NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Cuando te conviertes en tus padres

    Admito no haber dado muchos regalos a mi madre por su cumpleaños, pero cuando me tocó hacerlo, tuve que desembolsar lo que no gasté en 25 años. Me acuerdo bien cómo fue ese día, porque sentí por primera vez que se invertían los papeles respecto quién engríe a quién a la hora de comprar obsequios. Y no solo eso, sino también las regañadas.

    Faltaban pocos días para el onomástico de mi madre y justo ese mes se le malogró una tablet barata que había comprado por 300 soles. Le presté la mía para que se entretenga hasta que vea en Saga o Ripley alguna que pueda comprar. Ella no perdió el tiempo, revisó en los folletos de ambas tiendas y me mostró cuál quería: una Lenovo Yoga Tablet, la más reciente en el mercado tecnológico.

    Finalmente fui con ella a Saga junto a mi hermano para comprar el gadget. Habían dos modelos de la mencionada tablet, uno más caro que el otro por el tamaño de la pantalla. Yo no sabía cuál comprar hasta que vi a mi mamá divertida por su nuevo futuro regalo; incluso, le preguntó inocentemente al vendedor si la tablet soportaba ‘Candy Crush’, porque era su aplicación favorita. ¡Más linda! Se me partió el corazón, me acordé inmediatamente cuando ella me compró el Nintendo 64 a finales de los noventa y veía en ella el rostro que de seguro yo puse hace más de 10 años.

    «André, compra el más chiquito, ese estará bien», me dijo con unos ojos complacientes, sabiendo que no suelo gastar mucho dinero al mes. Sin responderle, me acerqué donde el vendedor y le dijo que quiero la más cara. Mi madre en silencio sonrió y me agradeció por el detalle, el cual me tuvo pelotudo durante tres meses por las cuotas, pero tener a la mamá feliz no tiene precio.

    Pasaron los días y como todo juguete nuevo, el tiempo hace que pierda interés. «Mamá, está arañada la pantalla aquí. Cuídala pues, ya sabes el esfuerzo que hice para comprarlo», le reproché como si ella fuera mi hija. Es lindo sentir esa sensación, porque me di cuenta que la regañé con las mismas palabras que ella me decía cuando desatendía mis juguetes.

    Son esos momentos, cuando se invierten los papeles, en los que uno descubre lo que ha aprendido durante la niñez. Uno cree que no se copia de los padres, pero resulta mentira. La cadena de televisión británica Gold encargó un estudio para determinar a qué edad los hombres se convierten en sus padres. Tras consultar a 2.000 adultos británicos, se concluyó que la edad es a los 38 años. “El futuro es brillante para los hombres, dormir más, tener tu silla, soltarse en la pista de baile y encontrarse divertido, parece que los 38 son la edad a la que los hombres pierden oficialmente sus inhibiciones”, dijo Steve North, director general de Gold.

    Yo tengo 25 y ya me siento así. Será que mi madre me crió extremadamente bien o soy un joven con alma de viejo que se percata de los pequeños detalles alegres de la vida familiar.

    Foto: Alex Akindinov – Wikipedia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 18, 2014
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    Candy Crush, Estudio, Familia, Gold, Lenovo, Madre, Mamá, Maternidad, Padres, Ripley, Saga Falabella, Tablet
  • Descifrando el silencio del abstraído

    ¿Son de los que no soportan atender las emergencias emocionales del resto? No hablo de los que son unos témpanos con patas, sino de aquellos que en medio del discurso plañidero te dices mentalmente «Bahh, no es para tanto. Me pregunto si Perú irá al próximo Mundial…», mientras mueves la cabeza afirmando que atiendes cada palabra. Es algo así como abstraerse del momento crítico del locutor creyendo que son problemas que él debe resolver por sí solo, que hay aspectos en su narración que no son para tanto si se tiene el carácter suficiente.

    Una vez me tocó ser observador de una sesión psicoterapéutica. La paciente reveló su problema sobre la sensibilidad que sentía al ver cómo morían sus más allegados, entre ellos, una amiga que padecía de cáncer. El discurso me hizo recordar que yo también pasé por la misma experiencia, solo que bastó escuchar que la paciente quería llorar cuando me abstraje y comencé a pensar en otras cosas diferentes, hasta cuestionaba la necesidad de hablar esos temas con alguien más, como si fuese difícil de sobrellevarlo.

