hampa.

    Las horas avanzan y Javier no tuvo mejor idea que distraer la mente con callejeras. A sus 45 años no iba tener la misma suerte que a sus veinte, por lo que cogió el diario para revisar las ofertas de la sección ‘Relax’. Una vez escogida la presa, cogió el teléfono nuevamente para saber la tarifa y coordinar el encuentro. «Te espero, guapa, no llegues muy tarde», dijo antes de colgar con una mueca de sonrisa estúpida.

    Ambos pactaron en verse en un cuarto de hotel. Javier, siempre puntual, llegó unos minutos antes, por lo que separó de una vez la habitación e ingresó al dormitorio. Revisa el celular y ve que el sicario aún no ha llamado. Se desviste tranquilo, se mira al espejo y siente la energía de volver a comenzar su vida lastimada por la soltería crónica. En este caso, una viudez a contrato de sangre.

    Tocan la puerta y Javier la abre semidesnudo. Su dura erección -ayudada por el Viagra- comenzó a decaer dramáticamente, pues tiene al frente a su esposa. Ella ingresa al cuarto y cierra la puerta con suma prisa para explicar por qué ejercía el trabajo más antiguo de la humanidad. Javier hace oídos sordos, no deja de gritar que su futura difunta esposa es una puta.

    A quince minutos del acalorado encuentro, alguien llama a la puerta. Era un joven moreno, considerablemente algo y pregunta por Elsa Mariño. Ella, entre lágrimas, responde a su nombre. No pudo ni preguntar el motivo de la visita, pues dos balas atravesaron su cabeza. Absorto por la escena, Javier es un cuerpo inmóvil, tenso hasta los nervios que traicionaron su capacidad de respuesta inmediata. Otros dos disparos acaban con su vida, y su cuerpo inerte cae encima del cadáver de su esposa.

    La policía llega tras la urgente llamada del dueño del hotel. Entre los objetos personales hallados en la escena del crimen, resaltan las billeteras con dinero de las víctimas y un teléfono celular con 56 llamadas perdidas de un número desconocido.

    Foto: Yumi Kimura – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 12, 2014
    Artículos
    Asesinato, Bogotá, Celulares, Colombia, Crimen, Cuento, Hostal, Hotel, Mandar a matar, Noticia, Sangre, Sicariato, Sicario, Violencia
  • La presencia de quien no está

    Sin tener nombre eres llamado
    en voz baja que acaricia el silencio.
    Existes y no existes en algún espacio,
    en algún tiempo, en algún universo.

    Te hiciste presente de la nada,
    ¡que la nada contigo existe!
    Convives en lo etéreo, esperanza
    de que te unirás a los destinos.

    Lejos como reflejos de estrellas
    parece que me escucharas infinito
    de atención. Y te veo menos lejos
    cuando te acerco en imaginación.

    Los suspiros alimentan tu vida
    fugaz como caricia de vendaval.
    Testigo te hago en estas líneas
    sobre la presencia de quien no está.

    Foto: palangifiles.com. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 12, 2014
    Artículos
    Poesía
  • El hombre del saco de yute (3)

    “¡Pero qué carajo hago aquí”, se preguntó en su pequeña mente un hombre disfrazado de un saco largo y grueso de color morado, y unos calzados valerinas que, por ser muy chicos, parecían pantuflas pequeñitas. La gente lo miraba extrañada, pero sus movimientos firmes daban creer que solo era esos extranjeros chiflados que vienen a gastar su dinero en los casino de Miraflores.

    -Sírvase, señor, aquí los bocaditos que invita la casa-, dijo el mozo del casino Atlantic City, ubicado en las primeras cuadras de la Avenida Benavides.

    Jano estaba simulando jugar en una máquina tragamonedas. Él era muy torpe con el funcionamiento del dispositivo y hacía que metía monedas para luego pedir comida gratis con la mirada.

    -Thank you, sir-, respondió Jano, la única frase que aprendió gracias a Karem, quien se la enseñó para hacerse pasar como turista. De esta manera, la seguridad y los mozos podían servirlo sin mayores inconvenientes.

