NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Lo que nadie se imagina 18

    Nathallies viste santos en una vieja iglesia de su Puerto Rico. No es broma, en realidad tiene ese oficio. Lo curioso es que estaba soltera -pretendientes nunca le faltaron- cuando aceptó el singular trabajo de diseñar los trajes de las estatuas que adornan el santuario. Eso sí, ella no es muy religiosa que digamos, pero el ingreso extra cae excelente cada fin de mes.

    La chambita le duró un par de meses hasta que cierta tarde recibió un mensaje por WhatsApp. No daba crédito a lo que leía. Una vieja promesa -que linda con la broma- se hace realidad.

    Nathallies sale de la iglesia sin dar explicaciones, aborda su vehículo recién terminado de pagar al banco y se dirige a su casa a toda velocidad. Allí sube a su dormitorio y saca un par de zapatitos de tacón negros y un vestido ligero de color turquesa. Lo curioso es que Nathallies tiene la habilidad para hacerse dos selfies, un video directo en Facebook y un boomerang de Instagram en pleno trajín, contando a todos de la sorpresa que se viene.

    Invadida por la prisa, Nathallies sale de casa con el lápiz de labios rojo en la mano para dirigirse nuevamente al carro, donde finalmente acaba de arreglarse con ayuda del espejo retrovisor. Da un beso a su reflejo y se guiña el ojo antes de arrancar el motor.

    Ya en la Catedral del Viejo San Juan, Nathallies baja del carro y camina hacia un sujeto de traje gris. Ella pega un grito de emoción. Sus rodillas tiemblan. Sus ojitos de hacen chinitos de estrellas. Se muerde un labio para verificar si se trata de un sueño o de la vida real.

    El tipo de traje gris se arrodilla a menos de un metro de ella. La mira a los ojos y pronuncia de memoria lo que venía practicando horas antes en el avión.

    Han pasado varios años desde la última vez que nos vimos y vengo a proponerte lo que bien ya sabes. No sé nada de tu vida, ha corrido mucha agua bajo el puente, pero tenía que intentarlo. Tú ya de cuatro décadas y yo quizá te parezca el mismo chico de antes… Como te imaginarás, estoy aquí de rodillas para pedirte la mano en matrimonio. El propósito es el de siempre y el que te comenté hace tiempo: el pasaporte americano. Imagínate: si quieres podemos tener boda para hacer el megaevento en Facebook o gastarnos el dinero en viajes por el mundo. Creo ser un buen tipo y no te pediré ni trato de pareja ni que me cocines los fines de semana. Total podemos vivir así el tiempo que nos plazca sin las obligaciones de lo que la gente hace por amor.  Si no te gusta la idea, no te preocupes: aquí tengo [saca del abrigo un papel] el documento de divorcio ya redactado. Ninguno pierde sus propiedad y lo más importante: será el divorcio más feliz del mundo, porque no será ocasionado por la infidelidad ni los celos enfermizos. Te adelanto que no ronco por las noches y duermo a veces con la luz encendida. No te pediré tampoco que duermas conmigo, aunque… Bueno, eso lo podemos negociar. No creo ser machista ni tendrás ni un pero de mi parte. No te haré berrinches cuando veamos a tus padres. De hecho, hasta me caen bien.  Ahora sí, creo que eso es todo. ¿Quieres ser mi esposa? Como verás, la piedrita del anillo no es tan grande, pero considéralo una inversión inicial. ¡Tampoco iba a tirar la casa por la ventana! ¿Anda, quieres?

    Nathallies se retuerce de la risa. Mira con ternura al hombre de traje gris y le dice algo imperceptible al oído de los curiosos que se acercaron para ver tan singular escena. Ambos se ríen tras un largo abrazo de reencuentro. Ella estira el dedito índice para colocarse el aro, porque sabe que el anular está guardado para ese amor verdadero. Desde ese momento, la población de Puerto Rico aumentó en un dígito.

    André Suárez Paredes

    julio 11, 2017
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    Cuento
  • Besitos de noche

    La última vez que me hablaron de amor estaba llorando como un niño recién violado en la esquina de una cama de hotel, al lado de una asesina de ilusiones que -bella, desnuda e imperturbable- se fumaba el último cigarrillo que me quedaba en el abrigo. Lucía de piedra, fatal hasta en las gotas de sudor que se acumulaban en su pecho desnudo. Su sola presencia en la habitación oscura, iluminada por un foco que cuelga del techo por medio de una cable pelado, me hacía sentir más inútil que el condón usado que yacía sobre el suelo.

