NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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    Tu nombre es
    un secreto
    que los años
    han ocultado
    y que la falsa
    decencia han
    intentado
    arrancarte
    de todas las
    memorias.
    Pero allí
    donde quizá
    creas que no
    hay nadie más,
    estoy yo velando
    por tu historia,
    dándote la mano
    sin temores
    al prejuicio,
    el odio,
    el ego dolido…
    De los cual
    no tienes
    tú de qué
    preocuparte.
    Deseo que nunca
    seas un fantasma
    y yo nunca un
    espectro o
    sombra de tus ideas,
    temores o rencores.
    Deseo hacerte
    tantas preguntas
    como tú las tienes
    para mí…
    Juntarte al pecho
    de un solo abrazo
    que caerás de bruces
    contra la sorpresa,
    limpiando con sal,
    alcohol y limón
    las heridas
    que el tiempo
    pudre.
    Besarte en la mejilla
    y verme a través de ti
    y gritarte sin sentido
    porque sin sentido
    estaré yo
    de felicidad.
    Tomarte de las mejillas,
    de las orejas
    y los labios…
    Llorarte en las manos
    lo que no pudimos
    vivir con sangre.
    Abrazarte hasta
    el ahogo del llanto…
    Dejarme caer ya
    no en tu memoria,
    sino en tu carne
    y en tu piel.
    Decirte finalmente.
    Aquí estás en mi delante,
    aquí está mi hermano.

    Foto: Heather – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 25, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Antípoda

    Un día caminando de cabeza sobre el cielo, te encontré paseando a tus peces sobre la arena. Estabas justo frente a mí de cabeza y yo de cabeza frente a ti, ambos pisando nuestra propia Tierra como si fuésemos habitantes de dos canicas que están muy próximas entre sí. Nos miramos como sujetos extraños, pero con cierta esencia que solo dos extraños sienten cuando creen que hay una pizca en común entre ambos.

    Te tendí la mano para besarte los nudillos y tú me recibiste con la planta del pie. Ambos nos tomamos de la mano para ver quién salta al mundo del otro, o si uno de ambos se paraba de manos para ver correctamente la vida del otro, desde una perspectiva que está -efectivamente- de cabeza, pero todo en orden.

    Pero cómo seremos de majaderos que ninguno de los cedió.

    Fue entonces cuando corriste hacia tu horizonte y yo te perseguía detrás, te miraba alejarte como si observara las nubes y tú me mirabas como si una estrella fugaz te siguiera los pasos a toda velocidad. Así estuvimos de divertidos sin mediar palabra, tú jalando a tus peces renegones y yo tratando de no golpearme con los árboles mientras te seguía viendo -oh, mi nube pequeñita- con el cuello casi partido en dos.

    Pero cómo será la física que mientras más nos divertíamos corriendo hacia el horizonte, la curvatura de nuestras respectivas Tierras nos iba alejando uno del otro mientras corríamos. Qué curioso era andar contigo en la misma dirección para luego caer con la sorpresa que al mismo tiempo te alejabas de mí.

    Tanto así fue que nos hacíamos pequeñitos a mayor distancia recorrida, pero eso no nos detenía. ¡Qué importaba! Seguíamos jugando así hasta que cayó la noche.

    Cuando la oscuridad cubrió nuestras cabezas, me quedé tan quieto como un faro que espera ver alguna nave que dé pista sobre algún alma humana en tanto vacío natural.

    ¡Entonces apareciste brillante!

    Tuviste el tino de encender algo que parecía una antorcha y seguir corriendo hacia tu horizonte, dejando una estela de chispas alrededor. ¡Obvio que eras tú! Yo tuve a la mano una pequeña linterna, la encendí para darte unas señales -a las que tú contestaste agitando la antorcha en círculos- y nos echamos a correr nuevamente.

    ¡Qué risas aquellas! Yo aún viéndote en el cielo, viéndote correr como si estuviéramos juntos…

    «¿Qué andas haciendo? ¿Por qué corres detrás de una estrella fugaz?», me preguntó un amigo sumamente preocupado.

    «¡No es una estrella! ¡Es ella!», contesté.

