NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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    Son increíbles las cosas que uno dice estando medianamente ebrio.

    Era de noche y estaba con unos amigos en la playa, específicamente observando la fogata que logramos encender con sangre, sudor y lágrimas. Tras un largo silencio, un amigo comenta al aire: «Es increíble, por momentos las llamas toman forma de animales».

    Me quedé viendo el fuego y sí, exactamente el fuego toma formas de animales si aprietas un poco la imaginación. Una rata, un conejo, una ardilla, un zorro de montaña… Habían mil figuras distintas en las llamas y cada una tan diferente de la otra.

    «Tienes mucha razón. Para nuestros antepasados esto habrá sido lo máximo, cuántas cosas pudieron haber imaginado a partir de las figuras y las formas que tiene el fuego: mitos, animales increíbles, historias. Siento que estas pequeñas reflexiones nos acercan un poco a ese primer contacto con la naturaleza, la contemplación de lo sencillo», tomé un poco de cerveza para hacer una pausa.

    «Dejarse sorprender por cosas como estas en un mundo tan hiperconectado y con realidades virtuales y digitales por doquier, en un mundo que tratamos siempre de entender como si la incertidumbre fuera un mal. ¡Hemos perdido algo de naturaleza! ¡Hemos perdido la capacidad de sorprendernos! Por eso siempre es bueno volver… Es decir, ya saben, volver al estado del buen salvaje«.

    Hubo otro largo silencio.

    Hubo otra conexión con la naturaleza.

    André Suárez Paredes

    febrero 3, 2018
    Artículos
    Fuego, Naturaleza, Psicología
  • Despierto

    Y qué
    si despierto
    de un sueño
    que no
    pedí
    soñar
    estando
    despierto.
    Y qué
    con
    romperte
    la paciencia
    diluyendo
    etiquetas
    en la
    improvisación
    salvaje
    de un beso.
    Y qué
    si quiero
    no querer
    el anhelo
    de los ciegos
    ni la paz
    del vidente.
    Y qué
    con la
    cama vacía
    de ilusiones.
    Y qué
    si me dejas
    soñarte
    de rodillas
    para
    dormir
    de pie.

    André Suárez Paredes

    febrero 2, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Ojos contra la lluvia

    Hay un momento de nada cuando te echas sobre la arena y sin temor a herirte los ojos, observas cómo el cielo cae sobre tu rostro en forma de pequeñas gotas de lluvia. Y te quedas así, inmóvil hasta notar que las nubes y el espacio están compuestos por pequeños átomos que logras observar con el rabillo del ojo. Y te quedas viendo como un tonto cómo de lo más profundo del espacio se orquestaron las condiciones perfectas para que cada gota de lluvia tenga un destino final sobre la dermis de tu cuerpo.

    Cuando miro al cielo boca arriba, con mis ojos contra la lluvia, siento que el agua me atraviesa de lleno, como si pudiera meterse entre los poros y atravesarme la espalda. Siento además cómo las terminaciones nerviosas se adormecen para dar paso a un estado de plenitud, a una situación emocional que se encuentra en la nada y en medio de tantísimas estimulaciones. Siento que la vida se desdobla en una naturaleza infinita, siento cómo yo siendo un ser insignificante en realidad significo algo más para un macrocosmo infinito cuya milésima parte también está dentro de mí: los minerales de mi sangre, los organismo celulares de mi cuerpo…

    ¡Sientes cómo el universo te atraviesa! ¡Y ríes y lloras al mismo tiempo con rostro de nada! ¡Pierdes entonces el control de lo incontrolable!

    Te desapareces en un barullo de nada. Escuchas algo que es nada. Respiras aire de nada.

    Cuando miro al cielo boca arriba, con mis ojos contra la lluvia, siento que no debería sentir.

    André Suárez Paredes

    enero 31, 2018
    Artículos
    Lluvia
  • Shakira y una pequeña reflexión sobre la producción artística

    Las conversaciones que pueden surgir en plena carretera hacia el sur son de las más pintorescas e iluminadoras. Hace un par de días estaba de viaje con destino a Lobos (km. 126) junto a unos amigos de la universidad cuando la nostalgia noventera nos abordó en plena carrera.

    «¡Escuchemos algo de Shakira! ¡De las canciones que valían la pena!»

    Éramos cuatro personas dentro del vehículo y todas aceptamos el nuevo playlist de la colombiana. «Pies descalzos», «Dónde están los ladrones», «Inevitable», «Estoy aquí»… El karaoke modo carpooling iba de lo lindo hasta que solté el comentario desgraciado.

    «Esas canciones al menos tenían algo… No sé, una mística, un mensaje, un propósito… Ahora solo habla cojudeces. Waka waka… Me gusta esa barbita… Yo soy loca con mi tigre… Huevadas», dije entre indignado y medio riéndome de mi seriedad con algo tan efímero. «Curiosamente esas canciones muy buenas las escribió Shakira cuando tenía una relación con Antonio de la Rúa. Ahora que está con Gerard Piqué solo escribe tonteras».

    Mi compañero del asiento trasero me escucha con atención y agrega algo tan interesante que me motivó a escribir esta publicación.

    «Es que, papi, eso significa que De la Rúa fue más que Piqué. O sea, si los dos se encuentran en un bar, De la Rúa le puede decir: ‘mira lo que ella compuso conmigo’. Eso era amor pues, Shakira estaba ilusionada hasta para componer temones como los que estamos escuchando ahora. Pero con Piqué, puro Waka waka no más. Ni se esfuerza por componer con la misma sensibilidad que antes».

    Imagino que a Piqué estas cosas le importan un bledo, pero haciendo un análisis somero al asunto, pienso que sí, que mi amigo tiene razón en un punto: la inspiración no es la misma. Claro que podemos hablar que en realidad Shakira se vendió al sistema para posicionarse a través de letras repetitivas y pegadizas, en lugar de una composición lírica más compleja.

    De alguna forma, lo que escribió Shakira durante su relación con De la Rúa guarda algo muy personal de lo que la colombiana quería transmitir. Ahora con los nuevos temas de la artista, no creo que realmente ese sea el mensaje que ella quiera compartir con el mundo. Digamos que perdió su individualidad, su sello indeleble sobre su producción artística para simplemente estandarizar una producción que -mal que bien- funciona para las grandes discográficas. Y a estas últimas les vale mierda si las canciones de Shakira gustan por su calidad lírica o simplemente sabe vender bien la sexualización en sus temas musicales. Lo importante es que venda.

    Pero hay que agregar algo importante: resulta fácil analizar las cosas desde la actualidad sabiendo cómo se desarrollaron las cosas con el tiempo. ¿Qué tal si Shakira seguía con De la Rúa y por la necesidad de comercializarse en el mercado de la música, igualmente hubiese caído en las garras del Waka waka y la barbita bonita? Ciertamente no lo sabemos y nunca lo sabremos con precisión.

    Hablar de esto en el vehículo me dio curiosidad sobre cómo harán los artistas cuyas obras tienen los nombres de exesposas o exnovias. Yo sin ser tan conocido me he comido cuánta pelea por poemas y cuentos que figuran en este blog y que -de alguna manera- son obras inspiradas en personas que pertenecen a su tiempo, creaciones que viven y mueren en un instante y no deberían ser un lastre que llevas contigo por toda la eternidad. Imagino que Shakira o demás artistas piensan igual, sino imagínense, la vida sería una acusación continua y sin piedad.

    La sesión de Shakira en el karaoke carpooling estaba llegando a su final cuando la nostalgia motivó entre nosotros el recuerdo de las anécdotas adolescentes, frustraciones amorosas por allí, amores platónicos por allá… De alguna manera, Shakira (la que recuerdo con cariño) también fue un producto de su tiempo y lo mejor es recordarla así. Ya no se le puede reclamar nada, salvo comentarios críticos sobre en lo que se convirtió, pero ¿reclamarle algo? Pienso que no, ya fecundó en mi generación una semillita de nostalgia que nos recuerda con las vivencias más felices del pasado.

    André Suárez Paredes

    enero 30, 2018
    Artículos
    Psicología, Shakira
  • Lo que nadie se imagina 22

    «¿Estás despierto? Hazme el favor de acompáñame al baño que está todo oscuro».

    Galileo Souza sabía que no hacía falta estar despierto para acatar las órdenes de su galletita de chocolate, su bien amada Doña Meli, a tan altas horas de la madrugada, porque bastaba un minuto de silencio para que ella -con sus piernitas arrugadas pero potentes- lo empujaran hasta el suelo.

    O se despertaba a las buenas o lo despertaban a las malas, no había pierde. A pesar de que se trataba de un favor, a Doña Meli no se le podía contradecir en sus más pintorescos caprichos. Esto es algo a lo que Galileo ya estaba curado tras 36 años de matrimonio compartiendo la misma cama.

    Sin abrir los ojos, Galileo tiende su mano sobre la de Doña Meli para hacerle notar que la escuchó y al mismo tiempo sacaba una pierna por fuera de la cama para tantear -así como palito de ciego- dónde había puesto las pantuflas.

    «¡Vamos ya! Muero de ganas».

