NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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    Como si buscarte
    fuese lo difícil
    entre la nada.
    Y yo forzando
    el vacío
    para darte
    formas
    e imaginaciones,
    haciendo del oscuro
    una fiesta
    de colores
    que en tu piel
    habita la alegría.
    Que buscarte
    es ya lo de menos
    si la nada
    y el silencio
    son tus palabras
    a preguntas
    ineludibles,
    a unos ojos
    que preguntan
    por qué,
    a un tipo
    que te acaricia
    desde el recuerdo.

    Foto: Giuseppe Milo – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 12, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Golpes en el techo

    No hay noche que no escuche golpes en el techo del departamento donde vivo en San Miguel. El ruido es medianamente considerable y siempre dura unos cuantos minutos entre las 9 y las 10 de la noche. Imaginé que estas cosas siempre ocurren en los departamentos, cuyas paredes y techos son cada vez más livianos. Con eso todo normal, pero me causaba intriga saber por qué todos los días el mismo ruido justamente a la misma hora y proveniente del mismo lugar, exactamente en el techo de mi dormitorio.

    Pensé que sería un misterio más en la aburrida vida de André Suárez, hasta que una tarde abordé el ascensor. No sé ustedes, pero siempre tengo la costumbre de observar desde qué piso proviene la cabina del ascensor que abordaré para prever si habrá alguien adentro. Eso fue justo lo que hice y noté que venía del piso 10, uno más arriba del mío.

    Cuando se abre la cabina, adentro había una madre con su hijo de 15 años aproximadamente. Saludo a ambos como de costumbre y guardo silencio. Nada parecía llamar la atención hasta que el joven comienza a golpear el piso con su pie con una fuerza considerable.

    «Lo siento, señor, es que mi hijo se pone así cuando está aburrido o le da un berrinche», me dijo la señora a modo de disculpa por haber interrumpido el silencio incómodo de los ascensores.

    Una vez en el primer piso, madre e hijo se van juntos de la mano hacia la calle. Me quedé mirándolos por un rato para entender la escena y fue entonces cuando todo se reveló en mi cabeza: el joven sufre de síndrome de Down y sus padres parecen esforzarse para que éste duerma entre las 9 y las 10 pm, pero como él se resiste, golpea así el suelo para demostrar su negatividad.

    Ahora que ya sé la verdad, el ruido nocturno se transformó para mí en la señal de una madre abnegada, en una prueba irrefutable de la entrega de una madre por amor a su hijo.

    André Suárez Paredes

    enero 11, 2018
    Artículos
    Familia, Síndrome de Down
  • De tan poca carne

    De tan poca carne se creó un mundo lleno de letras y colores de inspiración sutil. Pero cómo puedo explicarle a mi propio arte su efímera realidad si el tiempo no es suficiente para argumentar la vida o la muerte de un ser maravilloso destinado a desaparecer en la absoluta miseria de la indiferencia.

    Es increíble cómo de tan poca carne se construyen cuerpos de ilusiones que se dibujan en la imaginación para luego mimetizarse con la tristeza o la soledad. Quizá en la completa ingenuidad para quienes miran de esperanza la suerte echada de un arte destinado a fracasar, pero arte al fin y al cabo, pero arte que duele y siente, de esos que vale la pena recordar.

    Cómo con tan poca vida se pueden crear tantas otras, cómo con tan poca carne basta para hacer bocetos incompletos de una utopía descarrilada al fracaso.

    De tan poca carne se crearon tantas cosas pequeñas y grandes, como de los labios que besan inspiraciones a quienes miran de reojo la felicidad que se escapa de las manos.

    Foto: anthony kelly – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 11, 2018
    Artículos
    Poesía
  • ¿Alimentar la pasión o el bolsillo?

    Durante una entrevista laboral en la Universidad Pacífico, la encargada de atender a los postulantes me dijo algo interesante sobre mi CV: «sí que te has dedicado a estudiar para ser periodista. Usualmente tus colegas se quedan con el bachillerato«.

    La miré sonrojado y le expliqué que una cosa es la praxis periodística y la otra la formación académica que necesariamente debe de ir de la mano con la experiencia para no solo hacer bien un trabajo, sino crear formas nuevas de comunicar a partir de un análisis comunicacional multidisciplinario. Sí, eso mismo le dije y agregué una cita a La República de Platón, específicamente la parte del barco y el capitán que es subordinado por sus marineros al creer que saben todo a través de la práctica.

