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NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • El eco de tus suspiros

    Y lo que viene es la transcripción de un alarido ahogado entre los dedos, que ahora duerme como mal recuerdo en el fondo de la almohada. Lo que viene no espera ser un testimonio, menos una querella a la injusticia, sino un texto sumido en la quietud de los nervios al estudiar el silencio entre la bulla, la sonrisa que sabe a despedida y la despedida que no espera ser la última. Esta transcripción es un alarido, mas no un chantaje a quien culpo mi exabrupto, del desvelo sin motivo aparente… Ella que habita en la frontera de mi sueño y su vigilia.

    El alarido…

    Mierda… dónde… dónde estás… Se me perdió el sonido de tus suspiros, ya no hace eco en mi cabeza… Dónde está, carajo… El sonido de tus suspiros huye como si expirara con el tiempo… cuando veo que yo también expiro en tu universo hecho de esperanzas… donde yo no habito.

    Mierda, dónde está el eco… Se fue, carajo, se fue el eco… No hay dónde encontrarlo, más que en la pesadumbre del recuerdo y con ello las sonrisas que condeno de falsas, las caricias que cortaban la piel y hoy dejan heridas: cicatrices del alma que se abren al ser correspondido… Ahora los tiempos son otros, a pesar que hable de dos minutos atrás. La lucidez, lo evidente opacó el eco de tus suspiros con un silencio conciliador entre la verdad y lo que yo quería entender de ella, la verdad…

    Puta madre, no está… se escucha cada vez más lejos, en forma de susurro, el deseo que nos invandía y la noche que era el velo perfecto de dos asesinos de fantasías… No está… Tú tampoco… El silencio es lo que escucho ahora: un mutis que no se apiada de la inocencia… De eso no tienes culpa, más que yo, un humilde servidor… «servidor», eso resume lo acontecido entre los dos… ¿y que es «lo acontecido»? Es… no sé… ya no sé… también se me olvidó, partió con el eco de tus suspiros…

    (Intelegible. Terminó la transcripción)

    André Suárez Paredes

    marzo 22, 2018
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    Cuentos
  • Cuando sobran las palabras

    .. …

    … …… …… … ……., ….. … . ….., … ….. ….. ……. … … …….. …. …….; …. ……. …. …. …. …. ……… … .. . ……. …; . … . . ., ……;. ……, …. ….. ……. ….. ……………. … … (… ….. ….) . . . . ……., …., …… …. … ………. …… .. … -……- ……… ….. … …… …. …….. ……. …….., …. ….., ……, ……. (…..)

    …….. …. …… … ……; ……. ……. ……. .. … ….. …. …..-…… …. …. …. ….. … .. … … ……. …. …. ….. … …. ….. …… ….. ….. …. …, … ,….. ,….. ,…. ….. …. ….. …… …. …; ….. ….. …. ….. … …. …. …. ….. .., …., ……

    ….. …. …..

    …..

    (Es todo lo que quise decir)

    André Suárez Paredes

    marzo 21, 2018
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    Cuentos
  • Cuando intenté dormir como los delfines

    De niño recuerdo haber sido bastante nerd… Aún lo soy, de hecho, pero cuando era un chiquillo la imaginación era atrevida e inocente. Por aquel entonces mi parrilla televisiva (ya en la era del cable) era Discovery Kids, History Channel, algunos programas de TV Perú y uno que otro dibujo animado. No veía el Chavo del Ocho, porque mi padre pensó que me haría imbécil, pero eso ya es otra historia.

    Una vez viendo TV

    Una buena tarde escuché en la televisión -creo que en el programa ‘Discovery en la escuela’- que los delfines tienen la capacidad para dormir la mitad cerebro, mientras que la otra mitad se encarga de mantener la respiración.

    Cuando descansan los delfines, únicamente un hemisferio de su cerebro pierde conciencia, por lo que únicamente cierran un ojo (el ojo izquierdo se cierra cuando duerme la mitad derecha del cerebro y viceversa).  Mientras tanto, el hemisferio cerebral restante se encarga de monitorear la respiración.

    Muy Interesante

    ¡Qué cosa más genial! De niño siempre pensé en lo útil que sería tener esa capacidad, pues así no perderíamos 8 horas inmovilizados en una cama. Seríamos más eficientes. Podría hacer la tarea en la madrugada y ver televisión hasta el día siguiente. ¡Qué importaba si podíamos dormir estando conscientes al mismo tiempo!

    En el colegio

    El sueño es algo que se cuela entre los libros en las horas más aburridas de la clase. No sabía qué diablos hacer. Echarse en el pupitre era incómodo y hasta vergonzoso si la profesora me descubría. Fue entonces cuando pensé en los delfines.