    Su silencio es un grito que corroe mis entrañas, me pudre por dentro hasta la nausea. Perdió su humanidad tras el éxtasis del choque de carnes y huesos, de saliva y labios… de semen y sudor.

    «Ya lárgate…»

    En sus ojos hay un odio del cual creo no merecer, pero que ahora agradezco. Vileza pura que de ti aprendí lo mejor de lo peor del suspiro nocturno entre dos: la yuxtaposición del deseo y las emociones. Que de amor la gente no se reproduce. Eso solo eran cojudeces.

    «Dame un rato…»

    Recojo mis vergüenzas del piso, levanto lo poco de alma que me queda sin atreverme a verla. Le dejo sobre la mesa -donde descansa una estampilla de Santa Nefixa, la patrona que cuida de sus noches laborales- el dinero acordado e insuficiente para mis propósitos de la ocasión: cachar sintiéndome enamorado.

    Foto: June90190 – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 5, 2017
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    Cuento
  • La pastilla de felicidad

    Imagina que un día la empresa químico-farmacéutica Bayer inventa la pastilla de la felicidad. Lo que hace la cápsula es estimular el cerebro de tal manera que eres inducido a un estado de grata satisfacción espiritual y física, sin ocasionar adicciones ni efectos secundarios en la salud. ¿La consumirías?

    Hay que destacar en esta suposición que la felicidad producida por la pastilla es auténtica en el sentido que la cápsula estimula el cuerpo de igual manera que hace la felicidad natural en nuestro cuerpo. No se trata, entonces, de una felicidad sintética, sino de una real en el sentido estricto del término.

    Sin embargo, ¿esta felicidad real es realmente «verdadera»? De hecho sí que lo es, porque la pastilla tiene la capacidad de reproducir lo que por naturaleza denominamos felicidad. La respuesta está en la situación previa al consumo de la pastilla, porque así determinamos si estamos optando por una felicidad real inducida o una felicidad real fortuita.

    La felicidad real inducida sería por medio del consumo de la pastilla, debido a que estamos decidiendo ser felices por encima de las circunstancias y del estado anímico inicial. El problema aquí es la congruencia entre el contexto y las sensaciones: inducirse la felicidad conlleva al riesgo de ser felices en momentos que no son los apropiados. Por ejemplo, tomar la pastilla de la felicidad durante un velorio. Habrá quienes se sientas ofendidos por tu felicidad en momentos que todos esperan una actuación de luto.

    Por su parte, la felicidad real fortuita se debe a las circunstancias y al equilibrio del estado anímico. Aquí la felicidad ya no se debe a una decisión personal, sino al azar del destino y de las oportunidades. Lo bueno de esta opción es que si llegamos a ser felices en un momento, será por algo con lo que estamos en relación y no por decisión propia que puede llegar a ser hasta egoísta. A diferencia del consumo de la pastilla, la felicidad real fortuita tiene el agrado de suceder en situaciones espontáneas, dándole mayor gusto a la felicidad por encontrarse en circunstancias inesperadas.

    Creo que esa es la clave para discernir entre si tomar la pastilla o no: el nivel del control humano sobre la felicidad. Los dos tipos de felicidades son reales, pero solo la fortuita podría llamarse «auténtica» por suceder de manera inesperada. Ese grado de incertidumbre es lo que la pastilla nunca podrá simular, porque la felicidad no es algo que se construye en sí misma, sino que tropezamos con ella según nuestra estabilidad mental debido a que no siempre sabemos qué nos hace felices.

    Foto: Debs (ò‿ó)♪ – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 5, 2017
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    Felicidad
  • Saludos de mar

    Viajar en barco es una experiencia interesante. A diferencia de los otros medios de transporte, el barco te permite pasear por su interior con una comodidad increíble y facilita la visualización en 360 grados del panorama. Lo más bonito de la experiencia es poder saludar a otros viajeros como tú que están en otras embarcaciones.

    Esto último es una práctica recurrente y siempre me llamó la atención. Pienso que se debe a la sensación de soledad en un espacio tan inmenso que al cruzarnos con otras personas dan ganas de saludarlas, incluso cuando se tratan de extraños en alta mar.

    Será que cuando estamos en espacios con horizontes infinitos -en medio del mar- sentimos que nuestro de interacción se eleva considerablemente. En las calles no te pones a saludar a la gente que está a tres cuadras de distancia, pero en el mar puedes darte el lujo de hacerlo con suma cordialidad. Será porque desde el barco tienes la seguridad de que esa persona no se te acercará y mantienes así tu integridad, pero sí asumes el riesgo de saludarla de todas formas.

    Casi lo mismo sucede, por ejemplo, cuando andas por una calle oscura completamente solo y observas a lo lejos otra persona que ocupa la misma acera. Siendo las dos únicas personas en dicho espacio, sientes que tu zona de confort está siendo vulnerada. Lo más probable es que cruces la vereda para mantener la distancia.

    ¿Pero por qué no hacemos lo mismo cuando estamos en una avenida muy concurrida? Será que en los espacios vacíos recién somos conscientes de nuestra relación con los demás en circunstancias determinadas, sea en una callejuela de nuestro barrio o en medio del mar.

    André Suárez Paredes

    julio 5, 2017
    Artículos
  • La despedida más difícil

    Las despedidas siempre son difíciles y, según el medio de transporte, el dolor del «adiós» puede variar en su intensidad.

    Por ejemplo, en los aeropuertos, la gente se despide antes que el pasajero pase los controles de seguridad para llegar a la puerta de embarque. Una vez llegada la hora de partir, simplemente nos despedimos de esa persona especial horas antes de que parta su avión. La vemos atravesar una puerta de control y listo, desapareció. No la volverás a ver hasta su regreso.

    Lo mismo se aplica en los terminales de buses y trenes, salvo que decidas esperar hasta que arranque el vehículo. Sabes que esa persona especial ya se fue desde que aborda el medio de transporte. Sientes que ya está lejos, tan solo imaginas la distancia que los separa desde el momento que la perdiste de vista.

    Ambas modalidades me parecen un tanto impersonales en el sentido que se pierde contacto con esa otra persona momentos antes de la partida en sí. Uno acaba haciéndose la idea de la distancia que los separa en el instante que ya no están juntos, pero no eres testigo de la inmensidad de kilómetros que hay de por medio. Además, la despedida y la agonía de ver a una persona alejarse físicamente acaba abruptamente.

    Esto nos lleva al último medio de transporte: el barco. ¡Dios, espero nunca despedirme de alguien desde un puerto! Los viajes en barco son lentos y permite a cualquiera poder observar cómo la nave se traslada por el océano hacia su destino final, dando cuenta a cada instante de que se aleja hacia un horizonte infinito hasta perderse en cuestión de horas.

    Lo más doloroso es la agonía del adiós, porque ves a esa persona especial alejarse lentamente, mostrando con ello los kilómetros que los separan, y no la pierdes de vista por buen tiempo si está bien ubicada en la popa del barco. Esta sería la mejor forma de no «imaginarse la distancia» tras la despedida, sino de poder verla mientras la nave atraviesa el mar.

    Espero nunca tener que despedirme de alguien en un puerto. Ya los viajes en barco son menos recurrentes, ahora todos prefieren el avión. Sin embargo, no hay que esperar un viaje largo para ser conscientes de la distancia que pueden separar a dos personas. Uno puede sentirse tan lejos de alguien estando en otro continente como simplemente estar en la esquina del barrio comprando unos cigarros. La ausencia es la misma, pero las dimensiones son distintas. Habrá que preguntarse entonces cuántos metros son suficientes para que realmente me sientas lejos y comiences a extrañarme.

    Foto: Yamile Florez – Pixnio. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    julio 4, 2017
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  • ‘Hacer nada’ es hacer algo

    Me tomó buen tiempo entender que hacer nada es también hacer algo. Suena fácil de entendederas, pero esta lógica guarda un entramado bastante curioso sobre cómo entender nuestro ego y el alcance de nuestras responsabilidades.

    El hacer nada es la ausencia de toda acción en un plano de la realidad. Dicha ausencia no es gratuita, sino que es el resultado de una decisión personal y para llegar a esa decisión hemos requerido de una acción introspectiva. Entonces, podemos decir que hemos hecho algo para llegar a hacer nada en circunstancias determinadas.

    El problema es cuando creemos que por hacer nada estamos libres de las consecuencias y responsabilidades, creyendo que hacer nada es la naturaleza de las cosas sin mediación humana. Pienso que esto se debe a la falacia de creer que la nada es el estado elemental del universo, cuando realmente es un concepto que hemos ideado para ordenar el caos del cosmos, el cual se caracteriza por un número infinito de acciones con lógicas inexplicables para el entendimiento humano. Hay cosas que sencillamente aún no somos capaces de entender.