    Karem ya había hecho el mismo truco con un polo extra que tenía en su bolso, por lo que solo faltaba que Jano comiera del exquisito banquete del lujoso hotel. Los techos eran muy altos, la luz brillante y las señoras, armadas de cigarros, no dejaban de alar la palanca de la suerte para conseguir más dinero. No es un secreto que nadie esté satisfecho con su pensión de jubilación mensual.

    Jano veía a Karem quien se pegaba a una de las largas lunas poralizadas para ver cómo se desenvolvía. Ella cargaba con todas las cosas de Jano en el exterior del casino, incluso con la bolsa de yute que guardan los poemas del mendigo. Karem era una buena chica, no se atrevía a ver lo que tanto ocultaba Jano, pues este no dejaba a nadie ver esos papeles. Eran todo un misterio, Karem no se atrevía a preguntarle sobre el contenido de esos papeles, porque Jano guardaba un silencio mortuorio sobre el tema. Ni si quiera cambiaba de tema con educación, solo miraba a los ojos a Karem y respondía cualquier otra cosa sobre la situación inmediata, como dónde ir a comer o descansar un rato. Sin duda, Jano no quiere hablar más del tema, como si lo hiriera o notase que tiene más debilidades que fortalezas. ¿Pero por qué diablos se comería el papel? Karem se rasca la barbilla pensando en una respuesta lógica a esa manía alimentaria de Jano. Siempre decía tener hambre, pero nunca parecía satisfecho.

    El disfraz había ayudado bastante, Jano ya se sentía completamente lleno de estómago, pero, ya saben, el misterio de una hambruna voraz aún lo consumía. Estaba dispuesto a salir cuando un guarda de seguridad advierte sobre el dinero que arriesgó en el juego del azar: las cámaras de vigilancia notaron que nunca jugó, solo pasaba entre las máquinas y se iba muchas veces al baño.

    -Señor, nos puede acompañar, por favor-, lo tomó del antebrazo un guardia de seguridad. Su gigantesca mano cubría casi toda la extremidad del pobre Jano.
    -Thank you, sir-, respondió mecánicamente, como si fuera una máquina contestadora.
    -Oh, carajo… Excuse me, sir. My boss wants to talk with you-, cambió de idioma inmediatamente el guardia de seguridad, jalando con más fuerza el antebrazo.
    -Thank you, sir-, volvió a responder Jano.
    -Did you understand my question?-, vuelve a consultar el guardia, quien se detiene un rato para ver firmemente al falso jugador, quien parece temblar por la dura mirada.
    -Thank you, sir-, repitió Jano, pero más tembloroso, la única frase en inglés que Karem le había enseñado.

    Un golpe en seco hace caer al guardia, mira al agresor: era Karem quien estaba armada de viejo bastón de madera. Sin preocuparse de dónde lo sacó, Jano toma de la mano a Karem para huir del local, no sin antes sacarse las balerinas para correr a toda velocidad a pie calato.

    Los gritos de viejas adineradas comienzan a poblar la sala, el sonido de monedas chocando entre ellas se silencia. Al final, Karem y Jano logran escapar sin un rasguño. Se subieron a cualquier bus para solo huir entre la gente, no tenían el dinero suficiente para un taxi. El cobrador ni se tomó la molestia de cobrarles el pasaje: bastaba con ver su desesperación por sobrevivir en las calles.

    El vehículo comienza a andar por la avenida Benavides. Karem, quien está sentada junto a la ventana del bus, observa a una pareja discutiendo frente al edificio Leuro, justo al frente del casino donde habían escapado. Se trataba de un joven de cabello largo, amarrado por una pañoleta, y una joven muy hermosa de bolso grande y vestida de negro.