    «¿Ella quién?», preguntó.

    «La que pasea sus peces en el cielo», respondí con una sonrisa.

    Al cabo de un par de horas, mi lámpara dejó de iluminar por falta de energía en las baterías. Casi al mismo tiempo, la  llama de la luz de mi compañera celestial se extinguió. Besé la punta de mis dedos y alcé mi mano lo más posible en dirección al cielo.

    «A ver si mi beso llega a tocar tus mejillas», pensé.

    Susurré un buenas noches y me eché a dormir.

    Desde entonces me pasé la vida medianamente feliz y al mismo tiempo un poco triste. Traté de convencer a todos mis amigos que tú no eras un cuerpo celeste que brilla con luz propia en el firmamento, ¡sino una linda niña que pasea sus peces en un mundo de cabeza!

    «¡Que eres un tonto! ¡Era una estrella fugaz!», me decían en la escuela los amigos, los enemigos, los profesores.

    Ahora que soy anciano, creo que si algo tuviste de estrella fugaz es nunca haber vuelto aparecer en mis noches desde hace 76 años. Si por casualidad vuelves a aparecer en el firmamento y llegas a leer este mensaje, quiero que sepas que en las puntas de mis dedos te aguardan 27 740 besos esperando tu mejilla.

    Foto: Max Pixel. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 25, 2018
    Artículos
    Cuento
  • Mi dislexia emoticona

    Los emoticonos son algo así como los gestos faciales en las aplicaciones de mensajería móvil. Puedes poner una carita feliz, otra triste e incluso una pensativa, y todos sabrán exactamente cuál es el sentido que quieres dar a tus frases. Hay que ser muy tonto para no entender gestos tan universales…

    Bueno, yo soy uno de esos tontos.

    No imaginan cuántas veces tuve que disculparme por malinterpretar los emoticonos del WhatsApp durante conversaciones clave. Donde todo el mundo ve una carita de asombro, yo veo alguien aterrorizado por lo que acaba de leer. O donde todo el mundo ve una carita triste con lágrima, yo veo a alguien moqueando por un resfrío.

    ¡Los emoticonos no son tan evidentes como parecen! O al menos para mí…

    Esto me llevó a pensar que sufro de dislexia emoticona, la incapacidad de poder decodificar el evidente mensaje de los gestos faciales de los emoticonos. Como me encanta complicarme la vida, me tomé un tiempo para reflexionar sobre este asunto y llegué a la conclusión que la dislexia emoticona es producto de mi falta de empatía, algo que tantas exenamoradas me han reclamado hasta el hartazgo.

    La empatía -de acuerdo con la RAE- es la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Esta capacidad de identificación tiene como fuente las impresiones que descodificamos de los demás.

    El tema es que estas impresiones las podemos recoger mediante los sentidos como -por ejemplo- el tacto cuando sentimos a alguien temblar, el oído al escuchar el tono de voz de alguien sumido en la tristeza o la observación para interpretar qué sentimientos expresa determinado gesto facial.

    Estoy convencido que este último punto en mi falta de empatía me dificulta la interpretación correcta de los emoticonos, a pesar de que sus gestos son considerablemente exagerados para que nadie se equivoque. Bueno, nadie menos yo.

    Algo que debo aclarar: no piensen que mi falta de empatía es extrema. Sucede que en realidad soy muy distraído y no soy capaz de sobreentender algunas cosas cuando están muy confusas o se prestan a la libre interpretación. Soy muy literal para las cosas en el sentido que más confío en el sentido de las palabras que en mi propio juicio para analizar el gesto de terceros.

    Como se imaginarán, las amenazas del «haz lo que quieres» expresadas con rostro de furia nunca funcionaron conmigo: no porque sea un mal tipo, sino porque la palabra (hablada o escrita) siempre la he tomado por encima de toda impresión que me pueda proyectar una persona. Imagino que es para reducir la complejidad y ahorrar tiempo reconociendo emociones en rostros determinados. Uno solo escucha la palabra y ya, todo listo.