    ¿Por qué diablos hago eso? No lo sé, ahora me preocupa porque resulto indescifrable cuando me siento responsable -o reprochado- por problemas que son ajenos a mí cuando solo quiero tranquilidad. Pero siento que esa tranquilidad, en realidad, no es tan tranquila como para abstraerme de las crisis emocionales del resto, que llego a juzgar como nimios si uno piensa en dolores más traumáticos.

    Revisando mi breve biografía de 25 años, admito que por necesidad he sido retraído en momentos difíciles cuando era un niño. Incluso, cómo habré llegado a tal nivel de introspección que a los 18 años recordaba ciertas escenas como si fueran pesadillas. Toda esa experiencia la asumí solo, por lo que considero que cada quien tiene la voluntad de enfrentar sus problemas sin la necesidad de compartirlos, a menos que esa persona a quien se le comparte sea parte del problema.

    Sé que pensar así nos hace indiferentes a la experiencia y sensibilidad del resto, porque cuestiona la gravedad de estas a partir de una escala relativa para cada persona. Temo que para ser empático también soy egocentrista para evitar ponerme triste por cosas que no son de mi responsabilidad. ¡Eureka! Creo que al final descubrí a qué se debe esta actitud: el deseo de forjar mi estabilidad sin ser protagonista de las experiencias de quienes me rodean, porque de esa manera tendría un mínimo de responsabilidad para sentirme triste.

    Foto: Maik Meid – Wikipedia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 14, 2014
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    Eureka, Psicoterapia, Responsabilidad, Terapia
  • El dinosaurio joven

    Soy filatelista por amor a la historia universal y soy un dinosaurio joven que teme la extinción de su raza. Hace unas semanas oí cómo dos filatelistas calculaban, a partir de la edad de quienes aún tienen la fuerza de reunirse cada domingo a la espalda de la Casa de Correos, en cuántos años moriría esta pasión. «En unos diez o quince años todo acabará. Los colegas mueren de a pocos y sus colecciones se pierden con el tiempo», dijo con nostalgia un colega que ya bordea los 60 años.

    Es triste saber que soy el más joven de los coleccionistas con mis 25 años de edad. La media, según me explicó un amigo, es de 35 ó 40 años, por lo que me siento el engreído al recibir consejos de todos ante preguntas que por vergüenza a mi ignorancia no me atrevo a formular.

    Con quienes tuve la oportunidad de conversar sobre sus vidas me contaban que iniciaban sus colecciones a los 7 ó 10 años, detalle que me recuerda que yo también desde niño quise ser filatelista. Recuerdo que le conté a mi padre, pero nunca tuvo la iniciativa de colaborar con mis aficiones. No fue hasta que comencé a ganar mi propio sueldo para recuperar el tiempo perdido.

    Sé que aún soy muy joven para preguntarme qué será de mi colección cuando llegue al final del camino. Me intriga saber qué harán con las estampillas de temática militar que cada domingo iba comprando. Si en diez años la filatelia en Lima desaparecerá, ¿qué será de mis hijos si pienso en inculcarles esta afición? Sé que no debo obligarlos a hacer lo que yo quiero, pero al menos que tengan el conocimiento de este campo intelectual.

    Cuando salió el álbum del Mundial de Brasil 2014, ¿también te diste el trabajo de comprar todas tus figuritas para completarlo? Bueno, si fuiste de aquellos afanados, te diré que eso no es nada comparado con las ‘otras’ figuritas que se han repartido por todo el mundo en conmemoración de los mejores futbolistas de la historia. Creo que solo basta tener el gusto por coleccionar algo para ser filatelista, la cuestión es hallar el tema que te apasione. Y te diré algo, hay para todos los gustos.

    Foto: itchys – Wikipedia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 12, 2014
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    Brasil 2014, Casa de Correos, Coleccionista, Dinosaurio, Donde comprar estampillas, Estampas, Estampillas, Figuritas, Filatelia, Filatelista, Gustos, Historia, Lima, Michel, Mundial de Brasil, Panini, Stamps
  • La frase de Ricardo Arjona que tiene toda la razón

    ¿Sabes lo que realmente quieres? ¿No te ha pasado que deseas algo (no tienes clara la idea de qué es) y actúas indiferente para conseguirlo, pero esperanzado de que se cumpla de todas maneras? Parece un trabalenguas, pero sucede que es una situación corriente para quienes no saben cómo abordar las cosas, sea la resolución de un conflicto, el inicio de proyectos personales o simplemente qué esperas de tu relación.

    Resulta extraño creer que dos personas pueden estar en desacuerdo cuando se plantean un mismo proyecto, pero en base a juicios, valores y argumentos antagónicos. Si el fin es el mismo, ¿cómo solucionar mediante la diplomacia esta disyuntiva? A veces uno tiene que ceder ante el reclamo del otro, o simplemente construir juntos la mejor manera de sobrellevar las cosas mediante un arduo análisis introspectivo. Pero saben una cosa, hay veces que reclamamos cosas diametralmente opuestas a la lógica. ¿No lo creen? Pues me he dado cuenta que lo experimenté hace unas horas y finalmente pude resumirlo en una sola frase de Ricardo Arjona.

    No soy fanático del cantante guatemalteco, por cierto, hasta me da cierta vergüenza decir de qué frase se trata, pero debo admitir que atinó con su verso floreado en esta oportunidad. La frase «acompáñame a estar solo» me resolvió el conflicto interno de no saber cómo expresar que deseaba la compañía de alguien especial en mi autismo cotidiano. Esto último ya lo he desarrollado en anteriores publicaciones como determinado gusto a la soledad sin que eso signifique desinterés por el resto.

    «Acompáñame a estar solo» es una propuesta ilógica en el sentido que nadie puede acompañar a alguien a estar solo (el hecho de acompañarlo quita el sentido de soledad). Sin embargo, la sensación que la frase expresa es la de un espacio de soledad acompañado por la seguridad de que alguien está pensando y cuidando de esa persona en especial, como el autista que juega en su cuarto ante la mirada de sus incondicionales padres.

    La frase me ha ayudado bastante para reencontrar el sentido de mis emociones y solucionar una discusión que ya daba vueltas en sí misma, otorgando así una nueva oportunidad con alguien muy especial para mí. Si no saben cómo explicar la necesidad de estar solos para reflexionar las cosas, sin que ese tiempo signifique un alejamiento, aquí tienen una frase sumamente poderosa.

    Foto: ChrisEngelsma – Wikipedia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 9, 2014
    Artículos
    Guatemala, Música, Ricardo Arjona
  • ¿Preocupado?

    Mi madre siempre dice que todo tiene solución salvo la muerte. Imagino que debe tener razón, ya que parafrasea a la perfección una enseñanza atribuida al Dalai Lama en la película ‘Siete años en el Tíbet’, dirigida por Jean-Jacques Annaud en 1997: «Si algo tiene solución, no hay por qué preocuparse y si no tiene solución, entonces preocuparse no está bien».

    Tener la cabeza fría resulta un dogma ante encrucijadas sin solución aparente, pero creo que la situación es diametralmente distinta cuando se trata de dos personas. Además de lidiar con tu psique, debes tener la sensibilidad agudizada para no lastimar a esa otra persona. Dar una respuesta en equipo es terriblemente difícil cuando la confianza vulnerada hace de la pareja no sea una unidad, así como el pan con mantequilla o el panetón con las frutas.

    ¡Qué fácil sería si todo dependiera de nosotros mismos! Debe ser por ello que aprecio mi soledad -no confundir con desinterés- cuando me siento triste de no gozar mi dosis de autismo intelectual, encerrado en mi dormitorio sea para leer o simplemente escribiendo en este espacio.

    Volviendo al tema de las encrucijadas indescifrables, preocuparse es lo último que debemos hacer ante situaciones difíciles. ¿Pero existen cosas que realmente jamás tendrán solución? El tiempo creo que tiene la última palabra, porque puede limar las asperezas tras días o meses de autorreflexión sobre el problema en cuestión. ¡Eh, pero que las cifras no te engañen! No hay un número perfecto de espera suficiente si es que el tiempo no es aprovechado en evaluar con más calma las cosas.