    -¿Qué miras?-, le pregunto Jano, ya despreocupado por una posible persecución. En su sano juicio, ¿a quién le pagarían por solo querer comer?
    -A esa pareja… Tienen algo que me llama la atención, como si se quisieran besar, pero no lo hacen por miedo, a pesar que se toman de las manos-, cuenta mientras se pega al hombro de Jano. El susto hizo de Karem alguien más dócil.
    -No seas fijona, tenemos que bajar en la siguiente esquina. Está haciéndose más tarde. Felizmente, yo fui el último en comer en ese casino. Debemos prepararnos para la noche-, recomendó Jano, quien se sorprende por planear en momentos de incertidumbre el futuro de los dos, como si se necesitaran sin haberlo siquiera mencionado.

    Karem no quita la vista a la joven pareja, cual se pierde entre las calles, edificios y gente: una historia en suspenso mientras el resto de mortales andan de un sitio a otro buscando el camino más corto, piensa. Trata de acomodarse el mechón que fastidia su vista y se da cuenta que no puede mover la mano: Jano aún la tiene sujetada desde el escape del casino.

    Foto: Casino Marina Del Sol – Flickr. Bajo licencia Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 2, 2014
    Artículos
    Cuento
  • Tras bambalinas de la modorra

    La mira sabiendo que en menos de cinco minutos caerá rendida a los brazos de Morfeo. Él apaga las luces e inútilmente se acuesta a su lado tratando de no despertarla. La empresa es imposible de por sí: un sofá no es el espacio adecuado para que dos personas pernocten plácidamente. Pero, digamos, que para ellos la comodidad es lo de menos, pues solo aspiran a despertarse juntos con un beso de desayuno.

    Él la abriga con una ligera sábana y aprecia su rostro gracias al tenue haz de luz que se cuela desde las rendijas de la puerta. La mira como si se tratara de un cuerpo sacro digno de adoración. Se hace espacio en el borde para tratar de no tocarla, la mira con sumo detalle y la besa en la frente como anticipando algún mal sueño que pueda introducirse por su cabeza. Ella duerme, no hace más que respirar para seguir con vida en lo más profundo del REM, mientras él anda más preocupado por no despertarla. Ya agotado por el trajín del día, las 3:30 a.m. fue la hora en la que él decidió sumirse en la profundidad del sueño junto a su amada…

    Ella despierta una hora después. Besó por breves segundos a su fiel compañero, pero él no respondía. Al menos, no como otras noches que ambos convivían en el mismo uso horario, pero esta vez fue distinto: el cansancio hizo que ambos vivieran en estados distintos del tiempo. Pone su brazo sobre el pecho de él, nota que su cabeza no reposa sobre la extremidad de su amado y, en la soledad producida estando acompañada, decidió recostarse dándole la espalda, dedicada a conciliar el sueño. Finalmente, lo logra.

    Él despierta por dolor de espalda, nota que mitad de su cuerpo cuelga del sofá y percibe que ella se dio vuelta dándole la espalda: signo que busca mayor comodidad a costa de dormir juntos. Aprovecha en darle sendos besos por el cuello sin interrumpirla y pasa su brazo por debajo de la cabeza de ella para descansar por fin. Coloca su mano sobre el vientre de ella con la ternura más sincera, soltando un suspiro de ilusión por la felicidad futura. Acomoda nuevamente su cuerpo, se tiende de largo y cierra los ojos nuevamente. El sueño fue instantáneo.

    Ella despierta nuevamente. Lo mira y se pega a su pecho apreciando la delicadeza que tuvo al estar despierto. Lástima que, en esos instantes, él era un autómata salvaje rendido en el descanso temporal. Ella lo besa por unos ratos con la esperanza que despierta, pero fue en vano. Una luz de esperanza: ve que saca su brazo, pero solo se trató de un acto reflejo, aún seguía sumido en sueño. Ella se arrecuesta nuevamente, lo mira por últimos segundos algo triste y cierra sus ojos.

    Despertaron esta vez juntos con las secuelas del maltrato corporal por el reducido espacio. Se miran con los ánimos de una mañana con descanso intermitente. Él se despertó entristecido por no hacerle la noche placentera; ella, por la vana espera de la correspondencia de sus actos, ambos ciegos de la maravilla que sucedió tras bambalinas en sus respectivos sueños: los gestos de un amor incondicional cuando el cansancio carcome el cuerpo.

