NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

  • Inicio
  • Cuentos
  • Poesía
  • Reflexiones
  • Lo que nadie se imagina 40

    Lo que nadie se imagina 40

    A veces me pregunto qué aburrida sería la vida si es que no hacemos aquello que por motivos de estabilidad emocional evitamos a toda costa. Poner el pecho donde apuntan los fusiles gratuitamente. Ser algo así como un mártir de la nada. Un mercenario que nadie contrata y aún así va a la guerra.

    A veces me pregunto… En qué mierda estaba pensando Menelao Hinostroza cuando decidió aparecer en el cumpleaños de Matilde Sánchez. Lo más insólito del asunto es que -por su bien- no debía ni siquiera haber aparecido en aquella reunión por más que lo hubiesen invitado. Sé que suena trágico, pero esa noche acabó siendo especial para quien sabía que nunca más iba a volver a aparecer en la vida de una mujer que siempre amó… Pero ella no tenía ni puta idea.

    Menelao pasa por el asiento de cada familiar de Matilde. Portaba una impoluta camisa blanca con machitas, un jean bastante apretado que formaba bien sus largas y debiluchas piernas, y unas zapatos tan nuevos que el imbécil se olvidó de sacar la etiqueta. Saludó a todo el mundo, a la abuelita, a los padres, a los primos, a los hermanos… y a alguien de rostro desconocido.

    “Menelao, ¿qué mierda te pasa? Todavía vienes elegante y con tu morral de siempre”, le reclamé en voz baja, casi en un susurro, mientras nos dábamos la mano.

    “¿Dónde has visto tú que a un muerto lo entierren sin su mejor traje? Si me van a mandar a la mierda, que digan al menos que tuve un buen gusto por la moda”, respondió con una sonrisa pícara que me sabía a despedida, como si hubiese dicho adiós a la esperanza y solo quedaran las emociones instantáneas del presente.

    Menelao se alejó de mí para acercarse a Matilde en el sofá. Ella irradiaba su luz con una sonrisa de eterno verano cuando en aquel entonces era invierno, y calzaba sus zapatitos viejos de siempre. Era divertido ver cómo estiraba sus piecitos como si fuera una niña incapaz de estar sentada con las extremidades en el suelo.

    Hasta que alguien de rostro desconocido, el mismo que saludó a Menelao hacía un rato, llamó a Matilde para irse a fumar al patio. Mi amigo observa cómo Matilde se aleja y el rostro desconocido comenzó a tomar forma de algo, no de alguien, sino de algo, de una emoción que Menelao identificó al instante.

    “Ya lo sacaste, ¿verdad?”, le pregunté no con ánimos de arruinar su buen humor, sino para que de una vez se deje que cojudeces.

    “Sí… Estaba celoso. Me miró con una cara de odio”, me dijo Menelao mientras probaba uno de los bocadillos de la mesa. Los comía como si no disfrutara del sabor.

    “Lo siento, loquito. Ya te imaginabas esto. No tenía idea que invitaría a su saliente a una reunión tan íntima y familiar. Al menos ya eres testigo de cómo se están dando las cosas”, le dije a modo de consuelo.

    Menelao toma un largo sorbo de cerveza y asienta con la cabeza. Abandonó la sonrisa pícara para el resto de la noche.

    Las horas pasaron y Menelao trataba de no hacerse notar. Noté que miraba a aquel rostro desconocido con cierta intriga. Quizá se estaba comparando, ver qué tenía él para que en el lapso de un mes le arrebatara el conato de un sueño que le tardó construir poco más de seis meses.

    Será que las matemáticas nunca funcionan en cuestiones del amor, incluso con lo más básico. Uno más uno no siempre es dos. Y aunque seis meses supere a uno, quien hizo el cálculo finalmente no fue él, sino ella y eso es lo que más caló en la tristeza de Menelao así como en su argumento para olvidarse de una vez de Matilde: la incongruencia de sentirse nada, aunque en el fondo supo que no valoraron lo mejor que dio de sí.

    Ya era hora de irse. Menelao, mi enamorada y yo pedimos un taxi para salir todos juntos. Matilde se quedó con aquel rostro desconocido. Era obvio lo que iba a suceder después, más aún cuando noté que el sujeto de rostro desconocido tenía en el bolsillo una cajita cuadrada muy parecida al envase de cartón de los condones. No sé si Menelao se dio cuenta de ese detalle. Nunca me atreví a contárselo.

    “Espérame, debo hacer algo más antes de irme”, me dice Menelao con cierto apuro. La verdad es que estaba preocupado por lo que podía hacer, pero felizmente no ocurrió nada extraño. Solo desapareció unos cinco minutos.

    El taxi llegó. Nos despedimos de Matilde y del tipo de rostro desconocido. Hubo un largo silencio en el camino de regreso a casa. El chofer subió el volumen de la radio.

    Si alguien le pregunta cuál fue mi destino
    no le diga a nadie que tomé el camino
    de los que no quieren que los vean llorando
    por causa de un amor…

    Menelao se bajó del vehículo tras media hora de ruta. Aún faltaba una buena distancia para su domicilio. Dijo que quería caminar. Se despidió de manera escueta, me dio un billete de 20 soles sin reclamarme el vuelto y se perdió entre las calles de Magdalena.

    A la mañana siguiente del cumpleaños, