NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Si te indignaste por el video de los estudiantes de la UPC, espera ver esto…

    El reciente video de un grupo de estudiantes de la universidad UPC agrediendo a una joven en los exteriores de esta casa de estudios desató polémica en las redes sociales. En mi muro de Facebook, por ejemplo, no faltaron quienes metieron a todos los alumnos de la UPC en el mismo saco. También hay quienes reconocieron las excepciones y evitaron generalizar argumentando que tienen amigos en dicha universidad.

    Medios de comunicación, incluso, avivaron la polémica. Esta publicación de Dedo Medio me llamó bastante la atención por ubicar a quien parece representar en su máxima potencia la estupidez ilustrada.

    Los upecinos deberían recomendarle a algunos de sus compañeros que ni siquiera los traten de defender, porque los dejan peor: «…lo que me refiero con serrana no es de dónde venga (…) Me refiero al nivel de estúpida que es o de bruta (…) no creas que soy racista…». ¿Tanta caca cabe en una sola cabeza?

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    Siempre me llamó la atención estos tipos de videos, pues demuestran la calidad de profesionales que las universidades vienen expectorando al mercado. Además, yo pertenecí en su momento a esta gran masa universitaria y resulta lamentable ver que nadie se toma el tiempo para analizar la complejidad cultural y educacional de nuestro país.

    Lo cierto es que el video de la UPC no es el primero que expone la mediocridad universitaria. Aquí encontré un reportaje del programa ‘Sin rodeos’ sobre el racismo en el Perú. Al principio del video, apreciarás los comentarios de varios alumnos de la Universidad de Lima sobre el tema. Mejor no me gasto en adjetivos calificativos.

    Vayamos a un nivel más básico. En los noticieros dominicales, abundan los reportajes sobre la calidad educativa en las grandes unidades escolares. Al menos, ellos se equivocan en datos precisos de historia y no en el prejuicio asqueroso contra los demás peruanos. Una cosa no es saber quién descubrió América y otra tildar a los serranos de ignorantes.

    Si crees que estas deficiencias se superan con el tiempo, este otro video de universitarios te pondrán los pelos de punta.

    Foto: Flickr – timetrax23

    André Suárez Paredes

    noviembre 28, 2013
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    Cultura general, Dedo Medio, Discriminación racial, Educación, Racismo, Universidad, Universidad de Lima, Universitarios, UPC
  • Sonamos Latinoamérica, sonamos todos…

    Hace unos meses se celebró en Lima el festival ‘Sonamos Latinoamérica’, evento que reunió a músicos nacionales y extranjeros de países como Argentina, Colombia, Venezuela y Chile. En esa ocasión, tuve la inolvidable oportunidad de conocer a muchos de ellos tras bambalinas gracias a mi amiga Claudia Mena, integrante de la banda mapocha ‘El Parcito’, a quien conocí personalmente durante mi viaje al país sureño.

    ‘La Claudia’, como dirían sus coterráneos, aparece en la fotografía que encabeza este texto. Ella es quien está sentada en el extremo derecho de la imagen, vestida con un poncho de lana rojo. Sus compañeros Patricia Díaz y Marco Antonio Palma, con quienes conforman ‘El Parcito’, también figuran en la instantánea: ella viste un poncho parecido al de Claudia, pero de color gris, y él usa lentes rojos, justo detrás de ella. ¡Es más, yo también aparezco en la foto! Pero dejaré que ustedes adivinen quién soy.

    La razón por la escogí esta foto es que de todos los músicos que aparecen, yo soy el único con dos manos izquierdas para la guitarra, el cajón o las maracas. No tenía mucho que compartir entre las enredadas conversaciones sobre coplas y resbalosas (1), pero sí la visión fresca de un peruano acostumbrado al rock en inglés forzado, en aquel entonces, a reencontrarse con la música sudamericana. Hasta esa increíble noche (y madrugada), nunca creí que era posible pasar toda una fiesta sin encender la radio o la computadora: bastaban las guitarras y una bella voz para celebrar todos juntos un mismo idioma, así como el amor por las tradiciones.

    Reflexionando sobre la experiencia que viví por dos semanas, tiempo que duró el festival, resulta extraño de mi parte, como peruano de sangre, recién en esos momentos poder escuchar la música criolla sin ser ajena a mis oídos acostumbrados a ritmos más inquietantes. ¡Ni qué decir de los vals! Pero más extraño resultó que aprenda todo esto gracias a la valorización de los extranjeros por nuestra diversidad musical.

    Lamentablemente, como puedo constatar ahora, existe poca información disponible en Internet como para aprender a tocar música criolla. Entiendo el punto tradicionalista sobre la difusión de la música criolla, pero los tiempos actuales hacen que revaloricemos la era digital. Felizmente hay tutoriales en YouTube, pero no abarca la infinidad de temas que pueden cautivar el corazón más joven.

    El próximo año todo parece que volverán quienes aparecen junto a mí en la fotografía. Me siento apenado por no haberles agradecido, pero digamos que esta publicación será mi carta de presentación, no como músico frustrado, sino como cronista de un grupo multinacional dedicado a recordarnos quiénes somos mediante lo que hemos dejado de escuchar con el paso del tiempo.

    (1) ¡Sí me acuerdo qué es, Claudia ‘belleza amena’!

    Foto: Facebook – El Parcito

    André Suárez Paredes

    noviembre 28, 2013
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    Argentina, Chile, Cueca, El Parcito, Mapocho, Marco Antonio Palma, Música, Música criolla, Paula Mena, Sonamos Latinoamérica, Tutoriales, Vals, YouTube
  • ¡Revolución juvenil en Chile!, pero al son de un viejo compás

    Ahora que Chile, país hermano que visité a inicios de año, pasa por su segunda vuelta electoral, creo que caería bien recordar este texto que publiqué hace buen tiempo en un medio local. De antemano, agradecer a todos los amigos de la tierra sureña. ¡Prometo una futura visita y pedir melón con vino!

    Ella desenfunda la guitarra como si fuera un fusil listo a disparar contra el silencio con versos de cueca chilenera. La música que interpreta Claudia Mena, integrante del trío “El Parcito”, más que relajar una tarde familiar en una casita ubicada en Padre Hurtado, comuna ubicada al suroeste de Santiago de Chile, refleja un folklore trasmitido en generaciones que no avergüenza a los más jóvenes de la familia, quienes suelen estar acostumbrados a las tendencias musicales del extranjero.

    Claudia viene acompañada por una segunda guitarra tocada por su hermana menor Paula, quien figura entre los 70 mil estudiantes que perdieron el año escolar en el 2011 por participar en las protestas que estallaron en reclamo de los altos costos de la educación chilena, uno de los sistemas más privatizados en la región.

    El dúo de las hermanas Mena esa tarde de febrero no estaría del todo completo si es que no recordamos el legado de quien hizo esta presentación musical posible. No hablo de sus padres, quienes de seguro les enseñaron a hacer vibrar sus guitarras con tan hermosa melodía, sino de Víctor Jara, el músico y activista político chileno que murió torturado y acribillado en 1973 durante la dictadura de Augusto Pinochet.

    La vigencia del autor de “Pongo en tus manos abiertas” en las juventudes estudiantiles ocurre por las necesidades que aún el pueblo reclama al gobierno. “Me da pena que muchos de los males que Víctor tocaba en sus canciones todavía existen. La música de Víctor está vigente porque aún están vigentes los mismos males“, declaró Joan Turner, viuda del cantante, al diario el Clarín tras conocerse que ocho militares serán procesados por la muerte de Jara luego de 39 años buscando justicia.

    El panorama musical de las hermanas Mena, quienes ahora dejan la guitarra para tomarse un melón con vino blanco en el jardín trasero, resulta parecido a lo que sus padres vivieron tras el golpe militar al gobierno de Salvador Allende, pero actualizado por el regreso de la derecha por vías democráticas.

    “Hay gente de este gobierno que estuvo en la conspiración del golpe, con Pinochet, no corresponde. (…) Víctor es del pueblo”, agregó Turner al medio argentino sobre las discrepancias con un gobierno de Sebastián Piñera que ganó las elecciones con 51.6% de los votos contra 48.4% de Eduardo Frei, candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, en las elecciones del 2010.

    El viraje a la derecha, tras 20 años consecutivos de la Concertación en el poder desde el plebiscito que acabó con la dictadura, resucitó una cultura de protesta en jóvenes opositores a la privatización de una educación encausada a forjar la identidad de una nación dividida.

    Basando esta perspectiva a la música juvenil, específicamente en los grupos beligerantes del actual gobierno, Jara atravesó el tiempo desde un escenario para decir “basta de música extranjerizante, o de música que no nos ayuda a vivir, que no nos dice nada, que nos entretiene de momento y nos deja tan huecos como siempre”, discurso que se mantiene grabado con más 114 mil reproducciones en YouTube.