    La acción de hacer nada -como toda acción en sí- tiene consecuencias en la realidad, porque como sujetos sociables estamos en constante interacción con los demás. Hacer nada, incluso, puede llegar a herir susceptibilidades (la indiferencia) o resultar ofensivo hacia el otro (el cinismo). Aunque parezca que la nada es parecido a la inexistencia de algo, realmente llegar a un estado de la nada requiere de una acción preliminar: la decisión de hacer nada y -por lo tanto- ser responsables de lo que hagamos y no hagamos en la vida cotidiana.

    Hacer nada es lo más parecido a desaparecer, simplemente pasar desapercibido como si no existieras en la realidad, como si visualizaras el mundo sin estar allí para alterar las cosas. Es una mezcla de ausencia-presencia que te hace transparente e incluso imperturbable… pero lo que me tomó buen tiempo entender es que hasta para desaparecer hay que ser consecuente con el vacío que dejas.

    André Suárez Paredes

    julio 4, 2017
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  • Fotografías modernistas

    Salir de viaje con una cámara fotográfica -profesional o amateur- es estrés gratuito. Si eres de las personas que se preocupan por el encuadre, la iluminación y la regla de los tercios, estoy seguro de que tienes especial cuidado en no «cortar» el objeto que enfocas, en tratar de lo posible que no salga la foto a contraluz y en evitar que los turista aparezcan haciendo poses estúpidas. Son muchos los factores que hay detrás de una buena foto y ser consciente de ello hace que seas meticuloso a la hora de fotografiar.

    Pero hay un momento en el que ya te cansas. Quieres tirar la cámara, porque sabes que esta no puede captar tanta belleza en el aire. Haría falta miles de tarjetas SD para congelar las sensaciones de una ciudad. Es en este momento cuando salen las mejores fotos, a lo que denomino fotografías modernistas.

    Las fotografías modernistas son aquellas que se captan luego de perder todo interés en fotografiar según las normas de composición tradicionales. Simplemente coges la cámara y comienzas a jugar con las luces, las posiciones y las figuras. Es una especie de trance en la que no hay buenas ni malas fotos: nada merece la pena si es que lo repasas hasta el infinito. Así pierde su frescura, pierde su improvisación, porque lo bello de la belleza -así como de la vida- es su fragilidad, su constante intermitencia.

    Foto: André Suárez

    André Suárez Paredes

    julio 3, 2017
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    Fotografía
  • Lo que nadie se imagina 17

    Aún recuerdo esa noche cuando ella me miró con unos ojos tan profundos como el misterio de su sonrisa. Era una noche de películas de terror. Ella había preparado desde la mañana todo tipo de bocadillos saludables.

    NADA de lo que estaba sobre la mesita de la sala pertenecía a alguna empresa. TODO era tan orgánico que debíamos comerlo esa misma noche, pues yo -ignorante en estos temas- pensaba que tanta frescura hacía que las botanas (trozos de queso elaborados con leche fresca de una vaca criada con amor, pecanas y almendras de cosecha propia, manzanas y duraznos que aún tenían la hojita de la rama de donde fueron extraídos) se echarían a perder en cuestión de minutos.

    Aún recuerdo bien cuando mi vida cambió con una simple frase: «¿Me puedes traer algo de agua?».

    La miré en silencio tratando de fotografiar su imagen en mi mente. Me levanté del sofá para recoger mis llaves, el teléfono y uno que otro bocadito que no terminé de comer. «Ya regreso. No me esperes despierta», le dije antes de besar su frente en repetidas ocasiones, tratando de alargar el tiempo pegándome a su piel. La miré por última y enésima vez para no olvidarme cada detalle de su rostro. No la volvería a ver por buen tiempo.

    Tomé el primer taxi disponible en la calle para dirigirme al aeropuerto. Allí me acerqué a cualquier aerolínea con un único deseo: llegar a la comuna de Vals en Suiza.

    Primero tomé un vuelo a Madrid con escala en Bogotá. Ya saben, sale más barato si te tomas la molestia del transbordo. Ya en Madrid tomé otro avión con dirección a Berna, capital de Suiza. Aproximadamente fueron 15 horas de viaje en avión. Recién en Berna tomé un bus para llegar finalmente a Vals.

