NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Morirse de amor (?)

    Cuando nos burlamos de los más cursis, afirmamos con mucha seguridad que no se puede morir de amor. Debe ser cierto, ya que la muerte no es repentina, sino que cada día morimos un poco hasta que el destino dé el punto final a nuestras vidas. Sin embargo, hay pasajes en nuestras vidas que sentimos morir de amor, pero no como las enfisemas o paro cardíaco, sino como una vida cada vez más languidecida por la falta de alguien muy especial.

    Explicar dicha sensación es distinta para cada quien, no se puede reducir fácilmente a las mariposas en el estómago. Personalmente, bajo conocimiento de causa, puedo señalar que esa sensación muy especial se siente como un hueco en el pecho que se lastima con cada respiración. Las inhalaciones son cada vez más cortas, mientras que las exhalaciones parecen botar aire caliente, como si fuera un pedazo de alma.

    El resto de las condiciones fisiológicas parecen normales, pero no se sienten como si fueran las mismas. La percepción del tiempo es cada vez más largo, las manos se ponen cada vez más frías y las piernas tiemblan como si extrañar pesara de a de veras. La mente se concentra en un solo foco de atención, como si esta pudiera manipular la realidad para hacerla más tranquila y placentera.

    No se siente morir en realidad, solo parece que nos esforzamos más para seguir con vida. La inapetencia es otro rasgo que debe aumentarse a la lista de sensibilidades fatales, por ejemplo, pero todo se reduce en una hermosa frase de Joaquín Sabina: los amores que matan nunca mueren.

    Foto: Peter Tandlund – Flickr. Bajo la licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 24, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • La soledad es para los débiles… y para quienes necesitan amor

    La frase no es mía, sino de George Marks, un asesino serial del programa ‘Cold Case’. Por alguna razón, quizás por circunstancias actuales, la oración me resulta tan cierta como estremecedora.

    Hay quienes eligen la soledad al sincerarse con sus sentimientos, abandonando lo que piensas que es seguro, para empezar nuevamente. No como una derrota, sino como el esfuerzo de ser cada vez más feliz, como los ‘imprescindibles’ del poeta alemán Bertolt Brecht. Sin embargo, quienes están al otro lado de la vereda, aquellos que apuestan por convencerse que la felicidad se puede hacer de lógica y no de corazón, ven esos esfuerzos como debilidad por ser tan cambiantes y emocionales.

    ¿Realmente la soledad es para los débiles, si esta resulta el motor y motivo para sentirse mejor? Nada que ver, solo una transición para conocerse a uno mismo y ser más felices al momento de querer dejar la soledad, direccionando la pasión por terrenos más sensibles, pero con la firmeza de ser cada vez más alegres.

    No obstante, la segunda parte de la frase sí es muy cierta: la soledad es para quienes necesitan amor. Pero no cualquier amor, sino ese que determina tu estado de ánimo en el resto del día; que por más que el ambiente ideal esté realizado, sin esa persona que ‘te mueva el piso’, o ese ‘no se qué’ que te hace sentir ‘no sé cómo’, nada acaba siendo lo que se espera o se piensa que debería ser.

    Uno puede estar bien ahora, licenciado en la carrera que más lo apasiona, salud de la buena, un trabajo interesante y hasta un PlayStation 4, pero nada de eso haría a uno realmente feliz sin ese amor por las cosas que no tienen razón aparente, ese amor que nace sin razones, sino por sensaciones indescifrables. Como este amor que tengo por escribir sin esperar nada a cambio, sin tener siquiera la seguridad de que me lean o conquistar a quien revisa estas líneas pensando en mí; hablo de un amor que nace sin pensarse, como las creaciones más insólitas de la naturaleza.

    Foto: John Wardell – Flickr. Bajo la licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 23, 2014
    Artículos
    Poesía
  • Los olvidados por la fuerza

    Lo peor de dejar pasar las arenas del tiempo es que se necesita más arena para volver al punto de partida y comenzar de nuevo, y todos sabemos que eso es imposible. Mientras no inventen la máquina del tiempo, la mejor solución es guardar los vestigios del pasado como prueba irrefutable de lo que hemos venido haciendo, como curadores de nuestra propia historia.

    ¡Qué suerte tengo de ser cachivachero!, pues guardo cada objeto inanimado con el deseo de preservar el recuerdo. Entre la ruma de tesoros, destacan unos 100 poemas que escribí desde 2007 al 2010 (¿ó 2009?) Llama la atención ahora que esas baratijas líricas, viejos espejos de mi personalidad, me hayan servido para cubrir el peor error de mi vida. Cierto, la vida aún no termina, pero digamos que ahora la atravieso con el corazón en la garganta.

    Uno cree tener suerte cuando se rescata del pasado aquellos objetos que marcaron nuestra personalidad. Yo prefiero llamarlo pasión por la posteridad, por tener un registro de lo que fuimos y ahora somos. No siempre lo que rememoramos es lo más agradable, pero sirve como aprendizaje para la vida. ¿Si cura las equivocaciones del pasado? Debe ser, eso depende de quien juzga la disculpa. No obstante, el solo hecho de haber guardado reliquias que tienen una historia con nombre y apellido es muestra de un constante cuidado por la esperanza de enmendar el pasado.

    ¿Sobre esos poemas? Los tengo aquí, debajo del computador, en el segundo cajón de mi escritorio, esperando ser leídos por quien inspiró sus versos. Es extraño explicar cómo ‘estar’ y ‘no estar’ al mismo tiempo. Y la peor sensación es la impotencia de autenticar una larga esperanza en momentos de ausencia, ya que el vacío no da chance a la oportunidad, menos a la imaginación de los olvidados por la fuerza, quienes aguardan partir al futuro con una promesa.

    Foto: Victorgrigas – Wikimedia Commons. Bajo la licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 23, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • Redescubriendo las ‘pequeñas cosas’

    Hay que tener algo claro. No toda reacción es la misma, a pesar de las circunstancias ideales previamente establecidas, por más que el accionar que ejecuta la reacción sea la más cotidiana.

    Imagina que te doy la mano en la mejor fiesta de tu vida o en el crucero del viaje de tus sueños. Si tú no lees mi blog, sentirás que saludas a cualquier extraño. En cambio, si sueles leerme, ese mismo acto hará que tú lo sientas distinto, porque ya hay cierta familiaridad. Ahora imagina si me odiaras o si me amaras con locura, ese mismo contacto físico puede generar las sensaciones más distintas, incluso en las mejores circunstancias como para socializar.

    La variabilidad de los «pequeños gestos» (abrazar, besar, coger de la mano, etc.) hace que replanteemos qué cosa estamos valorando de verdad. Aquí creo que hay dos grandes grupos: quienes valoran por los ideales y quienes valoran por las circunstancias. El primer colectivo se fuerza a pensar que la reacción del «pequeño gesto» se debe a sus valores por correcto o incorrecto, subordinando las sensaciones, mientras que el segundo grupo opta reconocer la relatividad de las sensaciones haciendo del ideal un circunstancial, eso sí, sin llegar a prácticas hedonistas.

    Continuando con el ejemplo anterior, si el ideal ordena evitar a quienes creen en la pena de muerte, el primer grupo no responderá al saludo, a pesar que eso cueste antipatía por creer que hace «lo correcto». El otro grupo, en cambio, podría saludar a ese personaje mal percibido en la sala, porque la circunstancia -una fiesta elegante, por ejemplo- mella en el ideal para, finalmente, compartir con quien piensa distinto a uno.

    La decisión está en cada uno. Hay quienes optan por los ideales y otros por las circunstancias. Lo importante está en sincerarse con lo que se siente, aprecia y, siempre destacable, ama.

    Foto: Melissa Wiese – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 23, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • Lo que nadie se imagina 6

    «Se busca hombres para peligroso viaje. Salario reducido.
    Frío penetrante. Largos meses de completa oscuridad.
    Constante peligro. Dudoso regreso sano y salvo.
    Honor y reconocimiento en caso de éxito.»
    Atribuida a Ernest Shackleton.

    * Supuestamente apareció en un anuncio de 1901 en el diario ‘Times’
    de Londres pidiendo voluntarios para su expedición antártica.