    El asado está listo y las hermanas Mena ayudan al Tata a sentarse en la cabeza de la larga mesa, que de hecho son tres mesas juntas para que todos compartan el alimento del domingo. El Tata habla con sus nietas, pregunta por más canciones y la conversación gira como si entre los tres supieran el mismo repertorio, en el que sería un pecado olvidar el nombre de Violeta Parra.

    La querida “Santa de greda pura”, como la llamó el poeta Pablo Neruda, marcó un camino previo a Jara en lo que respecta al folklore como símbolo chileno, que tomó forma con el movimiento obrero de 1920 y consolidándose al grado de identidad nacional en el gobierno de Allende en 1970. “Los males del mundo moderno”, como denominó Parra a la industrialización de la vida tradicional campesina, definieron a sus canciones como la búsqueda de un paraíso costumbrista en medio de la modernidad, precisamente en tiempos que la familia Parra pasaba por una dolorosa migración del campo a la capital.

    Las obras de Parra ilustraron también a nuevas generaciones que agradecieron su arte en el disco “Después de vivir un siglo”, producido por Álvaro Henríquez en 2001, en el que bandas actuales de rock, como Chancho en Piedra y Los Bunkers, honraron su herencia a una identidad nacional más integradora, que tiene por contexto en nuestros días la pronta implementación de un autogobierno mapuche, pueblo indígena ubicado en su mayoría en la región sureña de La Araucanía, con el deseo de volver a administrar toda la extensión de sus tierras ancestrales.

    Turner tiene toda la razón: los males en la época de Jara continúan, así como su legado musical inspirado en problemas sociales de antaño, pero en un nuevo contexto con el regreso de la derecha democráticamente y bajo el reclamo de una juventud politizada por la cuestión mapuche y ansiosa por una educación gratuita.

    Paula, la hermana menor, se acerca donde su Tata para preguntarle a qué hora será el partido de la selección chilena Sub 20 contra su similar de Perú. Aún falta poco más de una hora, por lo que Claudia se hace de la guitarra para cantar “La flor de la canela” en honor a un compatriota de la peruanísima Chabuca Granda que estaba presente esa tarde.

    Claudia cantó el tema sin ningún toque de su característico acento sureño, por lo que deja entrever que la música no se trata de bandos, sino de un mismo acorde que entona sentimientos latinoamericanos en un único idioma.

    Foto: Wikipedia – Flickr – simenon

    André Suárez Paredes

    noviembre 24, 2013
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    Política
  • Macho alfa que se respeta nunca diría estas frases

    Hay frases que por los estereotipos son únicas para las mujeres. Te imaginas tú, mujer, besar a un chico con toda tu pasión para luego decirte «Detente, todo esto es muy rápido». De hecho, imagino que ha ocurrido, pero es extraño según el machismo sádico inmiscuido en nuestra mente de don juanes. A continuación, repasaré algunas frases como la antes citada para que lo pienses dos veces o tengas un buen argumento para faltar al código del macho alfa que se respeta.

    1) Llamas a tu amigo antes de ir a una fiesta y le preguntas: «Oye, ¿qué te vas a poner para ir al tono?» Caso de la vida real. Es extraño hacer esa pregunta, pues el problema de tener la misma vestimenta más agobia a las mujeres que a los hombres. A lo mucho un sonrojo y la joda entre los amigos, pero no para tanto como para coordinar con tus patas qué ropa van a llevar cada uno, como si fuera One Direction o qué.

    2) Luego de besar a tu enamorada, le preguntas: «¿Beso mejor que tu ex?» ¡Pero qué poco amor propio! Es una pregunta tonta, a quién le importa el pasado o ganarse por respuesta una mentira únicamente dedicada a subir el ego enfermizo.

    3) Los dos echados en la cama. Las manos traviesas hacen lo suyo. Todo parece ir por buen camino, pero una frase mata la pasión femenina: «¡Para, me siento incómodo!» ¡Esto es un #epicfail! Y el joven calentón no lo dice porque está en el automóvil, sino por razones propias del hijo de mamá que le roban su virginidad por … ¡tercera vez!

    4) En grupo con tus patas y comienzan a molestarte por cualquier detalle. La joda se extiende por unos cinco minutos. De pronto, te pones sensible, cae la autoestima y dices harto: «¡Ya, dejen de molestarme!» Si no eres un niño de 7 años, dirías algo como «No jodan, carajo». Pero no, dices lo primero. Nada que hacer, prepárate para el bullying y llora… llora mucho.