    Foto: Dfred – Wikipedia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 7, 2014
    Artículos
    Reflexiones
  • Perdón es el aroma que la violeta deja en el zapato que la aplastó

    Aún me acuerdo de las enseñanzas del padre Andrés Gallego en los primeros ciclos de la universidad. No faltaba quienes discutían sobre la necesidad de esta asignatura en la currícula, pero personalmente me resultó un aporte fundamental para la comprensión de la religión, así como aspectos fundamentales de la vida en los que nada resuelve ser experto en matemáticas o lenguaje. Ahora más que nunca recuerdo sus palabras sobre el perdón.

    «Perdonar es reconocer la esencia humana de las demás personas y tratarlas como igual, con respeto y amor al prójimo. No confundir, por cierto, el perdonar con la justicia. Hagamos un ejemplo, digamos que tengo una esposa y ella me sacó la vuelta. Ella me pide disculpas y yo la perdono. Eso no significa que volveré a vivir con ella como si nada hubiera pasado, sino que reconozco su esencia humana, le tendré respeto y procuraré ayudarla, pero vivir como antes, jamás»

    El texto que escribí no es exacto, pero algo así fue la enseñanza del día. Perdonar, chicos, no significa amnistía ni mucho menos olvidar las cosas. Perdonar es eximirle a esa persona el malestar que debe sentir por haber actuado en tu contra, tratarla como todo prójimo reconociendo su esencia y seguir para adelante. El perdón no quita la justicia, ni menos la consecuencia de los actos agravantes, pero sí alivia un alma que pide enmendar una falta para seguir adelante.

    * Título de Mark Twain

    Foto: Cayme – DeviantArte. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 6, 2014
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    Andrés Gallego, Currícula, Educación, Enseñanzas, Justicia, Lo siento, Padre, Perdón, Perdonar, Sentir, Teología, Universidad
  • Estar triste podría en realidad ser bueno para nosotros

    Así como la alegría, la tristeza es algo inherente a nuestra humanidad. Ahora que estaba analizando sobre las causas, orígenes e historia de este amargo sentimiento, me topé con esta brillante explicación sobre la melancolía. Saber la diferente es sumamente importante para tener una idea de lo que padeces y afrontarlo mejor. Me siento pecho frío hablando de estas cosas, pero a veces el conocimiento requiere de cierta dosis de tristeza. Incluso, como menciona parte de este video, ayuda a valorar la belleza de las cosas más sencillas, algo que los judíos experimentaron en los campos de concentración nazi, por ejemplo, al valorar el paisaje natural desde su encierro.

    Te dejo por aquí el video. Está en inglés, pero no tan complicado si buscas en Wikipedia a los personajes que cita la voz en off. Algo que aprecio de este trabajo de 5 minutos y medio es cómo desarrollan la melancolía a partir de la evolución, explicando así una conducta que ayudó a la sobrevivencia del hombre.

    Foto: Vincent van Gogh – Wikipedia

    André Suárez Paredes

    octubre 6, 2014
    Artículos
    Depresión, Evolución, Humanidad, Melancolía, Nazi, Pena, Reportaje, Segunda Guerra Mundial, Sentimientos, Tristeza, Video, Wikipedia, YouTube
  • Lo que nadie se imagina 9

    Ni un millón de dólares habría cambiado la suerte de Clementina Céspedes. El juez parecía incorruptible y estaba por dictar sentencia en contra de la joven Clementina, que fue procesada por asesinar a su novio. Hasta se pintaba las uñas mientras el fiscal leía a gritos todas las pruebas en su contra. Lucía tranquila, sin apuros por los 15 años que pasará en la cárcel, aspectos que jamás creerías de ella si hubieses visto su rostro en los periódicos luego del arresto.

    El juez se levanta de su sillón para brindar su veredicto. Recoge la hoja de papel que había redactado horas antes con la misma mano que antes lucía un hermoso anillo de matrimonio, llevada dos años de divorciado. Clementina deja a un lado el esmalte y habla con su abogado tras acordarse un elemento importantísimo a la hora de haber cometido su crimen. El abogado se quita los lentes y se para inmediatamente para ordenar un último alegato. El letrado camina hacia el estrado como los toreros en el ruedo, apretando el culo y estilizado, sabiendo que será el ganador del enredado juicio.