    Un joven de aproximadamente 25 años falleció camino a la clínica Good Hope, en el distrito de Miraflores, la noche del viernes luego de ser atendido en el cruce de las avenidas Larco y Benavides. Testigos señalaron que el fallecido, aún no identificado, llevaba varias horas sentado en una de las banquetas de la zona hasta bien entrada la noche.

    «Se reía cada vez que miraba su reloj, como si se enorgulleciera del sacrificio que hacía. Creo que estaba esperando a alguien mientras leía un pesado libro. No tuve otra que llamar a emergencias cuando ya no hacía ningún movimiento», describió el sereno Ramiro Chávez.

    Personal del cuerpo médico señaló que el joven falleció súbitamente por un cuadro de hipotermia. También precisó que fue hallado moribundo minutos antes de dejar de respirar, sin antes hacer un extraño movimiento. «Camino a la clínica, señaló a través de la ventana parte del malecón Balta, precisamente donde había una singular piedra en una de las barandas», detalló la enfermera Zulema Díaz.

    Entre sus pertenencias, se encontró un bolso beige con cierres malogrados, el libro «La guerra del fin del mundo», del escritor peruano Mario Vargas Llosa, y una libreta roja ‘Marca Perú’ con extrañas anotaciones bajo el título «Temas para el blog». Su última anotación predijo su fatal destino: «Manos frías, solo me desmayaré de felicidad».

    El cuerpo ha sido llevado a la Morgue Central de Lima a horas de la madrugada, donde se espera la llegada de los familiares. Hasta el cierre de la edición, se confirmó una única visita al reciento para la identificación del cadáver.

    André Suárez Paredes

    febrero 22, 2014
    Artículos
    Cuento, Miraflores, Morgue de Lima, Policiales
  • A ojos cerrados

    Eran tímidos hasta los huesos, pequeños de experiencia, inocentes a la llama salvaje que ardía en sus pechos. Ellos eran el ensayo de realidad más compleja. Sus edades aún no eran las suficientes, los errores eran los menos justificables y el deseo era tan grande que espantaba al niño más valiente.

    No fue hasta una tarde al oscurecer, en medio de oportunos testigos, la luz del día se iba extinguiendo mientras los dos cerraban los ojos y pegaban sus labios. Ella, de puntitas para alcanzarlo, parecía besar el cielo que siempre quería habitar; en tanto, él agachaba un poco el rostro como si bebiera de una fuente inacabable de vida, vianda de las pasiones que emana su energía en cada respiro.

    Se veían con los ojos cerrados, sabiendo metalmente dónde se haya cada parte del cuerpo del otro. Temblando como si estuvieran a punto de derrumbarse, al filo de los labios, al borde una navaja que hiere la timidez. Se veían a oscuras, ciegos a propósito, amantes hiriéndose los labios con manos hambrientas de piel. No querían despertar del letargo, par de ambiciosos alimentándose de la sed del otro.

    Ahora los ojos se van abriendo, tímidos por lo que verán, la sonrisa satisfecha de seres terrenales aspirantes a andar, correr y volar. Ahora que se ven, ya no son los mismos. Ya más viejos, no han sentido huir el tiempo con las sinrazones de sus querer, esos argumentos que alimentan una pasión inacabable. Se miran con cuidado, ella se siente extrañada, toca el rostro a quien tiene al frente sin reconocerlo, se aleja sonriendo cuando en realidad teme. ¿Quién era ese sujeto?, se preguntó. ¿Por qué ahora?, insistió en saber. Él calla por los codos, mira el suelo.

    ¿A dónde pudo haber ido él si nunca se fue? ¿Cómo pudo haber escapado a ese corto beso con los ojos cerrados? Lo cierto es que él nunca la beso, solo imaginó hacerlo durante ocho años con los ojos cerrados. Cuando este los abrió, no había más testigos oportunos ni llama salvaje en el pecho, solo el dolor de un cobarde.