    5) Nuevamente la parejita con ánimos carnales. Ella quiere desvestirse, pero aguarda a que su hombre lo haga por ella. Espera que él sea rudo, todo un macho, que la lastimen en pleno acto sexual. «¿Vamos a hacer cositas?» Murió la pasión y la chica se lo cuenta a sus amigas. ¡Jamás! Bueno, es cuestión de saber cuándo decir qué y en qué todo, pues no todo debe leerse igual. La escena me recordó el filme ‘Django’ en el que el actor Giovanni Ciccia exige que su esposa en la ficción diga «¡Cachar, di cachar!». Imagínate eso, pero viceversa.

    Foto: Flickr – Surian Soosay

    André Suárez Paredes

    noviembre 24, 2013
    Artículos
    Psicología
  • El anarquista de los buenos modales (pero con buenas intenciones)

    Además de ser vegetariano y amar a los animales, seguro que Adolf Hitler abría la puerta a su esposa Eva Braun cada vez que ingresaban a algún salón o caminaba en el extremo de las acera, junto a la pista, cuando paseaba con ella en Berlín. Todo un caballero, un cándido para los buenos modales de la época, pero ese sujeto acabó siendo el autor intelectual del genocidio judío. ¿Todo un maldito, no?

    A veces me pregunto de qué vale tener buenos modales si es que lo que realmente importa con las buenas ideas, la sinceridad y la educación suficiente como para no ser antipático, egocéntrico o conchudo. Los modales no son más que estatutos sociales para calificar las actuaciones de las personas según lo «socialmente» correcto. Y no hay nada peor que exagerar en estos estatutos si es que se busca aparentar pertenecer a una colectividad exclusiva, pensando que solo los más refinados (de plata) tienen el conocimiento suficiente sobre cómo interactuar con el resto.

    Me considero un anarquista de los buenos modales, pero con muy buenas intenciones. Es decir, rechazo las convenciones sociales sobre «lo correcto» por estigmatizar a las personas según prácticas alienadas, cuales no necesariamente son universales ya que la sociedad se estructura por un universo infinito de campos sociales (1), para los que cada uno tienen reglas de comportamiento distintas y ninguna es más importante que la otra. Hacer hincapié y exigir buenos modales no es otra cosa que imponer una idea sobre lo que es correcto ante una lógica distinta de interpretar las cosas.

    Lástima que no muchos piensan como yo, pero al menos exijo el respeto por la diversidad y tolerancia ante el tema. Personalmente, he pasado por infinitas quejas de exenamorados sobre detallitos como mover la silla para que se siente, abrir la puerta, sentarme al lado del pasadizo en el bus… Siempre me disculpo con lo mismo: «¡Lo siento! Mi intención no era joderte, solo que no lo vi tan importante».

    Una vez recuerdo que una chica me exigía sin tregua todos estos detalles haciendo referencia que ella fue criada así, toda una señorita por su padre… pero tremenda pu** que resultó una vez acabado nuestro lazo pasional. Si algo aprendí de eso es que los buenos modales, algunas veces, sirven para cubrir la mierda de las personas más deshonestas.

    (1) Recomiendo leer la obra de Pierre Bourdieu sobre los campos sociales en su libro ‘Razones prácticas’

    Foto: Flickr – Fran…

    André Suárez Paredes

    noviembre 19, 2013
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • ¡Una recomendación si estás gileando!

    Una sugerencia si es que estás enamorando a una dama: ¡jamás hables sobre lo cariñoso o detallista que eras! ¡Incluso si te lo preguntan! Hacer eso, de alguna manera, es una estrategia de exhibir tus dotes de buen romántico para que ella crea que eres lo máximo, lo que ella desea y que otras mujeres no han aprovechado.

    ¡Olvídalo! No lo hagas, pues en un futuro pueda que ella descubra que no eras tan galán como creía. «¿Por qué eres tan poco detallista conmigo, pero sí con las anteriores?», sería una de las consultas que te dejarían en jaque. La respuesta es simple: las personas cambian con el tiempo y haber hecho las cursilerías de antaño es solo un episodio. No necesariamente dejarlo de hacer es algo malo, solo que cada quien crece a su ritmo y mejora en sus actitudes según crea. Es más, pasa que uno no se sienta orgulloso por haber hecho tontería y media en nombre del amor incondicional.

