Qué se espera cuando no hay nada que esperar
a qué vuelan los labios sin boca a la que aterrizar
a qué cuerpos tapan las sábanas de la mañana
a qué ruido suena ya tus palabras
a qué promesa dejamos huérfana
a qué van tus pies sin veredas
a qué hora apagaste la luz para decir adiós
a qué hora ya te habías vestido
a qué hora se nos fueron los sentidos
a qué hora se nos fue el amor.
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Hora

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De quien hablar

De haberte amado con el alma
como si de mí dependiera
estar contigo ahora
no te hubieras soltado
para irte a los márgenes
que ya las luces no te apuntan
…que las historias de amor
nunca terminan
cuando ya no hay más
de quien hablar. -
La voy a cagar

«La voy a cagar» es una frase que me recomendó el psicólogo cuando supo de mi cuadro de ansiedad. No era nada grave. Lo más difícil era cómo asociar el malestar físico (hormigueo de manos y pies) a un cuadro de estabilidad mental y eso me voló la cabeza. Imagino que escribiré de eso en otra publicación. Por lo pronto, vale la pena recordar ese peculiar consejo del psicólogo.
Cuando estés haciendo algo que te dé ansiedad, o crees que todo saldrá mal, repite en varias ocasiones «la voy a cagar».
Vaya manera de estimular la autoestima, pensé; sin embargo, más adelante supe que el efecto era todo lo contrario. Por aquel entonces, manejaba una van muy viejita, una Nissan Vannette de 1992. El auto ya me había dejado botado en tres oportunidades y andar sobre el vehículo era un estrés de mierda. Pero de mierda mierda. Nunca sabías si al arrancar el vehículo este se iba a comportar o no. Era un misterio a pesar de la inversión que hice en repuestos, hasta creía que me escuchaba si es que hablaba mal de ella.
No fue hasta que salí a rodar con la van por la Costa Verde en Lima. Había estacionado para irme al mar y, de regreso, alisté todas mis cosas y me dispuse a regresar a casa. Empezó el estrés. La ansiedad de que algo malo ocurrirá.
La voy a cagar, la voy a cagar, la voy a cagar…
Al final el vehículo respondió, no me choqué y sigo con vida. No la cagué y creer que sí la iba a cagar para luego no cagarla acabó siendo una superación personal bastante interesante. Muchas veces te dicen que no digas las cosas que no quieres que te pasen, pero si las dices, puedes enfrentarlas y darte cuenta que no es tan difícil como parece.
A las semanas le dije al psicólogo que ya no seguía con la terapia, que el hormigueo había desaparecido… que ya el estrés se me fue. Me preguntó qué es lo que hice, si es que acaso el «la voy a cagar» fue la llave para resolver todos mis casos de ansiedad. Le dije que la frase sí me ayudó, al menos en ese caso en particular, pero lo que más me ayudó fue vender ese carro de mierda. Ya con el tiempo supe que en realidad no sané una mierda eso de la ansiedad, sino que hice lo que mejor sé hacer: huir de los problemas para ahorrarme dinero.
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Dos hombres feos

