NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • ‘Nada, solo te miraba’

    ¿Nunca se han sentido tan feos que resulta increíble tener a la mujer que tienen como enamorada? Digamos que pasaría si eres víctima de los estándares de belleza comercial, que emparejan a las más bellas con los más bellos, mientras que los demás mortales simplemente son ignorados. O sencillamente te consideras fueras del deleite de lo interracial. Pero algo es cierto: la belleza es una apreciación muy personal y, por lo tanto, variable como para encasillarlo en estereotipos.

    «¿Por qué me ves así?», es una pregunta que constantemente me la hace Karla, mi enamorada, cuando la veo simplemente tomar algún jugo con burbujas en un local miraflorino o su mirada atenta y sonrisa repentina cuando descubre que la observo detenidamente mientras ella ve su novela favorita en el Canal 4. Siempre le digo que se trata de nada, pero en realidad es algo mucho más profundo. Además de la incredulidad mencionada al inicio, se trata de disfrutar cada línea del gesto facial o la armonía de lo que la naturaleza hizo en ella como para relacionar carne, hueso y alma en un solo ente.

    Entonces, mientras ella no se da cuenta, me acuerdo bien de Giordano Bruno sobre el Anima Mundi, concepto que refiere al espíritu etérico puro. Digamos que es lo que anima la naturaleza de todas las cosas como la misma alma anima al ser humano. Platón lo explica mucho mejor.

    Por tanto, es de resaltar que: este mundo es, de hecho, un ser viviente dotado con alma e inteligencia […] una entidad única y tangible que contiene, a su vez, a todos los seres vivientes del universo, los cuales por naturaleza propia están todos interconectados.

    Y este solo es el hilo de la madeja. A esta idea se suma otra que no identifica como belleza los elementos físicos descriptibles a primera vista, pues estos son solo reflejos de nuestra necesidad. Por lo tanto, la belleza debe percibirse esencialmente cuando la vida descubriéndose a sí misma, siendo esta eterna como el reflejo de un espejo al sagrado rostro de la vida.

    Al menos para mí, esta es la verdadera belleza. Lástima que es algo complicado de explicar de buenas a primeras cuando la fuente de ésta solicita explicaciones de lo que mis ojos tanto acarician a corta distancia. Bueno Karla, he aquí una explicación más detallada de mi sonrisa tras responder inocentemente: ‘nada, solo te miraba’.

    Foto: wallyg – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    junio 14, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • Las peores respuestas al ‘te amo’

    Decir ‘te amo’ por primera vez es difícil. La sensación es parecida a estar frente un pelotón de fusilamiento esperando a ojos cerrados y cigarrillo en boca la respuesta que determine la vida del condenado. Quizás exagero, pero algo divertido que encontré en Internet es la siguiente lista de peores respuestas a esta frase tan apasionada. A ver si nos reímos un poco de lo que, quizás, no ha pasado en algún momento.

    1. Mensaje leído a las 12:41
    2. No es cierto. Tu amas la idea de estar amando. Tu amas la idea de amar, pero no lo estás. Tú eres muy egocentrista y torpe para amar a alguien. Tú piensas que el amor es capricho, y no lo es. Tu eres solo un estúpido que no sabe qué es lo mejor.
    3. Cállate, bebé. Ya lo sé.
    4. Necesitamos hablar…
    5. Tú no sabes lo que es el amor, Forrest.
    6. Lo sé.
    7. Eres tan adorable…
    8. Bien por ti.
    9. Tú solo no eres tan importante para mí.
    10. Y yo amo… los postres.
    11. Si tú realmente me amas, deberás tragártela.
    12. Si tan solo pudiera hacer que tu hermana diga eso.
    13. Vete al infierno, abuela.
    14. Awww, yo también. Tú eres tan buen AMIGO.
    15. Yo también me amo.
    16. Ja… ¿Quién no lo hace?
    17. Espera, ¿estás embarazada?

    Foto: Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    junio 14, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • Donde ríes sin reir

    Recuerdo aquella clase de Filosofía en la que el profesor Víctor Krebs, si bien no me equivoco, habló acerca de la pasión como un caballo desbocado que debe ser domado por el hombre para dirigir su energía por el camino. Esta misma enseñanza se complementa con lo que Gibran Jalil Gibran señaló en su libro ‘El Profeta’ acerca de esta misma energía humana, que debe entenderse como las velas de un alma viajera y, por su parte, la razón como el timón de un metafórico barco que refiere a la constitución del hombre.