    Volviendo a los emoticonos, pienso que una solución sería contar con una breve descripción de cada gesto en los aplicativos de mensajería móvil. Así como que de pasadita aprovecho para aprender qué significan los rostros de las personas cuando las palabras se atragantan en la boca y nos dedicamos a gritar nuestros sentimientos a través de los ojos.

    André Suárez Paredes

    enero 23, 2018
    Artículos
    Emoji, Emoticono, WhatsApp
  • Inolvidable

    Estas líneas merecen hacerte justicia por todas las cosas que no fui capaz de decirte… y precisamente fueron las que más te quería gritar en la cara. No callé precisamente porque me faltaran las palabras, sino por todo lo contrario: no sabía por dónde empezar.

    Pero ya es algo tarde para hablar, ya caducaron las disculpas que tanto esperabas y desde hace mucho tiempo atrás fue mi hora de partir. Ahora desde lo lejos solo me queda decir que las palabras que pensaba decirte no merecen siquiera pronunciarse ni escribirse, no tienen justificación de ser para darte explicaciones.

    Pero lo que sí merecen es un espacio donde poder enterrarlas en mi memoria, algo que debes estar saboreando desde tu lejanía, riéndote como tonta sobre las ruinas de un ego desinflado, harto de escombros y excusas, extraviado en los malos recuerdos durante pésimas noches.

    Insisto en que merecen un espacio donde ser enterradas, porque son pequeñas esquirlas que duelen las nuevas bases de una vida que pretende ser reconstruida sobre mi historial asesino de tus ilusiones.

    Aunque ahora no te deba perfectamente nada, siento que este suplicio está dedicado al ser que inventé de ti. A quien le hablo ahora desde mi ficción, una imagen tuya garabateada por el cinismo, al pedazo de historia que implantaste en mi vida: el dulce recuerdo de lo extraviado, la agonía del olvido sobre lo inolvidable.

    André Suárez Paredes

    enero 22, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Donde nacen y mueren

    Cuando menos lo notas
    salgo de tu pupila
    para navegar
    por tu iris
    hasta llegar
    al horizonte
    más blanco
    del universo…
    A veces por tu retina,
    desciendo tus párpados,
    abordo tus mejillas
    para unir tus pecas
    como si fuesen
    estrellas,
    formando así constelaciones
    en tu rostro,
    viendo figuras salvajes,
    buscando mis iniciales…

    Hasta desaparecer…
    al resbalar en la comisura
    de tus labios,
    donde el universo
    es vacío y donde
    escondes mi cordura,
    mis razones
    y el antídoto
    a estas líneas
    que nacen
    y mueren
    en ti.

    André Suárez Paredes

    enero 22, 2018
    Artículos
    Poesía
  • El examen de admisión

    Mientras vas creciendo, los dramas de la vida se hacen cada vez más complejos.

    Antes cuando una enamoradita te dejaba, pues simplemente se apartaba de ti y dejaban de hablar. Ahora ya se casan con el siguiente afortunado y esperan tener tres hijos, una casa en Miraflores y dos perros, uno blanco y otro negro. Antes un beso bastaba para ser feliz y ahora las parejas con tiempo por delante se quejan del rendimiento sexual, tanto como para que sea motivo de rompimiento. Antes la vida familiar se traducía en un domingo aburrido en casa, ahora consiste en la administración de microdramas por doquier, todos los días, las 24 horas.

    Hay muchas cosas que antes resultaban tan simples y ahora se complican demasiado. Lo divertido de estar consciente de esto es que ahora estás en la posición de poder actuar del otro bando; es decir, desde la legión de adultos para dar recomendaciones o lecciones a los más pequeños.

    Esto me pasa particularmente con un amigo cuyo hijo mayor está postulando a la universidad. ¡Qué situación para más jodida! ¡Nadie a los 16 ó 17 años está preparado para elegir su vida profesional! Le pregunté a mi amigo qué carrera eligió su hijo, este me dijo que ingeniería mecatrónica en la UNI.

    «Gran reto… Si algo te puedo decir, es que si no la chunta a la primera, NUNCA le hagas sentir que fue su culpa. Te lo digo por experiencia propia. Creo que él está también deseoso por entrar como tú. No creo que esté estudiando ahora mismo con el objetivo de no entrar», le dije.

