NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Lo que nadie se imagina 28

    -Pajaro de mierda…

    El señor Benítez presiona el freno a fondo de su auto, acciona el limpia parabrisas, su esposa grita hasta irritar al esposo logrando que él haga un silencio luego de insultar al pájaro que se estampó en su parabrisas en plena Costa Verde. Un pedazo del pico del ave se incrustó en el parabrisas, clavándola sin la posibilidad de retirarla y su cuerpo se balancea. Un giro brusco, el cuerpo del ave se mueve, se parte el pico, solo la cabeza del ave sigue incrustada… la señora se desmaya, los frenos fallaron en la bajada del Estadio Miraflores.

    El auto cae y nadie puede auxiliarlo. Todos andan ocupados con el mismo problema que llevó a la muerte al señor Benítez: librarse del pájaro de mierda. En la Costa Verde los autos frenan al unísono y los gritos comienzan a escucharse en coro. Los que salieron a correr al borde de la pista fueron los más afectados: los pájaros picoteaban sus brazos que trataban de cubrirse el rostro. Atacaban a los ojos, al cuello y otros volaban alto para tomar velocidad en su caída suicida a la cabeza de los hombres, un trayecto suicida del animal.

    -Cierra la ventana, Luis…

    Ordena Mercedes Lizarraga a su esposo que están echados en el suelo de su departamento ubicado en la avenida Larco. Luis se apresura y cierra la ventana. Logra ver el panorama: los pájaron se estrellan contra los vidrios de los edificios, los vidrios caen en forma de esquirlas sobre los peatones que miran al cielo. Los cuerpos destrozados de los pajaros comienzan a caer desde un onceavo o décimo piso de las avenidas principales de Miraflores. Los niños, que paseaban antes del pandemonium, vomitan al ver los cuerpos triturados de las aves. Ellas sin cabeza, otras hundidas hasta el pecho por su impacto frontal y algunas disparan sus tripas como granadas al caer al suelo a la velocidad de su caída.

    Mercedes llora abrazando a su hijo de doce años que aún no entiende qué sucede. La policía continúa sin entender la causa del desastre. Desesperados desenfundan sus armas y disparan al aire para atinar a una de las «hijas de puta, come plomo, mierda», dijo el oficial Sánchez antes de ser atacado por una cuadrilla de pájaros. Su cadáver sin ojos en la morgue sería reconocido por su esposa a la semana siguiente.

    La plaza central de Lima estaba cubierta por una sombra eterna hecha por los pájaros en su vuelo. Las personas temen, se cierran las tiendas, la gente que queda afuera grita desesperada al desconocimiento de lo que sucederá con ellos…

    El presidente mira el cielo desde su ventana en el palacio presidencial. Mira sin temer, prende un cigarro… su silencio combina con sus ojos abiertos sin sorpresa alguna. Suena el teléfono estoicamente sin que el presidente le preste atención. Mira el reloj, las seis y cuarto de la tarde. Se sienta en su escritorio para revisar unos folios encargados para él, a su nombre.

    Sin leer si quiera el título, levanta su pluma con una media sonrisa que oculta, en su otra mitad, el siniestro encanto del poder fecundado en la muerte.

    El asistente presidencial, José Luízar, lo observa. Se seca el sudor con un pañuelo blanco que se va ennegreciendo mientras rosa su piel. Él aún no comprende lo que pasa, aunque se llenó de mentiras la boca para la prensa diaria.
    El presidente se acerca y le da el folio. El asistente mira el folio. Comenzó al ataque de las pájaros kamikaze.

    Foto: perceptions (on holiday) – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    abril 6, 2018
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    Cuentos
  • Excusa del olvido interminable

    Te inventé
    con excusas
    de delirio
    en honor
    a una vida
    que escapa
    de tus ojos,
    en memoria
    de un error,
    en recuerdo
    de un sueño
    que vivo
    despierto…
    dentro de
    la pesadilla
    de no poderte
    olvidar…
    Inventándote
    excusas
    en la
    ausencia
    para
    olvidarme
    de lo que
    nunca
    existió.

    Foto: Thomas Leuthard – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    abril 5, 2018
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    Poesía
  • Lo malo del verano….