    Foto: CrossMyT.com – Wikimedia Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 21, 2014
    Artículos
    Poesía
  • Conversando con la almohada

    «Es mejor consultar las cosas con la almohada a tiempo que perder el sueño por su causa después»
    Baltasar Gracián

    La peor impaciencia de todas es soportarse cuando conversa con la almohada. De hecho, este elemento de cualquier dormitorio del mundo aguarda más secretos que las paredes de nuestra casa, ya que sobre ella recostamos los sueños y absorbe el aroma natural de nuestros cuerpos cada mañana -o de alguna acompañante casual-.

    El problema es que nunca contesta, solo escucha una que otro rezo antes de dormir o el sollozo ahogado por la impotencia. ¿Qué nos dirían las almohadas si dialogáramos cada vez con ellas? Quizás nos conozca más de lo que creemos, pues somos seres vulnerables en el cuadrilátero donde reposa nuestro cuerpo tendido y semidesnudo, un ring donde batalla la fatiga y las aspiraciones lúcidas antes colapsar en profundo sueño.

    Esto me recuerda, inevitablemente, un primer post de un antiguo blog mío hace 8 ó 9 años. «Lo más cercano que estuve del suicidio fue echarme en la cama y dormir desde temprano para nunca despertar. Y lo más cercano a un suicidio frustrado fue encontrar una buena película en la madrugada». La almohada, en este contexto, sería la soga que nos ahorca, como los brazos de Morfeo estrangulando nuestro cuello, para descansar finalmente en paz, quitándonos el aire a pocos con delicia, un artilugio de tortura para quienes sueñan en la intimidad creyendo ser invencibles.

    Foto: DeWithers – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 21, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • La caída del imprescindible

    Hay quienes luchan un día y son buenos.
    Hay quienes luchan una semana y son mejores.
    Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
    Pero hay quienes luchan toda una vida, esos son los imprescindibles.
    Bertolt Brecht

    Maldita la razón cuando sobrevalora mi voluntad, aquella actitud reacia para enfrentar los mayores miedos por una causa inalcanzable. Hombre de sueños distintos, validados por una fuerza capaz de hacer sonreír al desdichado, de mediar en la injusticia para quienes creen que errar está prohibido.

    Te maldigo razón ahora que tus argumentos no logran arrebatarme la tarea que me impuse, pese a caer rendido sobre la fe que predicaba, que ya nadie sigue. La fe de los imprescindibles de Bertolt Bretch; esa fe que dice mover montañas cuando más pesados resultan los corazones. Razón, lárgate de acá. Además de ser la prueba de mis esperanzas, también eres la inquisidora de mis derrotas. Ya vete que aquí nadie más vive que un ser iracundo por hallar lógica al desafortunado destino, que poco sabe de oportunidades.

    Desquiciada razón la que ahora protagoniza este rezo dedicado al Señor de los Imposibles. Ya sin conocimiento de causa, andaré entumecido por las calles más oscuras, las avenidas más violentas y los pasajes más desafortunados, que la vida sin dolor no es más que una larga pausa desabrida de pasiones. He allí el hogar de esta lógica que no se ampara más de las razones que ofrece mi voluntad, la más confiable de todas mis creencias, sino a la felicidad de los errantes. Esa que no me tocó vivir a mí.

    Foto: Marcus Quigmire – Wikimedia Commons. Bajo la licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 21, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • El Miope

    Los faroles de la ciudad lucen como brochazos surrealistas; los edificios, como enormes masas de cemento derritiéndose hasta las veredas. Lo único bien enfocado era el rostro de una joven con sonrisa tan brillante como los frenillos que corregían sus dientes, perlas blancas que un miope deseaba acariciar con su lengua. Este se había quitado las gafas para borrar del recuerdo la expresión energética de aquella mujer que escupía verdades tan certeras como las flechas de Apolo. Él, un enamorado sin tiempo para explicar lo que eso significa, se limitó a guardar el audio de su tragedia para olvidarla con un trago de licor, bebida que cura almas heridas.

    Una vez acabado el discurso ipso facto de la damisela, el miope tuvo la ocurrencia de ponerse las gafas otra vez para simular que presta atención a lo mencionado. A pesar que las verdades duelan, la joven parecía disfrutar del encuentro, mientras que el miope se arrancaba el alma a pedazos gestulando una sonrisa uniforme y precisa. Ahora veía las cosas mucho más definidas, solo las que quería ver, como los detalles de los ojos, algunas cicatrices de espinillas mal tratadas o un lunar que hace altocontraste con una piel blanquísima.