    Clementina se acerca donde el juez y le dice algo oído, casi imperceptible. La reacción fue inmediata, el juez levantó su cabeza tras un chispazo de memoria que lo regresó a sus peores miedos conyugales. Él se puso de pie y se dirigió hacia una vieja máquina de escribir para rehacer el fallo. El fiscal se enteró entre comentarios lo que había objetado la defensa y supo en un instante que todo estaba perdido: había cometido el asesinato cuando ella reglaba.

    Definitivamente, lo que no pudo hacer un millón de dólares en corrupción lo hizo la naturaleza mensual de las mujeres.

    Foto: AnarchyArt666 – DeviantArt. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 5, 2014
    Artículos
    Política
  • M-E-M-O

    No pensé que llegaría esta publicación, pero sucede que las cosas no salieron como esperaba. Me preguntaba ahora si debía borrar para siempre las dedicaciones, sueños e ilusiones que he redactado en los últimos seis meses. Quizá, si eres un lector asiduo de este espacio, hayas notado cómo he ido cambiando la línea editorial del blog. Recuerdo haber arrancado este proyecto como un espacio anticursi, algo que jamás pensé que sería hasta que cupido me flechó con un arpón.

    ¿Eliminar o no eliminar? No sé si sea buena idea hacerlo, en verdad no quiero hacerlo, porque me parecería injusto para la memoria y para los lectores que algún día pueden toparse con las enseñanzas que tuve con esa maravillosa persona que era mi enamorada. Escribo esto, más que nunca, sin las cursilerías del momento. Escribo esto con la suma frialdad que tú, querido lector, mereces al haberte propuesto este espacio dedicado a reflexiones calculadas y con nervios de acero.

    Ahora en adelante, seguro que me verás por aquí mucho más seguido. He pensando en algunos proyectos para este blog, ya se darán cuenta con el tiempo, pero tendrán al menos más de mí en adelante. Tengo muchísimos temas que están pendientes, pero ya me pondré al día. Nada, espero su apoyo nuevamente.

    La poesía nacerá de vez en cuando y la ficción seguirá, son cosas inherentes a mí y creo tener buenas ideas para eso, solo que no me atrevía a hacerlo. Y si lo hago aún, digamos que es el legado de quien me enseñó cómo sentirme mejor en momentos que odiaría el amor. Lástima que no se pueden tener testigos toda la vida, solo la confianza. Nada, que esta publicación sea un punto de partida para un mayor compromiso con mi deseo de escribir y comunicar tantas cosas que me resultan terapéuticas.

    Y seguimos en el mismo barco, compañeros. Algo parchado, pero barco al fin y al cabo.

    Foto: Nevit Dilmen – Yükleyenin kendi çalışması – Wikipedia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 5, 2014
    Artículos
    Amor
  • El hombre del saco de yute (6)

    El alférez Sergio Carranza se soba los ojos por el sueño y maldice su trabajo. En realidad, maldice a quien tiene al frente: un pobre vagabundo que se metió en problemas. “Si no fuera por este estropajo, estaría en la cama ahora con mi mujer”, pensó Carranza mientras enciende la computadora para registrar los datos del detenido, quien tiembla de frío en la Comisaría de Lince, sentando en una silla de metal gris y espuma ya desconchada por el tiempo.

    La luz blanca del cuarto de detenidos hace que los rasgos de Jano sean más pronunciados, la sangre de un color rojo mucho más vivo y los moretones más morados de costumbre. Aún no era llevado al doctor antes de ser procesado por los oficiales, ¿a quién diablos le importar la vida de una escoria social? Eso deben pensar los vecinos de Lince, quienes durmieron tranquilamente durante el arresto de Jano que trató de cuidar el sueño de Karem hasta el último segundo.