    En caso que una dama esté leyendo esto, no insistas en preguntar algo semejante. Tranquilízate, ya que él pueda que te quiera ahora a su manera. Y esa manera es con la que ahora se siente más cómodo consigo mismo. Antes del amor al resto, está el propio y esto abarca desde los prejuicios sobre el resto, así sus creencias sobre cómo y qué expresar en momentos determinados.

    Foto: Flickr – Sunny Ripert

    André Suárez Paredes

    noviembre 18, 2013
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    Amor
  • «Los caballeros no tienen memoria y las damas no tienen pasado»

    Siempre escuché la frase que los caballeros no tienen memoria, pero nunca logré entenderla del todo. Imagino que dicho refrán se aplica de la boca para afuera, pues si el caballero resultó herido por «x» circunstancia, hay que ser bien inútil olvidarlo y caer de nuevo en el error donde las emociones se vieron afectadas. En ese sentido, sí hace bien tener memoria, la cosa es parecer que no lo tuviéramos para no hablar mal de una fémina.

    «Los caballeros no tienen memoria». Me resultó curioso escuchar esta frase a Shirley Cherres en el programa ‘La noche es mía’ para ocultar sus aventuras de cama. De hecho, tiene algo de utilidad cuando se trata de tapar las canitas al aire.

    En el caso de los hombres, ¿las damas tendrán memoria? Hace varios años, el catedrático Jorge Thieroldt enseñó en alguna clase de Sociología en la Universidad Católica que todo refrán tiene su contraparte para explicar eventos inesperados. Por ejemplo, «De tal palo tal astilla» hace pareja con «De padre cojo, hijos bailarines». Imagina que sí debe haber, lo más cercano es que «las damas no tienen pasado», pero hay cierta injusticia al haber dos frases que no exigen nada a las féminas en beneficio del hombre. Lo digo porque sería oportuno exigir lo mismo en caso que revelen con nombre y apellido a un amante clandestino, ya calvo por las canas caídas.

    Leyendo la frase en su totalidad, la respuesta más clara sería evitar todo tema pasado en primer plano para no exigir posteriormente la falta de memoria o el reconocimiento de que no hay pasado. Eso debe ser muy difícil, pues en todo acercamiento entre dos personas del sexo opuesto cada parte trata de buscar lo mejor de sí para evitar fricciones, y este proceso requiere de cierto pasado. La solución sería evitar los prejuicios fundamentados por el pasado y tomar las cosas a la ligera si es que nos altera el historial de amantes. Total, «cada quien entierra a sus muertos».

    Foto: Flickr – becky becks

    André Suárez Paredes

    noviembre 13, 2013
    Artículos
    Amor
  • ¡También puede pasarte! Leyendas urbanas de terror

    Las historias del amigo de un amigo han durado generaciones y siempre es bueno recordarlas para vivir con el riesgo excitante de que pueden ocurrirnos algún día. Las leyendas urbanas, de alguna manera, reflejan nuestro temor por lo inesperado en épocas actuales. Lo interesante es que no se tratan de narraciones de fantasmas ni espíritus, sino de la concatenación de hechos que realmente sí pueden ocurrirle a cualquier persona.

    El profesor Jan Harold Brunvand, de la Universidad de Utah en Estados Unidos, recopiló en su libro ‘El fabuloso libro de las leyendas urbanas’ experiencias que parecen ser ciertas por la fuente de la historia, como cartas enviadas a periódicos locales o registros policiales que están echados al olvido.

    A continuación comparto cuatro leyendas.

    El barril

    Un hombre compró en el centro de Bodmin Moor, Inglaterra, una vieja casa en medio de una granja. Para sorpresa del dueño, encontró en la bodega media docena de barriles. La madre del dueño quería cortar a la mitad los envases de madera para plantar naranjos, pero se dieron cuenta que el barril no estaba vacío, así que fueron a la bodega más cercana para abrirlo y saber qué contenía.

    Bastó con abrir un pequeño agujero en el tope del barril para sentir el olor del ron, por lo que el hombre decidió primero beber todo el licor antes de cortarlo por la mitad. Luego de beberse junto a su familia los 150 litros de alcohol, decidieron cortar por la mitad el barril.

    Terrible fue el susto que se llevó al ver que dentro del envase había el cadáver de un hombre en perfecto estado. Según era la costumbre en las antiguas colonias, los muertos eran transportados en barriles de licor (más barato que la salmuera) para que sean enterrados en lugares lejanos.

