NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

  • Inicio
  • Cuentos
  • Poesía
  • Reflexiones
  • Charles Manson, un ser de todo y nada

    Charles Manson. Su solo nombre es sinónimo de locura, crimen, contracultura y Estados Unidos. Manson fue tratado por la prensa estadounidense como el loco del momento hasta convertirse en un icono de la cultura pop, considerando sus apariciones en series como South Park y en extensos libros sobre criminología. Lo sé bien, porque Manson es un nombre que he hallado en varias oportunidades en mi colección de historias policiales.

    Basta googlear un poco para saber que Manson nació en Cincinnati (Ohio) el 12 de noviembre de 1934 y que lideró un grupo conocido como ‘La Familia Manson’ a finales de la década de 1960. Fue este colectivo que bajo las órdenes de Manson asesinaron a siete personas, entre ellas los actores Sharon Tate, Donald «Shorty» Shea y el músico Gary Hinman. Fue con su captura cuando los medios televisivos hicieron eco de su imagen, pues Manson tenía todo para ser la estrella policial del momento: extrovertido, carismático (a su manera), impulsivo y visiblemente loco.

    Pero no nos detengamos en lo que todo el mundo sabe, sino en algo que me llamó especialmente la atención. Pero antes, ¿se han tomado el serio trabajo de escucharlo? Olvídense de lo que hizo (lo sé, es difícil considerando que conspiró para acabar con la vida de personas inocentes) y dedíquense a sentir la lógica de sus palabras, de cómo su mente construye una realidad alternativa a lo que nosotros llamamos «cordura».

    Motivado por su reciente fallecimiento, me dediqué a buscar videos sobre Manson para recordar sus extrañas apariciones en televisión. Finalmente dí con un video recopilatorio de El País con las respuestas más excéntricas del criminal estadounidense.

    Sus insólitas respuestas guardan algo muy interesante: su habilidad para llegar a conclusiones filosóficamente profundas teniendo en cuenta su precaria calidad de vida. Sí, dije «filosóficamente profundas» porque las respuestas que brinda sobre su ser son muy complejas hasta llegar al punto de la lucidez si tienes la capacidad de deshacerte de los prejuicios o de lo socialmente aceptado. Analicemos con calma.

    Manson dice en una oportunidad: «Nadie. No soy nadie». Luego, cuando le preguntan qué ve en su interior, él responde: «Lo veo todo. Todo. Veo el bien y el mal». Después, cuando es consultado si cree en Dios, él dice: «Sí, creo en mí. ¿Por qué no debería?».

    Primero Manson dice que no es nadie para luego decir que dentro de él lo ve todo. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo se puede ser nada y sentir en el interior que lo vemos todo? Se me ocurre una razón: porque todo viene de la nada y si somos seres hechos de algo (entiéndase átomos, materia, venas, etc.) que proviene de la nada (el vacío universal desde el cual proviene la vida, ese algo que está antes del Big Bang y que aún sigue siendo un misterio), pues somos ambas cosas al tiempo. Somos algo que proviene de la nada, pero al mismo tiempo dentro de nosotros guardamos relación con el todo si tenemos en cuenta que TODO el universo tiene su origen de la nada.

    Pensar así realmente resulta excitante, y esto guarda relación con la pregunta sobre Dios. La idea de Manson sobre ser nada y todo al mismo tiempo guarda estrecha relación con una visión panteísta de la realidad.

    El panteísmo es una concepción del mundo y una doctrina filosófica según la cual el universo, la naturaleza y la deidad que llaman Dios son equivalentes. El panteísmo no estipula a un ente como dios, sino que La ley natural, la existencia y el universo (la suma de todo lo que fue, es y será) se representa por medio del concepto teológico de lo que las religiones llaman «Dios». La palabra está compuesta del término griego πᾶν (pan), ‘todo’, y θεός (theos), ‘Dios’; así se forma una frase que afirma: «todo está en Dios y Dios está en todo».

    Quedémonos con lo último: «todo está en Dios y Dios está en todo». Si pensamos así, lo que denominamos Dios está en nuestra naturaleza como también lo está en toda su creación universal. La pregunta del periodista -sensacionalista a todas luces- está basada en una lógica bastante cristiana y occidental en la que existe una separación entre Dios y su creación, haciendo de la salvación del alma -véase los postulados de San Agustín– algo que únicamente dependía de la gracia del Señor. Pero siguiendo el rastro de la lógica de Manson, él cree en una especie de misticismo oriental en el que existe una fusión total. Decir «Yo soy Dios» no es tan disparatado si es que cambias el chip occidental.

    Lo que más me intriga de la biografía de Manson es saber cómo llego a estas reflexiones tan complejas (si las analizas con lupa) a partir de sus experiencias que ha vivido dentro o fuera de la cárcel. No hace falta tener un grado universitario para llegar a las mismas conclusiones de eminentes profesionales si tienes la capacidad de abordar problemas existenciales con especial habilidad.