    ¿Pero hasta qué punto el timón se quiebra para engañar los vientos que empujan las velas en determinado sentido, o el caballo se apodera de la velocidad del carruaje al apreciar un camino largo y sin obstáculos? A lo largo de los años he observado que existe la tendencia a temer la pasión y juzgarla como una energía deliberada y destructiva, muchas veces producida por elementos externos, cuando en realidad se trata de una respuesta íntima a determinados estímulos. Son en esos momentos que lo más profundo de nuestra personalidad sale a flote.

    Miedo, esa es la palabra que tratan de ocultar los más vulnerables a sus formas de expresar la pasión. Más de una vez hemos recibido el consejo de no llevar las cosas tan rápidas con nuestras parejas, por ejemplo, pero uno llega a preguntarse si efectivamente está bien autocensurar la pasión por los temores del resto ya que sugieren temer al amor. Creo que es feo decir cosas como «Aún no es tiempo» como si tuviéramos toda la vida para conformarse con lo que se tiene, sabiendo que puede haber algo mejor en el futuro. Entonces, sería algo así como engañarse en una falsa estabilidad.

    Algo que he descubierto ahora -lo digo con conocimiento de causa- es que uno se siente más libre al entregar dicha pasión a quien consideres que lo merece, pues te exhibes con la inocencia de un niño que redescubre las sensaciones de amar. En caso que te equivoques siguiendo mi consejo, no me eches la culpa, ni tampoco seas duro contigo, pues al menos alza la cabeza sabiendo que diste lo mejor de ti, que la culpa no es tuya y moralmente has actuado fielmente a tus instintos pasionales.

    Citando nuevamente a Gibran Jalil Gibran, si eres de los que ocultan la pasión de amar a cabalidad, ingresarás «hacia un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y lloraréis, pero no con todas vuestras lágrimas». Y quieres saber algo, no sabes la felicidad que se siente al reir con toda la risa. Nuevamente, te lo digo con conocimiento de causa.

    Foto: gwendolen – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    junio 13, 2014
    Artículos
    Autocensura, Enamorados, Gibran Jalil Gibran, Psicología, Relaciones de pareja
  • El hombre del saco de yute (2)

    Karem parece desenvolverse muy bien cuando no mira a los ojos a Jano, quien busca tener contacto visual para hallar su confianza, pero ella ríe como si la vista de Jano pudiera tocarla y hacerle cosquillas. El hambre de la mañana hacía sonar los estómagos de los dos jóvenes, quienes circulaban los 25 años. Jano se acordó que tiene que ir a trabajar.

    -Lo siento, no tengo tiempo para caminar ahora. Debo ir al trabajo-, dijo Jano, mientras veía con apuro la caricatura de reloj que tiene en la muñeca. Siempre marca la misma hora: las 10:00 p.m.
    -¿Acaso trabajas?-, preguntó ella, extrañada por cómo un sujeto como él puede tener un trabajo decente.
    -Sí, mi trabajo queda en la siguiente esquina. Puedes esperarme, si quieres. No quisiera aburrirte-, dijo Jano quien corría desesperado hacia el paradero del bus.

    Ella lo mira extrañado desde la misma vereda en las primeras cuadras de la avenida República de Panamá. Él permanece de pie junto a varios oficinistas y secretarias. Se pregunta por qué Jano no tuvo la delicadeza de despedirse. ¿Tan malcriado puede ser?

    -¿Qué bus te lleva? Vi que han pasado todas las líneas, y no te has subido a ninguno-, insistió.
    -En verdad, no me lleva ninguno. ¡Ahora sí!-, dijo Jano, saltando al medio de la pista aprovechando los cuarenta segundos de la luz roja.

    El joven vagabundo hacía el ademán de quitarse un sombrero y dijo ser un profesional en el baile. A su acto lo llamó: “Aprende a bailar salsa en 30 segundos”. Tarareando una canción de salsa, Jano comenzó moverse como si tuviera a una pareja de baile imaginaria.

    -Cuando tengas a la nena al frente, ya sabes, primero derecha e izquierda, y luego haces el paso de la ‘escobita’-, explicaba Jano, haciendo un sencillo paso de baile como si tuviera una escoba entre las manos y estuviera barriendo despacio. Al menos, parecía tener ritmo para los más desubicados de la salsa.