    Mano lamida

    Una chica tenía la costumbre de que su perro siempre durmiera debajo de su cama. Cada vez que quería asegurarse de que todo iba bien, metía la mano debajo de la cama para que el perro la lama, pista que no había intrusos en el departamento.

    Una noche la joven oyó un ruido, como de un perro jadeando. Metió la mano debajo de la cama y el perro la lamió. Esa misma noche, más tarde, le apeteció comer algo y fue hacia la cocina. En el trayecto, escucha el goteo del grifo del baño, por lo que se acerca para cerrarlo bien.

    Para su sorpresa, en el fregadero había un cuchillo ensangrentado y en la ducha el cadáver del perro apuñalado junto con una nota que decía: “Los humanos también sabemos lamer”.

    Solo en casa

    Una pareja noruega estaba dispuesta a viajar por vacaciones y esperaba la llegada de la niñera para que cuide de su único hijo. El tiempo pasaba, el equipaje estaba listo y la niñera que estaba retrasada.

    La madre del menor recibe la llamada de la niñera. Ella le explica que tuvo una avería y que se iba a demorar. La pareja se ofrece a recogerla, pero la niñera dice que está muy cerca, que llegará en solo 15 minutos. La madre, entonces, deja al niño en su sillita para disponerse a salir junto a su esposo al aeropuerto.

    Durante el viaje, los padres nunca se enteraron que la niñera había muerto atropellada a solo cuadras de la casa. Cuando la pareja regresó, encontró a su hijo muerto de inanición todavía atado a la silla en la que le habían dejado.

    Involuntario

    Un patólogo jubilado llamado Ellis Darley de Cashemere cuenta la siguiente historia sobre uno de sus antiguos colegas.

    Su compañero, otro científico, creció en Yugoslavia. Durante la Segunda Guerra Mundial, este amigo sufrió la falta de alimentos que se veía aliviada cuando recibían apoyo de familiares estadounidenses.

    La comida llegaba en latas y, al parecer, llegó una sin etiqueta. Era polvo y la familia yugoslava pensó que se trataba de suplemento vitamínico, por lo que procedieron a consumirlo. El polvo era echado sobre la comida, porque daba un sabor distinto.

    Semanas más tarde, llega una carta desde Estados Unidos avisando que uno de los abuelos de la familia había fallecido y que en la lata enviaban sus restos incinerados para ser enterrado en su país natal.

    Foto: Flickr – Jason Pier in DC

    André Suárez Paredes

    noviembre 13, 2013
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    Cuento, Curiosidades, Estados Unidos, Historias urbanas, Leyenda urbana, Leyendas, Miedo, Mitos, Muerte
  • El mito urbano del ‘buen’ samaritano

    Esta es la historia de un hombre común en circunstancias inexplicables, la de un sujeto sin nombre por haber pasado a estas líneas en forma de leyenda urbana por la amarga condena de la desdicha. Un individuo impoluto y que obtuvo por recompensa del devenir nada más que un palmazo en la espalda.

    Pasaban de las diez de la noche, su aliento olía a licor, pero el ambiente era el más propicio para hacer creer que era una caballero inglés en medio de una cantina infestada por universitarios precoces. El sueño parecía embargarlo, pero nada quitaba su gallardía kamikaze de acabar la universidad revelando lo que su pasión tragaba por miedo al rechazo. Uno que otro vaso, el abrazo de tu nuevo mejor amigo y el festejo giraba hasta la nausea cuando, de pronto, ella apareció como una valkiria en pleno campo de batalla.

    Ya se conocían de antes, ya se habían hablado, por lo que no hacían falta las presentaciones de rigor. Se miran, se saludan a lo lejos con un ligero movimiento de mano hacia ambos lados, lo que denota un reconocimiento de amistad en un plano no íntimo. La bulla del bar se reduce hasta el silencio de la vergüenza por no haber hecho lo que debía hacer. Era ese día o nunca. Se dejó de mariconadas. Bueno, tampoco tanto.

    «Siempre quise decirte que tienes unos ojos realmente hermosos», fue la frase que disparó el revolucionario en medio de su grupo de amigos. Ellos lo miraron extrañados, como si se hubiera equivocado de persona, pues la anécdota parecía ser muy graciosa como para que resulte real.