Eran dos hombres feos, tan buenos amigos como horribles para el espejo. Cursaban las 14 primaveras que sabían a inviernos, ya que ninguna mujer pudo calentar lo que guardaban en el pantalón. Expertos en teoría sexual y cero en las clases prácticas.
Está demás decir que nunca besaron a nadie. Practicaban con sus manos, con los dedos como si fuesen los labios de alguien más.
Hasta que hubo el día en el que notaron que faltaban pocas semanas para que cumplieran los 15 años; una tragedia en un país donde la vida sexual empieza a los 12 y ellos ni estaban cerca de acariciar una teta y menos chupetear un labio de piquito. Un detalle curioso es que ambos nacieron con pocos días de diferencia. Ese mes pareció que Dios se enfermó.
Los dos hombres feos se quedaron hasta tarde en el colegio. Había quermés y ellos se encargaron del decorado del salón. Ambos conocían la tragedia del otro: la fealdad hace igual a los hombres y susceptibles a los pesares del amor no correspondido. Ya parecía no haber nadie en el colegio cuando uno de los dos aprovechó para hacer notar su desesperación.
-¿No te da miedo equivocarte en tu primero beso?
-Por algo es el primero, ¿verdad?
-Pero… ¿y si ese beso sale mal y no besas a alguien más hasta dentro de otros 15 años?
-No seas huevón.
-¿Cómo estás tan seguro? Ese primer beso puede ser con el amor de tu vida y hoy, ahorita mismo, la puedes cagar porque no besaste a nadie antes. Por eso estaba pensando en algo…
-¿Qué cosa?
-¿Si nos besamos solo para saber qué hacer?
-¡Estás bien cojudo!
-Nada, huevón. Ni lo llames beso si quieres. Solo es para practicar, para saber qué hacer. Tómalo como experiencia, así tu primer beso de verdad quedarás como el mejor besucón del colegio.Hubo un silencio incómodo. Lo que parecía que la heterosexualidad iba a detener, la curiosidad mezclada con resignación e inseguridad juvenil pudieron más. Ambos eran tan feos que compartían la sensación de que no podían fallar en una oportunidad de oro con el sexo opuesto. Solo era una práctica, un favor de un feo a otro para apoyarse en el inicio de la vida sexual. Los besos son la llave del sexo, pensaban, salvo que pagues por el servicio del amor sin amor.
-Ya, está bien, puta madre. Pero nada de mariconadas, solo es pura práctica para no cagarla después.
-Sí, sí… ¿Acaso crees que te quiero cachar? Relaja, huevón. Ni que quisiera contigo. Hace rato que le tengo hambre a Josselyn.
-Ya, ya… Acércate no más.Se acercaron tanto que sintieron la respiración del otro. Se acercaron aún más hasta chocar narices y otro poco más hasta sentir el calor de los labios. Ya era inevitable. Se besaron.
-Ya está, ¿contento? ¿Aprendiste algo?
-Puta creo que sí, ¿y tú?
-Sí, me parece que también. No seamos palta con esta huevada y sigamos ordenando el salón.
-Sí, sí… Hay que seguir…No cruzaron palabras temiendo lo peor. Se olvidaron, y con el tiempo aprenderían, que los besos no vienen solos. Lo que estrictamente era una práctica acabó siendo cualquier otra cosa que ambos decidieron ignorar por miedo.
No querían confesar que habían cerrado los ojos.
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Sin título

Hubo un ruido que nos despertó
echados sobre el mismo sueño
y sin ganas de despertarnos
un grito nos levantó
hasta darnos contra el techo
sin tiempo para besarnos.El apuro nos confundió las ropas
el pudor volvió a hacernos extraños
de cuerpos que la noche torció.Nos despedimos sin decirnos hola
nos rozamos sin tener manos
me sentiste sin tener corazón. -
Cuando cruzas la pista sin ver

De broma en broma… Hace ya poco más de un mes, justo para la Champions League, un buen amigo me pregunta sobre una tragedia personal. Lo sé, así es la vida que en los momentos más divertidos siempre hay alguien que te jale de regreso a tu mierda diaria. Lo peor es que no preguntaba en mala onda, sino por esa curiosidad que te invita compartir una mala experiencia con la esperanza de que te sientas mejor… Eso o porque es un chismoso del carajo. Quisiera pensar que fue por ambas cosas.
-Estaba hasta el reculo… Pero así hasta las huevas…
-Anda compa’re. Te cagaron feo.
-Cojudo, si hasta cruzaba la pista ya sin ver.Mi amigo estalló de risa, pero lo que no sabe es que sí me ocurrió eso de verdad. Bueno, tampoco tan trágico… No en todas las pistas, pero sí en una de doble sentido que me dejó pensando al respecto cuando llegué a la otra vereda.
«Ya qué más me puede doler».
Algo así me dije cuando caminaba en dirección a mi casa. La frase me dejó pensando…
¿Será que algo así sienten los suicidas? ¿Será que hay un dolor en la psique más terrible que ser atropellado, colgado, baleado, quemado o explotado?
Si el dolor físico pasa por las transmisiones nerviosas para que el cerebro detecte la sensación como «dolorosa». Será, entonces, que el malestar mental es mucho peor, porque no hay nada que viaje por el sistema nervioso hasta el cerebro ya que el mal está instalado en él.
¿Cómo creer que hay un dolor más fuerte que el cerebro puede interpretar si el mismo cerebro ya está hackeado por la tristeza? Imagino que es algo así como ya pensar con dolor y eso sí que duele hasta el punto, quizá, de inhibirte al dolor físico.
Hace varios años, recuerdo, un experimento en el que comprobaron que un ser humano es capaz de tolerar más dolor físico cuando es maltratado psicológicamente (¿o era cuando veía imágenes violentas?). Me pregunto entonces cuál es ese umbral para que el malestar psicológico sobrepase al dolor físico hasta el punto de no sentir, de darte igual si te accidentas…
O lo que es peor, perder la sensibilidad incluso de atentar contra el instinto de supervivencia, porque ya existir duele.
Todo esto lo procesaba en mi cabeza hasta que la realidad me trajo de vuelta mi casa y supe que aún estaba lejos del umbral tras golpear la pata de la cama con el dedo chiquito del pie. Me dolió como la mierda, pero supe -sin psicólogo de por medio- que puedo seguir viviendo tranquilo.
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El «setup» de tu cerebro