    Mi amigo afirmó con la cabeza. «Pero eso sí, si decide estudiar periodismo, pégale lo más fuerte que puedas hasta que se le pase», añadí y ambos nos reímos a carcajadas.

    El examen de admisión es todo un drama. De joven recuerdo que la fecha del examen era como un agujero negro en el espacio y tiempo, después de ese día cualquier cosa podía suceder. Es demasiado estrés para un adolescente, peor aún cuando los padres están detrás de él para convertirlo en el sueño frustrado y en la envidia de otras familias.

    «Mi hijo ingeniero, carajo», «mi hijo doctor, carajo»… Lástima que mis padres no podían decir lo mismo con el mismo ímpetu cuando les dije que iba a ser periodista. «Mi hijo periodista, carajo». Ven, como que no suena.

    Finalmente uno decide su camino. La crianza familiar es más como una guía, no una orden imperativa sobre lo que debes o no hacer. Esa diferencia cuesta demasiado aprenderla, más aún cuando tratas de ser buen hijo y nunca descontentar a tus padres.

    En este sentido, me parece tan injusto machacarle la culpa a los hijos no haber ingresado a la universidad. O sea, lo digo para quienes pueden notar en ellos su esfuerzo por ingresar y aún así no lo lograron. Hay otros chicos que simplemente no les importa y ya, pero hablo de los que sí se lo toman en serio y cuando fallan, la presión aún es peor.

    La verdad no quisiera tener 16 años nunca más. No podría volver a dar otro examen de admisión en mi vida, por eso pienso que hay que ser más comprensivos con los nuevos postulantes que sí se meten en la piel de la vida académica. Pero como me dijo un amigo hace un tiempo: «lástima que no podemos ser nosotros nuestros mismos padres para entendernos mejor».

    Foto: Metanoialts – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 20, 2018
    Artículos
    Educación, Examen de admisión, Universidad
  • Se busca confidente

    «Déjame pensar cómo te cuento esta historia para que no quedar como un completo imbécil». Siempre he dicho esa frase cuando debo empezar un relato vivencial y trato de cuidar los detalles para no dar cuenta de algún error mío o simple inmadurez.

    Cada quien cuenta las historias que más les conviene.

    Pero mi tema ahora es alejarme de esta premisa para contar sin tapujos cada episodio inenarrable en la que yo soy el bufón protagónico de tantas sinvergüencerías o cada capítulo en el que soy alguien completamente distinto a lo que proyecto ser, como el romántico empedernido o el timorato en nuevas aventuras pasionales.

    Lo curioso de esta situación es que para estas cosas se necesita un confidente. Hay quienes optan por sus mejores amigos, pero temo que no es lo más recomendable porque hay asuntos que merecen otro nivel de secretismo, uno en el que confesar algo no te hace objeto de burlas inocentes o de prejuicios.

    El confidente es alguien que ya está dispuesto a escuchar secretos. El mejor confidente es el que se autodenomina así, porque asume su rol de forma activa. Digamos que ya está preparada para escuchar las barrabasadas que estás por confesar sin filtro alguno, porque sabe a lo que se está metiendo.

    ¿Pero hasta qué nivel? La mejor prueba para evaluar a un confidente es saber si es capaz de aguantar las confesiones  que hacen referencia a su persona; es decir, que el confidente escuche un secreto íntimo del locutor que trata sobre él.

    Creo haberlo hecho un par de veces, pero no con el objetivo de conseguir algo más o producir una reacción en el confidente. No se trató de una confesión dirigida, sino simple sincericidio: el placer de ser un hombre-bomba por amor a la verdad más pura.

    Lástima que no siempre un buen confidente es capaz de identificar dos cosas fundamentales: el relato de una verdad cuyo contenido guarda relación necesariamente con los demás (no somos seres que se desarrollan en la pura independencia, sino sujetos sociales sometidos a experiencias compartidas) y el prejuicio de lo que es creer que todo lo que alguien confiesa tiene necesariamente un objetivo.