    Ella se apiada de su revelación, lo mira con ojos condescendientes, inclina la cabeza muy pocos grados hacia su derecha y sonríe ante el halago de suicida emocional, pero con buenas causas. Asienta con la cabeza, posa su mano en la mejilla del muerto en vida agradeciendo la valentía. Comprendí en ese momento que existen mujeres bellas que parecen vivir sin saber el efecto que pueden causar a los demás mortales. Bajó su mano, la mejilla del aventurado se enfría y desconectado de la mano de la fémina decide irse del local como los héroes de las películas de acción, aquellos que no miran hacia atrás cuando todo explota. Esa vez, por lo menos, algo explotó para bien.

    «Sigámonos viendo».

    Así pasó durante varias semanas hasta la noche que el sujeto innombrable aguardaba lo mejor: la fiesta de graduación. Sacó su mejor traje, arregló la melena rebelde y barajó una suerte de sonrisas que no solo parezcan las de un sujeto que la pasa bien, sino la del sujeto que la pasa únicamente bien con ella. Se encontraron en el sitio, cerca de las 11:00 p.m. Era un sitio lejano, la reunión era un jardín amplio, con toldos, con una cálida luz amarilla enfocando los exteriores de la pista de baile y dejando penumbras para los amantes.

    Ella vestida de rojo con taquitos, sobre el cuello la desnudez de su dermis y con ella mi juego de verla y no verla para aparentar menos los síntomas de efecto visual cuando la belleza puede ser más bella. Bailaba, le encanta bailar, y se movía por el plató con suma destreza, mientras que nuestro personaje se limitaba a hacerle compañía con el tomo I del ‘Manual de buen bailarín’. ¿La estrategia debajo de la manga? Hacerla reír con sus dos pies izquierdos, como si se tratara de un fenómeno de circo, comparable con el Hombre Elefante que buscaba cariño en medio de los bellos y normales.

    No se cansaba de danzar, giraba teniendo como eje su sonrisa, el rostro parecía no moverse mientras recorría el espacio dejando una estela que solo nuestro kamikaze podía admirar. Llegó el alcohol y, con él, la prisa del tiempo. El buen hombre la perdía de vista mientras se acercaban rostros que ahora no recuerda. Desaparecía y volvía con una sonrisa coqueta, parecía una mariposa entre arbustos de sacos grises, entrando y saliendo del gentío con destreza sin perder ningún compás de su equilibrado baile.

    Él cuidándola a la distancia, mirándola como si fuese a tropezar con el aire, sensible hasta los huesos para aparecer como quien promete lo que muchas desean sin mayor reclamo por la atención. Ella tomó su mano, se dirigieron a una cabina fotográfica y una cámara extrajo las almas de un faraón sin mayor imperio que lo ajeno, y ella con una mueca triste que da ganas de sonreír.

    Nuevamente, ella se perdió. Las luces iban casándose de iluminar y las damas, de bailar. La mariposa roja se sentó en una silla plástica. Su miraba observaba el vacío y su sonrisa desdibujada de un solo borrón. Él se acerca, toma su mano y le pregunta qué pasa. Un velo de rimel negro parecía cubrir un poco sus pestañas. La pena no era para menos, pues fue herida en su moral de mujer por quien prometió antes cuidar de ella. Mujer y la zuela de su zapato, la aberración de lo antes mencionado en una vulgaridad mayor, eso escuchó, eso fue lo que le dijo. El odio embargó a nuestro personaje, pero nada pudo hacer ante el pedido expreso a la no violencia. Él la mira, arrollándose de a pocos para verle el rostro y decirle que la acompañará hasta acabar la noche.

    Hora de irse. Todos se iban de a pocos, la luz ya desapareció y las sombras con rumbo desconocido se acercaban a la puerta para abandonar el local. No había otra que caminar para tomar un taxi. Nuestro héroe de historieta hace el saludo hitleriano para ordenar un taxi, pero dada la hora y la lejanía nadie accedía a la carrera. Con él andaba del brazo su protegida, caminaban entre las calles oscuras con un séquito silencioso. Ella parecía incómoda y nada de lo que nuestro amigo de la historia parecía arreglar. La impotencia se respiraba y aguardaba el momento de verla a los ojos una vez dentro del taxi para calmarla con la mayor paciencia posible. Lástima que las acciones que uno espera no tienen el mismo resultado si no es de la persona indicada, por más que sea de quien parece habernos traicionado.