    No me acuerdo en qué punto exacto de la conversación llegamos a cuáles fueron mis propósitos para hacer la maestría de Dirección de Empresas de Comunicación en España. «Lo que pasa es que el periodismo es una carrera de empleado, no de empleador».

    Ella me miró con asombro y yo la observé con determinación. Y fue en ese instante cuando en mi mente me dije: «carajo, soné como mi padre cuando no quería que estudie periodismo».

    Acabada la entrevista, regresé a casa pensando en los consejos que mi padre me dio antes de postular a la universidad y de cómo se ha desarrollado la vida hasta la fecha. Llegué a la conclusión que las razones de mi padre y las mías se complementaban, aunque una pretenda liquidar a la otra.

    ¿Qué ganas de vivir tiene la vida si no te gusta lo que te apasiona? ¿Qué tiene de divertido una pasión cuando te ahorca la SUNAT y las deudas? Sin duda tiene que haber un punto medio, pero si hay que elegir una de las dos, pues tiraría más para la pasión, porque solo la gente apasionada haciendo lo que le gusta destaca por encima del promedio. Si haces algo que no te gusta, pues no destacas y difícilmente eres considerado por los empleadores.

    Esto suena bonito, pero a este aspecto tienes que sumar algo importante: las capacidades técnicas de desarrollo de la pasión. Un ingeniero industrial no solo tiene más opciones de conseguir trabajo que un periodista, sino cuenta además con capacidades administrativas o de gestión que lo hacen capaz de emprender. El periodista pues lamentablemente no y eso fue algo que mi padre pudo haberme advertido con menos bilis en 2005, pero la vida me lo enseñó a golpes y felizmente adopté los cambios necesarios para darme cuenta que la pasión no solo es «hacer», sino también «crear».

    Quizá la maestría no fue lo que justamente deseaba para mí, porque no creo ser un hombre de negocios hecho y derecho sino más de humanidades. Pero felizmente, como todo periodista, tengo el sentido de la curiosidad y eso me ha motivado a investigar cosas que a otros colegas le huyen: las matemáticas.

    La pasión no comienza ni termina con lo que uno pretende hacer, sino abarca todos los aspectos de esa pasión a nivel académico y empresarial. Aunque a veces tenemos que elegir entre alimentar nuestras pasiones o amargarse la vida estudiando cosas porque «dan plata», recomiendo apostar por la curiosidad y aprender de absolutamente todo para construir proyectos sostenibles.

    Por si se preguntan en qué acabó la entrevista, pues les cuento que nunca me llamaron de vuelta.

    Foto: Sam Greenhalgh – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 10, 2018
    Artículos
    Bachiller, Maestría, Periodismo, Universidad, Universidad Pacífico, Vida, Vida académica
  • Nunca serás más joven que hoy

    La base 3 está cada vez más cerca y empiezo a sentirlo en algunos aspectos de mi salud. ¡No exagero! Por ejemplo, ya las juergas me agotan el físico, me duele el hígado cuando tomo trago corto, las resacas me duran dos días y las simples lesiones al cuerpo ya no se arreglan de la noche a la mañana.

    Simplemente ahora siento que llegué al cenit de mi proyecto de vida en la naturaleza humana para comenzar con la larga y agónica degeneración del organismo. Claro, porque hasta los 25 uno va creciendo y adoptando nuevas competencias físicas y mentales, pero luego ya solo es un proceso lento de muerte hasta acabar hecho polvo. Lo sé, suena dramático, pero la verdad es así algunas veces si te atreves a detallarla con todas sus palabras.

    A veces me pongo a pensar y regreso al pasado para reflexionar algunas cosas que no hice en su momento, sea en materia académica, laboral o deportística. Pero siempre caigo en la razón que el André en ese momento pasado habrá tenido alguna razón o justificación para no hacer lo que le gustaba, que ese joven estaba simplemente interesado en otras cosas.