    Desde la vereda, se escucha la risotada de Karem, quien acabó sentada en el piso debido al dolor de abdomen. Jano es muy profesional en su oficio: no hizo caso de las burlas de Karem para seguir su acto. Al finalizar, sumó unos siete soles. Los carros se fueron y él vio al cielo, nuevamente como agradeciendo a cualquier dios que se apiadó de él.

    -¿A qué hora es tu refrigerio?-, preguntó Karem muy divertida, sin dejar de reir y aferrando el morral a su cuerpo.- ¿En dónde marcas tarjeta?-, arremetió nuevamente. Ahora sí cayó al piso otra vez.
    -¡No te burles! Trabajo es trabajo, ¿no? Al menos no me la paso vendiendo…-, Jano se detuvo. No acabó su respuesta picona sabiendo que las envolturas que vende Karem no tienen pastillas para la salud. No se lo quiso decir por educación, quizás para ella sí exista esa cura milagrosa en cada pastilla invisible.
    -¡Te diré que mis pastillas son las mejores! Yo no dejo de tomarlas-, dijo Karem, muy segura de la calidad medicinal de sus supuestos comprimidos. Jano se rasgó la cabeza tratando de comprender la lógica de las píldoras. Al menos, ella parecía estar feliz consumiéndolas, un pedazo de aire como si tuviera un efecto especial. Su sonrisa era hermosa, recuerda Jano. No hay mayor pastilla para la felicidad que la imagen de sus dientes siendo descubierto por los finos labios de Karem.

    Jano hizo su acto unas cuatro veces en el mismo semáforo, pues decía que le daba suerte. Si comenzó bien, no hay que irse hasta que la suerte cambie. En unas pocas horas logró juntar más de 50 soles. Para pasar el tiempo, Karem vendía sus envolturas vacías a los transeúntes. A pesar de saber que no tenían nada, los peatones se apiadaban de la misma sonrisa que había aliviado a Jano. Las envolturas eran de varios colores, depende de estos lo que hace cada supuesta pastilla. Las azules son para calmar el dolor corporal; las blancas, para limpiar el alma; y las amarillas, para forzar a los mentirosos a decir la verdad. La que más se vende, según contó Karem a su nuevo compañero callejero, eran las envolturas rojas, píldoras invisibles para quienes buscan el amor. Esas se vendían como pan caliente, pero tanto que Karem se quedó con ninguna y, en sus momentos más tristes, ella no tenía envolturas rojas para consumirlas por su propio bien.

    -Tengo lo suficiente para comer bien. Entre los dos, podemos ir a comer a un buen lugar-, dijo Jano, observando sus manos llenas de monedas de uno y cinco soles.
    -¿En qué lugar crees que te dejarán entrar así? ¡Te falta una zapatilla!-, la risotada de Karem se hizo más fuerte, no dejaba de señalar el pie desnudo de Jano.- Eres un loco, pero no te preocupes, tengo una idea. Vamos a aquella fuente de agua. ¿Cuánto calzas?

    Karem lo jaló del brazo en dirección al norte. Él trataba de seguirle el ritmo saltando de un pie muy apresurado, porque era la hora de hacer el cambio de calzado. Se le había olvidado una vez más.

    Foto: Wikipedia – William Warby. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    mayo 31, 2014
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    Cuento, Gracias Karla por estos dos meses de felicidad a tu lado, Mesario, Yute
  • «Ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble»

    De la colección de libros que he podido almacenar en mi cuarto, siempre me llamó la atención «El Profeta», de Gibran Jalil Gibran, porque la obtuve hurgando entre las cosas de mi fallecido tío Mario. Lo curioso es la dedicación que tiene en sus primeras páginas y las anotaciones que él hizo en vida durante la lectura, detalle que me conmueve al saber que tiene los mismos gustos por los míos en lo que respecta a pasajes de tan bellos poemas.

    En fin, este ha sido uno de los pocos libros que he vuelto a leer dos veces, o que reviso esporádicamente buscando interpretaciones de sentimientos cursis, pero con muy buen tino filosófico. Me llamó la atención el pasaje sobre el ‘Matrimonio’, ya que realmente abarca todo tipo de relación amorosa. Resulta curioso, porque como se debe a una traducción, imagino que hubo un error para interpretar una frase inexacta sobre las relaciones de pareja en árabe.

    Aquí les comparto el texto del pasaje que seleccioné para ustedes. Resulta interesante cómo aprecia la relación entre dos personas a partir de un todo poseído por la Vida, que nos debemos a esta para no hacer del amor una ligadura asfixiante.

    Entonces, Almitra habló otra vez: ¿Qué nos diréis sobre el Matrimonio, Maestro?