    Finalmente, se despiden en tiempo récord. Él le pide en vano un beso de más; ella, el recibo del tiempo invertido en una madrugada de seis horas de duración. Pero, querido lector, no se preocupe por ellos. Solo dejaron de dormir para volver a soñar juntos.

    André Suárez Paredes

    junio 22, 2014
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    Morfeo, Sofá, Sueño
  • Feliz día, papá

    Hoy es el ‘Día del Padre’. Para no ser hipócritas, no lo publico en Facebook, pues mi viejo no tiene cuenta, así que mejor dedico una breve reflexión en este blog con la esperanza de que un día sepa él que, efectivamente, escribo más allá de las responsabilidades laborales.

    En mi familia, cuando nos toca celebrar esta fecha, suelo prestar atención especialmente a mis hermanos sin que lo noten. Mi hermana Andrea es un ejemplo de mujer nacional, porque es padre y madre para mi ahijado David, un simpático varoncito de 3 años. Por su parte, mi hermano Alex también es un mérito al hombre peruano al haber enfrentado los nervios de ser papá a los 22 años sin pensar en el aborto. El resultado de dicho desafío ha sido una alegre niña llamada Nicole, quien ahora tiene 6 años.

    Mi padre, Hugo, es un caso especial. No quiero ahondar en nuestras discrepancias, pero ahora -gracias al ayahuasca- estoy internamente en paz con él, aunque él no lo sepa. Sea como haya sido su actuación, la cual no cuestiono, algo es muy cierto respecto al rol paternal. Cito a Gregorio Marañón: «Padre no es aquel que cría y engendra, padre es aquel que educa y orienta porque solo educando al niño de hoy, podrás exigir al hombre de mañana».

    Piénsalo. Si ya eres papá, no creas que tu hijo agradecerá tu billetera, sino tu amplia experiencia para que él mismo logre sus sueños gracias a tu dedicación.

    André Suárez Paredes

    junio 15, 2014
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    Blog, Día del Padre, Facebook, Familia, Nicole Suárez, Padres, Papá, Redes sociales
  • Crónica de una experiencia ayahuasquera

    Ahora sí creo en lo que antes juzgaba con escepticismo. La autora intelectual de mi experiencia de tomar ‘ayahuasca’, brebaje cuyo componente básico es la liana Banisteriopsis caapi, fue mi enamorada Karla. Ella supo de una ceremonia que iba realizarse en Miraflores por el Instituto de Salud Transcultural y Medicinas Tradicionales Amazónicas ‘Nimairama’, así que nos apuntamos sin pensarlo dos veces. Además, justo la fecha coincidía con nuestro mesario, por lo que iba a ser una experiencia original para disfrutar en pareja.

    Unas 24 horas antes de la toma de ayahuasca, hicimos una especie de limpia espiritual bebiendo agua de tabaco. No creas que es tan bonito como suena, pues pasé cerca de una hora vomitando la vida en un balde para ‘sacar’ las maldades del cuerpo. Es recomendable beber, como mínimo, tres litros de agua en esos instantes para evitar que el cuerpo absorba el tabaco.

    Luego de esta primera ceremonia, el alma ya estaba impoluta para recibir el brebaje de la sagrada planta curadora. Ayahuasca significa en quechua ‘soga de muerto’, pues la bebida funciona como ‘cuerda’ por la que el alma deja el cuerpo sin que éste fallezca.

    Una vez dentro del cuarto donde iba a realizarse la toma de ayahuasca, me recomendaron separarme de mi pareja durante las alucinaciones para evitar estar pendiente de sus reacciones. Y así fue, ella se sentí a unos 10 metros de mi lado. El curandero comenzó a llamar a cada uno de los participantes, unas 15 personas, y sugirió que primero agradezcamos a la planta por su función sanadora en el cuerpo, hacerle una pregunta sobre lo que queramos saber de nosotros mismos y encomendarnos al dios de nuestra fe.

