NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Lo bueno, lo agradable… lo incierto

    Hay personas que no pueden separar el ego de lo que observan en el mundo. Reconozco lo difícil que es tratar de no intervenir en la realidad, incluso cuando tratamos de analizarla desde una perspectiva imparcial. Lo cierto es que nuestra visión del mundo -por más imparcial que parezca- es producto de una experiencia única. Por lo tanto, las perspectivas imparciales son construcciones independientes que pueden tener ciertos puntos en común, pero cuyo origen está basado en una experiencia de infinitas variables.

    La imparcialidad es un discurso de la realidad y lo mismo sucede con el concepto de tolerancia. Existen tantas perspectivas sobre este último término que resulta difícil llegar a un consenso sobre qué es tolerancia; incluso, algunas propuestas nos pueden parecer intolerantes.

    ¿Qué podemos hacer para unificar innumerables perspectivas?

    Yo propongo algo tan sencillo como lógico: diferenciar lo que te agrada (o desagrada) con lo que es bueno (o malo). Pensar de esta manera hace que el ego no intervenga en un argumento de gusto personal respecto a cierta problemática. Lo positivo de esto es que abre el debate para el análisis de construcciones lógicas, libres de toda interferencia emocional que lo único que hace es entorpecer el diálogo.

    Que algo te desagrade no lo hace universalmente malo. Que algo te agrade no lo hace automáticamente bueno para todo el mundo. A veces queremos pensar que así deben ser las cosas, porque estamos acostumbrados a etiquetar las experiencias y crear discursos sobre la realidad para evitar la incertidumbre. En el fondo se trata de miedo a no identificar las experiencias, a no estar «programado» a interpretar y evaluar las percepciones del mundo a través de los ojos del otro, porque desconfiamos por naturaleza en las primeras impresiones.

    Es curioso: ¿cómo podemos desconfiar por naturaleza y a la vez aceptar que nuestra identidad es producto de nuestra relación con el otro? Será que no estamos acostumbrados a aceptar nuestras propias contradicciones como parte de nuestra naturaleza humana. Somos seres inciertos que temen la incertidumbre y eso nos cuesta entender.

    André Suárez Paredes

    octubre 2, 2017
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    Tolerancia
  • Lima no se extraña

    «¿Extrañabas Lima?» es la pregunta más frecuente desde que volví de Madrid. La verdad es que no. ¿Quién puede extrañar una ciudad así de caótica? Hay que ser locos para guardar en el alma algo de cariño por una masa gris desagradable, inmensa y deshumanizada.

    Lo que sí es Lima -para mí- es simplemente un territorio físico en el que sobrevive los seres que amo. Lima solo es un terreno de almas intermitentes, una mezcla de propiedades públicas y privadas en las que subsisten los protagonistas de tantas vidas que -como la mía- tratan de reflexionar qué parte del alma pertenece a la capital. Eso y nada más: un pedazo de tierra.

    Sin embargo, lo cierto es que no soy una persona sana. Tengo algo de loco y por ello en mi alma habita cierto cariño por lo que los sanos se sentirían aterrados de Lima: la sensación constante de peligro. Creer que se vive al borde una navaja en cada esquina. Creer que se siente en el pecho el frío del metal al oscurecer. Psicosis constante, la vulnerabilidad de una vida tímida, desesperada y la calma nocturna… echado boca abajo en la cama y suspirando que aún vivo con los míos.

    Lima es algo por lo que no siento ningún cariño, pero no puedo evitar reconocer que algo implantó en mí. No lo sé, pero algo en su cielo gris que guarda frecuencia con mi tristeza y mi sadismo por una humanidad desesperanzada. Si algo forma parte de mí, ¿cómo es posible extrañarlo? ¿Quién puede extrañarse a sí mimo? Eso es un imposible. Se extrañan las emociones, las memorias, las gentes… Pero Lima no se extraña, porque nunca se fue de mí.

    Foto: Ms643 – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    septiembre 26, 2017
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    Lima
  • Animales fantásticos

    Desde hace unas semanas ando con cierta pena debido a una revelación. Mi madre me explicó que el osobuco es un «corte transversal del corvejón de la res, en rodajas de gran grosor (al menos de 3 cm) y sin deshuesar». Yo toda mi vida pensé que se trataba de un animal aparte, que por el tamaño de los cortes se trataba de un criatura pequeña del vuelo de un ternerito. Incluso, me lo imaginaba con un pelaje de color marrón, del tipo lanudo. Lo curioso es que saqué todas estas referencias basándome únicamente en la impresión que el término ‘osobuco’ ocasionaba en mi imaginación. Nunca me di el trabajo de buscarlo en Google Imágenes. Siempre imaginé que ese animalito era así y ya.