    Charles Manson no fue un genio y nadie olvidará los crímenes que orquestó con ‘La Familia Manson’, pero no hay que ser mezquinos con las habilidades de alguien, sea quien fuere, por más odio mediático en su contra. Esto resulta paradójico teniendo en cuenta que Manson apareció en diversas oportunidades en televisión, no para realmente atender sus respuestas, sino para rentabilizar su excéntrica personalidad en el raiting.

    Espero que esta publicación le haga justicia a Charles Manson, porque siempre he sentido que la mejor manera de desarrollar nuestra capacidad de escuchar a los demás es atendiendo a quienes nadie desea oír.

    André Suárez Paredes

    noviembre 22, 2017
    Artículos
    Charles Manson
  • Las preguntas cojudas no tan cojudas

    Hay cosas que uno se pregunta y llega a la conclusión que la respuesta es sumamente inútil para la vida cotidiana. O en buen cristiano, ¿cómo haces para preguntarte tantas cojudeces? Usualmente las preguntas de este tipo corresponden a situaciones hipotéticas, casi imposibles de suceder en la cotidianidad, pero cuya solución contiene una resolución moral o ética más amplia.

    Seguro te preguntarás de qué sirve romperse la cabeza pensando en una solución así si la situación hipotética nunca me sucederá. La respuesta es sencilla: reflexionar sobre estos asuntos es una práctica intelectual y emocional que mejora la agudeza de nuestra perspectiva de la realidad. Digamos que es una especie de juego lógico que afina nuestros sentidos para desenvolvernos en casos parecidos que sí pueden ocurrir en la vida real.

    Esto fue algo que se me ocurrió al enterarme de la muerte del primer dueño de un Tesla, un automóvil eléctrico con inteligencia artificial. El deceso tuvo lugar en Florida, Estados Unidos, en 2016. La víctima estaba distraída viendo una película de Harry Potter mientras el auto andaba en piloto automático. El sistema no detectó a tiempo el cruce de un camión y acabó empotrado en el remolque.

    La noticia causó gran debate sobre la utilización de inteligencia artificial en vehículos que pueden acabar siendo el ataúd de los conductores, pues sus vidas dependen del discernimiento de la máquina. No me refiero a los posibles errores del sistema, como no detectar obstáculos a tiempo, sino a la capacidad de tomar decisiones que pueden acabar con la vida del chofer a cambio de evitar una tragedia peor.

    ¿No se te ocurre una situación así? Pues déjame actualizarte el dilema del tranvía -un experimento mental ideado por Philippa Foot y extendido por Judith Jarvis Thomson- con un auto Tesla.

    Imagina que andas en tu flamante Tesla a toda velocidad por una vía rápida. Estas por cruzar debajo de un puente y observas que en lo alto una persona deja caer a cinco personas atadas. Debido a la velocidad, el auto tiene dos opciones: seguir la marcha y arroyar a las cinco personas hasta detenerse o salirse de la vía acabando con la única vida del chofer. ¿Cómo programarías el sistema para saber qué decisión tomar?

    Complejo. Lo utilitario sería pensar que la máquina salva cinco vidas a cambio de la única muerte del chofer. Pero esto sería un problema, porque quienes compran un Tesla no se sentirían cómodos al saber que la máquina decidirá por la muerte del chofer a cambio de cinco vidas cuyo destino era la muerte. ¿Realmente qué harías? ¿Qué solución habría?

    Lo curioso de este dilema es que se habla al respecto desde la década de 1980 y hasta el día de hoy sigue siendo un debate ético. La diferencia es que la decisión ya no depende de nosotros, sino de la inteligencia artificial que -de alguna manera- no tiene libre albedrío.

    Menudo problema a partir de una pregunta moral que arrancó siendo hipotética para acabar en la cotidianidad. ¿Quién podía adivinar que un experimento así de filosófico tuvo una aplicación práctica como en los coches Tesla? Nunca se sabe, así que nunca dejes de preguntarte «cojudeces», porque un buen día le solucionarás la vida a la humanidad.

    Foto: Véronique Debord-Lazaro – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    noviembre 22, 2017
    Artículos
    Psicología
  • Seres de mis pequeños dedos

    En las puntas de mis dedos
    duermen unos personajes
    que hacen de la nostalgia
    una sonrisa triste,
    perdida en el recuerdo.
    Se aparecen haciendo ruidos
    inteligibles pero tiernos
    con una dislexia suave,
    adorable hasta las lágrimas,
    llenos de un amor que no está,
    que se fue para desaparecer…
    Pero estos seres
    se quedaron conmigo
    haciéndome la vida
    sufrible y feliz,
    inventando un diálogo
    con fantasmas
    que me atormentan,
    que hacen reír,
    que me hacen llorar.
    Unos pequeños seres
    que guardan un espacio
    de tu vida dentro de la mía,
    porque tan pequeños son
    que su ausencia es grande,
    con caritas de molestos
    renegones y dignos
    de caricatura barata
    pero nuestra…
    Perdón,
    de nadie
    de mí.