    Galileo se apura en ponerse los lentes poto de botella y por fin se levanta de la cama con cierta dificultad. Toma su bastón para dirigirse al pie de la cama, donde posa su mano con fuerza y de un solo tirón logra mover todo el mueble gracias a la acción de las rueditas que el mismo Galileo había instalado en cada pata.

    De esta manera, Galileo paseaba a Doña Meli por los corredores oscuros de la casa hasta el baño más cercano. Allí Doña Meli recién baja del catre móvil para ingresar al baño, mientras el pobre Galileo se echa en la cama nuevamente aguardando por la salida de su amada.

    Por si se lo preguntan, esto de las rueditas no habría sido necesario si Doña Meli hubiese sido menos orgullosa a la hora de revelar el más común de las fobias nocturnas: el miedo a la oscuridad. Ahora, si a esto le sumamos incontinencia urinaria nocturna tenemos por resultado la tormenta perfecta.

    Galileo pensó ingenuamente que despertarse de madrugada para acompañar a su amada al baño, a esperarla a que se desocupe y luego regresarla a la cama sana y salva era algo sumamente tolerable y hasta tierno. De hecho así lo fue durante seis meses, luego se convirtió en una pesadilla.

    «Si debo interrumpir mi sueño, al menos que sea de la forma más cómoda», pensó.

    Lo más obvio sería tener un baño en el dormitorio. Galileo lo pensó también, pero la idea fue descartada al presupuestar la instalación del sistema de drenaje. Las paredes del dormitorio eran muy débiles para la instalación de cañería; además no había mucho dinero tampoco para hacer maravillas en la casa.

    Lo que sí hizo una vez Galileo fue instalar un sistema de luces automáticas con sensores de movimiento en toda la casa para que, cuando Doña Meli vaya al baño, el camino esté siempre iluminado. Esto funcionó de maravillas hasta la noche que Galileo se olvidó de reemplazar un sensor defectuoso.

    No se imaginan lo que fue esa noche. La pobre Doña Meli volvía tranquila del baño cuando todo se fue a oscuras y un solo grito hizo que los vecinos, la policía, los bomberos y el serenazgo acudan a la casa para averiguar a quién estaban matando.

    Felizmente los curiosos llegaron en el preciso instante que Doña Meli había cogido el florero cuyo destino era la cabeza del despistado de Galileo, quien tartamudeando trataba de explicar el fallo del sistema de las luces. Obviamente Doña Meli nunca más confió en esa tecnología extraña.

    Luego de tres meses de dormir en el sofá como castigo, a Galileo se le ocurrió la idea más sencilla y económica de todas: hacer de la cama una camilla de hospital. Así si tendría que acompañar a Doña Meli al baño, siempre estaría al lado de la cama donde descansar el tiempo que ella se demora en desocuparse. Además, mientras más rápido empujara, más rápido volvería a la cama y todos felices. Eso sí, tuvo que romper un par de puertas para pasar de un lado a otro sin contratiempos.

    Doña Meli se partió de la risa por la seriedad con la que Galileo explicaba cuál sería la singular dinámica a la hora de ir al baño durante las madrugadas. Las primeras veces fueron muy divertidas. Galileo halaba con mucha fuerza mientras imitaba el sonido de una ambulancia en plena carrera, y Doña Meli se desentornillaba de risa mientras se cogía de las sábanas con cierto temor a caerse en cualquier esquina. Ambos parecían dos niños que jugaban a los carritos en el parque. Solo que ahora dentro de una humilde casa de dos pisos.

    El tiempo y la edad hizo que Galileo ya empuje con menos fuerza y el ronquido de la sirena de la ambulancia era cada vez más pobre, solo Doña Meli la pasaba de lo lindo, pues sin importar el tiempo, se sentía tratada como una princesa. Incluso, aprovechaba el traslado en la cama para irse por unos panecillos en la cocina, siempre acompañado de su ingenioso escudero.

    A pesar de las dificultades que significaba para Galileo ir y traer la cama por todos lados, él sabía perfectamente que Doña Meli la pasaba de lo lindo, siempre con esa sonrisa de niña que la edad y las arrugas no supieron borrar. Pero pronto esa sonrisa se esfumó la noche que Galileo le contó a Doña Meli que sufría de cáncer y solo le quedaban cuatro meses de vida.

    Esa fue la noche más triste de todas. Cada ir y venir de la cama ya perdía su gracia, y al final de cada trayecto Galileo se partía en lágrimas preguntándose ahora con quién iba a jugar a la ambulancia con su esposa todas las noches cuando ella tenga ganas de orinar.

    Pasaron unas semanas cuando, de pronto, Galileo comenzaba a salir religiosamente de la casa durante las visitas de Doña Meli al doctor, para luego volver con una misteriosa caja.