    Ella acabó de la noche a la mañana con toda una especie que yo juraba que existía. La anécdota me pareció tan curiosa que decidí analizarla en perspectiva. Fui capaz de idear un animal a partir de mi imaginación y de las pequeñas pistas que veía durante mi experiencia (venta de osobuco en el mercado o los platillos de mi madre) en pleno siglo XXI. Nunca vi un «osobuco en sí», sino algunas referencias.

    ¿Se imaginan en el pasado? ¿Se imaginan a aquellos hombres que cruzaron el océano Atlántico para ver animales que nunca supieron de su existencia y -lo que es mejor- contar lo que observaron? O más interesante, ¿cómo habrán sido esos rumores de lo que «alguien observó» entre las demás gentes? ¿Será este acaso el germen de la mitología universal, con criaturas enigmáticas construidas a partir de pocas pistas de la realidad?

    Para esto habían biólogos que se daban el trabajo de registrar a los animales y así explicar en las academias el comportamiento de estas nuevas especies. ¿Pero cuando no era así? Realmente me pongo a pensar y no creo que esas gentes del pasado hayan sido estúpidas por crear animales fantásticos. ¡Yo lo he hecho! Claro, no muy lejos de la realidad, porque soy consciente de mi limitado conocimiento en biología. ¿Pero ellos acaso tienen la culpa de haber vivido en esas circunstancias de ignorancia? Creo que no, simplemente estaban limitados por las tecnologías de su época y por consiguiente el alcance del conocimiento corriente era más limitado.

    Lo divertido de todo esto es haber experimentado lo mismo que mis antepasados: el desconocimiento y la capacidad de crear algo a partir de la nada, relacionando varios elementos para construir una imagen veraz.

    Un minuto de silencio por los osobucos del mundo.

    Foto:  Friedrich Johann Justin Bertuch – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    agosto 24, 2017
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    Mitología, Osobuco
  • El amor en los tiempos de Tinder

    Tinder es el resultado de un fenómeno global. Primero debemos considerar el desarrollo de las tecnologías de la comunicación -que ha llevado la interacción interpersonal a nuevos niveles- y la vorágine productiva de la sociedad del consumo -que ha reducido las horas de ocio de las personas-.

    Ambos elementos se han fusionado de manera sincronizada para maximizar los beneficios de los usuarios que cada vez pierden más terreno en la realidad para invertirlo en la ultraconectividad, en el ciberespacio donde nuestras capacidades comunicativas se multiplican exponencialmente. Es la fuerza productiva de la sociedad del consumo que hace de aplicaciones como Tinder una opción atractiva debido a la falta de tiempo para socializar por culpa de las obligaciones cotidianas y cada vez más absorbentes.

    En cualquier trabajo notarás que la producción se ha incrementado notablemente con el tiempo, pero esto no significa necesariamente que trabajemos menos gracias a la innovación de las fuerzas productivas. Hoy en día existe una exigencia constante, como sucede en Japón, por ejemplo, donde las responsabilidades profesionales opacan la interacción social en la realidad.

    Tinder sería entonces la respuesta ideal: la interacción social de la realidad al alcance del iPhone con una rapidez de interactividad que sobrepasa las capacidades humanas. Hoy conocemos más gente en redes sociales, por ejemplo, que nuestros antepasados en una vida entera sin Internet.

    A toda esta explicación se le suma el factor cultural. La tecnología no se reduce a las herramientas informáticas, sino también como elementos que irrumpen en una sociedad caracterizada por dotar de significado a los elementos que la componen. Es decir, la tecnología es un bien cultural según la interacción que tengamos con ella. Aterrizando este tema en Tinder, podemos notar por ejemplo cómo se adaptan ciertos comportamientos sociales a la hora de chatear. La violencia de género, el machismo o el feminismo, incluso, son elementos que pueden estar presentes tanto a la hora de describirse como a la de interactuar.

    Lo más curioso es que resulta ya un chiste decir que planeas hallar el amor de tu vida en Tinder, como si ese proyecto fuera únicamente dable en el plano de la realidad. A pesar de que Tinder cumple las expectativas por parte de usuarios, ellos aún tienen fe de que el amor no es tan fácil de hallarse en una app diseñada para citas; es como una desconfianza natural hacia las superficialidades para creer que «lo verdadero» nunca estará al alcance por más desarrollo tecnológico que exista en la interacción interpersonal. Mientras pensemos así, no perderemos nuestra humanidad.