    Lo malo del verano es recordarte entre canciones de Diego Torres llenas de ‘Colores de Esperanzas’ desparramados en granitos de arena sobre la playa tocándote canciones en una guitarra que jamás aprendí a tocar. Es más, en una guitarra que nunca tuve. Pero así como la canción del verano se vuelve aburrida, pues te aburriste de mí a final de temporada. O quizás eso es lo que pienso o lo que me haces pensar. Pues ahora a Diego Torres lo escuché con cierta nostalgia durante el invierno que pasó. Y aunque no tenga por qué pensar en ti, pues lo hago aunque yo no quiera. Quizás sea una suerte de masoquismo delicioso fruncido en el pasado de pocas emociones en mi haber. No lo sé, pero Diego Torres no deja de joder con estribillos que hubiese deseado que sean míos para decirte «Mira lo que te inventé», como un niño que piensa que con la voluntad basta para satisfacer sueños sin certeza, como quien se dice que dando la hora a una hermosa mujer se logra conquistarla.

    Pues no logré conquistarte, porque eres una batalla donde murieron inocentes por causas justas para ellos mismos y para nadie más, para mí y para nadie más. La diana concluyó con un cierre de fronteras y congelamiento de las relaciones diplomáticas: dejamos de hablar.

    Ahora la brisa que te movía el cabello lacio, que despeinaba tus bellitos del brazo que te daban vergüenza, es un silbido penetrante que hace notable tu ausencia. ¡Eso eres! La brisa que desencadena una serie de sueños lúcidos a partir del silencio. Frenético. Vivaz.

    ¡Mírala Vendaval!, te llamo. Te llamas. Te llamaré.

    André Suárez Paredes

    abril 5, 2018
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    Amor
  • Un hasta luego que no cumplí

    Y el siguiente café que juré invitarle a Diana será express. No lo digo, porque no me gusta el Moka o el Capuccino, sino porque sencillamente ella no está aquí, en Lima la terrible. Y esa taza de café no tiene más destino que una caja cartón para su viaje directo a los Estados Unidos. Allá, donde Diana fue para no volver a una ciudad donde las oportunidades laborales dejan mucho que desear, y la suerte del país del norte parece merecer a todos, aunque la carrera por ello sea la más difícil.

    De Diana no hay más memoria visual que la tarde del verano del año pasado en que la conocí: en la pista de manejo del Touring. Yo, un Meteoro de Crazy Combi. Ella, pues, el retrato amarillo de mi recuerdo fotocopiado, maltratado por el tiempo, porque poco me acuerdo de aquella primera vez que hablamos.

    -¿Y por qué guardas el periódico pasado?- me preguntó mientras veía dentro de mi bolso.

    El auto iba de regreso a la academia de manejo por la Panamerica Sur. La brisa solía despeinarla mientras la velocidad aumentaba. Su curiosidad me llamaba la atención mientras el sol anaranjado se sumergía en el mar de Conchán. Cuando supe que las clásicas preguntas que todo hombre siempre hace a una mujer (1. ¿Cómo te llamas? 2.¿Por dónde vives? 3.¿Qué estudias?) pasaron en creces, sentí anotar a alguien más en la lista de amigos hecha por hojas de cuadernos A5. Pequeñita como una libreta. Como una libreta que se lleva consigo siempre.

    Los dimes y diretes parecía no acabarse, a pesar que la academia nos echaba a la calle, porque las clases y todo el programa de educación vehicular había terminado. Y fue cuando, tras una gran valentía de mi parte, le invité un café, con poca azúcar, quizás un croussant, como diría Ricardo Arjona en una canción que me hacía recordar que suelo jugar como nunca, pero perdía como siempre.

    Alejando las canciones dulces-diabéticas de Arjona en un suspiro, el café tuvo lugar un local cercano a Miraflores. Ella, dependiente del reloj lo miraba con amenaza para que ande para atrás, para hacer más larga la conversación. Y no se trata de cualquier conversación. Y no lo digo porque sea la mía específicamente la que estoy contando, sino porque son de aquellas que se llevan a cabo sin tener cabo de inicio ni cabo de final. Aquellas que suceden porque pasan, y pasan porque suceden e importan, porque son importantes. Es un silogismo entre la razón y la inspiración de la tertulia improvisada. El arte del buen verso, que no resultó ser poesía de mi parte, porque sería algo comprometedor en un primer encuentro hacerlo, pero es poesía ahora, porque es recuerdo.