    Parecían besarse sin besarse, abrazados hasta el extremo de suspirar, pero alejados en mente, años luz entre estímulo y satisfacción plena de los deseos más salvajes. Ellos eran y no eran a la vez. Sonreían y no parecían sonreír. Se querían, pero con restricciones, y parecían amarse, pero, olvídate, esa palabra es una letanía para las razones del amor.

    Nuevamente ella arremete, aclarando las brechas de una pasión correspondida a un pasado ya culminado. El miope, fiel a su estilo, se quita nuevamente los lentes para solo oír esa voz inquebrantable que amoldaba su corazón para posteriormente acabarlo de un golpe. Acabado el discurso, el miope se pone otra vez las gafas para seguir danzando con ella por las calles, como si la razón fuera la aguafiestas de una pasión no correspondida. Él, crédulo de un sentimiento sin chance a argumentarlo, atendía con mayor atención, gracias a sus gafas, cada gesto inmortalizado en el recuerdo desde la última vez que vio a su bella dama. La admiraba en secreto, callando la boca, esa misma que no busca beso y se va contra el pavimiento. El miope solo ve lo que quiere ver. El miope mira sin ver, fijado, apasionado por ese semblante, anestesiado por la voluntad de ahorrar los buenos recuerdos y hacer del desconsuelo solo un sonido echado al abandono.

    El miope la acompaña hasta la residencia de la dama. Ella lo mira, él no se quita aún las gafas. «Dispara, ¿es un adiós o un hasta luego?», preguntó el cegatón. «Es un…», respondió ella. Claro, en esos puntos suspensivos el miope se quitó los lentes para limitarse al oído, sentir que nunca esas palabras salieron del rostro que se había enamorado. Ella volvió a su domicilio, abrió la puerta sin ver hacia atrás. Y él, con las gafas aún en la mano, caminó haciendo del resto sonidos echados al olvido, luces surrealistas de un cuadro imperfecto, la bulla solo un manojo de nervios que se mezclaban con el frío. «¡Que llueva maldita sea!», deseaba el miope con toda rabia. No quería que los peatones lo vieran llorar.

    Foto: Drew Mackie – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 21, 2014
    Artículos
    Poesía
  • ¿Quién crees ser ahora?

    ¿No te ha pasado que has sentido vergüenza por algo que hiciste hace años? Para evitar el bochorno que traen los recuerdos, solemos excusarnos diciendo que no éramos los mismos de ese tiempo, como si ahora esa persona fuese totalmente distinta. Esto nos lleva a preguntarnos sobre quiénes somos en realidad, si es que constantemente cambiamos de parecer y valores jerárquicos para interpretar el mundo, así como nuestras acciones.

    Esta paradoja me recuerda a la historia del barco de Teseo. Según cuenta la leyenda narrada por Plutarco:

    La nave de treinta remos en que con los mancebos navegó Teseo, y volvió salvo, la conservaron los Atenienses hasta la edad de Demetrio Falereo, quitando la madera gastada y poniendo y entretejiendo madera nueva; de manera que esto dio materia a los filósofos para el argumento que llaman aumentativo, y que sirve para los dos extremos, tomando por ejemplo esta nave, y probando unos que era la misma, y otros que no lo era.

    En el caso de los humanos, debemos reconocer que no somos tan materiales como la madera del barco de Teseo, sino seres complejos que varían sus ideales según se desarrollan en sociedad. No podemos afirmar, entonces, que fuimos personas totalmente distintas del pasado, sino renovadas con nuevas experiencias.

    Sin embargo, creo que hay una cosa inherente que jamás podremos cambiar: nuestro instinto de sobrevivencia. Resulta curioso cómo lo más salvaje de nosotros es lo que aplaca la filosofía griega con nuevas aristas.

    Foto: Wikipedia – Codex Skylitzes Matritensis, Bibliteca Nacional de Madrid

    André Suárez Paredes

    febrero 19, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
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Disculpa si te puse triste…

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