    André Suárez Paredes

    agosto 22, 2017
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    Tinder
  • Jet lag emocional

    Soy un tipo poco empático. Lo reconozco y sé que está mal. Solo que no soporto ver gente triste por cosas que no pueden compararse con otras tragedias aún más traumáticas. ¿Lloras porque te dejó el novio? Hay gente que perdió a toda su familia en el Holocausto Judío y siguió adelante. ¿Para qué lloras entonces?

    Pero venga, tampoco soy tan basura como crees. La comparación que acabo de hacer no necesariamente invalida la autenticidad del dolor de quien sufre un rompimiento. ¡Obvio que está triste! Pero siempre pienso que cualquier tragedia puede ser SIEMPRE peor. La tristeza es la misma, puede llegar a ser auténtica, pero los elementos que la originan tienen diferentes niveles de tragedia. No es lo mismo -en el sentido fáctico- a que se te rompa tu juguete favorito a perder a tus padres en un accidente de carro.

    Volviendo a mi poca empatía. He tratado de teorizar lo que realmente me sucede y caí en la cuenta de que tengo jet lag emocional. Para quienes no conocen el término, el jet lag es un «desequilibrio producido entre el reloj interno de una persona (que marca los periodos de sueño y vigilia) y el nuevo horario que se establece al viajar a largas distancias, a través de varias regiones horarias» (Wikipedia).

    Siguiendo esta línea, el jet lag emocional viene a ser un desequilibrio entre los acontecimientos actuales y las emociones que estos últimos ocasionan. No se trata de «no sentir», sino de sentir recién a las horas, días o meses las emociones contenidas. Vayamos a un ejemplo algo duro de contar.

    Un amigo llamado Alonso falleció una noche en un accidente vehicular. Me enteré repentinamente por Facebook. Lo conocía de años, siempre nos reconocíamos los rostros a pesar de los años y tan solo unos meses antes del fatídico hecho habíamos quedado para tomarnos unas cervezas. A pesar de la incomunicación, siempre lo tenía presente.

    Al enterarme no hice mucho. No me puse triste ni nada. Lo primero que hice fue preguntar en redes sociales dónde será la misa y el respectivo velorio. Todo el evento iba a ser mañana, así que preparé la ropa del día sin detenerme a sentir la pérdida. «¿Qué gano poniéndome triste si ya está muerto? No lo resucitaré poniéndome así», pensé.

    Fui a la iglesia como corresponde y di el pésame a los padres. Los abracé, les conté de cómo Alonso aún vive en mi memoria y me senté en una de las banquetas para el inicio de la misa. Fue entonces cuando entró el féretro y solo recién las emociones me embargaron y pude llorar.

    Durante 24 horas no sentía nada. Solo me detenía a pensar en las cosas que podía hacer para despedirme, porque en el fondo sentía que si me entristecía, los sentimientos perturbarían la lógica de cumplir el objetivo: obtener la información necesaria para ir al velorio.

    El jet lag emocional viene a ser un instinto de supervivencia: apartar las emociones en situaciones graves para solo sentirlas cuando el momento lo requiera, sea en plena soledad o en un ritual como es el entierro cristiano. Esto del caso de mi amigo es uno entre muchos otros que, por sentido de privacidad, no desarrollaré.

    Pero saben algo. Este jet lag emocional no es algo de lo que me sienta orgulloso. Me facilita al menos la lucidez en momentos críticos, pero hay momentos que me han hecho una pésima jugada, sobretodo cuando me exigen ser empático con los pesares de otro.

    No es que no sienta. Sí siento, pero a mi manera… Qué mierda. Hasta para sentir también soy egoísta.

    Foto: Leoplus – Flicker. Bajo licencia de Creative Commons.

    André Suárez Paredes

    agosto 18, 2017
    Artículos
    Jet lag
  • Donde te imagino estar

    Por las noches, bordeando casi siempre la madrugada, veo el rayo de luz que se filtra por las hendiduras de tu puerta y me acuerdo de tus pies descalzos en la cocina, de tus ojeras por las noches en vela, de tus pijamas grises e improvisadas, de la seriedad en tus ojos al debatir en la mesa sobre una vida mejor, de tus historias ambientadas al otro lado de mi horizonte.