    Y él respondió, diciendo:

    Nacisteis juntos y juntos para siempre.
    Estaréis juntos cuando las alas blancas de la muerte esparzan vuestros días.
    Sí; estaréis juntos aun en la memoria silenciosa de Dios. Pero dejad que haya espacios en vuestra cercanía.
    Y dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros.
    Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura.
    Que sea, más bien, un mar movible entre las costas de vuestras almas.
    Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa.
    Daos el uno al otro de vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo.
    Cantad y bailad juntos y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea independiente.
    Las cuerdas de un laúd están solas, aunque tiemblen con la misma música.
    Dad vuestro corazón, pero no para que vuestro compañero lo tenga.
    Porque sólo la mano de la Vida puede contener los corazones.
    Y estad juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares del templo están aparte.
    Y, ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble.

    Foto: Pixabay – Quique. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    mayo 24, 2014
    Artículos
    Amistad, Enamorados, Matrimonio, Relaciones de pareja
  • Lo que nadie se imagina 7

    Tiene toda la apariencia del practicante torpe que quiere hacer bien las cosas: lentes gruesos de carey, camisa algo percudida, jeans torpemente planchados -con las líneas del pantalón de vestir- y un peinado con raya al costado tan estúpido como sus braquets con ligas de varios colores (según cuenta, así le salía más barato el tratamiento). Anda por los pasillos del edificio por la madrugada cargando una infinidad de folios a toda prisa. Estornuda tres veces, se suena los mocos con el mismo papel higiénico que viene utilizando reiteradamente desde que salió de casa en dirección al trabajo.

    La oscuridad de la noche clareaba con el pasar de los minutos, que se traducen en oro para los jefes de Sergio Clavijo que aguardaban por los expedientes. Ya casi el reloj marca las 5:00 a.m. y es hora de joderle la vida a un desconocido de la gran ciudad.

    -¡Carajo, esta es hora de llegar!-, cómo habrá sido el grito que Clavijo salta por la impresión y deja caer unos cuántos folios. Mientras los recoge, no deja de escuchar los bramidos de su superior.- No te molestes en levantarlos, mejor tira las demás hojas al suelo y patéalas a mi escritorio. Hagamos algo divertido.

    Clavijo se sube los lentes mientras cumple atónito la orden de su jefe. Deja caer los folios al suelo, los junta todos en un montón y lo empuja hacia el escritorio, a medio metro de la carpeta. Acto seguido, se sube los jeans, se suena nuevamente la nariz y mira a su jefe dando a entender que cumplió con el mandato.

    Éste último se levanta del cómodo asiento de cuero negro y esparce las hojas con el pie despectivamente. Le pide al practicante que se aleje de los papeles por unos instantes, para luego dirigirse a la puerta de la oficina, no muy lejos del montón de folios. Sin prestar atención a los buenos modales, hace un sonido asqueroso con la nariz que luego se concreta en la boca. Una consistente flema verde vuela por los aires y cae aleatoriamente sobre una de las páginas del suelo, el destino ya ha elegido a su víctima.

    -Levanta ese papel y dime de quién es-, ordena a Clavijo mientras saca un pañuelo de su bolsillo trasero para limpiar la saliva que había caído en su mentón.
    -Este se llama Jonathan Paredes. Viendo sus publicaciones en Facebook e información recogida en la Reniec, tenemos material para que nos haga el día-, extiende el papel a su jefe con cierta satisfacción.
    -Tienes razón, es sumamente jodible, creo que tenemos muchas de sus preferencias en nuestros archivos. Además, tengo ojo para este tipo de huevones, se nota que está templado. ¡Ya tenemos por dónde cogerte! Me gusta este sujeto, si supiera cómo lo vamos a cagar. Chibolo, lleva el papel al especialista para armar la operación.

    Clavijo sale de la oficina subiéndose por enésima vez los jeans y limpiando el papel del escupitajo que aún chorrea por una de las esquinas.

    ***

    Jonathan Paredes acabó de trabajar y sale de la oficina para dirigirse al ascensor. Se coloca los audífonos para relajarse un rato camino casa, tratando de distraer su mente de las desavenencias del amor. «Ahora volvemos luego de este precioso tema de Joe Cocker ‘You are so beautiful’ para los románticos en sintonía. ¡No te despegues!», anuncia la locutora radial con una carcajada que sabía a sarcasmo. Jonathan mira el cielo grisáceo de la ciudad camino a casa preguntándose cómo las radios logran dar con la canción perfecta en los momentos indicados.