    Ahora que lo pienso, quizás sea el recuerdo que yo quiero tener. ¿Y si perdí veracidad? Pues, si Diana lee esto, pues le pediría que me engañe un rato para creer que la vida son los recuerdos que uno tiene sin el trajín de parchar huecos donde cabe la verdad. Cruda verdad, a veces. Jodida verdad la mayoría.

    Y el café se terminó, como se termina este post dedicado desde tiempo atrás a Diana, aquella chica que me acompañó a un café endulzado por la nicotina que consumí. Ella con un jugo que no recuerdo bien de qué era. «Nos vemos luego, para otro café», recuerdo haberle dicho luego de rozar su mejilla por última vez. Y así pasó el tiempo en un luego que tardó demasiado, como para que Diana tome un avión directo a los Estados Unidos, llevándose el azúcar dulce de una tertulia que no propuse luego, llevándose la taza que contiene el recuerdo pasado de una sonrisa vertida en un café barato por la avenida Arequipa.

    Y hoy que está lejos, y estaba hace un rato en el MSN, pues le juré un luego dos cosas: escribirle estas humildes palabras y enviarle algún chocolate peruano para saborear mejor la experiencia de ser extranjero. El frío cala ahora en sus hombros, la gripe y el estornudo es la imagen que me produce al leer sus nicks tristes, aunque rodeado de corazones.

    Pues no hay otra cosa más por decir que los destellos brillantes que la lucidez me permite al recordar a Diana…

    Y otro destello se enciende en mi cabeza

    ¿Me aceptarías otro café?

    André Suárez Paredes

    abril 4, 2018
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    Amor
  • Amistades que duelen

    La peor manera de evitar los prejuicios -sean contra alguien o una situación determinada- es siendo ingenuo de las intenciones de los demás. Hay veces en las que uno simplemente cree en la firmeza de las palabras, en la seriedad de una mirada, en la sonrisa de una confesión sincera… Pero todo eso acaba siendo una ilusión de lo políticamente correcto. El arte de fingir algo que no eres con la finalidad de nunca quedar mal, y en el camino desgastar conceptos que alguna vez tuvieron valor moral.

    La ingenuidad

    Resulta difícil poder diferenciar hasta qué punto la ingenuidad es producto de una firme confianza en la palabra del otro o simple fantasía sobre una humanidad de la que siempre debemos dudar, incluso con el peor de los prejuicios. A veces resulta mejor equivocarse desconfiando en el resto que acabar decepcionado por haber creído ingenuamente a alguien que nunca fue lo que realmente era.

    Es en esta dicotomía en la siento con toda mi alma donde habitan las amistades que duelen.

    Duelen…

    Las amistades que duelen son aquellas que mientras te saludan con una mano, se van despidiendo con la otra. Algo así como si la amistad fuera una zona franca en la que no hay amistad, en la que no hay ni mierda, sino un silencio eterno donde todo aparenta estar bien… pero en la que todo también carece de significado. Las amistades que duelen son las que el vacío domina el escenario de algo que nunca tendrá un final. Hablo de un espacio echado a perder, un concepto hueco…

    Una amistad desapercibida y condenada…

    Esas son las amistades que duelen: las que nacen inocentes como viles hipocresías de las relaciones públicas entre dos seres humanos.

    André Suárez Paredes

    abril 4, 2018
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    Amistad
  • Lo que nadie se imagina 27

    Tendida sobre la cama, él deja caer su cuerpo encima de ella recordando las travesuras de cama del pasado. Ella se desviste apurada, comienza por la blusa arrancándose los botones para mostrar los senos a su amor. Él la mira con ojos hambrientos de ver la figura desnuda de su mujer luego de varias noches sin poder tocarla. Ellos se acomodan sobre la cama y ella tira la blusa blanca al suelo para entregarle el cuerpo a su amor.

    Él contempla los senos de su pareja mientras ella cierra los ojos estirándose sobre la cama. Los años de sus cuerpos pasaron sin que eso perturbe los deseos carnales de la pareja. Mientras besa el sendero de los senos de ella, él acaricia uno de los muslos para provocar el gemido de su pareja. Los besos se vuelven más toscos, saben que el tiempo no los espera para hacer el amor con cariños y ternuras. Ella no aguanta. Está acabándose el tiempo.