    Me tapé un ojo con la mano y con el otro observaba la pizarra. Sabía que orgánicamente no estaba diseñado para tener la misma capacidad de los delfines, pero qué diablos. Todo intento valía la pena con tal de distraerse ante el aburrimiento.

    Como habré estado de desesperado que hasta trataba de hallarle lógica a lo que estaba haciendo.

    «Si me tapo un ojo, la visión panorámica se reduce y hago que mi cerebro procese menor información. No estaré durmiendo como los delfines, pero sí disminuyendo mi actividad cerebral».

    Sí, de esa manera pensaba desde la primaria.

    Ahora de adulto

    Hasta que un neurocientífico me diga lo contrario, continuaré tapándome un ojo para creer que descanso parcialmente mi cerebro. ¡Que para mí tiene bastante lógica, a pesar de haberlo concebido hace más de 20 años!

    Curiosamente he extendido esta práctica a otros hábitos.

    Ahora mantengo un ojo cerrado cuando recién despierto por las mañanas. Siento que así me despierto progresivamente para que mi cerebro no se vea alertado procesando tanta información de golpe con los dos ojos bien abiertos.

    También hago lo mismo cuando estoy a punto de dormir (o estoy quedándome borracho) y de pronto me buscan conversación en la noche.

    Es algo tan curioso que mi hermana lo llama ‘el ojo maligno’. Incluso, una expareja pensó que se traba de un tic y no me decía nada por respeto a una posible deficiencia facial.

    Razonamientos como estos creo tener varios en mi cabeza. Algunas no las cuento para no parecer idiota, pero alegran bastante el día. Hace creer -al menos- que existe cierto realismo mágico en un mundo tan gris.

    André Suárez Paredes

    marzo 21, 2018
    Artículos
    Animales, Televisión
  • Lo que nadie se imagina 25

    Tengo más de seis años viviendo solo con mi abuela y no me explico cómo mierda su pensión de jubilación le alcanzó para comprar un lujoso televisor LED, un par de aretes dorados marca Cartier y la inicial de un Kia Cerato. ¡Todo eso en el lapso de dos meses!

    Algo raro estaba pasando. Lástima que me enteré de la peor manera.

    La llamada

    Una vez le pregunté por curiosidad. Me dijo que se trataba de la herencia de una prima muy lejana. Tuve que creerle. Era su palabra contra la mía. No le pedí documentos, porque me parecía muy desconfiado y hasta grosero. ¿Quién sospecha de una mujer de 81 años? ¿Quién sospecha de su propia abuela que encima es viuda?

    El tema parecía muerto hasta que un buen día volví temprano a casa. Me botaron rápido del trabajo y llegué a las 9:34 pm, casi una hora más temprano de lo que mi abuela está acostumbrada a esperarme con la cena.

    Las luces de la cocina estaban apagadas. Paso mi mano por donde está el interruptor y de casualidad descolgé el teléfono de la pared. Para mi buena suerte pude cogerlo antes de que se estrellara contra el piso. Estaba por colocarlo en su sitio cuando escucho parte de una conversación.

    -¿Ya estás sin ropa, mi amor?
    -Sí, estoy lista para ti…

    Era la voz de mi abuela.

    Dudas…

    Colgué despacio para no interrumpir. Estaba asqueado por la imagen mental que esas frases originaron en mi cerebro. Subí las escaleras en silencio y me dirigí al dormitorio de mi abuela. La puerta estaba abierta y el televisor encendido. Acerco la cabeza con sumo cuidado -nadie quiere ver a su abuela calata de golpe- y me entero que ella estaba viendo su novela favorita y en pijamas. ¡Nada que ver con la desnudez que afirmaba por teléfono hace un instante! Al parecer no era el único a quien lo agarraban de cojudo.

    Toco la puerta para saludarla y ella muy tranquila cuelga el teléfono sin dar pista de asombro. ¡Actuaba como si nada hubiera pasado! Le pregunté quién llamó. Ella me dijo que era la tía Consuelo. Mentira. Era un hombre, uno muy arrecho y mi abuela lo ocultaba.

    Hice como si nada hubiese pasado. No le increpé ni llené de preguntas.

    Esperé dos días y volví a casa más temprano de lo usual. Entré sin causar ruido y descolgé el teléfono. Nuevamente oí una conversación.

    -Como quisiera tenerte en mi cama.
    -Lo que me dices me calienta tanto, cielo…

    Sí. Era mi abuela otra vez, solo que era la voz de otro hombre quien estaba en la línea.