    Una noche Doña Meli se despierta de madrugada como de costumbre y le dice a su esposo: «¿estás despierto? Hazme el favor de acompáñame al baño que está todo oscuro».

    … y sin abrir los ojos, Galileo tiende su mano sobre la de Doña Meli… al mismo tiempo sacaba una pierna por fuera de la cama para tantear dónde había puesto las pantuflas… Galileo se apura en ponerse los lentes poto de botella… Ella presiona: «¡Vamos ya! Muero de ganas»… De un solo tirón logra mover la cama gracias a la acción de las rueditas… Allí en el baño Doña Meli recién baja del catre móvil para ingresar al baño

    Galileo espera cómodamente echado en su cama hasta que Doña Meli sale más aliviada. Basta sentir la presión al otro lado de la cama para que Galileo sepa que ahora debe empujar la cama de regreso.

    A diferencia de todas las veces, ahora no había alegría ni risas de chiquillos viejos. Solo el crujir del piso de madera y del armazón de la cama. Una vez en el dormitorio, Galileo cuadra la cama en su lugar habitual, se dirige a la mesita de noche y saca un paquete del tamaño de un estuche de lentes. Mira a Doña Meli esperando a que esté despierta para darle la cajita, pero resulta que está sumida en el más profundo de sus sueños.

    Galileo vuelve a echarse sobre el colchón, abraza a Doña Meli desde su costado de la cama y coloca la pequeñita cajita entre las manos de su amada galletita de chocolate. Le da un beso en la mejilla y con voz baja le dice: «abre esto cuando ya no esté más contigo. Te amo».

    Él sabía bien que el misterio era algo que Doña Meli nunca pudo aguantar. Su carácter ansioso la hacía la víctima perfecta de las sorpresas anunciadas, así que a la mañana siguiente ella instintivamente abrió la cajita que Galileo había colocado la noche anterior en sus manos.

    Cuando ella le pidió una explicación a Galileo, este no contestó ni la primera ni la segunda ni la tercera vez que lo llamaron. Galileo había muerto de un paro cardíaco.

    El velorio se llevó a cabo en la misma casa. Fueron todos los amigos de la pareja, los hijos y los nietos que no pudieron despedirse de él.

    Como Doña Meli no podía quedarse sola, la mayor de sus tres hijos, llamada Cayetana, decidió hacerle compañía hasta que las cosas se calmaran. Esa misma noche del velorio, cuando ya todos los invitados se fueron a casa, Doña Meli y Cayetana subieron al dormitorio listas para descansar. Ambas tomaron cada lado de la cama y se quedaron charlando sobre la vida y sobre cómo Galileo hizo para aguantar tantos caprichos y siempre con una sonrisa.

    «Ese hombre sin duda mereció una medalla», dijo Doña Meli tratando de sonreír. «Más bien, hijita… ¿Sabes qué es esto? Me desperté con él cuando todo esto sucedió».

    Cayetona recibe la cajita y la abrió con suma curiosidad.

    «Es un dispositivo, pero no sé para qué. Tiene pilas, así que debe estar funcionando… No tiene manual ni nada. Veamos qué hace este botón».

    La cama se movió con brusquedad y ambas pegaron un alarido que se escuchó por toda la casa.

    «¡Carajo, Galileo nos quiere jalar las patas!», dijo Doña Meli mientras se persignaba.

    Una muy asustada Cayetana se levanta de la cama y presiona nuevamente el botón para ver si fue casualidad o se trataba de los espíritus chocarreros. Para alivio de ambas, no se trataba de un fenómeno paranormal, sino de un control remoto que permite mover la cama según la dirección en que se apunte.

    Ambas se miraron con estupefacción. Cayetana vio debajo de la cama y notó todo el sistema que Galileo había instalado a escondidas de Doña Meli.

    «¡Mamá, acaso tú no ves nunca debajo de tu cama!», le reprochó.

    «¡Pero qué iba a saber, hijita! Tu sabes cómo era de loco tu padre», le contestó entre risas.

    Ambas subieron a la cama móvil y se dispusieron a pasear por toda la segunda planta de la casa. Cayetana probó otros botones y descubrió que estaban conectados con las luces de la casa, así podrías iluminar todo el camino mientras te paseas echado en el catre.

    Pero había un botón rojo que ambas esperaron presionar al final. Ambas se miran con cara de traviesas y presionan finalmente el dichoso botón.

    «WUUUUUUUUUUUUUUUUUU VIENE LA AMBULANCIA QUE MI ESPOSITA SE MEAAAAAAA…. WUUUUUUUUUUUUUUUU».

    ¡Era la voz de Galileo! Ambas se destornillaron de la risa hasta las lágrimas. Presionan otra vez el botón rojo.