    -¡Ya, hazme tuya, tu mujer!- Gritó ella mezclado con un jadeo constante por su exitación.
    -Damelo, dámelo- Dijo él haciendo referencia al sexo de su pareja.

    Ella se baja el pantalón y él sabe por instinto qué hacer. Se tapan con la frasada para dar inicio a lo que la imaginación diera rienda. Se exitan juntos, se gritan por más sexo y se muerden la piel con ganas que el goce sexual no se termine…

    -¡Ya fue tiempo suficiente, cada uno a su celda!- Grita el carcelero al golpear con su cachiporra las rejas de la celda donde los tórtulos hacían el amor.
    -Sí, sí, espere- dijo él y se puso los pantalones lo más rápido posible. Ella se tapaba con la sábana para mostrar los senos a los tres guardias que estaban en la puerta de la reja.
    -Anda, mi amor. Espero que esto se repita- dijo ella tocando la espalda de su pareja, que se sentó al borde de la cama.
    -¿Cuánto te debo por el viagra?- preguntó él al guardia. Él se ríe y mira sus demás colegas para burlarse de él. Le dijo que cinco soles, porque es difícil hacerlas pasar dentro de la prisión.
    -Está bien- repuso él, que se colocaba los lentes gruesos de marcos anchos.
    -Vamos a tu celda, Cachetoncito- dijo el guardia recordando el monstruo que fue durante los ochentas, pero que ahora no daña a ni una mosca.

    Días después el alcaide de la prisión supo de lo acontecido: se despidieron a los tres guardias que colaboraron con el encuentro amoroso del prisionero 07365293 y la prisionera 34718374, Abimael Guzmán y Elena Iparraguirre.

    Discúlpame la imagen mental.

    André Suárez Paredes

    abril 3, 2018
    Artículos
    Cuentos
  • El avezado delincuente de lo impensable

    Eran las cinco de la tarde cuando Fabián Jara, alias ‘Sabelón’, abordó uno de los tantos buses que transitan por la avenida Abancay. «Un día más de trabajo», pensó mientras sacaba de su morral una pistola calibre 25.

    Con un par de mierdas y carajo se ganó la atención del público. Todos guardaban sus celulares, escondían las billeteras, se metían las monedas en los bolsillos, se guardaban los anillos en las medias… Todo el mundo ocultaba como podía lo poco de valor que uno exhibe -no sin cierto temor- en las calles del Centro de Lima.

    «¡Todos me abren su mochila!», gritó Sabelón mientras apuntaba su pistola en el vientre de una embarazada. «¡Qué mierda esperan, sino este cojudo no nace!».

    Los pasajeros hicieron caso en silencio. Sentían que podían perder hasta la vida por aferrarse a las cosas materiales. Si uno hace el cálculo, nunca sale a cuenta morirse por cojudeces así.

    Sabelón camina por el pasadizo observando con sumo cuidado el interior de las carteras, bolsos y mochilas. Se detiene. Algo llama poderosamente la atención.

    «¡Tú! ¡Saca eso! ¡Dámelo mierda o te mueres!», gritó Sabelón cada vez más preocupado. En cualquier momento podía caerle la policía.

    Su víctima titubea y se desprende de sus pertenencias. Sabelón mete la mano dentro de la mochila, saca el tesoro que estaba buscando y escapa a toda velocidad por la puerta trasera del vehículo.

    Los pasajeros se acercaron donde la víctima para saber si se encontraba bien. Este dijo que sí, que todo estaba bien y que solo fue un susto. Le preguntaron qué era lo que tanto buscaba el delincuente.

    «Se llevó mi libro ‘Historia del Siglo XX’ de Eric Hubsbawm. Lástima que era original», lamentó el joven universitario.

    Eran las 10:15 pm en San Juan de Lurigancho. Sabelón vuelve a su humilde casa con el botín entre los brazos. Abre la puerta, saluda a sus dos pequeños hijos y se dirige al estante que tiene en su dormitorio. Deja allí el libro de Hubsbawm con cierto alivio.

    «¿Qué es eso papá? ¿Qué trajiste hoy? ¿Algo de Borges? ¿Neruda? ¿Chomsky?», le pregunta Oscar, el menor de sus engreídos, quien no pudo ser matriculado en el colegio por falta de dinero.

    «No, mi amor… Mañana leeremos algo nuevo. Alístate que es tarde. Tendremos para rato con este pesado libro», respondió Sabelón.