    Lo segundo siempre es más difícil, porque dicha reacción es un mecanismo de defensa para evitar involucrarnos en algo ajeno, cuando en realidad quien se involucra mentalmente es uno mismo al simplemente oír una información reveladora sobre un estado determinado de la realidad de alguien. Confesar «tengo hambre» no necesariamente significa «aliméntame», sino solo eso: tener hambre.

    Oscar Wilde ya lo advertía en el pasado: «un poco de sinceridad es algo peligroso, y mucha es absolutamente fatal». Por eso pienso que el papel de confidente es algo que se vive al extremo, al borde de la fatalidad de las relaciones interpersonales pero aún así capaz de guardar las formas, de ajustar el calibre de las palabras. Siento que es como jugar a la daga con alguien más, como lanzar los cuchillos al aire para bailar debajo con los ojos vendados.

    ¿Crees poder soportarlo? Pues busco confidentes.

    Foto: Alfredo Castilla – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 19, 2018
    Artículos
    Secretos
  • Confesión de pirata

    Hay cosas que como pirata
    no quiero contar
    como todas la veces
    que quise dejar el barco
    para no volver jamás
    y todas las veces volví
    arrepentido hasta las lágrimas.
    Siempre supe que lo mío,
    lo mío es el mar.
    Amores cuyos puertos
    ahora ni recuerdo
    ni existen más en la tierra,
    o fueron deboradas
    por las llamas
    del olvido,
    o borradas de la memoria
    a través de litros
    y litros de alcohol.
    Pero no me tomen a mal,
    que de pirata solo tengo
    el garfio y el parche,
    la pata de palo y por espada
    la sinvergüencería
    de mis hazañas.
    Pirata sin mucho orgullo
    y honra entre los malechores
    colegas de altamar y laguna.
    A ellos les debo
    los cuchillos y cicatrices
    que por amores de sirena
    ahora duermen
    en el fondo del mar.
    Arriba, compañeros míos,
    que este barco lo tenemos
    que hundir…
    Tarde o temprano
    la edad y la crepitud
    asaltarán por abordaje
    y ya sin fuerzas
    con ilusiones miserables
    pero tan mías como ustedes
    que somos nosotros,
    moriremos en nuestra ley.
    Y así acabados en la mar,
    desnudos y acribillados,
    con los cuerpos destruídos
    y tendidos al azar,
    flotando como hojas
    de otoño sobre el agua
    de un charco de orina
    de alguna cantina.
    Y nos señalarán
    con el dedo
    contando una aventura
    que no terminó jamás.
    Amigos míos,
    a eso que ustedes
    llaman desgracia,
    yo lo llamo
    eternidad.

    Foto: Neal Fowler – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 18, 2018
    Artículos
    Poesía
  • «Te vistes como pobre»

    Recuerdo la vez que estaba arreglándome frente al espejo para irme a la universidad cuando mi padre sale de su dormitorio, me mira mientras se hacía el nudo de la corbata y me preguntó: «André, ¿por qué te vistes como pobre?».

    Solo atiné a reírme, porque no supe qué contestarle. No creo que los pobres tengan un outfit determinado ni tampoco creo que todos se pongan de acuerdo como para crear un ‘poor style’. Solo atiné a decirle que hacía frío, por eso tenía una polera debajo de mi chaqueta jean, algo bastante casual pero que a los ojos de mi padre , algo estéticamente pobre.

    «Te vistes como pobre». Me quedé pensando en esa frase por largo rato. De hecho, no es que me afectara, solo me llamaba la atención el criterio por el cual mi padre llegó a esa conclusión. ¿Será que debo cambiar mi guardarropa? ¿O es mi estilo para cambiarme? ¿Qué hace que uno luzca como pobre? ¿Será que parezco desaliñado?

    Nunca me cuadró bien hasta que un amigo de la universidad visitó mi casa durante una juerga. «André, ¡tú sí que vives como burgués!», me dijo con una sonrisa y medio sorbo de cerveza. «Nada, hermanito. Soy de abajo, de pueblo», le dije siguiendo el humor socialista.