    La revelación

    Luego de dos semanas de espionaje telefónico, decidí comprar un identificador de llamadas. Mi abuela no tiene ni pista de la existencia de estas cosas, así que solo me bastó ocultarlo de su vista y esperar la dichosa llamada.

    Esa misma noche, luego del trabajo, reviso el registro de llamadas y observo que un número en especial se repite constantemente. «Este debe ser el calentón», pensé.

    Llamé de vuelta a ese número y me contestó una grabadora.

    Bienvenido a la central de sexo telefónico ‘Oídos calientes’, donde te ofrecemos el máximo placer que tu imaginación te puede brindar. Marca 1 si quieres atenderte con nuestras chicas. Si estás interesada en formar parte de nuestro staff marca 2. Si quieres ser atendido por la operadora marca 3…

    Ahora todo tiene sentido.

    Me pareció muy osado de mi abuela dar como teléfono el fijo de la casa. Pero haciendo mis averiguaciones, el sistema de ‘Oídos calientes’ te permite programar el horario de atención de las llamadas. Lo que hizo mi abuela fue establecerlo justo en las horas que no estoy en casa.

    Nunca tuve las agallas para reprochar a mi abuela, porque con ese dinero extra podía engreírse mejor que con los centavos que ahorraba del trabajo. Fue nuestro secreto para toda la vida, y si ahora lo cuento es porque esa bella voz de sirena y creadora de escenas eróticas acaba de fallecer la semana pasada.

    André Suárez Paredes

    marzo 20, 2018
    Artículos
    Cuento, Sexo
  • Érase una vez en alguna marcha

    Los últimos tres meses fueron muy agitados en la vida política. Creo no estar exagerando, pues nunca en mi perra vida he imaginado salir a marchar un 25 de diciembre. Y es que la política -o la mala política- simplemente no respeta ni el nacimiento de Cristo para hacer sus canalladas, como lo fue el indulto presidencial al exmandatario, asesino y dictador Alberto Fujimori.

    Desde esa fecha he participado en varias movilizaciones hasta fines de enero. El tiempo hizo que las cosas se calmaran y la frustración acabó por torpedear la rabia contra la institucionalidad. Ya no hay más marchas. Las noticias ahora nos amargan la vida con otra cosa. La gente cada vez cree menos en el poder de la democracia.

    A pesar de haber sufrido hasta la asfixia los gases lacrimógenos de la policía en el Centro de Lima, me siento satisfecho de haberme llevado un par de experiencias bastante particulares. Algo que de a pocos me alimenta la fe por esta sociedad que por su ignorancia merece toda la mierda que padece.

    ¿Te he visto en algún lado?

    Explotaron las primeras lacrimógenas. Mi grupo se había separado entre las callejuelas cerca a la Plaza Mayor. Los más afectados estaban siendo atendidos por transeúntes y personal de algunos colectivos. Agua, vinagre, pañuelos húmedos… El kit de supervivencia para todo tipo de manifestaciones.

    Me hallaba a pocos metros de la Bolsa de Valores. Miraba a todos lados tratando de ubicar un rostro conocido. Fue durante esa búsqueda cuando a poca distancia otro manifestante hacía lo mismo. Cruzamos las miradas y hubo ese ‘te miro sin verte’ para ganar tiempo tratando de recordar la identidad de la otra persona. Finalmente tomé la iniciativa:

    «Hola, viejo… Tengo pésima memoria, pero te conozco de algún lado».

    Él se rió y me tendió la mano.

    «De algún lado nos conocemos… No sé de dónde, pero algún lado».

    «Sea como fuese, un gusto verte acá. Cuídate, viejo», respondí.

    Él desapareció entre la gente. Yo me volví a encontrar con los amigos a pocas cuadras de allí.

    

    No es una buena marcha si…

    Ninguna marcha se da por concluida si no acaba en borrachera. ¡Pero qué tales borracheras! No se equivoque, no son como las de cualquier fin de semana. Un buen amigo-cineasta-poeta-escritor-músico (sé que le encanta ese crédito) tiene la frase perfecta para ese momento en el que los bares nos invitan a compartir la mesa.

    «Creo que ha llegado el momento de sus chelas democráticas, ¿no?».

    Qué bonita frase para reunir a los mismos siete u ocho borrachos que nunca se ponen de acuerdo para jugar fulbito, pero cuando hay marcha, los primeros en reservar la mesa del Bar Zela, Yield, Vichama, da igual el lugar. Lo importante es una mesa donde soltar nuestra rabia, compartir noticias, opiniones y algún que otro chisme para amenizar el cierre del día.