    «WUUUUUUUUUUUUUUUUU YA CASI LLEGAMOS AL WATER… NO TE MEES QUE NO HAY SÁBANAS LIMPIAS WUUUUUUUUUUUU».

    Ya les dolía el estómago de tanto reír. Aún así presionaron el botón nuevamente.

    «LLEGAMOS AL BAÑOOOOO… UNA CAMILLA QUE ENTRA MI GALLETITA, POR FAVOOOOOR».

    Galileo grabó nada menos que 3500 frases distintas, todas con cierto humor y algunas dedicadas a Doña Meli para que no tenga miedo a la oscuridad. Lo más divertido era que cada frase era mencionada al azar, así que poder escucharlas todas era una tarea sumamente ardua.

    Gracias al último esfuerzo de Galileo, Doña Meli pudo vivir tranquila sin incomodar a sus hijos. Ya las noches eran divertidas y llenas de sorpresas, porque nunca se sabía con qué frase se iba a aparecer Galileo.

    Doña Meli sabía bien que un día se acabarían las frases nuevas de Galileo. Para esto siempre escuchaba una sola frase diferente cada noche, así alargaba la sorpresa lo máximo posible. Pero hubo una noche en la que Doña Meli ya había contabilizado 3499 frases. Solo quedaba una que ella aún no había escuchado tras nueve años de la partida de Galileo.

    Doña Meli respira hondo y presiona el botón rojo.

    «TE DIJE QUE NUNCA TE ABANDONARÍA EN LAS NOCHES, MI GALLETITA. AHORA SÍ DUERME TRANQUILA. TE AMO Y GRACIAS POR ESTA VIDA JUNTOS CON LA HERMOSA FAMILIA QUE ME REGALASTE EN VIDA. DALES UN BESO A CADA UNO DE LOS CHICOS. SABES… SIEMPRE PENSÉ QUE DEBÍ GANARME UNA MEDALLA POR TANTO AGUANTARTE. PERO ESO YA NO IMPORTA. DUERME, MI AMOR. POR FAVOR, YA NO LE TENGAS MIEDO A LA OSCURIDAD».

    Acabado el último audio, Doña Meli acuesta su cabeza con una sonrisa en los labios que ni la muerte pudo borrársela a la mañana siguiente, cuando Cayetana fue a visitarla y halló el cuerpo inerte de su madre entre las sábanas blancas y con la mano derecha prendida del control remoto.

    Me pregunto si Doña Meli partió de esta vida con la misma fobia que tanto dolores de cabeza le causó a Galileo. Se supone que las almas no tienen fobias, porque se desprenden de esas sensaciones que solo pertenecen a la vida terrenal. ¿Pero si no es así? ¿Si las almas también tienen miedo a la oscuridad? ¿Cómo alguien puede tener miedo a algo si ya está muerto?

    No lo sabemos, pero al menos Cayetana y sus hermanos pueden estar tranquilos durante el velorio, porque saben que si existe un más allá -y ojalá que exista-, siempre estará Galileo con su peculiar ingenio para cuidar de su galletita de chocolate.

    Foto: elias quezada – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 29, 2018
    Artículos
    Cuento
  • Como Ray Charles

    Hay veces que no podemos respirar tranquilos. Estamos ansiosos y sentimos que el día dura más de 24 horas. Queremos distraernos sin éxito. Revisamos el WhatsApp por las puras esperando un mensaje que nunca llegará. Y así andas que andas hasta que la presión mental se transforma en síntomas: las manos se te enfrían, el frío te genera un suave temblor, te ríes de la para no cagarla y sientes que te aprietan el pecho hasta el punto que te duele respirar, sientes como si las bocanadas de aire fueran alcohol para una alma lacerada.

    ¿Una descripción muy gráfica? En realidad, pienso que es una huevada así como Ray Charles pero sin heroína de por medio. La sensación es bastante parecida y debo admitir que el buen Ray Charles siempre era mi referencia cuando me preguntaban cómo me sentía en momentos emocionales algo complicados. Claro que nunca acabé en un hospital vomitando la vida durante las noches, pero sí llegué a sentir algunas pistas de la sintomatología del síndrome de abstinencia.

    [embedyt] https://www.youtube.com/watch?v=jVHCQfcugdw%5B/embedyt%5D¡Suena exagerado! ¿Qué puede compararse las reacciones químicas de la heroína en nuestro sistema nervioso a diferencia de una situación sentimental? ¡Son huevadas! Sí, eso dije muchas veces mientras debatía esta idea con un vaso de cerveza, pero resulta que hay un nombre para eso.

    Se trata del síndrome de abstinencia emocional.