    ¿Pero acaso hay cosas que simplemente nunca las harás porque no lo hiciste de joven? ¡Eso sí es dejarse morir! Así como de joven no tuviste razones para hacer lo que deseabas, pues ahora de adulto nada te detiene. Creo que el tema aquí es la palabra «adulto», que supone cierto comportamiento implícito de madurez y aburrimiento. Pero nada que ver, somos los eres humanos que dotamos de significado a las palabras y no al revés.

    Quizá hoy a tus 30 años seas el «joven que no hizo nada» cuando reflexiones a los 60, y así hasta el infinito. Por eso digo que nunca serás más joven que hoy, porque de esa manera reconoces tu valía para hacer las cosas ahora mismo aprovechando las circunstancias actuales y sin ataduras, a diferencia del joven-niño que dependía de los padres y de un ambiente desconocido por la inexperiencia misma de ser joven.

    Así que nada. Lo mejor es perder la vergüenza y satisfacer ese joven dentro que se quedó con tantos proyectos inacabados. ¡Pero sobre todo es la actitud! Eso es lo que debe perseverar en todo momento.

    «Eres como un niño grande, André». Ya me lo han dicho tantas veces. Creo que no lo dejaré de ser nunca… Eso espero.

    André Suárez Paredes

    enero 10, 2018
    Artículos
    Psicología
  • Tenue soledad

    Te absorbí a través de los labios,
    tu cicuta que me acorta la vida,
    que me enciende los sueños
    cuando aún sigo en la vigilia
    o me arrebata el aire del pecho
    mediante convulsiones poéticas.
    Dulce veneno eres para pudrirme
    por dentro tan poquita fuerza
    que se alimenta del recuerdo
    en una noche de fiesta.
    ¡Pero no puedo decirte basta!
    Que de mí has hecho un enfermo
    del síndrome de abstinencia,
    un mal con diagnóstico reservado
    para evitar que me visites
    cuando suplico tu asistencia.
    Que en silencio siento espasmos
    y escucho el suave susurro
    de una simple vida inventada
    a través de alucinaciones de colores.
    Y dentro de todos ellos,
    entre los grises, verdes y azules,
    se asoma una tenue soledad
    que me recuerda a ti.

    André Suárez Paredes

    enero 10, 2018
    Artículos
    Soledad
  • Los ojos de Andrés

    Mi abuelo Andrés Paredes falleció unas cuantas semanas antes de partir a España por mi maestría. No recuerdo exactamente cuándo dejó de existir -soy pésimo para las fechas- pero eso es algo que no le presto mucha atención, porque son detalles que nada cambia la realidad. Mi abuelito se fue para no volver más. Así es la muerte cuando acaba la vida y a todos nos llega el momento. No hay nada nuevo con eso.

    No me tomes por insensible, sino que la fecha es solo un número, una referencia temporal. Lo realmente importante son las circunstancias de una vida que se acaba y qué hizo cada quien para que ese momento sea el más agradable para quien tiene más probabilidades de partir. Uno piensa equivocadamente que son los ancianos, pero la verdad es que la muerte le puede llegar a los nietos antes que a los abuelos y no se trata de algo «antinatural», sino todo lo contrario: esa es la naturaleza de la muerte. Repentina, dura e injustificable.

    Lo que me trajo a escribir esta publicación es precisamente responder algo que siempre me han tratado de inculcar en todos los velorios de mi familia: aprovecha el tiempo con tus seres queridos que en cualquier momento se pueden morir.

    Me pregunto qué tan lógico es este razonamiento, porque creo que es un imposible. Nadie puede aprovechar a alguien por una cantidad de tiempo finito para que -cuando esta persona muera- uno se sienta más relajado porque supo disfrutar del tiempo que tuvieron juntos. No sé, me parece difícil de entender, porque una pérdida no deja de ser dolorosa aún así tratemos de paliar la tristeza recordando los buenos momentos… pero aún así es insuficiente.

    Como seres humanos estamos programados para morir, pero no para ver al resto morirse. Aún así falleciera tu hermano siamés, sentirás que te faltó tiempo para compartir con él. No se trata de tiempo, de años, meses o días de buen compartir, sino de momentos específicos que eliminan por completo el tiempo: de episodios de vida que perduran en la eternidad sin dejar rastro de cuándo o por cuánto tiempo ha sido.