    Las chelas democráticas nunca morirán mientras existan los enemigos de la democracia.

    Reencuentros teóricamente esperados

    Pierre Bourdieu decía que los sujetos sociales se organizan en campos sociales de acuerdo con sus intereses. Esto hace que existan infinitos campos sociales según los diferentes intereses comunes que estén en juego. Toda mi vida he empleado esta lógica social al analizar fenómenos sociales, incluso para la sustentación de mi tesis.

    Las teorías sociales como que existen en un plano etéreo, en una nebulosa de ideas sobre cómo describimos la sociedad. Curiosamente fue durante estas marchas cuando fui testigo de los campos sociales de Bourdieu.

    Prácticamente a todos mis colegas de la facultad los encontré allí, en el mismo bando que el mío indignados por la política -o la mala política-. ¡He visto hasta compañeros de los primeros ciclos! Uno acaba sintiendo que supo elegir a sus amigos después de todo. Curiosamente todos nos encontrábamos frente al Palacio de Justicia. Bastaba un movimiento de ceja o mentón para dar cuenta que estamos juntos, que te conozco y todo irá bien.

    O en palabras de Bourdieu, un campo social en el que sus integrantes (mis amigos y yo) nos cohesionamos según una perspectiva singular de la democracia.

    

    Ahora sí le gritas a la policía

    Hay situaciones tan divertidas y contradictorias que uno simplemente no sabe dónde esconder la cabeza.

    Ya había ocurrido dos encuentros contra la policía. Estos respondieron con gases lacrimógenos, perdigones y bombas de aturdimiento. Lo normal que uno espera en situaciones así… Al igual que los insultos contra la madrecita de todos los policías allí presentes.

    «Oye, André… ¿Pero no que tu viejo fue policía?»

    Un amigo de la universidad me hace recordar que sí -efectivamente- mi padre fue policía durante las décadas de 1980 y 1990. Lo miré divertido y le mostré un pedazo de plástico que saqué de mi billetera.

    «Sí claro, hasta tengo mi carné de socio a los clubes policiales».

    No pudimos aguantar la risa por lo insostenible de la situación. Luego le conté que no solo mi padre perteneció a la institución: tengo un primo que actualmente es oficial de la PNP.

    «Ahora sí te digo que me llega al pincho la policía, pero tampoco quiero que los maten ni que nos matemos. ¡Pero esto ya es inconcebible! No podemos echarles la culpa, tan solo cumplen órdenes».

    Mientras decía esto observaba el rostro de los efectivos que nos acordonaban el paso. Eran muy jóvenes, todos casi de la edad de mi primo y hasta menores. La verdad sentía algo de lástima en el sentido que quizá acabaron de policías, porque no tenían para más o simplemente era lo que había. Quizá también haya quienes por vocación son policías y son de los mejores que hay, aunque la corrupción ensucie a la institución.

    Aproveché ese momento para unir cabos y darme cuenta que en ese instante, aunque la policía nos gaseaba por órdenes superiores, no los sentía mis principales enemigos. Esos son otros, los intocables, los que no se ensucian las manos.

    Cada cara, cada rostro

    Hay un momento especial en las marchas cuando me detengo por completo mientras la gente avanza. Me planto firme y miro todos los rostros, cada uno de ellos y trato de memorizarlos. Sé que es una tarea casi imposible, pero me esfuerzo.

    Señoras, señores, jóvenes, adolescentes…

    Observo a cada uno con la finalidad -muy personal- de darle un rostro a esta indignación política y social contra la institucionalidad. Trato de unirlos todos, de reconocerlos y tratar de identificar qué hacen en la vida cotidiana. Hay estudiantes, algunos son profesores, no faltan los más políticos ni los oficinistas. Lo que hago es mezclarlos de alguna manera hasta dar con una impresión humana de lo que ha motivado a miles de personas a tomar la calle.

    No falta quienes se quejan de las marchas, asegurando que solo hacen tráfico y nada ganan a cambio. La verdad es que se ganan muchas cosas: presencia en medios de comunicación, generar debate en la agenda y presionar políticamente a los funcionarios públicos. No puedes comparar 20 mil likes en Facebook con 20 mil personas en una plaza. ¡Simplemente no tiene comparación!

    Difícilmente Alberto Fujimori regrese a la cárcel y seguro me dirán que marché por las puras. Pues la verdad eso poco me interesa: salí a marchar porque me indigna hasta el alma esta situación política tan asquerosa. Lo que hice con mi presencia en la movilización es sumar un pequeño grano al descontento generalizado. La idea es darle un rostro, de hacer palpable y tangible que estamos hartos de la corrupción.