    André Suárez Paredes

    mayo 23, 2014
    Artículos
    Cuento, Jonathan Paredes, Sergio Clavijo
  • Los «para siempre»

    Si somos mortales, ¿cómo tenemos la osadía de prometer algo «para siempre»? No pienses que todos somos unos embaucadores, sino que solemos hacerlo cuando metafóricamente expresamos nuestros sentimientos haciendo referencia a lo único imperecedero de la vida humana: el alma.

    Religiones de todas partes del mundo han concebido éste elemento como extensión de la vida terrenal, «siendo sustancia espiritual e inmortal de los seres humanos», según la Real Academia Española. Cabe preguntarse, entonces, si el alma goza de sensibilidad como para prometer algo en vida que será posteriormente experimentado hasta la eternidad.

    Para no profundizar en el terreno de la metafísica, hay algo realista en el «para siempre» que lo hace sumamente practicable. Obviamente, léase lo siguiente bajo la responsabilidad de que se trata de un fuerte compromiso, ya que lo peor es engañarse con sentimientos superficiales simulándolos como un estilo de vida.

    Arranquemos con un ejemplo clásico: «Te amaré por siempre». Pragmáticamente, el enunciado es constatable si la persona enamorada confirma sentirse así en los últimos segundos de su vida. Antes de discutir sobre si el alma posteriormente sentirá ese amor, aquí lo esencial reside en la entrega que el sujeto hizo antes de ingresar a lo desconocido, donde ni la ciencia sabe exactamente cómo es morir.

    Sin tapujo alguno, decir «Te amaré por siempre» es el deseo de sentir a esa otra persona en los últimos instantes de vida antes de desaparecer, autenticando sus sentimientos, incluso, en lo que nadie -¡NADIE!- tiene idea de cómo será la vida después de la muerte. Esta última entrega bajo la esperanza de seguir gozando del amor en el más allá es lo más puro que conforma el alma, ente impoluto de muchas creencias, cuando deje el cuerpo con el último respiro.

    Mucho depende, en este punto, de la fe de cada persona. Confesemos que hay veces que no podemos explicar lo más bello de la vida con números, ni la magnitud del amor en centímetros cúbicos, pero bien vale creer en algo para no perder el tacto humano, la sensibilidad de obrar sabiendo que somos mortales y la sinceridad de confesar sentimientos como si el tiempo jugara en nuestra contra, contemplando la felicidad -y el amor- como la vianda del alma que partirá agradecida sin miedo a la muerte.

    Foto: Wikipedia – Optx. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    mayo 19, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • Del ‘¡porque sí!’ al ‘¿Por qué no?’

    Cuántas guerras se han librado por el «porque sí» de las cosas: razones nacionalistas para apoderarse de una zona territorial en litigio, históricas para argumentar la naturaleza de una ofensiva militar o hasta religiosas como las recordadas ‘cruzadas’ hace cientos de años.

    En la vida diaria, el «porque sí» serían todas aquellas premisas que hemos creído fiel y firmemente que deben ocurrir, porque es lo correcto según nuestro imaginario. Sin embargo, esta postura ‘de facto’ -intolerable a las críticas o demás perspectivas, por más realista que nos parezca- no hace más que evitar los puntos débiles de nuestra postura. Es decir, modificamos la realidad para que nos convenga de la mejor manera recurriendo a la censura de demás perspectivas y sensibilidades del mismo problema.

    Algo que puedo recomendarte cuando pases por estos temas, que suelen ocurrir en la vida de pareja, son las enseñanzas de Karl Popper sobre las conjeturas y refutaciones. «No podemos demostrar que una hipótesis es verdadera, o incluso tener pruebas de que lo es, mediante la inducción, pero podemos refutarla si es falsa». A grandes rasgos, Popper señalaba que la evolución del conocimiento científico debe darse enunciando hipótesis y hacer todo lo posible para refutarlas. En cristiano, enfoquemos nuestro conocimiento en el «porque no» de las cosas, en lugar de encasillarse en las conjeturas como verdad absoluta y unidireccional.

    En el campo se las sensibilidades humanas, antes de sentar tu reclamo sobre por qué deben suceder ciertas prácticas y costumbres -como la exigencia de detalles románticos-, mejor es profundizar el «porque no» suceden estas cosas. Las respuestas pueden ser, quizás, aquellas que tratamos de evadir a todas luces para tener siempre la razón. Tratemos de ver el lado oscuro de la Luna, no solo su mejilla más iluminada en medio de las tinieblas del saber.