    Al acercarme donde el curandero para beber el preparado, me arrodillé y seguí sus recomendaciones al pie de la letra. Mi pregunta era acerca de mi relación con mi padre y me encomendé a Dios como buen católico no practicante. El sabor me recordó a las galletas Pipos, pero no es tan fuerte como esperaba por su tono grisáceo. Una vez consumido el vaso, me dirigí a mi asiento, me puse cómodo y cerré los ojos para iniciar el viaje introspectivo más hermoso de mi vida.

    Cerré los ojos incrédulo a los efectos alucinógenos. Víctor, el tío de Karla, me recomendó no luchar contra el poder sanador de la planta, pues el conflicto hará que sienta náuseas. Mientras mantenía los ojos cerrados, el curandero comenzó a entonar una serie de tonadas con un tambor para guiar el efecto de la planta. De alguna manera, dicha música hace que la mente no pierda contacto con la realidad.

    Uno no se da cuenta en qué momento ya comienza a estar bajo el efecto de la planta. En la oscuridad que producían mis párpados, veía las figuras de ojos por todos lados observándome con sumo detalle, parpadeando y buscando mi mirada. Luego, los ojos se fueron desapareciendo progresivamente y me veía sentado en un cojín en medio de una reunión, así como una discoteca en la que bailaban hombres y mujeres. El local era oscuro y solo veía las formas que las luces de disco reflejaban sobre la masa de cuerpos. De repente, veo de reojo -siempre en primera persona- cómo se me acercan a mi alrededor invitándome a participar de la fiesta, pero en realidad no tenía el más mínimo deseo de formar parte.

    Como las visiones transcurren estando siempre consciente, me preguntaba por qué veía estas imágenes que me recordaban mi pasado bohemio. Comencé a sentirme fastidiado, buscaba de reojo a mi enamorada entre las figuras, pero nunca levantando la vista para ver sus caras. En ese preciso momento, en el que la incomodidad y el fastidio hicieron que busque a mi enamorada, una de las figuras que estaba más cerca de mí comienza a desintegrarse y volverse una masa de huesos podridos. Si bien la imagen parece chocante, en realidad, venía interpretando una revelación: era testigo de cómo fallecía una etapa de mi vida a partir de las decisiones que he tomado en el presente, sobre todo al estar buscando a quien siento que me brinda paz en la actualidad.

    El fastidio iba desapareciendo, las figuras comenzaron a volverse oscuras y nuevamente aparecieron los ojos negros que no dejaban de verme. Habrán pasado unos minutos para que estos se comiencen a difuminar y se muestren como dibujos de carbón sobre un lienzo blanco. Los colores empiezan a parecer y los ojos se vuelven dibujos que se me hacen muy familiar: en el tiempo que me dediqué a pintar, dibujaba ocasionalmente ojos llenos de color, pero bien escondidos en un entreverado diseño de líneas y formas. Justo esto sucedió, el ayahuasca me recordaba todos los colores y formas y líneas que hace varios años pintaba con mucho entusiasmo. Sentía tantas ganas de dibujar mis alucinaciones, sonreía muy tranquilo mientras observaba las formas más bellas que no he pintado aún bajo mi singular estilo.

    Un color comienza a predominar mi mente. Se trata del verde, mi favorito. Las líneas se vuelven más suaves y comienzan a unirse para dar forma a varios árboles. Yo me sentía feliz, pues la realidad que apreciaba era como si se tratase de un dibujo infantil. Sentía todo tan bello, los colores, las formas, las líneas… Me daban ganas de mostrarle a Karla lo encantador del panorama, pero aún no la veía en mis alucinaciones, pero sí la sentía cerca.