    Pero decir «finalmente» es bastante. Primero compré ropa nueva y apta para el frío de altura. Aún seguía con mi ropa de Lima. Una vez comprada la nueva ropa, pedí el baño en cualquier restaurante para cambiarme y lavarme lo máximo posible. Felizmente tenían jabón líquido. Me sacó de un buen apuro.

    Ya con mi nuevo traje, salí del restaurante evitando al mozo que esperaba en vano por mi orden. Me alejé del establecimiento para caminar y escalar -en la medida de lo posible- hasta los 1815 msnm.

    Llegué en cuestión de días. No fue nada fácil alcanzar el valle: un limeño promedio acostumbrado al cerro la tiene difícil en las montañas de los Grisones. Primera vez en mi vida que había visto una fuente de agua manantial, siempre las he visto dibujadas o dramatizadas en los comerciales de agua embotellada. ¡Pero nada comparado con esta belleza!

    Muy emocionado, colecto un poco de agua y la guardo en mi maleta para traerla a Lima.

    Lástima que no había aviones disponibles para la fecha más próxima. Hacía mal tiempo, así que me aventuré a hacer la travesía por tierra. Primero me dirigí a Berna en bus, luego tomé un tren hasta la región francesa de Lyon y posteriormente un bus hasta la ciudad fronteriza de Toulouse. De allí crucé hasta Barcelona (España) con la ayuda de un camionero que transportaba gallinas a Tarragona. Simplemente me dejó a medio camino.

    Ya en Barcelona la cosa fue más fácil… entre comillas. No tenía dinero para volver hasta Madrid, solo tenía lo necesario para el vuelo de regreso. Fue así como trabajé durante una semana de taxista humano: me encargaba de ir a las discotecas ofreciendo mi servicio de traslado personal para que los ebrios más deplorables puedan volver a casa sin necesitar la ayuda del grupo. Ya saben, es como ocuparse de la «basura» mientras el resto sigue la pachanga sin tener que preocuparse por el amigo sumido en alcohol.

    Felizmente tuve dinero suficiente para volver haciendo tres escalas hasta Madrid. Ya una vez en el aeropuerto, pasé dos noches en el Terminal 4 para ahorrarme el gasto en techo.

    Al fin llegué a Lima. Al fin la volví a ver. La miro con ternura y la beso tantísimas veces en la frente hasta ocasionarle una sonrisa. Ella tan linda detuvo la película que veíamos en la misma escena de cuando me despedí.

    «Aquí tienes… Te traje agua», le dije con una sonrisa de aire con suspiro

    Ella me miró sorprendida. Levantó sus manitas para recibir lo que estaba sacando de mi mochila cuando pegó un grito al cielo. Estaba roja, parecía un caramelito de fresa y sus ojos se habían vuelto un poco más negro por el contraste con su piel.

    «¡Pero qué has hecho! ¡Ese envase de plástico no está libre de BPA! ¿No sabes que el agua es el disolvente universal? Para eso están las botellas de vidrio…»

    La miré en silencio mientras me explicaba las cosas con cierta calma y cariño en medio de mi desazón.

    No tuve otra que coger la botella y echar su contenido a las plantitas que ella tanto cuida en su cocina. Me senté en el sofá en silencio -siempre a su lado- y di play a la película que no terminamos de ver.

    Ella sí le prestó atención a la trama. Pero yo la miraba en silencio desde mi lado del sofá: buscaba en su piel un resquicio que mostrara mi existencia. La miré sin que se diera cuenta por durante minutos que se me hacían infinitos.

    «Oh, ya acabó… ¿Qué te pareció?», me preguntó ella.
    «Pues no sé… Pero la película que ahora estoy viendo no quiero que acabe nunca».

    Sonrió. Más que suficiente.

    André Suárez Paredes

    junio 15, 2017
    Artículos
    Cuento, Lo que nadie se imagina
  • Mi nación extranjera

    La globalización ha cambiado el mundo para siempre. Lo que antes era «propio de un país» ahora pertenece al bagaje cultural cosmopolita. Las viejas costumbres -el valor de lo propio- va desapareciendo con el tiempo, mezclándose con nuevas perspectivas y generando así nuevas identidades: el hijo danés de una pareja musulmano-francesa, por ejemplo, da cuenta del incesante flujo de inmigrantes gracias a las nuevas oportunidades que otorga un mundo interconectado cultural y socioeconómicamente.