    No se trata de ganar o perder. Se trata de hacerme notar, que existo y estoy descontento con lo que hacen con nuestro país.

    André Suárez Paredes

    marzo 16, 2018
    Artículos
    Democracia, Política
  • «¡Ya échale tierra!»: reflexión sobre el olvido y la posesión de los gustos

    «Ya échale tierra… Olvídate».

    Si me dieran un dólar por cada vez que me dijeron esta frase. Pero resulta que yo -muy terco de entendederas- nunca me he mostrado a favor de este consejo y me he roto la cabeza reflexionando si el olvido es la mejor solución cuando dos personas se atraen, incluso tienen química, pero una de ellas está interesada en una relación y la otra lamentablemente no.

    ¿Qué hacer? ¿Echarle tierra? ¿Olvidarse?

    Siempre he pensando que olvidar es una evasión de la realidad; por lo tanto, nunca lo considero una opción. Lo que sí prefiero hacer es llegar a una conclusión justa y razonable sobre la situación.

    Volviendo al caso inicial de dos personas que tienen química, pero solo una de ellas está interesada en una relación mientras que la otra quiere mantenerse en el terreno de la amistad. Para efectos del texto y evitar redundancias, a esta situación se denominará como la pareja-dispareja.

    Situación jodida: ¡sí, obvio que sí! ¿Pero razón suficiente como para irse al desvío y olvidar todo? Eso sí no me parece y es lo que reflexionaré a continuación.

    El gusto no se posee

    Pienso que el querer, el gusto o el amor por alguien es algo que no se puede poseer. Cuando nos agrada alguien, ese ‘algo’ que nos agrada es un elemento independiente al tipo de relación que podemos tener con esa persona.

    Hagamos un ejemplo. Te gusta un chico/chica por su personalidad irreverente. Ese gusto que te motiva a seguir frecuentando a esa persona es un elemento independiente al tipo de relación que tengas con él o ella. El gusto por esa personalidad irreverente no depende si es tu amigo, confidente, enamorado, novio o esposo. ¡En realidad se trata de un gusto por cómo es la persona en sí!

    No tiene que gustarte como amigo, confidente, enamorado, novio o esposo para apreciar ese gusto. Simplemente el gusto está y eso hace que te sientes cómodo frecuentando a esa persona.

    Ahora en el caso de la pareja-dispareja, resulta muy egoísta creer que ‘echando tierra’ (olvidando) uno soluciona las cosas, como si la buena vibra entre ambas personas dependiera de si estaban o no como enamorados. ¡Pues claro que no! Ya expliqué que el gusto por alguien es independiente del tipo de relación se que tenga con persona.

    ¿Qué hace uno finalmente con la buena química y los buenos ratos que pueden pasar juntos sin necesariamente ser pareja? ¿Acaso la buena química entre ambos dependía de haber estado o no?

    La clave es…

    Pienso que optar por el olvido porque los planes para establecer una relación se frustraron es creer que el gusto por alguien es algo que se posee. Y como eso no sucederá, el ego se ofende y patea el tablero porque no fue satisfecho.

    ¡Qué lógica para más animal!

    Lo mejor en las situaciones pareja-dispareja es la sinceridad, sobre todo la sinceridad con uno mismo. La amistad es el opción más diplomática y políticamente correcta. Así, puedes frecuentar a esa persona que te gusta su forma de ser y seguir compartiendo la buena química, que es lo más valioso entre dos personas.

    Suena fácil, pero obviamente no lo es. Uno tiene que espantar las falsas expectativas y tener en claro que los gustos -si se sienten de verdad- perduran por siempre. La clave finalmente para superar la situación pareja-dispareja es admirar las personas por como son, no por cómo queremos relacionarnos con ellas.

    Foto: Flickr – National Library of Australia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    marzo 12, 2018
    Artículos
    Reflexiones
  • Ten un buen día de mierda

    Pienso que el verano es una mala estación del año para sentirse pesimista. El brillo solar no ayuda; los niños felices jugando durante las vacaciones, tampoco; y los comerciales televisivos de la vida perfecta en la playa, mucho menos. Es como si el sistema confabulara en contra de quienes realmente se sienten augusto en un día de mierda.

    Elementos para un día de mierda

    Y para tener un día de mierda saludable tiene que hacer una atmósfera para el momento. La lluvia suma bastante y si hay relámpagos mucho mejor. El frío también es un elemento importante a considerar, así como la nubosidad que hace del gris de la ciudad pues más gris.