    Foto: Tsahi Levent-Levi – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    noviembre 19, 2017
    Artículos
    Poesía
  • La diferencia de edad ‘ideal’ para una pareja exitosa

    Resulta increíble las cosas que uno reflexiona mientras juega FIFA con los amigos. Obviamente uno debe estar concentrado en lo que sucede en la pantalla mientras tratas de anotar un gol, pero durante el juego suele haber conversaciones entretenidas en las que cada participante forma parte de manera corta, concisa y precisa para evitar la distracción.

    «Una pregunta: ¿cuánta diferencia de edad piensan que es ideal para una pareja», preguntó un amigo que aguardaba por su turno al control del PlayStation.

    Por allí otro amigo respondió que cinco años máximo. Quien hizo la pregunta dijo que al menos tres, pero nunca había pasado por esa experiencia, así que no tiene mucha perspectiva sobre una cifra exacta.

    Llegó mi turno y -fiel a mi estilo- me compliqué la vida con ecuaciones imaginarias. «Partiendo de que el tiempo es relativo, la diferencia en años no es sinónimo de madurez ni de experiencia para mantener una relación».

    Para esto ya me habían metido un gol, así que pude explayarme a mis anchas.

    «Sin embargo, el valor del tiempo como lapso de horas, días, semanas, meses y años es una variable de probabilidad a mayor exposición a experiencias de vida. Por ejemplo, quien tiene 40 años quizá no sea tan madura como una de 20, pero la diferencia de años es una variable de haber experimentado seguramente más cosas que el de 20. Allá esa persona de 40 cómo asimiló la experiencia, pero seguramente ha vivido más».

    El partido acabó y -para variar- perdí. Tuve que pasar el control al siguiente jugador.

    «¡Pero dime una cifra!», mi amigo quien hizo la pregunta insistió.

    «Basándome en lo expuesto anteriormente… La edad no es importante para que dos personas congenien, pero sí se puede establecer ciertos parámetros según la psique y el tiempo expuesto a experiencias de vida. De los 10 a los 20 años, pienso que la diferencia debe ser a lo mucho un año, porque en ese lapso la psique de los jóvenes es bastante diferente en corto tiempo. De los 20 a los 30 años, pienso en una diferencia de hasta 3 ó 5 máximo. Ya en esa edad como que hay cosas más establecidas en la psique, pero aún hay una diferencia. A partir de los 30 hacia el infinito, pues como que las cosas se homologan. Ahí puede haber diferencias hasta de 10 años y funcionan ese tipo de relaciones».

    Mis amigos lo pensaron un rato y me dieron la razón finalmente, porque reconocieron que el tiempo es tan variable como nuestras condiciones psicológicas para asimilar las experiencias de forma unánime como para arriesgarse a crear parámetros de conducta y ecuaciones matemáticas para hacer funcionar una supuesta relación con diferencia de edades.

    Bonita reflexión… Lástima que estas cosas no hacen a uno un buen jugador de FIFA.

    Foto: Vinoth Chandar – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

     

    André Suárez Paredes

    noviembre 19, 2017
    Artículos
    FIFA, Relaciones de pareja
  • Lo ‘irreal’ de la naturaleza humana

    Hace unos días discutí algo realmente interesante con un viejo amigo. Hablábamos sobre cómo la gente miente adrede en las redes sociales para aparentar algo que en realidad no son. Digamos, por ejemplo, las personas que adelgazan su figura con Photoshop en Facebook o Tinder. «El problema con esto es que los usuarios de dichas redes premian ese comportamiento otorgando ‘likes’ a una imagen irreal. Lo que están haciendo es banalizar la interacción social a partir de una mentira», dijo mi amigo.

    Me quedé pensando en su perspectiva. De alguna manera tiene razón: las personas modifican su imagen personal en aras de una identidad diseñada especialmente para exhibirse en las redes sociales. Dicha modificación es una alteración de la realidad, pero hubo un tema que me llamó especialmente la atención.

    «Entiendo tu punto. Pero agregaría que no son las redes sociales las que premian ese comportamiento, sino la comunidad que utiliza dichas redes. El medio se adapta a las necesidades y valores de interacción de las personas. Facebook, Tinder y las demás redes son productos que se amoldan a las necesidades humanas y somos nosotros quienes finalmente las dotamos de características, valores e incluso códigos de comportamiento», señalé.