    En medio de varios árboles, iba caminando de la mano con alguien mayor. Alzo la mirada y veía a mi mamá llevándome a pasear por cualquier lado, no teníamos un destino fijo. En ese instante que alcé la mirada, entiéndase que mi figura era la de un niño, venían a mí las sensaciones pasadas de una alegría ya vivida. Sentía nuevamente toda la felicidad de lo que era mi infancia, es como reírse con el mismo ánimo de niño, pese a que ahora lo juzguemos como tonto o inmadura. Pero nada que ver, disfrutaba esa sensación como si la volviese a vivir. Mi mamá se agacha para ponerme una capucha y comienzo a correr solo entre los árboles jugando a que era un ninja (juego que en realidad me encantaba). Escuchaba las risas de mi madre mientras me divertía jugando solo como lo hacía de niño, hasta hacía payasadas para que ella se ría.

    Luego de jugar con ella, ella se levanta y me toma de la mano. Yo sigo aún con la capucha en mi cabeza e intento un último juego para hacerla reír. De un momento a otro, me bajo la capucha a toda velocidad y quien me tomaba de la mano no era mi mamá, sino mi enamorada. Al notar su presencia, comienzo a besar su mano y noto que ella se ríe conmigo por lo que juego frente a ella. Noté que su humor era muy parecido al de mi madre, y sentía en ella un amor atemporal, caracterizado por mi entrega total e inocente sabiendo que ella no me hará daño, que me cuidará como el niño que llevo dentro de mí.

    Tras un buen rato de juegos, mi enamorada desaparece de la escena y siento mi cuerpo crecer, pero con el corazón aún de un niño. Me preguntaba por el papel de mi padre y recordaba los malos momentos con él, mas no con pena, sino tristeza por haber sido orgulloso como para no hablarle luego de años. Comprendí que mi personalidad es así, es la de un niño que ha sido formada tanto por las cosas buenas y malas que he experimentado a lo largo de la vida. Si bien puedes atravesar por momentos duros, la personalidad que se tiene es materia pura e invariable. Mis alucinaciones me mostraban que las características de mi personalidad de niño realmente nunca se vieron amenazadas, como yo creía por la crianza de mi padre, sino que se consolidaba tomando materias negativas para madurarla. Como ser niño grande, pero no infantil.

    Ahí me quebré. Lloraba bastante pidiendo gracias por la revelación, me sentía en felicidad plena. Fue en este momento que decido abrir los ojos. Noté que tenía la capucha puesta y miraba a todos sentados o echados en el suelo meditando en plena oscuridad. Alzo la mirada y veo que una sombra humana camina en medio del cuarto. Esta se detiene en los pies de un joven para luego echarse encima de él: era su ánima que había salido del cuerpo y volvía a su cascarón de carne y hueso. Sin temer a más visiones, miré alrededor para notar cómo reaccionaban los demás participantes de la toma de ayahuasca. Recuerdo bien dos cosas inquietantes que me llamaron la atención: un señor estaba sentado en el suelo mientras un ente blanco con forma humana estaba situado encima de él en su misma posición (como una persona que se sienta encima de otra) y una joven también sentada que tenía sobre su cabeza una especie de halo blanco y turbado, su rostro estaba sumamente difuso, irreconocible.

    Me sentía como un niño en un hospital. Las personas que suelen tomar ayahuasca son quienes tienen problemas personales y necesitan ayuda para ver sus fantasmas. En mi caso, en realidad, disfrutaba la experiencia con suma paz interior. Cerré los ojos otra vez y mis sentidos se agudizan al mil. Podía sentir el humo del cigarro que fumaba el curandero a 15 metros de distancia con la lengua. Sentía que me asfixaba por el humo, pero en realidad no era eso, solo que mis sentidos estaban muy sensibles.

    Bastó con entrar nuevamente en la oscuridad de mi mente para observar una visión más. En esta, yo estaba amenazando a alguien por el teléfono, la insultaba e, incluso, la ubiqué para golpearla debajo de un puente con rabia. Me sentía bien por lo que hacía, a pesar de que era una situación violenta. Luego comprendí la razón de esta sensación, la víctima de mis golpes era un cretino que había roto los sueños de alguien. No sé de quién precisamente, pero eso no me importaba, pues la satisfacción era cuidar los sueños de los demás. La planta me había dicho indirectamente la razón de ser de mi personalidad: así como un niño inocente en un cuerpo de grande, debo cuidar por la inocencia y los sueños de los demás.