    Hasta allí todo bien para tener un buen día de mierda saludable, pero falta un ingrediente importante. De qué sirve toda la atmósfera y las sensaciones de un buen día de mierda si es que no tienes con quién compartirlo. ¡No puede ser cualquiera!, sino uno que realmente sepa lo terapéutico que es sentirse una mierda por 24 horas. Digamos que es algo así como la catarsis.

    Usualmente uno tiene esos amigos que te echan ánimos, que la vida no se reduce al pesimismo, que patatín y patatán… Ya saben, los que sufren del síndrome de Paulo Coelho. Pero a veces cae bien tener un compañero con quien poder renegar de todo. Uno con quien sumar más mierda al compilado de mierda que ya uno trae y comparte con los demás.

    ¿Qué hago si tengo amigos con el síndrome Paulo Coelho?

    Pero como que amigos así uno no encuentra con facilidad. ¿Qué hacer entonces? Pues recurrir a la literatura. No te hablo de cuentitos ni sonseras, te hablo de experimentar un buen día de mierda a nivel profesional.

    Para los sabidos en filosofía, imagino que ya saben de quién hablaré. Me refiero a Arthur Schopenhauer autor de ‘El mundo como voluntad y representación’, y uno de los personajes más pesimistas (y misógino, pero eso es otra historia) de la intelectualidad occidental.

    Legado Schopenhauer

    Si llegaste hasta aquí, imagino que tuviste un día de mierda y te gustaría compartir -incluso filosofar- con los aportes de este buen hombre.

    «A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia».

    «Bien puede decirse que la vida es un episodio que viene a perturbar inútilmente la sagrada paz de la nada».

    «Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación».

    «El desear la inmortalidad para el individuo es realmente lo mismo que desear perpetuar un error por siempre; porque en el fondo cada individualidad es realmente sólo un error especial, un paso falso, algo que mejor no sería, de hecho, algo de lo cual el propósito real de la vida es el sacarnos».

    «El hombre no es nunca feliz, pero se pasa la vida corriendo en pos de algo que cree que le hace feliz. Rara vez alcanza su objetivo, y cuando lo logra solamente consigue verse desilusionado».

    «El Don Juan es la expresión viva de lo mucho que la vida está podrida en su núcleo».

    «El medio más seguro para no llegar a ser muy infeliz es no pretender ser muy feliz».

    «Hay seres de los que no se concibe cómo llegan a caminar sobre dos piernas, aunque eso no signifique mucho».

    «Hay solamente un error congénito y es la noción de que existimos para ser felices».

    «La amabilidad es como una almohadilla, que aunque no tenga nada por dentro, por lo menos amortigua los embates de la vida».

    «La felicidad pertenece a los que se bastan a sí mismos, porque todas las fuentes externas de felicidad y de goce son, según su especie, inseguras, defectuosas, pasajeras y sometidas a la casualidad».

    «La vida es un negocio cuyos ingresos no alcanzan, ni de lejos, a cubrir los gastos».

    «Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar».

    «Los hombres vulgares han inventado la vida de sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos».

    «Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre… La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras, cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir… Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas».

    André Suárez Paredes

    marzo 12, 2018
    Artículos
    Filosofía
  • Las desopilantes aventuras de Ray Dhrama (II)

    Dígame, señorita… ¿Se refiere a un tipo así de este vuelo con lentes negros y cara de cojudo? Sí, ya me acordé de él… Lo habré visto unos dos días atrás, señorita… Aquí por esta parte del barrio es raro ver gente así, pe señorita. No entiendo cómo no le han robado.

    ¿Como me dice? ¿Si hablé con él? Sí, claro, estaba frente a mi puesto de periódicos. Allí parado donde está usted, señorita, exactamente allí. Solo miraba las portadas de los periódicos, no se inmutaba a decir algo más. Estaba así, paradito todo cojudito observando los titulares. Habrá estado así unos diez minutos. Saqué mi cabeza del puesto para ver si podía contestarme, fue entonces cuando…

    -¿Desea un periódico, joven?
    -Lo que deseo es saber la verdad, señor… Veo que tiene muchos periódicos…
    -Sí, así es…
    -Sí, ¿pero cuál de todos ellos dice la verdad? Si la verdad solo es una, ¿los periódicos no tendrían que informar de lo mismo? ¿Por qué habría más de un periódico si la verdad es una sola y absoluta? Será que uno de estos periódicos miente o alguien quiere hacernos creer que hay verdades más verdaderas que otras. Pero de eso usted qué sabe… Solo le importa vender papel con letras, con ilusiones que la gente desea, anhela y quiere creer como verdad. ¿Pero acaso usted no filtra los periódicos? ¿No los lee primero para saber cuál es más verdadero que otro y así guiarlos hacia la verdad? Usted solo me pregunta cuál periódico deseo, ¡pero yo quiero saber la verdad!
    -¡Policía! ¡Saque a este loco de mierda!

