El tiempo es corto cuando no sabemos qué esperar. Es como si los instantes más memorables fuesen momentos de hace nada, de vida que se consume de a pocos mientras creemos vivir por siempre. Luego te enteras que los años suceden hasta repetirse. Que de futuro somos instantes, relatos de una misma historia que se escribe a saltos de decepciones.
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En otra habitación

No debería ser tan fácil hallarnos dentro de una misma noche si el tiempo pareció congelarse cuando nos olvidamos de seguir despiertos y no pude más alimentarme del aliento que se te escapa de la vida cuando la abandonas por dormir. Mientras desde mis orillas te deseo a cuentagotas como si los segundos dolieran, como si los amaneceres despertasen las razones del por qué no debería ser quien te vea dormir. Es que no debería ser tan simple sentirme feliz cuando la felicidad te aguarda en otra habitación.
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La ropa

Creo haber adivinado en quien no me convertí cuando echo a la basura la ropa, a pesar de ser nueva, que jamás usaré. Un montón de camisas muy indicadas para los lugares menos indicados para lo que me convertí y un tanto de corbatas que solo estrenaba para gente muerta y en las ocasiones en las que debía ser menos yo para que yo pueda conseguir un trabajo. Es que así solo me entero que la ropa que alguna vez tuve fue un discurso que planteé para convertirme en lo que prometía ser. Solo que ahora las promesas del «cuando sea grande» transcurren en una edad en la que acepto ser cada vez más pequeño y mi ropa no es otra cosa de lo que me sirva para abrigarme en los colores que adornan mi vida. Y lo demás solo pretensiones de lo que el mundo te exije aunque nadie se preocupe por ti.
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Cielo inacabado

De una boca tan pequeña salieron tantas voces y de un canto la anécdota de los extraños y de una corta vida la alegría de quien mira el cielo de puntitas como si de un salto alcanzara al destinatario de sus plegarias. Con los ojos vacíos de quien atraviesa los planos de varias realidades hasta encontrarse con quien la espera después del tiempo. Tan pequeña y de voz eterna como frágil y sola como las palabras que abandonan su boca pequeña al borde de un cielo inacabado de esperanza.
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Cenizas

Se vieron como cualquier otro día. Cansados de verse. Agotados de ser excepcionales aunque la vida parezca congelarse en momentos de los que se viven siempre. Se despidieron una mañana como si siempre se volvieran a ver. Ni se vieron irse como de costumbre. Ni se miraron como si después se cansaran de amar. Ella vestida con lo que sueña vuelve a casa como de rutina mientras él vuelve a irse sin mirar atrás. Y así se esperan hasta las noches de preguntas inevitables antes de acostarse. Así se aman aunque de amor sobrevivan las cenizas.
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Mi espacio

Pretendo enfrentarme a la realidad mediante los protocolos del desaparecido. Hacerme confuso de intenciones y de pocas palabras cuando las palabras no son suficientes para hacerme entender. Así creo ser parte de mi historia, un relato salvaje de rutinas y frascos de ansiedad con descuento a días olvidables. Para luego dejarme caer por tiempos según quien me acompañe al envejecer. Que hoy soy más joven que nunca aunque de joven mantenga las ganas de pertenecer a donde nadie haya pertenecido antes, un sitio donde exista para los demás así yo no esté más.
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Hay tristezas

Qué se puede hacer por las tristezas ajenas y peor aún cuando no hay nada por hacer. Son tristezas inevitables que duelen hasta cuando respiras. Puedes oírlas aunque sostengas el silencio y hablan aunque calles la conciencia. Hay tristezas así que no se pierden sino se conviven, que se arrastran a través del tiempo como si atrapara el viento a cada paso. Y se acarician como las cicatrices que dejan las despedidas.
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Exabrupto de recuerdo

A cuántas palabras nos escapamos de habernos perdido en la más profunda de las ilusiones. Ya no me pertenece el tiempo en el que tardé en despertarme de lo que al tiempo acabó siendo una caricia con recuerdos a nada. Dejé pasar la vida que tampoco me pertenece para atender imposibles y te dejé pasar para que de imposibles puedas alimentarme de esperanza. No hace falta reclamar lo que por recuerdo dejó de olvidarse cuando no tienes culpa de hacerme falta. Solo son exabruptos de la memoria que me saben a recuerdo de que pude amar.
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Mismo horizonte

A un suspiro de nuestras bocas el aliento que respiramos antes de cerrar los ojos, y en la oscuridad de nuestros ojos la imaginación de tomarnos hasta desaparecernos en la piel, y así perdidos en nuestra piel despertarnos a la hora en la que se acaba el tiempo, y es en nuestro tiempo en el que nos desviamos para dormir a lados opuestos de la tarde, apuntando con el dedo a direcciones opuestas del mismo horizonte.
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Resignación

Hay una edad para las resignaciones y al mismo tiempo la oportunidad de ser tan libre como intransigente. Abandonarte de los discursos cuyas voces se extravían en malas intenciones. No hay héroes para los intereses menos interesantes ni nada de lo que merezca ser rescatado en nombre de fantasmas a futuro alimentados de indecisiones del presente. A pocos les importa que valemos igual siendo incluso unos pocos. Qué nos queda, hijito, sino la resignación… A qué nos despedimos sino hay quien nos espere después de muertos, a qué saben las horas perdidas en dormir.