    Oscar asienta con la cabeza y abandona el dormitorio. Sabelón lo mira hasta que desaparece al voltear la esquina de la pared. En ese instante se acuerda de los sueños que Oscar nunca vivirá. Suelta un suspiro. Esconde la pistola debajo de su almohada y se sienta en el borde de la cama. Sus manos tiemblan. Se tapa el rostro por la vergüenza de haberse convertido en el ejemplo antagónico de lo que quiere para el futuro de sus hijos.

    Ahora siente que desaparece.

    Y comienza a llorar.

    André Suárez Paredes

    abril 3, 2018
    Artículos
    Ficción
  • Las galletas de animalitos

    Cuando como las galletas de animalitos, esas de la empresa San Jorge, me acuerdo de las palabras de mi madre al decirme que jugaba con esas galletas cuando era niña, que veía las figuras de cada una y decía «de este caballito me como la cabeza», «de este león me como su pierna», etc, etc, etc. Y el recuerdo de sus palabras, así como la recreación espontanea en mi mente de cómo se vio mi madre de pequeña haciendo eso, hizo que me entrara cierta nostalgia por un instante. Una nostalgia fundada en la infancia marchita que mi madre carga en recuerdos que no volverán, que a sus más de cincuenta años aún recuerda con ternura un episodio sutil, como era su costumbre de comer las galletas.

    Ahora cuando como esas galletas, pues, hago lo mismo que mi madre salvo que especialicé el juego, porque imagino que soy un gigante que saca animales de una bolsa, que es la ofrenda de los humanos para que no me los coma. Creo que debo agradecer a mi madre por darme un ápice de su particularidad para comer galletas y darme la posibilidad de imaginar aún más a lo que llegó ella.

    Me dio la posta para continuar un camino que me acercará a un recuerdo infantil que se aleja con cada sábado por la noche. Quizás con la intención de que nunca crezca o cuidarme de un mundo ajeno a mi saber. Un mundo que hace cargar con ella, quizás, «un par de sueños hechos mierda», como diría el poeta Lizardo Cruzado.

    Ya que terminé estas líneas en una frontera difusa entre el amor y el recuerdo negativista, pues se me antojó comer galletas de animales otra vez.

    André Suárez Paredes

    abril 2, 2018
    Artículos
    Infancia
  • Lo que nadie se imagina 26

    La tarde del verano pasaba sin causar sorpresa alguna para Joaquín Crédulo. No dejaba de ver el reloj para saber a qué hora su enamorada podría atender su llamada: temía interrumpirla para no causar su exabrupto. Joaquín miró el televisor y comenzó a hacer zapping por los canales de señal abierta. Prendió su computador para revisar su correo hotmail, pero mediante la página del Internet Explorer, porque si ingresaba al MSN en línea podría ser descubierto por su Gabriela, su enamorada.

    Resulta que un viernes por la noche, Joaquín conoció a Gabriela en una discoteca en Los Olivos. Ella, embriagada de desamor, y él, sobrio para encontrar el amor, se cruzaron en la pista de baile. Él dijo «Hola» y ella se rió y le dio un beso en la boca. Aunque Joaquín no logró su objetivo de invitarla a bailar, tuvo buena compañía esa noche. Pensó en llevarla a la mesa donde estaban sus amigos, pero le dio vergüenza anticipada por las futuras opiniones crueles de sus amigos. Se imagina algo como «es más fea que el hambre» o un «Más fea que una patada en los huevos» o, más específicamente, «Más fea que una patada en los huevos que Roberto Carlos en un tiro libre con un partido contra Francia por un mundial que ya pasó».

    Y así nació el amor; por lo menos para una de las partes, para Joaquín que ve las cosas como él las quiere ver y no como son realmente. Ella no supo lo que hizo hasta el día siguiente al recordar por qué diablos tiene un número apuntado con lapicero en la piel. El domingo continuó: Joaquín espera la hora punta para llamar a su Dulcinea y Gabriela se lava el antebrazo para olvidar a un tal Joaquín que se la agarró ebria.

    Pasaron las tres de la tarde y Joaquín coge el telefono indeciso y dice que mejor aún no, que mejor se espera la intriga para que su amada conteste el celular. Mira el reloj por quinta vez en menos de cuatro minutos. Mientras mira la pantalla del computador se muerde los labios para rescatar el último sabor de saliva de quien besó el día anterior. Pensó que ella aún espera su llamada. Él no sabía nada de ella.