    «Pero estas redes difunden una imagen irreal. Pienso que deberían ser más responsables al respecto. Por ejemplo, Tinder debería tener un indicador para revelar qué imágenes son adulteradas y así la gente accede a información real», repuso mi amigo.

    Es aquí cuando comienza lo interesante. «Hacer eso es dispararse los pies, porque Tinder es un espacio donde justamente la gente ingresa para crear una identidad virtual con el objetivo de atraer a alguien. Las imágenes trucadas que pretenden embellecer a las personas realmente le hacen un favor a Tinder, porque hace más atractivo el catálogo de parejas disponibles en la plataforma. De alguna manera, Tinder busca evitar estas imágenes falsas al enlazar tu cuenta de Facebook con el aplicativo. Como que ya por ahí es algo, pero obvio se puede hacer más como lo que tú propones».

    «¿Entonces que se siga compartiendo imágenes irreales y que nadie haga nada?», insistió.

    Y así fue como me llegó la iluminación. «Veo que te preocupa bastante el tema de la realidad, ¿pero acaso la alteración de imágenes personales también no es real? En cierto modo lo es, porque sucede en el plano de la realidad. ¿Pero acaso esa actuación que tú denuncias no es natural en la humanidad? Somos seres que constantemente nos reinventamos, no tenemos una identidad única para todo y lo ‘irreal’ que tú señalas para mí es sumamente natural y ‘real’ en el sentido que existe y es tan verdadero como las flaquezas de nuestra constitución como seres humanos. Veo que tú quieres corregir eso a través del aplicativo, pero resulta que eso ya es algo inherente a nuestra condición humana».

    Esta última intervención me viene dando vueltas desde hace días. Mi amigo denunciaba la irrealidad que exhibimos como si se tratase de algo que debemos corregir. Yo postulo que esa ‘irrealidad’ forma parte de nuestra naturaleza y así será hasta el apocalipsis. ¿Entonces se puede ser irreal y natural al mismo tiempo?

    Menuda pregunta. Pienso que la irrealidad es una etiqueta que guarda el peligro de ocultar información. Todo lo que percibimos con los sentidos es real, incluso las imágenes que pretenden tergiversar la realidad. La realidad es que ambas cosas existen y merecen englobarse en el mismo plano para analizarlas sin prejuicio.

    A mi humilde opinión, la naturaleza vendría a ser todas las cualidades y características de algo (objeto, animal, persona, etc.) en estado puro o bajo circunstancias determinadas. Lo natural no solo es la apreciación de algo en «estado natural» (libre de todo contacto con elementos ajenos a su realidad), sino también a las reacciones que este algo tiene en relación con los demás. Lo interesante de esta descripción es que nos acercamos a la naturaleza de algo desde todas sus perspectivas hasta entender las contradicciones.

    Trasladando esta idea a la discusión con mi amigo, la naturaleza humana es justamente nuestra pretensiones por generar una identidad que es única en su constitución, pero que a la vez también se debe a las aprobaciones del grupo social. No existe una identidad unitaria para todos. Como señaló el filósofo francés Jean-Paul Sartre, “el hombre está condenado a ser libre», porque es su libertad de elección la que hace que nuestra búsqueda de sentido tenga un sinfín de alternativas. Y entre tantas alternativas, no solo optamos por una, sino que llegamos a conjugarlas para atender así nuestras necesidades, incluso si esto llega a provocar las contradicciones (muy naturales y que no tienen nada de malo en sí) de nuestros valores.

    ¿Pero qué somos entonces? Pues fácil, lo que nosotros decidimos ser. Aceptar nuestra vulnerabilidad nos hace más humanos y sinceros frente a nuestras pretensiones. Hagamos de nuestra condena por la libertad una oportunidad para elegir ser felices.

    Foto: Max Pixel – Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    noviembre 17, 2017
    Artículos
    Facebook, Jean-Paul Sartre, Naturaleza, Realidad, Redes sociales, Tinder
  • Pecezín y Pecezón

    Una tarde cualquiera mi sobrina se apareció con dos pececitos dorados —luego me enteré que se trataban de la especie Xiphophorus maculatus, conocida popularmente como platy— que había comprado a la salida del colegio. Me entusiasmé al verlos y no tardé en bautizarlos como Pecezín y Pecezón, porque sencillamente uno es más grande que el otro. No había que darle mucha vuelta.

    Mi sorpresa inicial se transformó en preocupación debido a mi desconocimiento sobre la crianza de peces. Mi sobrina —tan pretenciosa como su entusiasmo por creer que todo lo sabe— me dijo que bastaba con echar agua hervida tibia en la pecera (una pequeña de solo 1.5 litros), limpiarla una vez cada dos días y alimentar a los peces en dos oportunidades cada 24 horas, utilizando para esto un polvito de colores que venía en una pequeña bolsita transparente.