    Curiosamente la serotonina (relacionada con la felicidad), las endorfinas (hormonas asociadas a la sensación de placer) y la adrenalina (hace que nos sintamos enérgicos) actúan en nuestro organismo cuando nos enamoramos y también cuando tenemos conductas adictivas.

    ¡No se trata de amor, sino de un condicionamiento a nivel orgánico!

    “Cuando el amor se rompe, de igual que cuando alguien deja las drogas, pueden aparecer efectos secundarios como las conductas depresivas u obsesivas, e incluso el síndrome de abstinencia. Generalmente, este síndrome, ya sea emocional o por abuso de drogas, provoca síntomas psicológicos y físicos, porque afecta a nuestro sistema nervioso”, reza una investigación del Colegio de Medicina Albert Einstein.

    Dicho esto, ¿te gustaría saber los síntomas? La página Psicología y mente señala que pueden ser de dos tipos: psicológicos y físicos. En los psicológicos podemos encontrar cosas como la angustia, la ansiedad, el aturdimiento, el sentimiento de desapego por la vida, etc. En el plano físico encuentras los mareos, náuseas, opresión en el pecho y vómitos.

    Lo curioso está que entre las cosas que uno debe hacer para sanarse del síndrome de abstinencia emocional -como el autoreconocimiento del problema y atenderse con un profesional- encuentras lo mismo que hicieron con el pobre Ray Charles: ¡contacto cero!

    Obviamente que esto último en un sentido figurado. A Ray Charles lo encerraron en un centro especializado para adictos. Si sufres un mal de amores, creo que basta con despegarte de Internet y de la calle por un tiempo. Tienes tu cuarto, pizza a delivery y Netflix para que te acompañen durante el tratamiento. O puedes hacer como yo que todo tiene solución con un poco de cerveza.

    Obviamente hay niveles que ya escapan a nuestro control como, por ejemplo, las personas más dependientes y sin capacidad de desprendimiento que requieres tutoría profesional.

    Cada quien tiene su ritual. Nadie se muere de amor, aunque las tripas nos hagan sentir que nos pudrimos por dentro en una océano de misera y destrucción.

    Con el tiempo uno lo toma como un anécdota. «¿Te acuerdas esa vez que estaba todo cojudazo?» Ya será un chiste común entre los amigos cuando la suerte esté echada o -muy rara vez- cuando todo sale como uno desea.

    Nunca se sabe, y es entonces cuando la duda es nuestro alivio para darle expectativas al futuro y también nuestra condena cuando todo se va por la borda y rogamos piedad a la madre de todas las crisis existenciales.

    André Suárez Paredes

    enero 28, 2018
    Artículos
    Amor, Psicología, Ray Charles
  • En la sien

    Estrago,
    estrago,
    estrago…
    ¡Listo!
    Dolor de sonrisa estúpida,
    manitos mías, quietas ya
    que tiemblan y tiemblan…
    Caigo de la cama
    saltando de trampolín,
    caigo y lamo el suelo,
    te escupo a la memoria
    y te limpio con lágrimas
    de dolor de ojos
    que se cierran para dormir,
    lo más cerca al suicidio…
    ¡Pero como no te metes!
    Por la nariz y las venas,
    entra a mi organismo
    y sácame la mierda
    hasta olvidarme
    qué era el dolor
    del estrago
    estrago
    estrago…
    Respiro hondo
    y no te inhalo.
    Me desangro
    y tú no vas
    de reversa.
    Te recuerdo
    con intención
    de olvidarte.
    ¡Y vuelve!
    ¡Vuelve!
    Tiemblo
    y tiemblo
    ya no hay más
    cama que el piso
    de madera gris,
    esnifando el polvo
    de las aberturas
    y duro se pone
    el corazón,
    intoxicado de alegría
    y maldad,
    desesperado por huir
    del cuerpo hacia
    la nada…
    Nada.
    Nada.
    Nada.
    Como las razones
    que me ponen así.
    Y tiemblo,
    mamá,
    ¡tiemblo ya!
    ¡Ven de una vez!
    ¡Sácame el aire
    por la boca!
    Acábame
    con un beso
    en la sien.
    Acábame
    de rodillas
    tocándote
    los pies.

    André Suárez Paredes

    enero 27, 2018
    Artículos
    Poesía
  • ¡Huevones al poder!

    Hacerte el huevón es una excelente manera de sobrevivir a las vicisitudes de la vida. Lo sé muy bien, porque de huevón creo tener muchas cosas… para bien y para mal.

    Pero vayamos un poco más en nuestro análisis. Ser huevón (o al menos aparentarlo) es un arma de doble filo muy interesante. Ya lo dijo en su momento Sofocleto al advertir que un cojudo -entendido como sinónimo de huevón- puede ser un pendejazo de primera, solo que oculta sus intenciones bajo el velo de la cojudez.