    A penas llegué a esta conclusión, en mi mente comenzó una vorágine de imágenes sobre lo que había alucinado hasta el momento, siendo la última de estas la mano de Karla que me tomaba con la ternura que una madre cuida a su hijo. Entró en mí el deseo de verla desesperadamente, de pararme en medio de la ceremonia para decirle lo que descubrí con tanta alegría de mi personalidad, ya que encontraba más pistas sobre específicamente qué siento al decirle que la amo. Sonreía sabiendo que en ella sentía un amor atemporal, la plenitud de un niño que ahora busca cuidar los sueños de ella, la libertad de desenvolverme inocente sin temer a ser herido.

    Los instantes finales de las visiones se caracterizaron por mis sentidos sumamente agudizados, tanto que el olor de las hierbas quemadas creaban en mí imágenes de seres exóticos, de reyes y animales vestidos de oro y seres divinos que brillan como mil soles. Sentía que la planta se despedía en una procesión hermosa llena de su riqueza y brillantes.

    Una vez terminado el efecto, el curandero me llamó para que me dirija a su lugar para cerrar la ceremonia echándome agua florida y bocanadas de humo en mi cabeza. No faltó una canción en mi nombre para terminar el proceso curativo antes de dirigirme a mi lugar en el cuarto. Miré a mi enamorada de reojo, pero ella estaba sumida en sus pensamientos.

    Echado en el suelo sobre unos cojines me preguntaba si ella habrá alucinado conmigo. Durante mis visiones, me preguntaba constantemente eso, pero la duda no inquietaba mis ganas de verla en los míos. Cada vez que el curandero encendía un cerillo para encender su cigarro, miraba hacia su lado para verla y sentirme tranquilo, pero la oscuridad era imbatible.

    Acabado la ceremonia, me levanté y caminé en dirección a Karla. Me siento al frente de ella y destapo mi cabeza para que me viera a los ojos. «Te vi», fue lo primero que dije con una amplia sonrisa. Ella sonrió también y me besó para luego acostarnos en otro dormitorio junto a un grupo reducido de personas para pernoctar. La ceremonia había iniciado a las 11:00 p.m. y ya eran las 4:30 a.m.

    Le pregunté si me había visto en sus sueños, ella me dijo que sí. Incluso, ocurrió algo sumamente especial. Como la planta se manifestaba en ella hablándole acerca de sus miedos, una vez acaba la ceremonia, ésta le vaticinó que yo iba a acercarme en unos segundos. Karla, incrédula a esta predicción, no pensó lo que iba a suceder al pie de la letra. Y, en efecto, el ayahuasca no erró.

    El curandero señaló que en los próximos tres días habrán revelaciones ocasionalmente, pues la planta demora en salir del cuerpo. Por mientras, recomendó no comer ají, ni comer carne de cerdo, ni tener relaciones sexuales.

    Ahora que escribo estas líneas, ya la planta dejó mi cuerpo, pero sus curaciones han hecho algo muy importante para mi vida, como amar tranquilo en plena inocencia como un niño y la sensibilidad de sentir los estados de ánimo del resto. Respecto a mi relación, ya que tanto Karla como yo hemos tomado del mismo brebaje, la experiencia ha servido de maravillas: cada uno ha comprendido más de su personalidad para amar sin reparos, conociendo las disposiciones de cada quién en busca de una felicidad común.

    Hay que estar bien con uno mismo antes de amar a alguien, creo que esa es la gran reflexión de toda esta experiencia con el ayahuasca. Saben, hasta me dio pena sentir que se iba de mi cuerpo, pero al menos ha develado las cavidades de mi alma para dársela a quien me hace amar como un niño.

    Foto: Jakeukalane – Deviantart. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    junio 14, 2014
    Artículos
    ayahuasca, Instituto de Salud Transcultural y Medicinas Tradicionales Amazónicas
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Disculpa si te puse triste…

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