    Ante la incertidumbre y la abundante pero confusa información disponible en Internet, decidí confiar en la experiencia de una niña de 10 años. Seguimos dicha rutina por aproximadamente cuatro días hasta que la comida se agotó. Buscando en Google Maps, hallé la tienda Vida Acuario, ubicada por Plaza San Miguel, y me dirigí a ella con la inocente idea de solo comprar comida y algo de gravilla para adornar la pecerita.

    Grande fue la sorpresa y el terror al saber que todo andaba mal. Lo peor fue enterarme que el agua potable (por más hervida que esté) contiene metales pesados que perjudican la salud de los peces. Felizmente Pecezín y Pecezón no se expusieron a este mal por mucho tiempo y lograron sobrevivir hasta mi vuelta a casa con el desclorificador, una sustancia que acondiciona la calidad del agua.

    El encargado de Vida Acuario me explicó que el cuidado de Pecezín y Pecezón es más sencillo si consigo una pecera más grande, porque así solo cambiaría el agua una vez por semana y no cada dos o tres días. Para mi buena suerte, un amigo me vendió su pecera de 30 litros a mitad de precio; y una vez en mis manos, me dirigí nuevamente a la tienda para acondicionarla.

    Gravilla para la base del acuario. Plantas acuáticas para la absorción de productos orgánicos y oxigenación del agua. Una lámpara LED para la fotosíntesis de estas plantas. Un filtro de acuario para absorber las impurezas del agua. Un termostato para controlar la temperatura. Un bote de bacterias para un óptimo ciclado del agua. Un trozo de madera para moderar el PH del agua. Dos envases de alimento para peces. Todo me costó aproximadamente 400 soles.

    El monto me pareció exagerado considerando que Pecezín y Pecezón llegaron a mi sala por el módico precio de 5 soles. Pero luego sentí que no es en vano, porque resulta cruel tener una mascota para solo verla morir sin asumir alguna responsabilidad. Quizá esto se debe a que la muerte de un pez es menos trágica que la de un perro o un gato, debido a la calidad de la interacción humana con el animal. Esto lamentablemente es “una discriminación moral basada en la diferencia de especie animal”, algo que el psicólogo Richard D. Ryder denominó en la década de 1970 como especismo.

    Lo más interesante de esta experiencia con Pecezín y Pecezón es haber aprendido sobre la sensibilidad del ecosistema animal. Mi pecera solo tiene 30 litros y requirió de 400 soles aproximadamente para hacerla artificialmente apta para la vida marina. Ahora imagino el mar y se me escarapela el cuerpo al recordar las catástrofes ecológicas de los últimos años, como el derrame de petróleo de la plataforma Deepwater Horizon en el Golfo de México. Se me hace imposible imaginar todos los recursos que se necesitaron para subsanar la contaminación, más ahora que aprendo en carne propia la sensibilidad y el cuidado que requieren tan solo dos pececitos.

    Una amiga me preguntó por qué Pecezín y Pecezón tienen un nombre si es que nunca responderán a mi llamado. No tendré los poderes de Aquaman, pero sí bastante ingenio como para inventarme una salida: «Estaría mal creer que no merecen tener un nombre debido a que no podré comunicarme con ellos. Eso es algo egocentrista. Tienen nombre porque simplemente existen y tienen vida». Touché.

    André Suárez Paredes

    noviembre 12, 2017
    Artículos
    Animales, Mascotas, Peces, Plaza San Miguel
  • Dónde termina el mar

    Aún recuerdo esa noche en la que te sentí temblar cuando me preguntaste dónde termina tanta agua, dónde acaba el mar. Tu duda ocasionó nuestras risas: yo hablándote de olas que golpean una tierra que jamás has visto en tu vida y tú acostumbrada a cruzar fronteras cortas cuando mi vida se diluye en un horizonte tan lejano como la capacidad de tu imaginación.

    Recuerdo que era de noche y nosotros hablando del mar como si se tratara de un sueño…

    Porque como un sueño en vida fue lo que vivimos, ya que ahora no estás ni yo tampoco estoy en el mismo lugar donde compartíamos nuestras inquietudes, como si jugáramos a guiarnos mutuamente al ciego que se apoya en la visión del otro en un mundo maravilloso. Tomados de la mano. Caminando de puntitas. Riendo de nuestra torpeza… Como si nos divirtiéramos dejándonos llevar mutuamente por nuestros paisajes imaginados pero existentes, fusionándonos con la realidad, con las piedras, con el aire y con la brisa y finalmente el mar.

    Nuestro mar.

    André Suárez Paredes

    noviembre 5, 2017
    Artículos
    Mar
  • Lo que nadie se imagina 20

    «¡Pero en qué mierda estabas pensando!». Si Don Seferino hubiese recibido un sol por cada vez que escuchó esta frase, sin duda alguna sería el hombre más adinerado del Perú. De hecho, yo hubiese aportado como 367 soles a esa hipotética fortuna teniendo en cuenta que fui muy severo con él al darme cuenta de una historia tan romántica como cojuda.