En una de las tantas visitas al neurólogo aprendí que la sabiduría no está en la inteligencia ni necesariamente en la experiencia, sino en el tiempo y en el envejecimiento de la red neuronal. «¿No has notado que los más viejitos son más sabios?», me dijo el doctor mientras llenaba mi receta. «Es que su procesamiento neural se excita menos que la de un joven y eso ya es propio de la edad y los años. Es por eso que tienen esa sabiduría».
Me quedé pensando en eso último mientras caminaba como un cojudo por los pasillos de la clínica. Recién cruzando la puerta de los treinta creo estar experimentando cómo eso de que la «edad está en la mente» son huevadas, el peso de la edad -más allá de cómo lo puedas interpretar emocionalmente- está en las conexiones neuronales, en la ciencia que de cierta manera determina tus procesos cognitivos.
No estoy diciendo que la ciencia pueda determinar quién eres. ¡Te imaginas algo así! Seríamos máquinas prácticamente. A lo que voy es que hay ciertos parámetros dentro de la ciencia que funcionan como la base mediante la cual un organismo procesa las experiencias. Que sean buenas o malas ya eso va de cada quien, sino que insisto en la existencia de un «setup» que sirve como filtro/decodificador de lo que un ser humano procese en la vida cotidiana.
Y todo eso fue lo que se me ocurrió mientras salía de la clínica para tratar de entender por qué diablos sentía hormigueo en las manos y los pies.
«Debes tratar de relajarte… Tu cuerpo ya no procesa la misma carga de estrés y debes ceder algunas veces. Tu organismo no está igual de preparado para soportar tus reacciones, pero eso es normal», fue lo último que me dijo el doctor.
El hormigueo me duró como un mes y luego se fue yendo mientras hacía pases con mi sistema nervioso. ¿El secreto? La resignación. Te ahorrar tiempo, dinero y problemas en una vida que te hará mierda… y de la mierda se hace el abono.
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Buenas noches, abuelito

Una noche escuché a mi abuelo hablar de su querido pueblo donde trabajó de doctor. Eran como las once de la noche y él estaba sentado en el sofá de siempre junto a la mesita de noche, donde estaban sus pastillas y lentes. Mi abuelo solía divagar, aunque gozaba de excelente salud. Me acerqué a su dormitorio para darle las buenas noches y apagarle la luz, pero él empezó a hablar antes de que llegara a la puerta. Nadie lo tomaba en cuenta, pero esa noche en particular decidí darle una oportunidad. Tenía ocho años y no quería irme a dormir.
Sabes algo hijito… Cuando vivía con tu abuela, allá lejos en mi pueblito hace cincuenta años… Una vecina tocó como loca mi puerta como a la medianoche… Pum. Pum. Pum. Yo salgo a ver preocupado y sucede que su esposo había muerto. Salimos corriendo entonces a la casa del muertito por si algo podía hacer… Este yacía sobre la cama, estaba tapadito ya listo para dormir. Le dije a la vecina que no podía hacer nada. Como el finadito era mi amigo, le pregunté a su mujer qué fue lo último que hizo el señor. La esposa no podía ni hablar de la tristeza y solo me alcanzó a decir que el hombre había estado gritando por la ventana de la cocina a un niñito que estaba en medio de la calle. Ella se acercó para verlo también pero no logró ver a nadie.
Como era costumbre en mi pueblito, todos acudieron al velorio… Bien querido era el señor Panchito. Una de las vecinas, esas viejas chismosas… Se me acerca para preguntarme por cómo murió Panchito. Ella era la vecina de al frente y tenía como seis hijos, todos pequeños. Yo le conté lo mismo que me dijo la esposa y le recomendé que tenga más cuidado con sus hijos, que Panchito había visto a un niñito solo esa noche, que quizá pueda ser suyo. Ella dijo que no… que era imposible, porque todos se quedaron juntos hasta la madrugada ordenando la mercadería que llevarían al mercado a la mañana siguiente.
Ya había cortado la conversación hasta allí, pero la señora vuelva a jalarme para decirme que también vio un niño así extraño cerca a su patio donde los críos juegan. Ella le llamó la atención, pero el menor nunca se movió de su sitio hasta que desapareció cuando la señora salió para amenazarlo. Lo que le parecía extraño era que sus hijos estaban allí muy cerca, que oyeron el escándalo de la mamá y no pudieron ver al supuesto niño, y eso que estaban allí no más.
Y adivina qué… A la mañana siguiente la vecina murió mientras dormía…
No sé qué hago contándote esto, hijito… Discúlpame… Solo que yo hablo y hablo y hablo…
En ese momento, mi mama salió de su cuarto y vio que estaba despierto escuchando al abuelo. Molesta por desobedecerla, pidió que vaya a la cocina por algo de agua para ella y luego me dirija estrictamente a la cama.
Dejé a mi abuelo hablando solo, pensando que otra vez le dio su desvarío. Estaba a varios metros de la puerta de su habitación, ya casi llegando a la cocina, cuando lo escucho decir…
Ya hijito… No te quedes allí parado… Ahora sí apaga la luz… ¿Por qué tardas tanto? ¡Si estás allí parado!
Mi abuelo murió a la mañana siguiente y mi mamá me preguntó qué fue lo último que hablamos. No pienso decírselo jamás.
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El arte de tocar las manos

Sé como el péndulo… Los dedos van y vienen como si midieran el pulso de la mano ajena para descubrir si el contacto despierta alguna señal. Debe ser un contacto sutil como el médico que mide pulso de quien pronto morirá, temeroso incluso de que el solo diagnóstico pueda ser la causa de la muerte del paciente.
Despacio. Suave.
A cortísima distancia los dedos deben repasar los surcos de esa otra mano, pasear por sus líneas delgadas y profundas, por las heridas y las cicatrices, por sus asperezas para dar con ese nervio que por fin responda a tu pregunta…
La de saber si son dos manos que juegan o solo eres tú el que toca.
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Los otros que dan vida al pavimento

Ya uno siente la vejez cuando camina por las calles y observa a los nuevos grupos sociales que ocupan los espacios públicos. Ha pasado buen tiempo desde que no «piso la calle» por culpa de la pandemia y perdí ese contacto con las subculturas que alimentaban mi curiosidad por el otro. Ahora que las situación es más flexible, pude volver a caminar por las calles del centro de Lima y pasé por el extraño experimento de reencontrarme gracias al encuentro con ese otro tan ajeno a mi círculo social.
En los pequeños partes desde la avenida 28 de Julio hasta las primeras cuadras de la avenida Arequipa, pude observar a varios jóvenes danzando temas japoneses y coreanos, otros ensayando coreografías, unos revisando el teléfono por si los amigos están haciendo bien los pasos así como aparecen en los videos de YouTube… No es difícil saber que están allí, porque siempre alguien con pelo rojo fuego o de cualquier otro color pastel hace que la mirada atienda a lo que hacen y te quedes hipnotizado por algo que, desde muy joven, no entendía y -de hecho- sigo sin entender.
Sin embargo, la incomprensión hace que a la vez me sienta orgulloso de esos chicos. Discriminados por los boomers, los jóvenes me dan cierta esperanza en la recuperación del espacio público como lugar de desarrollo para las subculturas urbanas.
Muchos hacen mal en pensar que los jóvenes perdieron el sentido de «pisar la calle», de vivir en la realidad y de conocer a otros fuera de sus pantallas del celular. Es lo más fácil de pensar. No obstante, si tan solo prestaras un poquito de atención a lo que quizá no puedas entender, notarás esa alegría tan auténtica por compartir, danzar y reír gracias al contacto entre dos y más personas mediante la admiración a una cultura tan ajena para quienes no conocen el K-Pop o J-Pop. Lo mejor es que toda esta mística sucede en la «realidad», es decir, el espacio público que esta ciudad embadurnada de cemento necesita.
Sentía al verlos que esos parques, calles y avenidas dejaban de ser míos para que la fuerza de una juventud cada vez más interconectada pueda sacar provecho de la vida en comunidad. Aunque no los entienda, realmente los admiro por tener esa voluntad de apropiarse de los espacios mientras esta ciudad sigue en deuda con ellos.
Fue así entonces como pude reencontrarme al sentir que vivo en una ciudad donde comparto con jóvenes que resucitan el espacio público a través de las nuevas tendencias digitales, que sacan ánimos del universo de unos y ceros para ocupar un parque cualquiera para danzar, compartir y reír a su manera. Ya que a través de ellos, del otro que aún no entiendo, comprendí que hay otras maneras de alimentar la vida del pavimento.