    Se decidió. Cuatro de la tarde y media. Él coge el teléfono sin chistar y comienza a apuntar el número, termina de hacerlo y cuelga, porque piensa que se equivocó en un número. Vuelve a hacerlo y ya no duda, piensa que marcó bien, aunque en la segunda timbrada piensa que marcó mal, a la tercera lo confirma. Apaga el teléfono y vuelve a apuntar el número. No contesta otra vez. ¿Qué andará haciendo ella, su amada Dulcinea?

    -¿Aló?- Joaquín Crédulo tuvo éxito: ella respondió a la décimo tercera llamada. La voz de Joaquín temblaba. Era la primera llamada a su primera enamorada. Los nervios lo corroían y tartamudeó.
    -¿Sí, quien es?
    -Yo, amor. Joaquin…
    -Ahhh, Joaquin, claro- su voz dubitativa no causó reacción en él. Estaba oyendo lo que quería oír.
    -Amor, te siento algo agitada, ¿estás bien?
    -Sí, es que …. yo ….. estoy …. ¡Ahhhhhhhhhh! … en el gimnasio.
    -Me imagino que estás haciendo cycling por cómo me hablas.
    -¡Dios mío, sí, sí!- Dijo ella mientras Joaquín comienza a dibujar con lápiz corazones sobre el recibo de luz.
    -Jajaja, no tienes porqué emocionarte tanto mi amor si te gustaba realmente.
    -Estoy ocupada en el gym. Llámame luego.

    Y se cortó la llamada que pauta el inicio de una ilusión en la mente de Joquín, que se imprimiría en más corazones sobre el recibo de luz. No apaga siquiera la computadora para levantarse del asiento y dirigirse a la cama. Pega el celular a su almohada y cierra los ojos moviendo los labios como si besaran los labios de Gabriela, como si la ausencia del aire se asemejara a la suavidad de sus labios. Cierra los ojos como quien se alista a dormir para siempre, como quien pone pausa en la parte más bonita de una película para que el instante sea eterno, aunque sea por esa vez.

    Sin embargo, como inició este relato, Joaquín escuchaba lo que quería escuchar. Gabriela no recordaba a Joaquín. Gabriela no supo nunca de quién era el teléfono que tuvo pintado en el brazo. Gabriela no quería responder las llamadas porque estaba ocupada en el gimnasio, supuestamente.

    Y lo que es peor, Gabriela nunca estuvo en el gimnasio, solo que Joaquín no pensó en otro lugar en donde uno se puede agitar.

    André Suárez Paredes

    abril 1, 2018
    Artículos
    Cuentos
  • Pasar Año Nuevo

    La arena entre los dedos, un sabor a licor en la boca, en la asquerosa boca que podría besar a una desconocida en menos de lo que tarda la resaca.

    Año Nuevo se trata de calmar el instinto de supervivencia con las latas de atún, dormir con arena en los labios, secándose por la sal y la saliva. Esa fecha es, para bien o para mal, buscar desesperadamente condones perdidos en la arena, como salvavidas en un mar turbio llamado responsabilidad.

    La noche de Año Nuevo fue, o es, entretenerse con las fogatas fugaces en el cielo y las quema-piel en la arena. Como que Año Nuevo es ver traseros en la playa, insultarle a la madre al calor o conocer personas por doquier por la simple gentileza de convidar un cigarro. Año Nuevo es desnudar con los ojos a la mujer que deseas tener a solas en la carpa, en el sleeping, en el hogar del sexo fugaz. También se trata de saber de qué tanto reíamos a oraciones sin gracia, de saber cómo diablos murió Mahoma o cantar bajo la fogata, escena inmortalizada por una cámara fotográfico haciendo cherry a los campamentos clásicos norteamericanos. La noche suicida de Año Nuevo es andar con DNI al borde de la carretera para empeñarlo por cerveza o como única esperanza para que nuestro cadáver sea reconocido.

    A fines cuentas, o a inicios de otras para el 2018, es que el 1 de enero es una chequera con 350 cheques por firmar, y a veces con nombre falso.

    André Suárez Paredes

    marzo 31, 2018
    Artículos
    Año Nuevo
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Disculpa si te puse triste…

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