    Esos episodios son sumamente personales de quienes comparten su tiempo con otras personas. Nadie puede decirte que no aprovechaste a tu abuelo o padre muerto, porque tu relación con ellos es sumamente personal. Cada quien se guarda en la memoria los episodios que le sirvan de consuelo, porque finalmente cada quien es responsable de cómo se relaciona con sus familiares.

    Curiosamente esas cosas las aprendí con la muerte de mi abuelo tras una incómoda llamada por teléfono debido a cosas que ni valen la pena recordar. Lo que sí creo que vale la pena es hacer de la muerte de alguien una reflexión que dure por la eternidad mediante la memoria y el compartir del conocimiento. Uno realmente muere cuando lo olvidan, incluso de sus últimas voluntades o lecciones que dejó para la posteridad.

    Eso sí realmente es importante: una memoria imperturbable cuyo mensaje pasa de boca en boca hasta el más allá de los tiempos, y para esto creo ya tener una lista interesante de cosas que contar a mis hijos, nietos y bisnietos sobre mi abuelito Andrés: una milésima de sangre arequipeña por las venas, el amor de mi abuelo para satisfacer el capricho de su esposa al cambiar su nombre de Andrés Avelino Paredes (inspirado en el Brujo de los Andes, Andrés Avelino Cáceres) a solo Andrés Paredes, el cuidado a las plantas de cualquier jardín y la esperanza -¡LA ESPERANZA!- de haber un descendiente suyo que herede tus ojos celestes.

    Esto último es lo más lindo de toda la historia, recordarte en cada nacimiento de nuevas generaciones con las ganas de decir «¡ven, tiene los ojos del abuelito Andrés!».

    André Suárez Paredes

    enero 9, 2018
    Artículos
    Familia, Muerte
  • Las niñas del puente

    Me hallaba en la ciudad francesa de Caen, al noroeste de París, cuando vi una pequeña escena que me llamó poderosamente la atención. Estaba de regreso al hotel, cerca al memorial del desembarco del Día D, cuando observé a dos niñas de unos 13 años aproximadamente que saludaban a los carros que pasaban por debajo del puente.

    Lo sé, parece algo bastante normal, ¿pero dos niñas de 13 años haciendo un juego medio tonto en plena era digital? ¿O será que han crecido debajo de una roca? Ya resulta muy difícil ver cosas así en ciudades grandes, aunque Caen es un sitio más reducido a comparación de las grandes metrópolis europeas. Sentí por un momento haber viajado al pasado. Miré hacia atrás y no había nadie. Las dos niñas y yo éramos los dueños de la calle.

    Algunos carros respondían a los saludos con sonidos de bocina. Ella seguían intactas así, saludando sin más y riéndose de tan singular actividad.

    Ellas estaban a unos 200 metros de distancia mientras me acercaba caminando sin apuro. Miraba alrededor pensando que sus padres estarían cerca, será que tengo la psicosis de Lima que las niñas no pueden ir solas así por así. Pero nada, eran las niñas, la carretera y los extraños que manejaban a toda velocidad debajo del puente.

    Aún las recuerdo bien. Una tenía un vestido azul y la otra medio rojo. Las muy pequeñas tenían que colgarse de la baranda para que sus manitas sean vistas por encima del metal.

    Ya estaba a pocos metros. Caminaba más lento a propósito para ver si las niñas se aburrían en algún momento, pero nada. ¡Seguían como si fuese un espectáculo! No tuve más remedio que pasar a su costado. Ella se detienen y me miran con cierta extrañeza. Yo andaba vestido como un turista promedio. Sin mediar palabra, ellas suponiendo que no hablaba ni jota de francés, me saludaron con la mano como si fuese un carro más.

    Me reí de su ocurrencia. Les dije «Hola» y alcé mis manos para saludarnos como si estuviéramos a distancia cuando en realidad estábamos a menos de un metro. Luego seguí mi camino por buen rato. Volteé para ver si seguían allí y así era. Nada parecía aburrirlas de lo mismo.

    Las observé por un rato más desde lo lejos y seguí mi camino con cierta sensación de envidia. Qué suerte es vivir esos primeros años sin tener que acostumbrarte a las cosas de siempre, a la rutina que mata -incluso- la gracia de aquellas actividades sencillas que antes nos generaba tanta alegría.

    Patear la lata. Tirar la piedra. Saludar a los coches debajo del puente.

    Cuál será el secreto para quitarse esas etiquetas rutinarias y volver a ese estado de constante sorpresa. Quizá sea algo irreversible: ya mi cerebro está lo suficientemente degenerado como para crear nuevas conexiones neuronales y tan solo se limita a vivir en una realidad constante.

    Pero sorprenderse todos los días… ¿Se lo imaginan? Es como volver a nacer siempre, volver a empezar cada día.

    André Suárez Paredes

    enero 9, 2018
    Artículos
    Caen, Francia
  • Las mujeres de la vida

    Recuerdo las circunstancias de tu tremenda pregunta y mi poca revelación. «¿Sigues inspirándote en las mujeres de tu vida?». Te miré con ternura y me mantuve en silencio el tiempo suficiente para que te acomodes en el sillón, viendo a través de tus lentes de carey mi incomodidad.

    «No tengo tantas vidas como para dedicar más de una a cada mujer de mi vida».

    Te reíste traviesa. Seguías callada esperando una respuesta más convincente. Me miraste frunciendo los labios rojitos mostrando insatisfacción y llevando el licor de uva a tus labios. Todo un ritual para ahorcarme en silencio para que confiese más cosas.

    «Pero si de mujeres de la vida se tratan… Las mejores son aquellas que ni saben que existo… o al menos que no saben que son justamente las mujeres de mi vida. Suelo ir mucho tras bambalinas, incluso cuando el cuerpo y el alma me llaman a atravesarme en vidas ajenas. Todo por amor al arte».

    Abriste los ojos no tan sorprendida. Pero cómo diablos sabes manipularme.

    «Ojo, no hablo de ser enamoradizo ni de infinitas mujeres. Las cosas obviamente cambian cuando estoy en una relación. Pero si me preguntas por las mujeres de la vida te diré que son criaturas que me arrancan del pecho un aire frío que entumecen mis extremidades hasta tal punto que la sangre se dispara en la cabeza, estimulando la ansiedad por crear. Puede ser algo muy espontáneo, pero ocurre en tan poquísimas veces. Esa ansiedad por crear, en este caso la escritura, es para tranquilizar tanta intranquilidad. Si ando tras bambalinas es porque la naturaleza está hecha para ser contemplada… Será sea mi idea de musas perfectas impolutas y yo, ser imperfecto, no creo ser capaz de siquiera interrumpir tan bello espectáculo de lo simple, minimalista y bello. Lo sé, ellas tampoco son perfectas pero eso quiero creer. Se trata de sueños frágiles que ponen a prueba una pasión no sobre las personas, sino sobre las ilusiones de mis ideas. Ilusiones, la delicia de lo efímero pero auténtico en tan poco tiempo que muere antes de nacer una realidad».

    Me observas callada con rostro de satisfacción, pero sin dar palabra alguna. Doblas la servilleta y cambias de hombro el rollo de cabello que te dejas caer con tanta frescura. Subes los zapatitos al soporte que hay debajo de tu silla para acercar tu rostro al mío y atravesarme como una espada las pupilas, como si pudieras verificar en alguna fibra de mi iris la verdad.

    «Menuda pregunta la tuya. Creo que es tu vanidad saber estas cosas, porque no eres ciega para no ver lo evidente y de mí no sacarás una confesión».

    Te reíste satisfecha de haber descubierto tus pretensiones, tu complicidad por el arte de inspirar.

    André Suárez Paredes

    enero 8, 2018
    Artículos
    Arte, Inspiración, Literatura, Psicología
  • ¡En la cara!

    ¡Pero si nos vieron la cara! ¿Quiénes? Pues el grillo, la luciérnaga, el alumbrado amarillo de postes marchitos. El policía, los suspiros del puente, el vago de la esquina, la señora del segundo piso y nos oyeron todos, el canillita de periódicos vencidos, el señor este que grita y no calla, la chica esta que no pilla el silencio, porque se le cayó la boca por besar.

    Y así de tontos nos vieron la cara que ocultamos en las manos del otro. Y así andamos como palitos de ciego, extendiendo la piernita sobre los baches para reírnos de las torpezas. Guiñando el ojo al buen gusto. Acariciando las imperfecciones.

    André Suárez Paredes

    enero 6, 2018
    Artículos
    Poesía
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Disculpa si te puse triste…

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