    Pero eso depende… Siempre depende quién escucha las historias de alguien para juzgar las decisiones que solo se hacen una vez en la vida; decisiones que de alguna manera comprometen a tantas otras vidas que no hay espacio al arrepentimiento. Y es que Don Seferino… Él es un caso aparte.

    No era un rumor en el barrio de San Miguel que Don Seferino era el tipo más animal a la hora de tratar con las mujeres. Por «animal» no me refiero a que era un mal tipo con ellas. Todo lo contrario: era demasiado bueno, solo que tan bueno que atraía a las más viles de corazón. Y dentro de esas féminas estaba Doña Rafaela.

    Ambos se habían conocido en la primaria, y desde muy temprana edad Don Seferino ya daba cuenta del potencial de su cojudez: gastaba dinero de su almuerzo para engreír a su doncella a cambio de un «mañana trae más para invitar a mis amigas», hacía su tarea escolar totalmente gratis (por ahí hubiese negociado al menos un besito, ¿no?) y hasta era sometido a humillaciones, como recoger del suelo todo lo que Rafaela tiraba adrede para dar cuenta a la clase de su poder sobre el pobre Don Seferino.

    Las cosas no mejoraron en la secundaria, si es que algo había por mejorar de un situación tan terrible que ni esperanza había para un cambio. Algo interesante sucedió cuando la joven Rafaela se dio cuenta que ningún hombre se acercaba a ella: su trato con Seferino era tan terrible que espantaba a los chicos. El problema era que nunca había recibido ese primer beso que ya todas las chicas de su clase habían experimentado, y eso era algo que a Rafaela no permitiría. Peor aún si consideramos que sus compañeros ya se burlaban de ella al tildarla como «quedaba», «aburrida» y «espanta hombres».

    Alguien debía besar a Rafaela y esta no tuvo mejor solución que jugar con los sentimientos de Seferino. Ella se acercó a su pupitre al final del recreo, aprovechando que todos regresan a la clase, para decirle que a partir de ahora serían enamorados y para autentificarlo debía besarla en la mejilla. Todos vieron la escena y se echaron a reír.

    «¡Un beso en la mejilla me lo da hasta mi vieja!», «No jodas, aún están en nada», «Puro floro, todo está armado», fueron algunas de las frases que se escucharon en el aula.

    Seferino estaba en su gloria. Un beso en la mejilla a su amada por aquel entonces era tan excitante como tener sexo sin condón y con la pareja en cuatro en lo alto de una penthouse. Por su parte, Rafaela estaba aún más enojada. «¡Párate, imbécil, y bésame!», le dijo a Seferino que aún no salía de su estupor. Ella lo toma del rostro, lo pone de pie y lo besa a la fuerza. El beso habrá durado unos cinco segundos, los suficiente para satisfacer al público y dar cuenta que Rafaela ya entró al exclusivo grupo de chicas que ya tuvieron cierta experiencia con el sexo opuesto.

    Pero quien la pasó mal fue Seferino. No por el beso en sí, sino que reparó en el llamado de la naturaleza. «¡Mírenlo, tiene la pinga parada!». Todos se partieron de risa, incluso Rafaela que desde entonces obtuvo la fama de besar tan rico que podía ocasionar tremendas erecciones. Para variar, Rafaela se salió con la suya.

    La relación duró un mes. Rafaela ya tenía otro pretendiente, uno de verdad, y decidió acabar su relación justo en el mesario para decir a la muchachada que ya experimentó una relación algo estable. El problema fue el timing para hacer las cosas: en la misma carta de amor por el mesario incluyó el mensaje del adiós.

    Seferino la pasó terrible. Su padre se enteró del enredo sentimental. «Vamos a Las Cucardas, cojudo. Te falta muchas cosas para ser hombre y con esto espero hacerte un favor». Tal cual, ambos abordaron un taxi con la excusa de visitar un tío no habido hace cuatro años y enrumbaron al lugar donde el sexo tiene precio.

    «Escoge la que tú quieras». Seferino caminaba y caminaba, dio como cinco vueltas a todo el local y no podía decidirse por una puta. Aún estaba lloroso, con los ojos rojos, un aspecto de lástima terrible. Por fin se decidió por una. Entro con Estrella a la habitación y el padre hizo el pago correspondiente.

    A los quince minutos de servicio, Estrella y Seferino salen de la habitación. «Señor, lo siento. No pude. Tenga el dinero de vuelta, no puedo hacer esto. Es que ya… Demasiado cojudo». Estrella sintió haberle hecho un favor.

    «Estás cagado. Ya vámonos y deja de llorar, mierda. Llora cuando se muera tu madre».