    Le eché la botella de agua encima, porque no sabía de lo que sería capaz… Lo siento señorita, sé que no es para haberle hecho eso, pero actuaba tan malea’o que ya pues, daba miedo pe señorita. ¿Si era uno de esos locos con palo? Cómo saberlo, pues… Usted también debe pensar que este barrio no es inocente, pe…

    Sí, está bien, señorita. Aquí guardo su tarjeta. Si lo vuelvo a ver, le daré una llamada… Amiga, aunque sea cómpreme algo, ¿no? Yo le contesté sus dudas… Está dos soles el agua… Aquí tiene el cambio. Hasta luego, señorita.

    André Suárez Paredes

    marzo 9, 2018
    Artículos
    Periodismo
  • El hombre que habla en borrador

    Supe que nunca trabajaría en radio desde el día que dejé la universidad. Tengo una pésima dicción, siempre me trabo, uso muletillas por doquier y hablo en borrador. ¿No sabes de qué se trata esto último?

    El borrador parlante

    Esta frase no es mía. Eso es lo peor. Aún recuerdo aquella primera clase de Crónica Periodística en la universidad cuando levanté la mano para opinar sobre una lectura. Yo siempre tan nerd y de buenas intenciones. No me acuerdo bien qué dije precisamente, pero lo que escuché por respuesta nunca lo olvidaré:

    «Bien, André… ¿Pero ahora me puedes hablar en limpio? No me hables en borrador».

    Las risas no se hicieron esperar en el salón. Me puse rojo, sonreí para tomar el comentario deportivamente y volví a ordenar mis ideas.

    Curiosamente este problema de hablar en borrador aún me persigue. Durante la maestría, tuve un lapsus con este tema y me volvió a ocurrir. ¡Lo peor es que te pones más nervioso cuando notas la cara de extrañeza de tus compañeros que no deducen tus ideas!

    Ideas enreveradas pero potentes

    Quisiera creer que todos son unos tontos al no entender mis ideas profundas y enreveradas… Pero no, sé que es todo lo contrario y el tonto soy yo. La verdad le presté poca atención a este tema hasta que me reencontré con una amiga de la universidad. Hacía muchísimos años que no nos veíamos y el reencuentro fue ocasión para evaluar qué tanto hemos cambiado a través del tiempo.

    «Eres de hablar muy poco y preciso… Tienes mucho orden para hablar», le dije a mi amiga esperando una cortesía…

    «Sí, gracias… Tú sí sigues hablando hasta las huevas».

    Me reí nuevamente para tomar el comentario deportivamente. Ni me enojé porque supe que tiene mucha razón. Hablamos al respecto un tiempo y llegué a una conclusión bastante curiosa.

    «Debe ser por los silencios… Tú hablas poco y te tomas el tiempo de procesar lo que dirás. Yo no. Yo simplemente suelto las ideas por cómo llegan y reestructuro la información según vengan más ideas. Por eso uso muletillas y retomo conceptos para ordenar la lógica de mi mensaje».

    Parte de mi identidad

    Será que así funciona mi cerebro: lanza palabras al aire para que luego yo haga de malabarista de circo.

    Y todo malabarismo forma parte de un espectáculo.

    Por eso podría decir que mi defecto -a pesar de ser algo bastante vergonzoso para un comunicador- es algo que forma parte de mí y hasta me agrada. Me encanta ponerme en aprietos ante raudales de ideas, perspectivas y conjeturas, todo con una sonrisa nerviosa tratando de no quedar en ridículo.

    Lo que suelo hacer es cerrar los ojos al mismo tiempo que hablo o miro el vacío para abstraerme. Hay personas que no lo toleran, porque pierden el contacto visual. Pero digamos que es una manera de escaparme a la atención del público y sentir que tengo un espacio donde jugar -como Legos- con mis ideas.

    Pero obvio que esta gracia tiene un límite: no puedo hacer lo mismo si se me ocurre locutar para televisión o radio. Me gustaría hacerlo, de hecho, para así asumir con cierta seriedad mi defecto de hablar en borrador.

    Al menos la escritura me ayuda a ordenarme… Creo…

    Me han entendido hasta aquí, ¿verdad? Espero que sí.

    André Suárez Paredes

    marzo 8, 2018
    Artículos
    Lingüística, Reflexión
  • ¿Cuánto realmente vales?