    La verdad es que no creo haber sido nunca de abajo. Siempre me he identificado con la clase media proletariada, pero trato también de tender mi mano para entender a la gente más rezagada en la escala social. Mi padre sí que empezó de abajo-abajo, él sí que nació en pesebre y gracias a su dedicación ha logrado muchas cosas, como pagarme la pensión en la PUCP.

    Pero cómo son los contrastes en la vida. Mi padre esforzándose para escalar socialmente y su hijo vistiéndose como la gente de sus humildes orígenes. Los dos vamos en direcciones contrarias cuando se trata de estilos de vida. Imagino que se debe al sentido de necesidad. Mi padre desde pequeño tuvo esa necesidad de opulencia con mayor urgencia que yo al nacer en el ceno de una familia clasemediera.

    Esta diferencia nos ha llevado a algunas discrepancias, porque manejamos un juicio de valor también muy contrastado. Lo curioso es que me dí cuenta esto en una borrachera familiar.

    «Ese Ñato [mi apodo familiar], carajo… Ven sobrino, chupa chela con nosotros», me dijo un tío en la casa de mi abuelo que en paz descanse. «Tú sí que eres de los nuestros. ¡Campechano, carajo! No andas con vinitos y huevadas como tu padre».

    Solo atiné a reírme y a acompañarlo con la cerveza hasta perder el conocimiento.

    Lo curioso de todo esto que les cuento es que por momentos me pregunto qué carajo quiso decir Karl Marx con la conciencia de clase. Yo creo tenerla clara, pero resulta difícil sostener lo que tú bien consideras tu espacio social cuando no tienes las pruebas, recursos o incluso necesidades intrínsecas de sectores sociales muy definidos. Por más pobre que me vista, mi amigo aún pensará que soy un burgués por la casa donde vivo, pero aún así ser considerado por mis familiares como campechano y uno más de ellos del humilde barrio del Rímac.

    ¿Quién soy?

    Qué pregunta más jodida. En la universidad era un izquierdista radical, luego asimilé unas cuántas ideas y me transformé a la socialdemocracia. Ahora creo mantenerme en ese lineamiento y trato de defenderme de las críticas por mi estilo de vida, pero seguro más adelante igualmente cambiaré de parecer y me iré flexibilizando hasta que la bilis me acabe la vida con tantos altercados sociales y políticos.

    Ahora creo andar en automático, ya cansado de tanto ajetreo sociopolítico. Eso no significa que viva a espaldas del país. Igual lucho por las cosas que me parecen justas, pero no creo pertenecer ya a ningún bando ni tampoco quiero pertenecer a nada, aunque los más puristas crean que vivo equivocado de la vida.

    ¡Ya para qué!

    Lo curioso de pensar así es que es una tendencia entre tantos que ya no se trata de un decisión original. ¡Todos somos únicos y diferentes! Sí, claro, como todos los demás. ¿Conclusión? Vive la vida y no dejes que la vida te viva. Grande Susy Díaz, carajo.

    Foto: Steven Depolo – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 18, 2018
    Artículos
    Izquierda, Moda, Pobreza, Política, Social
  • En nombre de

    Como una silueta
    que busca
    tu figura
    donde hacer
    de sombra
    a tu luz
    brillante
    de sonrisa,
    pequeña
    como tus ojos
    de botón.
    Como brisa
    que confunde
    tu aliento
    con la naturaleza.
    Como la oscuridad
    que absorben
    tus ojos
    y la risa
    explosiva
    que detona
    calles
    y esquina
    y plazuelas.
    Como todas
    esas cosas
    que cobran
    vida
    de tu mano.
    Como las cosas
    que pierden
    su brillo
    cuando te despides.
    Como todo eso
    cuya naturaleza
    se agota
    cuando no estás.
    En nombre de todo
    que parece
    como algo
    que creo que es,
    te dibujo
    estos garabatos
    de palabras
    que nacen
    de una cabeza
    perdida
    en la imaginación
    perdida
    por ti.

    André Suárez Paredes

    enero 18, 2018
    Artículos
    Poesía
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Disculpa si te puse triste…

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