    ¿Quién sospecha de un huevón? ¡Pues muy pocas personas! Usualmente otros huevones que ven en los huevones encubiertos una amenaza a su especie. Es algo así como la oveja que advierte del lobo disfrazado. A nadie le gusta que lo confundan, pienso. Si uno es huevón, ¡pues tiene que serlo de cepa!

    Debo confesar que ser huevón me salvo de varias. ¡Les juro que sí! Me ahorró peleas con las exenamoradas, saqué alguna sonrisa con alguna tontera intransigente y hasta me valió un beso de quien nunca más volví a ver.

    Lo divertido de ser huevón -o ser consciente de ello y aprovecharse de la situación- es observar cómo la vida transcurre sin formar parte de ella. Suena medio trágico, pero el poder de hacer esto es ser invisible y así poder actuar en escenarios determinados y observar cómo tu acción va afectando a la vida del resto. En cierta forma, te hace un personaje omnipresente al contar con el poder de intervenir en la vida de los demás y al mismo tiempo ser invisible para ellos, porque te miran por encima del hombro.

    ¡Eso es un poder tan exquisito!

    Lo interesante de esta ventaja es que a la vez supone el despojo del ego: para ser huevón y gozar de la invisibilidad antes descrita, debes asumir que los demás te observarán como un don nadie. Esto supone obviamente dejar de lado el ego para pasar desapercibido en todos lados, algo bastante complicado para quienes no toleran la falta de atención.

    Una excelente serie para dar cuenta de lo que explico en esta publicación es El Mentalista, precisamente el episodio ‘Llama roja’ de la primera temporada. ALERTA DE SPOILER. En dicho capítulo, hay un personaje llamado Tommy, el tonto del pueblo que acabó siendo un asesino.

    [embedyt] https://www.youtube.com/watch?v=9_Oznt9wePo%5B/embedyt%5D¿Cómo lo descubrieron? Pues Tommy se excedió con su papel de tonto: asistió al funeral de su víctima con un polo negro con una calavera al centro, algo que solo lo haría un tonto o un asesino sinvergüenza. Eso no fue todo, también descubrió en su dormitorio un libro de Moby Dick, una obra compleja para alguien con pocas luces como Tommy.

    Para resumir, me quedo con la frase de Patrick Jane: «ser tonto te da cierto poder. Estás ahí y no estás ahí. Es como tener una capa de invisibilidad».

    ¡Huevones al poder!

    Foto: Stańczyk – Jan Matejko. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 27, 2018
    Artículos
    El mentalista, Moby Dick, Psicología
  • Las desopilantes aventuras de Ray Dhrama

    Recuerdo el día que llegó este chiquito a mi tienda. Una cara de cojudo tenía. Llevaba unos lentes negros, algo gruesos para la carita que tiene y una ropa muy casual, parecía un bebé grande. ¡Toda una caricatura mal hecha!

    ¿Como me dice? Sí, claro que lo recuerdo. Creo que vino a mi local en busca de algo hace unos dos días, no recuerdo precisamente la hora, pero lo que me dijo sí que nunca lo olvidaré.

    Estaba paradito allí donde estás ahora, al otro lado de la reja, y se quedó mirando los estantes como lo cojudo que es. Creo que estuvo así unos cinco minutos, así que me acerqué para…

    -¿Desea algo, señor?
    -Hay muchas cosas que deseo en la vida, pero temo que ninguna está en sus anaqueles.
    -…
    -Descuide, siempre es así… Hay cosas que no tiene precio, ¿sabe? Me gustaría comprarle algo de ‘motivación’ y dos gramos de ‘entusiasmo’, pero esas cosas que me hacen falta no la vendes tú ni la competencia.
    -…
    -Pero descuide, señito, esas cosas no se pueden comprar, aunque todos lo necesitemos. Qué injusto es la sociedad del mercado. Quizá lo más cercano a mis necesidades es comprarle ese jabón cuya modelo se ve sonriendo, como si bañarse con tanta espuma lo hace a uno estúpidamente feliz. ¡Así de igualito como la foto! Pero eso no sucede, ¿no, señora? ¿Alguna vez alguien volvió a su tienda porque se sintió igualito como el personaje de la foto de tantos artículos «felices»?
    -¡Vete, drogadicto de mierda!

    ¡Cómo habré alzado la escoba que el chico salió corriendo como un pedo!

    ¿Si lo volví a ver? Pues la verdad que no. Primera y única vez que veo a ese chico. No es del barrio y eso es bastante raro, pues aquí tengo muchos caseritos.

    Sí, señorita. Cualquier cosa que sepa de él le aviso por teléfono. Buenas tardes.