    Es entonces cuando en plena oscuridad te invento una vida por cada día que pasa. Te imagino durmiendo con la luz encendida o metida de lleno en tus pensamientos mientras tratas de conciliar el sueño. O charlando aparentemente molesta por el teléfono en una idioma que de romántico no tiene nada cuando sale de tus labios. O leyendo tus obligaciones con demasiada anticipación porque siempre fuiste así: brillante de ideas y exigente para las cosas.

    Así te vengo imaginando incluso cuando me preparo para dormir, porque aún trato de alejarme lo más posible de la delgada pared que nos separa debido a que tu cabeza descansa a unos cuántos centímetros de la mía y el menor golpe puede interrumpirte el sueño.

    Y si te imagino tanto es porque no estás allí donde deberías estar: descalza en la cocina, al otro lado de la mesa y de las paredes y de la bendita puerta cuya luz entre sus hendiduras te traen de vuelta por las noches. Por más que alguien viva ahora en el mismo dormitorio que abandonaste, tu memoria aún le pertenece a los espacios que compartimos por tan breves pero inolvidables momentos, porque contigo aprendí que conversar debe ser un derecho universal de la humanidad.

    André Suárez Paredes

    agosto 17, 2017
    Artículos
    Reflexiones
  • El antiintelectual

    Uno de los problemas con la democracia es creer que la opinión de todos los ciudadanos es igual de importante. Pensar así resulta perjudicial si anhelamos un gobierno administrado por una ciudadanía ilustrada, porque no habría un reconocimiento a las competencias de la autoridad ni representatividad de los intelectuales entre los ciudadanos de a pie.

    Dicha situación podemos verla todos los días en Perú. A pesar de los argumentos de un sinfín de intelectuales, la ciudadanía aún vota por los mismos corruptos e incompetentes de siempre para el Congreso. ¿Pero a qué se debe?

    El filósofo Aeon J. Skoble retrata a la perfección esta situación: «Yo podría buscar apoyo (…) citando a un experto que estuviese de acuerdo conmigo, pero ante el experto que no lo estuviese, siempre podría replicar (…) ‘yo también tengo derecho de opinar’». Lo que expone Skoble es la adaptación de los intereses personales según las opiniones de expertos que le favorezcan e invalidar al resto porque solo se trata de una «opinión» en una sociedad democrática, donde absolutamente todos tenemos el mismo valor de opinar.

    Si todos tenemos el mismo valor de opinar, los intelectuales poco pueden hacer si sus argumentos dependen de los intereses y de la empatía ciudadana. El trabajo intelectual -y el espíritu crítico en sí- se vería afectado hasta tal punto que origine cierto antiintelectualismo en la sociedad. Leyendo la descripción del término notarás cómo se te revelan casos cotidianos de la política peruana como, por ejemplo, los congresistas electos sin formación universitaria e -incluso- se rehúsan a culminarlos a pesar de contar con los medios (caso Cecilia Chacón).

    El antiintelectualismo es la hostilidad y desconfianza hacia el intelecto, los intelectuales y la actividad intelectual, generalmente, expresada en escarnio de la educación, filosofía, literatura, arte y ciencia como poco práctica y despreciable. Alternativamente, los autodenominados intelectuales, que supuestamente no logren asimilar los rigurosos estándares académicos, pueden ser descritos como antiintelectuales. Los antiintelectuales se suelen percibir y presentarse públicamente como defensores de la gente común —populistas contra elitismo político y académico— al proponer que los educados son una clase social distante de las preocupaciones cotidianas de la mayoría y que ellos dominan el discurso político y la educación superior.

    Wikipedia

    Cuestionar la democracia no es necesariamente un voto por la dictadura. No hay que confundir las cosas: una cosa es la democracia en sí y otra los sistemas de representatividad ciudadana. Obviamente sí estoy de acuerdo con unas elecciones libres, pero planteando mecanismos republicanos -como el Senado- para alcanzar cierto equilibrio social entre la representatividad de la masa y la ciudadanía ilustrada.

    André Suárez Paredes

    agosto 16, 2017
    Artículos
    Ilustración, Intelectual, Política, Senado, Sociología
  • Los sueños humildes

    Siempre me caractericé por tener sueños humildes. Quizá para alguien ambicioso mis sueños parezcan propios de un sujeto sin metas en la vida. ¡Pero qué diablos! Finalmente la satisfacción de los sueños llega a ser la misma para cualquier rubro. No existe eso de «felicidad elevada» o «felicidad mediocre». La felicidad es una sola en el sentido que las sensaciones experimentadas son prácticamente las mismas para toda meta alcanzada.