    Los nacionalismos -pienso- ya forman parte del pasado. Actualmente la figura sociológica del «otro» es un recurso demagogo para interpretar una realidad compleja. En Europa, por ejemplo, los partidos radicales de derecha recurren a esta ideología del valor patrio -basada en la vieja frase: «todo pasado fue mejor»- para rechazar las políticas de protección a los inmigrantes árabes.

    El «otro» dejó de ser el vecino de siempre (por citar la histórica rivalidad entre franceses e ingleses) para convertirse en un grupo multiétnico internacional, que engloba la amenaza imaginaria contra una colectividad determinada y supuestamente oriunda de un territorio determinado.

    «Si estás en mi país, ¡hablas inglés!», «Lárgate a tu país y trabaja allá» y «Tú solo vienes a aprovecharte del trabajo de la gente blanca y honrada» son algunas frases que entrarían en la lógica xenofóbica que vengo explicando.

    Lo curioso de esta situación es que los «otros» -esa masa multiétnica y extranjera- llega a transformarse en una sola identidad, desdibujando así las diferencias nacionales.

    No importa que seas peruano, argentino o puertorriqueño, eres un latino y punto. Todos engloban esa identidad para los residentes y entre los «otros» sirve como elemento común de socialización.

    Lo curioso de mi experiencia con toda esta lógica social es que mi grupo identitario no eran los latinos, sino los árabes e hindúes. Esto hizo que algunas veces experimentara anécdotas que nunca olvidaré en mi vida.

    Como esa vez que un grupo de hindúes me regalaron una llamada telefónica y unos bocaditos cuando recién había llegado a Atenas -con mala noche incluída en el aeropuerto-. O esa vez que me regalaron una bebida de cortesía cuando solo había ordenado un kebab simple.

    La mayor de las veces de este tipo de solidaridad fue con inmigrantes. Por supuesto que también hay gente maravillosa dentro de Europa, eso no lo ignoro y lo reconozco muy bien, solo que en este espacio quería hacer hincapie en esta figura social del «otro» como grupo intercultural, pero identitario con valores comunes.

    Estas experiencias me hicieron recordar el Equipo Olímpico Atletas Refugiados. Esta singular delegación participó por primera vez en los JJ.OO. de Río de Janeiro en 2016. Todos los integrantes tienen en común -además del mínimo nivel deportivo- la cualidad de refugiado verificado por la Naciones Unidas.

    Curioso tener una delegación -tipo un país- en el que tengas en común las dificultades políticas y sociales de representar a tu nación de origen. Imagina una nación multicultural por naturaleza. Usualmente la gente piensa que esto genera conflictos en el futuro, pero la naturaleza de los conflictos no está en la diversidad, sino en las normas universales de convivencia social.

    Cuando me preguntan por mi país de origen, a veces ya me dan ganas de decir que solo «soy extranjero», que pertenezco a esa nación donde todos los «otros» somos alguien ante las dificultades de estar lejos de nuestra tierra. Como los atletas que compiten por una medalla bajo una bandera universal de las difíciles condiciones humanas.

    Foto: Scott – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    junio 1, 2017
    Artículos
    Europa, Extranjero, Juegos Olímpicos, Naciones Unidas, Río de Janeiro
  • Tus ventanas azules

    Donde acaba el mar
    y se funde de cielo
    apuntan tus ojos azules
    hacia el horizonte
    infinito de almas,
    tierra y ciudad.
    De tus ojos
    hacia el fin
    del mundo,
    viéndome
    sobre paredes
    blancas de dura
    ceniza y roca.
    ¿Hacia dónde
    me mira los azules
    de tus ojos?
    ¿Dónde terminas?
    Que desde donde estás
    el agua hace de color
    al brillo de tu reflejo,
    de piel blanca
    sobre los cimientos
    de una isla,
    pedazo de tierra,
    hogar de una vida
    de náufrago
    medio muerto
    en tus brazos,
    que la otra mitad
    de vida
    quedó allí…
    donde me abandonó
    el tiempo
    al contemplarte
    desde lejos,
    guiado por la corriente
    a tu iris
    de azul perpetuo.
    Así como me viste
    tuve que dejarte quedar
    donde siempre estuviste
    y yo hacia donde vine,
    cruzando las olas
    hasta salir de tu panorama,
    haciéndome pequeño
    en tu horizonte
    hasta decirte adiós.

     

    Foto: Mstyslav Chernov – Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    mayo 31, 2017
    Artículos
    Grecia
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Disculpa si te puse triste…

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