    Foto: TheeErin – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 26, 2018
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    Amor, Cuento, Publicidad
  • Como en el fútbol

    Te vi llegar desde la avenida y tu belleza me atravesó el alma desde lo lejos, como alguna vez lo hizo Asmir Begović con su golazo desde los 91.9 metros contra la valla del Southampton F.C. en 2013. Trataba de esquivarte la mirada a punta de gambeta de cuello, pero siempre tú tan directa como los tiros de Cristiano Ronaldo: potentes y al ángulo de los rabillos de mi ojo.

    Ya estabas muy cerca como para prepararte una sorpresa y tú me atajaste la jugada como Cláudio Taffarel. Me quedé helado por un tiempo frente a tu rostro, casi como Baggio pero sin lágrimas en la final del Mundial de 1994. Felizmente tomaste la iniciativa en arrancar el partido mientras me acercaba a tu mejilla haciendo los saludos protocolares.

    Caminamos juntos por un rato lanzando centros a nuestras propias áreas para ver quién pisa primero la pelota. Parecía ya un partido pactado sin ataque, como Alemania Federal contra Austria en el Mundial del 82, ¡pero nones! Porque si seguía así de paciente iba acabar eliminado como Argelia. ¡Está huevón!

    Molesto por esta supuesta situación, arranqué el partido más asado que Diego Armando Maradona tras insultar a la hinchada que interrumpía el himno argentino en la final de Italia 90.

    «Vamos a este barcito que estaremos más cómodos».

    Así comenzó mi contraataque luego que ella casi llamara a una amiga para hacer un triangular, cuando los partidos oficiales siempre son de dos. Felizmente mi apuesta por el ataque tuvo éxito. Ella aceptó el reglamento y nos fuimos al estadio. Separamos la mesa y ordenamos el play de honor.

    Ella tan guapa y yo tan improvisado. No me sentía merecedor de la contienda al ver mis fachas; me sentía así como el Real Madrid contra el recordado Club Deportivo Wanka. Una vaina así.

    Yo -como me sentía el pichichi- traté de meter gol Ricardo Oliveira a los 2.8 segundos de iniciado el encuentro. Pero la cancha me quedó grande y el primer disparo a la portería de tu boca acabó en el travesaño. Desde ahí te replegaste con roche y eso que tenías para golear, pero tu defensa italiana no se comparaba con mi ataque samoano.

    Te fuiste al baño luego de un par de tragos y empezó el segundo tiempo con tensión. El director técnico me insistía que deje de atacar, que un empate sabe a victoria y ya en la vuelta caemos con todo. Pero otra vez dije: ¡está huevón!

    Cuando la flaca salió del baño, asumí las riendas del equipo siendo técnico y jugador. ¡Puta me creí Romario en el Vasco da Gama entre 2007 y 2008! Pero la verdad acabé siendo un Checho Ibarra en el Cienciano de 2010.

    Algo había sucedido que la defensa italiana de la flaca había caído por los flancos y decidí entrar por el ala izquierda, posando mi brazo sobre su extremo hombro derecho.

    ¡Ya la tenía! Todo parecía un gol improbable pero que la hinchada estaba dispuesta a tener fe. Ya sin huevadas mandé mi último centro de la noche tipo el Loco Vargas contra Argentina en 2008, zafándose de la defensa a punta de velocidad y determinación. ¡Y lancé el centro! Pero yo Don Cojudo no convoqué a Johan Fano para que ultime la jugada: volvió a suceder la pesadilla con Andrés Mendoza.

    Sin hacer nada la chica me esquiva por última vez y pide el Uber a un segundo del pitazo final. ¡Pero se olvidó que yo jugaba de local! La cosa sí que se puso tan fea como la Intercontinental del 69. Ya el partido lo tenía perdido en la Ida y ahora era el turno de remontar en la Vuelta, algo imposible pero me sentía rabioso como Estudiantes de La Plata y ella una inocente AC Milan. Si al menos iba a dejar la cancha, que se acuerde de mí.

    Obviamente que no acabé en la cárcel como Manera, Aguirre Suárez y Poletti por jugadas antideportivas, pero para bien o para mal se iba a acordar de mí. Algo así como Zinedine Zidane en 2006: recibió la roja en el más importante de los partidos y nadie le discutió su nivel de leyenda.

    Pero, amigos míos, cómo me gustaría haber acabado así como Zidane. Lo parecido lo tenemos en habernos ganado la tarjeta roja defendiendo lo que creíamos era nuestro, pero lejos de arrepentirme opté por las hazañas de ‘Kukín’ Flores. Solo que eso ya se jugó en otras canchas y eso es otra historia.

    André Suárez Paredes

    enero 26, 2018
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Disculpa si te puse triste…

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