    Puedes sentir, por ejemplo, la misma felicidad entre tener el carro del año y ver a tu hijo graduarse de la universidad. La sensación es la misma en el sentido que ambas son metas con cierta cuota de deseo que son satisfechas.

    Lo importante es la autenticidad de los sueños; es decir, que los sueños sean producto de una reflexión personal e independiente con el objetivo de alcanzar una satisfacción plena. Esta precisión es importante, porque los sueños personales pueden verse influidos por los hábitos de consumo dentro de una sociedad bombardeada por la publicidad aspiracional.

    Quizá estás con la duda. ¿De qué sueños personales hablo? Pues unos muy sencillos. Pasaré a enumerarlos para divertirme un rato:

    1. Hacer una fiesta en mi casa y en un momento determinado de la noche, salir con una casaca de cuero y gritar a viva voz: «¡Qué empiece la juerga!». Ya saben, como Julián Legaspi en «Calígula, el ángel vengador».
    2. Sostener un fusil  M1 Garand. Suma puntos si fue utilizado durante la Segunda Guerra Mundial.
    3. Correr una maratón. Para esto ya ando entrenando desde casi un año.
    4. Hacer un salto en paracaídas.
    5. Participar en alguna recreación de escena bélica. Seguro saben de qué trata: esas puestas en escena para conmemorar batallas o combates. En Perú se hace una en especial por la Batalla de Ayacucho.

    Esos son de momento los que me acuerdo. Me alegra saber que no necesito ser millonario para cumplirlos, sino disponer de muchas ganas. De hecho, ¿por qué no agregar ser millonario en mi lista de sueños? Pues debido a que el dinero es solo un medio para la adquisición de objetos y servicios. El dinero es un medio, no un fin en sí mismo. Por esta razón, anhelar a ser millonario es en el fondo desear tener las posibilidades de hacer todo lo que a uno le plazca, sin desarrollar así un criterio de lo que realmente se desea en la vida.

    Me interesa saber qué opinas. ¿También tienes sueños así sencillos como los míos? Al menos con sueños así, uno puede pasarse la vida sonriendo sin preocuparse de la frustración.

    André Suárez Paredes

    agosto 15, 2017
    Artículos
    Sueños
  • Los expertos que nada saben

    ¿Qué saben del amor los expertos en enamorar? Imagino que tienen mucha destreza para operar con facilidad en los siempre «mágicos» primeros momentos entre dos personas que recién se conocen. Digamos que aprovechan ese lapso para jugar con las apariencias y así amoldar la imagen personal con los intereses del enamorador.

    Sin duda estos expertos tienen una habilidad tremenda para anticiparse a la lógica femenina. Saben muy bien cómo adaptarse a las circunstancias e incluso dar consejos a sus amigos para evitar la friendzone. Cuentan con la habilidad de potenciar aquellos elementos que resalten el atractivo y de reconocer los puntos débiles de cualquier chica para ser atraídas según sus gustos. Es prácticamente como una puesta en escena.

    Ahora no necesariamente por ser un experto en enamorar es un mujeriego. Cabe señalar que «mujeriego» no es precisamente un infiel nato. De acuerdo con la RAE, el mujeriego es un «aficionado a las mujeres», por lo que su actividad de afición puede ser desde el gusto de conversar con ellas hasta el sexo duro y salvaje. A lo que voy es que hay muchos matices para pensar que todo mujeriego es infiel, pero resulta que la realidad es aún más amplia.

    Sin embargo, el sentido de infidelidad varía según cada pareja. La fidelidad es como cualquier pacto entre dos partes: existen interpretaciones y condiciones para determinar qué cosas están prohibidas o permitidas en la relación. En ese sentido, cada quien valora las circunstancias según su modo de interrelacionarse con su pareja.

    Pero volvamos al inicio. ¿Qué saben del amor los expertos en enamorar?

    Reconozco el talento que tienen. No hay que ser mezquinos con quienes saben aprovechar su capacidad de adaptación a las circunstancias ante una mujer. Pero temo que poco o nada saben del amor, porque no se han tomado el tiempo y la dedicación de experimentar una relación en profundidad. Si bien cuentan con las habilidades antes descritas, lastimosamente eso sirve de poco cuando se ama a una sola mujer, debido a que la puesta en escena se derrumba constantemente ante la evolución natural de la pareja.