    -¿Nombre?-, pregunta Carranza mientras bebe un sobo de café. No se toma la molestia de mirarlo a los ojos.
    -Jano-, responde el vagabundo sin quitarse la mano del pómulo derecho, cual está roto y necesita ser cosido.
    -¡Nombre completo, carajo!-, replica el oficial, ahora sí levantando la mirada para intimidar a Jano, para que hable lúcido, sin morder las palabras.
    -Jano, señor-, contestó nuevamente cerrando los ojos, tratando escapar del lugar aunque sea por un segundo dentro de su imaginación.

    Carranza se levanta furioso de la silla, cansado del sueldo de mierda que recibe y tener que pasar más horas en la oficina por culpa de un inepto. Se acerca donde Jano para jalarle del cabello y alzar su mirada. Este seguía con los ojos cerrados para no escapar de su mundo, en el que la mano de Karem cuidado de su profunda herida.

    Lo peor del cuadro es que Jano decía la verdad. Es decir, esa pobre alma no tenía apellido, porque así nació, sin algún título nominal como descendencia. Poco le importaba el orgullo machista del apellido, solo quiere que su niña -porque desea que sea mujer- se parezca idéntica a la madre, aquella mujer con quien algún momento compartirá la mitad de su vereda cada noche al dormir. No tendrá muchos lujos, pero de lo poco que tiene, conmueve su afán de compartir.

    -¡Tu apellido, dime tu apellido!-, gritó Carranza, harto de tener que esperar, de seguir con su oficio de policía. Descargaba su frustración sobre Jano. Saber el apellido era lo de menos, solo quería golpear. Lo necesitaba.
    -¡Ya, Carranza, detente! Lo vas a matar al huevón-, el teniente Antonio Salazar salió a la defensa de Jano. Siendo superior de Carranza, entendió la rabieta del subordinado. Le recomendó que escribiera cualquier apellido, que eso no importa, porque el detenido no tenía antecedentes. Como no hay denuncia de por medio, el caso pasaría al olvido a la mañana siguiente.

    Jano se recuesta inconsciente en el suelo, casi no puede respirar. Se lleva una de las manos al bolsillo para sacar un trocito de papel para meterlo a su boca. Los policías se limitaban a discutir sobre qué hacían con el detenido. La hora premiaba, ya iba a amanecer, así que mejor era dejarlo donde otras autoridades para limpiarse las manos. La solución resultó sencilla: mandarlo al hospital para que cuiden de su herida.

    -Como emergencias siempre está copado, eso nos dará tiempo para echarle tierrita a este tema-, dijo Salazar, quitándose los lentes para leer y parpadeando con fuerza para quitar el cansancio de sus ojos.

    Acto seguido, Carranza miró inmediatamente a dos cabos que aguardaban en la puerta. Bastó solo un movimiento de ceja para que se acercaran donde el cuerpo rendido de Jano para levantarlo sin mayor cuidado y estamparlo contra el asiento trasero del patrullero.

    Jano comenzó a recobrar la consciencia nuevamente. Le dolía la cabeza y sentía cómo el temblor del carro hacía pequeños golpes en su frente contra el vidrio del vehículo. Observó por la ventana para saber dónde estaba. La luz de la mañana lo cegó por unos instantes, pero pudo identificar las columnas grises y reglas oxidadas del Hospital Nacional Arzobispo Loayza. Cierra nuevamente los ojos suavemente, extrañando hasta los huesos a Karem. Nada de esto hubiera ocurrido si Jano no hubiese sido tan impulsivo para hacer sonreír a su engreída. Los dos oficiales que están en los asientos delanteros del patrullero conversan en voz alta.

    -El jefe Salazar bien pendejo. Mira hasta dónde mandó a este huevón para que no frieguen a la comisaría de Lince. ¡Qué fácil es solucionar el problema de un distrito mandándolo a otro!-, dijo el guardia, quien soltó una carcajada tan estruendosa que silenció la bulla de la radio y las bocinas.

    El vehículo entra emergencias, un largo patio gris donde enfermeras entran y salen con camillas a toda velocidad, tratando de asistir a todos los heridos de una madrugada sangrienta. Jano es sacado a jalones y echado sentado sobre una silla de ruedas. Los guardias no se molestaron en llamar a una enfermera, solo lo dejaron ahí sentado sin mayor cuidado, como quien saca la basura por las noches con la esperanza de que desaparezca el día siguiente.