    Foto: aestheticsofcrisis – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    mayo 12, 2014
    Artículos
    Relaciones de pareja
  • El hombre del saco de yute

    Esta es la primera de 12 entregas de un cuento que comenzaré a publicar cada fin de mes. Ahora que he vuelto a leer el texto, me sorprende la dedicación que tuve para emprender esta nueva aventura literaria, cual inició a fines de febrero con la aparición de una musa increíble. Agradezco a quien inspiró estas líneas sin haber imaginado siquiera toda la creatividad que despertó en mí con su sola presencia.

    Gracias, Karla Echazú.

    Cubierto de cartón corrugado, Jano despierta a la hora en que la neblina despejaba la ciudad. Aún era de noche, no concilió el sueño, ya tres veces la policía lo golpeó por su derecho más humano: la libertad de soñar, no de dormir en lugares públicos.

    La luz amarilla de las farolas hirieron sus pupilas, sus ojitos se hicieron botones y fueron sacudidos por sus manos sucias. Miró a la única estrella que había en el firmamento, la miró como los condenados que añoran la piedad de la justicia divina. Se persigna por seguir vivo sin saber qué dios se apiadó de él, mete sus viejas anotaciones en un saco de yute y camina en dirección a cualquier lado, inocente de sus pasos, tropezando con las veredas más chicas. No imaginó que en su andar sin destino encontraría justamente eso: un destino.

    Barranco ya se había echado a dormir: la única alma en pena sobre las cerradas calles era la de Jano, quien no tuvo nada qué meterse a la boca durante el día. Jano era víctima de sus adicciones, paupérrimo por donde quieras verlo, pero detrás de su sonrisa indemne traía consigo un puñado de poemas que eran su tesoro, su droga que lo mantenía vivo en tiempos de hambre. No es un secreto que haya comido los bordes de esos papeles para paliar su hambre. Pero no es el hambre que tú crees, ese que nos revuelve el estómago hasta la úlcera, sino algo peor que ningún médico logró diagnosticar en Jano.

    Conseguir comida real era fácil para él. Dedicaba unas ocho horas a hacer lo que sea: desde limpiar los vehículos aparcados con su propia ropa hasta dibujar conatos de retratos con plumón para regalarlos a quien se apiade de su pobreza. Aunque no trabajaba en una oficina, dedicaba igual ocho horas para su subsistencia. Hasta ser pobre es un trabajo, eso piensa Jano, reconocible a kilómetros de distancia por su cabellera larga, amarrada por una pañoleta negra y con harapos grises gastados por la brisa del mar. Lo más característico es su calzado: solo tiene una zapatilla All Star roja en el pie derecho, mientras que el izquierdo está cubierto por una bolsa plástica de supermercado. Para evitar laceraciones en la planta de sus pies, adoptó un sistema de horas para cambiar los calzados de cada pie, así equiparaba el maltrato de la áspera vereda.

    Jano camina por el centro de la desolada pista, viendo las viejas casonas, oscuras y abandonadas, que parecen observarlo con cierto complejo de caridad. Su sombra ahora se proyecta sobre los oxidados rieles de un viejo tranvía, cerca a la plaza central de Barranco. La oscuridad parece tragarlo sobre un montículo de cemento, el panorama natural de las ciudades de cemento. Una luz brilla en medio de la tiniebla, una gran fiesta, parece, a lo lejos, exactamente en una vieja casona transformada en galería de arte.

    El frontis está cercado por una alta reja negra y una serie de columnas blancas hechas de piedra. En el interior, puede verse a grandes señores deleitándose de obras surrealistas, inexplicables a su ojo ignorante, pero lo suficiente sofisticado como para pavonearse que han visto “arte”. Eso era, una exposición de arte. Jano se acerca donde el portero, sacó su bolsita de yute.

    -No, aquí no queremos caramelos-, dijo el guardia de seguridad, uno muy alto, calvo y un traje negro. Ni siquiera miró a Jano para darle su negativa.
    -No son caramelos, son papeles. Es decir, mi papeles con poesía. Son de hace…
    -No me interesa, imbécil. Anda para allá, que la fiesta está por acabar-, ahora sí lo miró, con asco por su barba crecida, y trató de intimidarlo sin tocarlo. Quién sabe qué enfermedad podría contagiar.
    -¡Pero si esto es una galería de arte! No entiendes, tengo hambre…- Jano no se toca el estómago, sino el corazón.
    -¡Que no me interesa!- Gritó el guardia, dándole un empujón, aprovechando de su fuerza y que ningún policía estaba a la vista para detener su abuso. Jano toma aprieta su bolsa de yute para que ningún papel se escape, incluso cuando cayó con fuerza sobre un charco negro que se ubicaba entre la vereda y la pista.- Si tienes hambre, anda traga, cómprate comida, pero no jodas.