    Un buen señor se compadece. Arregla el viaje a un precio módico. Nuestro colega volteó, tras conversar con el conductor desde la ventanilla del copiloto, y nota que ella estaba más lejos de él. Se alejó unos metros observando a las calles venideras y gritando un nombre antes maldecido. La puerta del asiento largo del vehículo se abrió con fuerte sonido a metal, como la de una jaula que acobija a una bestia sudorosa de licor. Y con la bestia se iba también la mariposa que revoloteaba ya sin mayor trayecto que el pasado, mientras nuestro personaje era invitado a ver la escena desde el espejo retrovisor, observando cómo discurre el tiempo en su reflejo.

    El camino fue largo, así como la agonía de quien fingió desinterés conversando en vano con el taxista. La ruta unía tres puntos, dos de ellos muy cerca, mientras que el del personaje era el más lejano: casualidades de la geografía que repercuten en la vida real. Sin perder la catadura, el buen hombre acompañó primero al último pasajero en abordar la nave. Ahora solos, él veía el cielo a través de la ventanilla, calmado, como si la derrota es de quien aparentemente siempre gana en las películas, pero en la segunda o tercera secuela.

    Las palabras más dulces son las que ofrecieron las disculpas del caso. No había mucho que hacer o, por lo menos, decir en lo que duró los casi cuatro minutos de viaje. La última dirección. Ella baja con la sonrisa de siempre, aliviada por no haber soportado el enojo de su fiel escudero, quien callaba en una mueca la más grande las mentiras. Ella sacó las llaves sin mucho apuro y él, como aquella noche en la cantina, la veía como si fuese nuevamente la última vez. La tomó del brazo y harto del tiempo por haber perdido su prosapia de caballero la besó, dejando caer las llaves de la fémina a la acera, mientras el taxista se iba sonriendo sin haber cobrado el pasaje al ver tan apasionado beso…

    El sonido de la puerta al cerrarse hizo que nuestro buen amigo despierte de su letargo. Sus llaves nunca cayeron al suelo y el taxista seguía esperando a quien tenía toda la apariencia de querer irse caminando en soledad. Para su tranquilidad, la batería del celular tenía suficiente batería para escuchar una última canción antes de dormir. Llega a su casa y paga el total del taxi por la carrera, todo el mejor de los caballeros. Activa el reproductor de música. Joaquín Sabina parece decirle algo cierto al oído. «Aunque en parte soy juez de un nunca, de un tal vez, de un no sé, de un después, de un qué pronto. En asuntos de amor…».

    Se quitó los audífonos, pues ya sabe cómo termina la letra.

    Foto: Flickr – garryknight

    André Suárez Paredes

    noviembre 11, 2013
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  • Si te has laceado, lo siento, Dios no acepta devoluciones

    Hace un par de meses asistí a la graduación de mi mejor amigo en el anfiteatro del colegio San Agustín, por la avenida Javier Prado. Llegué algo tarde, así que no tuve de otra que ir a la platea del segundo piso para observar a todos los recién graduados. Todos estaban vestidos para la ocasión, hombres de corbata y bien peinados, mientras que las mujeres de taco, vestido y ¡todas con el cabello planchado, totalmente laceas!

    Las graduadas parecían todas iguales desde lejos con las greñas forzadas a dejar su semiondulado natural. Si uno siempre se altera por ver que la amiga tiene el mismo vestido que tú, ¿por qué esa lógica también no se aplica al cabello lacio? Incluso, no falta quienes compiten con las amigas para ver quién tuvo el laceado más perfecto, como si eso implicara mayor belleza.

    ¿Acaso no es posible arreglarse el cabello que por naturaleza se tiene sin necesidad de plancharlo? Una amiga me dijo que con la plancha se alista el cabello más rápido, pero poco le importaba si ese mismo estilo lo tuviera artificialmente el resto de mujeres en una hipotética reunión. El laceado bien puede solucionarte el problema del freeze y ahorrar tiempo, solo que la originalidad se va al tacho si es que se imita lo del resto, por allí uno que otro fleco sin mayor gracia.

    De hecho, cada quien tiene la libertad de hacerse lo que quiera en la cabeza. Unas pensarán que se lacean porque así lo quieren y se ven más lindas según su manera de ver el mundo, pero una lástima que ese modo sea la imposición de una moda, que consiste en alterar nuestra imagen real. Total, Dios no acepta devoluciones.

    Foto: Flickr – Don Le

    André Suárez Paredes

    noviembre 4, 2013
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    avenida Javier Prado, Colegio San Agustín, Estilo, Freeze, Laciado japonés, Lacio, Moda, Peinado, Peinar, Peluquería, Planchado
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Disculpa si te puse triste…

 

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