    Jano se quedó sentado, inmóvil, sobre la silla de ruedas. Miraba a los ojos a las enfermeras esperando que ellas voltearan a verlo a los ojos, así verían su necesidad de ser curado del profundo corte que tenía en la cara. Nadie le prestaba atención. Entre tantos enfermeros y heridos de gravedad, la presencia de Jano solo era una alma más en ese purgatorio que reza por salud, por querer vivir un día más.

    Sin darse cuenta, la silla de ruedas de Jano es movilizada sin que él se de cuente. Ve hacia atrás y observa a una bella joven de bata blanca, de piel blanca como el papel que traga cuando siente hambre. Su rostro dibuja una singular sonrisa de oreja a oreja. No le pregunta nada sobre qué sucedió con su cara, solo lo conduce donde una doctora atendía a un niño herido de bala en el brazo derecho.

    La desconocida y bella joven se acerca donde la doctora que prepara la aguja para coser la herida del menor. Ambas mujeres observan a Jano todo compungido en su silla, temiendo que será nuevamente golpeado por no tener las respuestas correctas. La bella joven se acerca donde él, lo mira a los ojos y siente una paz en el corazón. Jano sigue callado y esconde una lágrima por el cariño, aunque sea de una desconocida, podía recibir. Temblaba como si sintiera fría. Su único abrigo era la suave mano que la joven posó en el hombro de Jano. Este mira la bata de la joven con mayor detenimiento, se da cuenta que no es una enfermera cualquiera, sino una psicóloga, como refiere su tarjeta de identificación calzada en el bolsillo derecho. “K. Echazú”, logra leer Jano, aplicando toda su memoria para recordarla por una eternidad.

    La psicóloga abandona la sala sin mayor cuidado, perseguida por la mirada de Jano hasta desaparecer a unos cinco metros. La doctora que atendía al niño malherido se sienta por unos momentos mientras despacha a la preocupada madre. Se despiden tranquilos, ya que el bala solo dañó la piel del párvulo.

    -Ahora es tu turno. Acércate, veo que tienes la cara toda hinchada-, dijo la doctora sin preguntar el nombre del paciente. Jano se pregunta a cuántas personas habrá atendido la señora como para perder el tacto de preguntar a quienes atiende.

    La doctora saca una gasa de un estuche blanco, cual moja con agua oxigenada para limpiar la herida. Jano se queda inmóvil en la silla, no siente nada de lo que la doctora hace en su rostro, por lo que se calma por unos instantes, imaginando que esa sustancia mágica unirá su piel. Más equivocado no puede estar.

    -Ahora vamos con la aguja. Serán un par de puntos, nada de qué preocuparse. Sí que te debieron dar duro para que llegues a botar tanta sangre-, dijo sin mayor compasión. Solo fingía sentirla para hacer sentir a sus pacientes que le importa. En realidad, solo espera el sueldo de fin de mes para atender a sus tres hijos, todo con un padre ahora desaparecido.

    Jano no pudo apreciar bien el delgado y punzante instrumento metálico que está por perforar su piel. Apenas atraviesa su dermis, hace un leve quejido de dolor, aprieta las manos y aprieta los dientes para simular el dolor. Se muerde parte de la lengua para transmitir el dolor hacia otra área del cuerpo, pero le resulta imposible. Ese agudo dolor lo tuvo que sentir durante la unión de los cuatro puntos.

    -¿Ves? No fue tan malo, ¿verdad?-, dijo la doctora, quien se preparaba para sentarse en una de las esquinas de la camilla para despachar al recién curado. Jano la mira con terror, su piel aún siente las punzadas de la aguja, como si una mandíbula de metal perforara la mitad de su rostro. Este mira el suelo, no responde a la pregunta de la doctora.

    -¿Algo más te duele? Veo que no quieres hablar, pero siento que tienes algo más grave que esa herida en la cara-, afirmó la doctora que seguía sentada, pero ahora inclinada para observar más de cerca al paciente.
    -Sí, señora. Me duele la vida-, contestó Jano masticando algo que parecía chicle, solo que más duro y menos jugoso. Era un trozo de papel.

    Foto: Tom in Austria – Blogspot. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 2, 2014
    Artículos
    Cuento
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Disculpa si te puse triste…

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