    Rafaela se fue con otro y Seferino, inquebrantable a pesar de todas las pistas, siguió enamorado de su doncella querida. Y así fue por el resto de la secundaria. Rafaela se mudó de barrio, perdiendo todo contacto con Seferino, y este último ingresó a la universidad.

    Él había acabado con éxito la carrera de Derecho y consiguió una beca para estudiar en Estados Unidos. Tenía el pasaje comprado, las maletas hechas y el papeleo en orden. Todo estaba planeado, menos la aparición de Rafaela.

    Doña Rafaela apareció con sus dos hijos en el estudio de abogados donde trabajaba Seferino. Ella no tardó en reconocerlo: nadie más usaría los mismos lentes y peinado de cojudo desde la primaria. Él recién pudo identificarla tras pedirle su nombre completo para sentar una denuncia por la herencia de su expareja, recientemente fallecida por sobredosis.

    Sucede que Doña Rafaela tuvo una vida vertiginosa. Después de la escuela, Rafaela estuvo con tantos hombres como la dureza de sus labios vaginales pudiera permitir. Pero fue uno en especial que la embarazó en dos oportunidades. El primer niño llegó al mundo con la promesa de un matrimonio en los próximos meses a su nacimiento. El segundo niño sí llegó al mundo para recagarse en el buen augurio que trajo su hermanito. El dinero escaseaba, la salud empeoraba, él se dedicó a las drogas y la pobre Rafaela pasó de ser una simple joven escolar a una mujer que aprendía a ser madre a partir de las constantes crisis en casa.

    Convivieron un par de años, los suficientes para que Rafaela pudiera pedir algo de la herencia teniendo en cuenta que nunca se casaron.

    Pero para qué se entero Don Seferino de que el padre de ambas criaturas estaba muerto. «No te preocupes, Rafaelita. Yo veo esto personalmente y no te cobraré nada». Regresó el mismo cojudo de la primaria.

    Ambos se siguieron viendo después de esa primera consulta. Rafaela estaba cada vez más necesitada y Seferino hacía lo posible en los tribunales. Pero lo cierto es que para Don Seferino no era suficiente, nada era suficiente.

    Trajo a la mujer y a sus dos hijos a vivir en su casa. Esto no hubiese sido todo un problema para Seferino si en algún momento se hubiese puesto a pensar qué opinarían sus padres y su hermana, quienes también viven en dicha propiedad. «Si quieres meter mujeres a la casa, ¡ándate a la calle!».

    Dicho y hecho. Seferino alquiló un departamento para vivir junto a Rafaela y sus niños por unas semanas, al menos hasta la fecha de su viaje a Estados Unidos. Pero entonces fue cuando Seferino dio lujo de su potencial para la cojudez: gastó del dinero de su beca para la escolaridad de los retoños. Y para cerrar con broche de oro: lo desheredaron de la familia, no ganó el juicio por culpa de la misma Rafaela -quien ya sabía de antemano que no ganaría el juicio, porque le mintió a Seferino sobre la calidad de su relación con el finado- y lo botaron del trabajo por ocultar su servicio gratuito a un cliente que había acudido expresamente a la empresa.

    A pesar de todas las advertencias de sus amistades, Seferino siguió adelante hasta pedirle matrimonio a Rafaela a los nueve meses de conocerse. Rafaela hizo la técnica de la falsa sorpresa: se hizo la que no esperaba tremenda salvación cuando en todo momento trató de amarrar al pobre Seferino, aunque decir pobre es una modestia.

    A la boda asistieron únicamente los familiares de Rafaela. Ni los amigos más cercanos de Seferino se aparecieron en la ceremonia, porque estaban hartos de insistirle que estaba siendo víctima del enganche tipo Forrest Gump: la flaca que se mete con todo el mundo para regresar con el mismo huevón sacando provecho a su deficiencia mental. No hubo insulto ni lógica para cambiar la decisión de Seferino, ya todo estaba listo para hacerse realidad.

    Hoy viven en un departamento no muy lejos del barrio de San Miguel. A pesar de todas las cosas que ocurrieron, ambos son felices. Él sale cada mañana a su trabajo no sin antes besar a sus hijastros y a su esposa. Ella luego se dedica a hacer ama de casa y busca empezar un proyecto. Los niños -por su parte- tratan de asimilar la muerte de su padre biológico para volver a creer en la paternidad y no tuvieron un nuevo hermanito de la nueva relación de su madre.

    Don Seferino dijo alguna vez que todo lo que hacía era por amor. Podemos decirle que eso no es amor, que es el resultado de una vida engañada, de una víctima por parte de una mujer que se salió con su propósito. ¿Pero acaso el mejor amor no es aquel que se entrega a las personas que no merecen ser amadas? ¿Amar acaso no depende de él aunque no sea correspondido? ¿Será acaso que dentro de sí sienta amor aunque nadie más lo ame? ¿Pero aún así sentirse feliz por dar amor a esa persona en concreto sin esperar nada a cambio?