    No siempre somos los mismos cuando iniciamos una relación y eso significa ser auténticos en cada momento, no crear ilusiones con artimañas que -si bien pueden resultar a corto plazo- solo generan contradicciones en la pareja. Por esto el experto se vería siempre en aprietos, actuaría prácticamente como un bombero que apaga incendios por doquier, sin disfrutar de la relación por culpa de una personalidad indeterminada.

    Lástima que los expertos en enamoramiento son ovacionados por una sociedad machista, en la que la virilidad se mide por cuántas mujeres abrieron sus piernas al macho alfa. Esto hace que no reparemos en profundidad sobre la relación en pareja en sí, ya que el experto se limita a la congratulación personal a través del resultado y no de su compromiso por una relación estable.

    André Suárez Paredes

    agosto 14, 2017
    Artículos
    Friendzone, Infidelidad, Mujeriego, Parejas, RAE, Real Academia Española
  • La cobardía de la autocensura

    Me resulta incomprensible cómo la gente intenta mantener su vida con regularidad mediante la autocensura. Las personas que creen alcanzar la superación emocional de ciertos episodios traumáticos (violencia familia, desamores, etc.) según evadan los supuestos causantes de su desestabilización psicológica realmente exteriorizan su malestar sin abordarlo a consciencia. Se trata, entonces, de una resistencia al dolor que resulta perjudicial al momento de elaborar un autoanálisis de cómo enfrentamos a los problemas. Lo más triste de esta lógicas es que nos juramos irresponsables de lo que nos sucede, que somos nosotros contra el mundo, pues de autocensura en autocensura se huye de las circunstancias en las que nuestro carácter debe asumir las consecuencias y finalmente superarlas.

    «Imagina que mi exenamorado no me puede ni ver. Ambos quedamos en nunca más vernos y acepté sobretodo por su bien. Él realmente la pasaba mal cuando nos encontrábamos», me contó una amiga en algún bar de Valencia, España.

    «Pues no me parece lo adecuado. Prácticamente cree estar superándote mediante la autocensura. Realmente no es capaz de asimilar la experiencia. De hecho es una solución entre varias otras, pero no creo que sea la mejor», respondí.

    «Pero también es fácil opinar así si no tienes ni puta idea de cómo fue la relación», me replicó.

    La miré con atención para notar que justo ella también pasaba por las mismas circunstancias del exenamorado en cuestión. Le expliqué que mi argumento no invalida el pesar que él pueda sentir al ver a mi amiga. No digo que su tristeza por aquel contacto no sea auténtica. De hecho lo es y por eso una alternativa razonable es la incomunicación a todo nivel.

    Pero insistí en algo: que esa práctica es una autocensura emocional para dar un equilibrio a una circunstancia en la que ambos no son capaces de manejar emocionalmente. No digo en ningún momento que las emociones no sean auténticas, eso apuesto a que sí. El problema es cuando secundamos nuestras emociones al proceso reflexivo de una circunstancia que nos pide perspectivas contundentes.

    Autocensurarse es como huir de los problemas, encerrarse en su propio espacio para darse así tiempo y relajar la intensidad de las emociones hasta rozar el olvido. Pero esto no significa un progreso real, sino uno ficticio en el que exteriorizamos nuestros pesares sin ser conscientes que la tristeza y la felicidad depende únicamente de nosotros mismos y de nuestro código de valores para interpretar la realidad. Ajenarse de las emociones para encarnarlas en personas me parece que llega incluso a la cobardía, a la falta de destreza emocional para adaptarse.

    La amiga en cuestión se aferró a su decisión bajo el argumento: «tú qué sabes si no sabes qué pasó entre nosotros». Seguro tiene razón, no tengo ni puta idea de cómo la pasaron, pero no por eso no soy capaz de analizar desde una perspectiva fresca de emociones sobre lo que viene haciendo.

    Hay acciones que pueden limitarse a las circunstancias que a uno le embargan.  Por eso digo que autocensurarse es una acción razonable en el sentido que cuida la integridad psicológica del individuo. Pero personas como mi amiga siento que no ven el más allá de la situación. No es capaz de proyectar sus acciones a un todo más amplio para asimilar las experiencias. Se limita únicamente a no sentir y seguir así con la vida. Es bastante pragmático, eso es cierto, pero poco acertado cuando se desaprovecha la oportunidad para conocernos a nosotros mismos a partir de lo que deseamos evitar.

    André Suárez Paredes

    agosto 14, 2017
    Artículos
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Disculpa si te puse triste…

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