    La pregunta incómoda de toda entrevista de trabajo: ¿cuál es su expectativa salarial?

    Siento que en ese momento tienes dos caminos: o apuestas por sincerarte con una cifra de lo que vale tu servicio según las referencias del mercado o tiras la cifra al suelo como diciendo ‘¡aprovecha esta ganga!, ¡un buen profesional a remate!’.

    El sincericidio de la expectativa salarial

    Cuando te sinceras, corres el riesgo de ser expectorado porque la empresa no está dispuesta a pagar tanto. Si te tiras al suelo, posiblemente te llamen porque ahorras costos a la empresa. Esto de los recursos humanos también es una negación continua entre suplir una necesidad laboral con el personal adecuado. Y por personal adecuado no es el mejor profesional calificado, sino aquel que mejor cumpla la función según las exigencias del empleador.

    Hay que ser idiota para contratar a un ingeniero eléctrico para que únicamente se dedique a cambiar las bombillas de la oficina. Se entiende, ¿no?

    Esta última reflexión venía a mi cabeza cada vez que recordaba el sacrificio que significó hacer la maestría en Europa. ¿Debo pedir lo que valgo según mi cartón? ¿O debo adecuarme al sueldo según el puesto que me ofrecen?

    Lo segundo es lo más realista. Las empresas cotizan los puestos según una escala y aceptan a quienes están dispuestos a cumplir con los objetivos mensuales y anuales. El cartón profesional funciona algo así como una garantía de tus servicios, pero por sí solo no te asegura el trabajo. Curiosamente esos puestos más altos a los que solo compiten los que tienen un buen cartón profesional suelen ser asignados por confianza. No esperes hallarlos en Computrabajo o Bumeran. Lo digo en serio.

    ¿Cuánto realmente vales?

    Pero volvamos a la pregunta: «¿cuál es su expectativa salarial?».

    Pienso que a esta pregunta no debe responderse según lo que tú crees que vales para el mercado, sino según lo que tú crees que vale lo que harás en ese puesto. ¡Es lo más justo! Si te van a pagar según una escala de acuerdo al puesto, lo mejor es pensar cuánto vale ese puesto. ¡No pensar lo que vales tú!

    ¿Pero cuánto vales tú? ¿Se han hecho esa pregunta? ¿Cuánto crees que vale tus servicios profesionales?

    No trates de responder a la pregunta usando como referencia tus sueldos pasados. Eso no sirve, porque lo que has hecho es prestar tus servicios a un puesto determinado. Cuando eso sucede, tus demás talentos y habilidades -que bien pueden funcionar como un activo- son relegados.

    La mejor manera de saber cuánto vales es pensando como emprendedor. Piensa en algún proyecto y del valor que puedes generar en el mercado apostando todas tus potencialidades. Piensa en una proyección de un par de años para tener una idea de lo que serías capaz de generar.

    Ahora viene lo más interesante. Piensa si ese monto que tú bien puedes generar solo corresponde con lo mismo que te pagarán en el puesto al que postulas.

    He hecho este ejercicio un montón de veces. Sé muy bien que yo valgo más de lo que me podrían pagar en los puestos que he postulado últimamente. Esta diferencia felizmente no me desanima, sino todo lo contrario. Me hace sentar cabeza sobre mi potencial en el mercado y visualizar -sin egocentrismo- la oferta laboral.

    Ya dejó de indignarme los sueldos bajos, porque entiendo cómo funciona el sistema de la oferta y la demanda. Digamos que tirar el sueldo al piso es una manera de adaptarse al mercado.

    ¿Pero no pierdes el tiempo si tienes potencial para más?

    Obvio que sí, pero ese ‘potencial’ no lo veas relacionado siempre con el puesto laboral al que puedes alcanzar, sino con el valor que puedes ofrecer al mercado. El fin no es conseguir el empleo en sí, sino utilizar los recursos ganados en ese empleo para financiar tu propio proyecto. ¡La idea es invertir en uno mismo! Si sacaste la cuenta de que tus servicios valen más de lo que te pagarán, ¡qué estás esperando por creértelo!

    A lo mucho que puede ocurrir es el malhumor de que no te paguen lo que realmente te mereces. Créeme que lo sé bien, pero siempre mira el lado amable de las cosas. Aunque sea algo más que nada, siempre aprovéchalo. Y aunque sientas la rutina laboral como días de mierda, pues recuerda que de la mierda se hace el abono. No dejes de apostar en ti.

    André Suárez Paredes

    marzo 6, 2018
    Artículos
    Economía
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Disculpa si te puse triste…

 

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