    Jano alza la mirada, comprueba rápidamente que su cuerpo estaba sano, solo le duele el codo izquierdo. Nadie más cerrado de mente, como ese guardia, pudo comprender que hay hambrunas que el estómago no logra paliar. Echado todavía en el piso, ve cómo los caballeros de traje sacan a sus damiselas por la puerta grande, muchos de ellos ebrios, con rostros hechos de mueca. Y ellas, bellísimas, vestidas de blanco, verde y negro, con el cabello recogido, desnudando la espalda a la noche. Pero había algo que la brillantina y el perfume caro no lograba completar esa imagen ideal de belleza. Algo que hacía de Jano un espectador ajeno, no envuelto por lo que el resto de caballeros parecían admirar.

    -Vamos, levántate. Vi lo que te hicieron-, dijo una voz femenina, quebrada por el esfuerzo que hacía levantando el liviano cuerpo de Jano. La sorpresa hizo que este soltara su bolsita de yute a los pies de la fémina, quien se hizo de una mano para recogerlas.
    -¡No las toques, solo yo puedo verlas! ¡Son mías, aléjate!-, gritó Jano, causando alarma entre los pocos testigos.

    Jano aún no la había visto a los ojos, donde esa joven de piel blanca como la luna guardaba su verdad: las ventanas de un alma que descansaba en ella. El vagabundo trató de levantarse por su cuenta, pero sintió de pronto que su rodilla ya no contestaba y cayó nuevamente en el charco. Ella se rió por la caricatura que era Jano, así como una tortuga que trata de darse vuelta sin ayuda.

    -Como no puedes levantarte, miraré qué tanto tienes aquí-, dijo con una sonrisa traviesa, como si no se hubiese sentido insultada por la mala gracia de Jano.
    -¡No, no me hagas esto!-, la cogió del tobillo con fuerza. La miraba tendido en el charco y justo la luz del farol hacía contraluz con el rostro de la joven, por lo que no podía verla con detalle. ¡Está bien, te diré, te diré! ¡Ayúdame!

    La joven lo alzó nuevamente. Ahora supo que estaba mal herido, había sangre por sus rodillas y su codo estaba encogido por instinto. Por suerte para Jano, la desconocida no vio ningún papel de la bolsita de yute.

    -¿Puedes ayudarme? Necesito seguir andando a estas horas. Tengo hambre-, dijo Jano viéndola a los ojos. Ella le respondió la mirada, pero esquivó a los pocos segundos con una sonrisa tímida. Jano estaba malherido sin prestar a los detalles. Solo cerró los ojos y preguntó a la desconocida por su nombre. Ella no hizo caso, se metió una de las manos al bolsillo para sacar lo que parecía una pastilla.

    -Tómate esto. No te cobraré, pese a que las vendo por las calles. Te hará sentir mejor. ¿Qué me habías preguntado? Ah, sí, me llamo Karem-, dijo mientras metía ciertos papeles manteca en su morral de color verde oscuro, muy sucio por el barro.

    Karem estaba de pie, muy derechita, y con unos pies pequeñitos, que calzaban valerinas. Tenía un saco largo y grueso de color morado y una especie de gorrita hecha de lana. Su piel hacía contraste con la oscuridad y sus pequitas recordaban a Jano la delicia que era la vainilla con chocolate.

    -¿Qué son? ¿Qué guardas ahí?- Preguntó Karem, muy curiosa, con los ojos parpadeantes a una velocidad sobrenatural, como queriendo sacar una sonrisa al triste Jano, quien no dejaba de exprimirse el polo para secarse.
    -Son poemas, mi último recurso si es que muero de hambre.
    -¿Acaso te comes el papel?-, repreguntó, muy extrañada por lo que acaba de escuchar.
    -Algo así…-, repuso Jano, sabiendo bien que esa es la verdad absoluta, pero aquella que quería evitar revelar al resto.