    Podemos decir muchas cosas sobre Don Seferino, pero en lo que sí algo concuerda todo el barrio es que es un excelente padre. Sí que ama a esos niños como si fuera sus propios hijos. Es un buen padre. Cojudo hasta la médula, pero el mejor padre de todos y me consta, porque es mi papá.

    Foto: Giuseppe Milo – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 17, 2017
    Artículos
    Cuento
  • De tenue azul y negro

    Dentro de la oscuridad, de luces brillantes, parpadeantes y bulla, te cruzaste como las casualidades de las mejores historias de una sola noche y acabaste huyendo como la princesa de un cuento donde no hay hadas, donde los príncipes no juegan a rescatarte y donde yo no te iba a rescatar de un sueño que contemplabas en lo más profundo de tus párpados -que muy cerrados de placer y dolor- nunca me vieron a los ojos. Nunca vieron mi verdad.

    Absorbiendo tu aliento en medio del hastío, oculto entre sombras de gente que danza, ama y muere en tonos azules y negros de una canción que no termina, de un beso que cada uno juraba ser el último con las ganas de nunca más vernos como si se tratara de una despedida eterna, dolorosa y placentera.

    Y te fuiste cuando de repente nos detuvo la cordura. Partiste por donde se mezclan tantos rostros desconocidos en una masa imperfecta de humanidad. Y estático me quedé, con los labios hechos jirones y con el rezago de tu perfume mezclado con sudor sobre mi piel. Huiste como quien abandona a sus propias víctimas, huyendo no del cuerpo del delito ni de la justicia… Huyendo de una conciencia corruptora que ahora mismo, por culpa tuya, me tiene como imbécil escribiendo estas líneas sabiendo que no te volveré a ver.

    André Suárez Paredes

    octubre 17, 2017
    Artículos
    Amor
  • A la chica de París

    Creo haber perdido el control de mis sueños. Desde hace dos noches, una simpática mujer de tierna sonrisa con vestido blanco, de ojos felices y grandes, de cabello moteado con polvo de oro, me persigue por las calles de París para jugar a quitarme la vida.

    El juego consiste en ella dándome caza durante las noches parisinas para besarme hasta dejarme al borde de la vida, porque sus labios tienen el extraño poder de quitarme el aliento, las fuerzas y el sentido de la vigilia hasta dejarlos al mínimo. Lo sádico es que ella -tras dejarme al límite de la vida- se echa a correr y regresa su vista hacia mí para invitarme a perseguirla. Todo mientras se ríe de mis torpezas, de mis pasos tambaleantes y de mi sinsentido al hablar.

    Una vez satisfecha, ya cansada de reír en medio de las callejuelas de Montmartre, se deja atrapar y me vuelve a besar para devolverme la vida. Me toma entre sus brazos y cuida de mí durante un par de horas hasta recuperarme del todo, momento que aprovecha para absorber mi vida a través de sus labios y reiniciar la persecución. De hecho, en todo el sueño ella no pronuncia ni una palabra, solo escucho su sonrisa según lo lejos que esté de mí.

    Así transcurre el sueño hasta que ambos terminamos en el río Sena. Se queda conmigo por un tiempo, tomándome de la mano a lo largo del recorrido hasta sentir que despertaré en los próximos segundos. Cuando eso sucede, ella desaparece sin explicación, corriendo hacia cualquier esquina para verme desde el borde de la pared.

    Lo último que veo es su sonrisa, su rostro reflejado con la poca luz de los postes y sus manitos haciéndome adiós desde lo lejos. Y yo inmóvil no ando detrás de ella, porque sé que es un sueño, que ella solo existe en lo más profundo de mi memoria. Al menos tiene el detalle de irse dejándome restaurado por completo. Es como si me cuidara para jugar después a los besos casi asesinos.

    ¿Quién será? Su cara se me hace la mezcla de tantos rostros. Su sonrisa la ternura de tantas otras. Pero su falta de voz… Quizá el silencio de un amor ensimismado.

    Foto: Flickr – Joachim Huber. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    octubre 9, 2017
    Artículos
    Montmartre, París, Sena, Sueño
←Página anterior
1 … 52 53 54 55 56 … 94
Siguiente página→

Disculpa si te puse triste…

  • Suscribirse Suscrito
    • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
    • ¿Ya tienes una cuenta de WordPress.com? Inicia sesión.
    • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
    • Suscribirse Suscrito
    • Regístrate
    • Iniciar sesión
    • Denunciar este contenido
    • Ver el sitio en el Lector
    • Gestionar las suscripciones
    • Contraer esta barra