    Jano y Karem se miran como dos desconocidos forzados a saludarse por la soledad de la calle. Él ríe buscando el contacto visual, mientras ella mira hacia las esquinas, nerviosa como si la siguieran o como si escapara a un estremecimiento invisible.

    Él siente la pastilla que le dio Karem en el bolsillo. Abre lentamente la envoltura de papel platina, típica de los comprimidos farmacéuticos, y se da con la sorpresa que no había nada, ninguna pastilla.

    -¿Te la tomaste? ¿Te sientes bien? Realmente sí funciona, te hace sentir mejor-, dijo Karem con una sonrisa espléndida.

    Jano la mira extrañado. Mira al piso por si se cayó la píldora, pero en realidad no había nada. Vuelve a ver la sonrisa de Karem, pierde su mirada por un segundo en cada labio.

    -Sí, Karem, ya la tomé-, respondió Jano, ocultando su bolsita de yute con retozos de papel en su bolsillo más grande. Devolvió el favor de la pastilla con una sonrisa más amplia, y se fueron caminando de regreso por los rieles oxidados. Ya estaba por amanecer.

    Foto: Wikipedia – Avi Paz

    André Suárez Paredes

    mayo 1, 2014
    Artículos
    Cuento, Karla Echazu
  • Lo que aprendí y lo que tú me recordaste…

    Por primera vez en la historia de este blog compartiré un texto que no ha sido redactado por mí. No hay mayores razones que brindar al respecto, pues todo está plasmado en las siguientes líneas del poema ‘Lo que aprendí y lo que tú me recordaste…’ Este bello escrito fue hecho con el rigor de superar los miedos más instintivos de la razón sobre los sentimientos, una lucha librada con una pasión que alargaba los días a más de 24 horas desde hace varias semanas. Nada más que agradecer la dedicación de este texto a Karla Echazú, la artífice de mi regreso a la poesía luego de tres años. Yo también te amo -sé que ahora estás leyendo esto-.

     

    Me enseñaron que…
    El que se enamora pierde
    Y aprendí que para amar
    Se debe usar la cabeza y no el corazón.

    Aprendí que cuando das,
    No siempre recibes
    Y que las demandas
    Superan ofertas.

    Aprendí que es más fácil,
    Ser conquistado que conquistar
    Y que no es rentable
    El saber entregar.

    Que el soñar sí cuesta,
    Cuando debes despertar
    Y si trepaste muy alto,
    Te dolerá el bajar.

    Pues la gente falla
    Y uno mismo lo hará
    Que antes que me dañen,
    Prefiero dañar.

    ¿Y dónde quedaron mis sueños?
    Con príncipes y princesas
    Donde no existen los miedos
    Donde no importa si tropiezas

    “Enamorada del amor”
    Me fue diagnosticado
    Por hablar con fervor
    Y accionar con cuidado

    Y es que me dijeron
    Ser muy débil
    Para asumir amores
    Que no siempre son fieles

    Porque el felices por siempre
    Suena a ficción,
    Porque es algo utópico
    Aquella emoción.

    Escribo estas líneas
    Con mucha tristeza
    Pues siempre termina
    Lo que se empieza.

    Y olvidé que escribía cuentos
    Y pequeños versos
    De amores ideados
    Que sonaban muy tiernos

    Que soñaba despierta
    Con un reino lejano
    Donde yo era princesa
    Y pedían mi mano.

    Tantos suspiros
    Echados al aire,
    Tantos suspiros
    Soñando con alguien

    Alguien sin rostro
    Proyectado al futuro
    Que sueñe conmigo
    Aunque suene inmaduro

    Y tú me recordaste…
    Lo bello que es dar
    Que no hay fechas pactadas
    Para celebrar

    Que el romance no acaba,
    Si hablamos de amar
    A la persona soñada
    Que nos hace soñar

    Que el miedo existe
    Y no ha de cesar
    Pero es de valientes
    Saber entregar

    Que el miedo motiva,
    Motiva a luchar.
    Que es una fuente
    Para avanzar

    Y si todo falla,
    He de aprender
    Que el amor sincero
    Te hace crecer

    Finalmente, te quiero confesar…

    Sin miedos ni temores
    Te amo sin rencores
    Sin corazas ni escudos
    Con el corazón desnudo

    Por mis ganas locas
    De exclamar ¡Te Amo!
    Al besar tu boca
    Y tomar tu mano.

    Foto: Antonio Litterio – Wikipedia

    André Suárez Paredes

    abril 29, 2014
    Artículos
    Karla Echazu
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Disculpa si te puse triste…

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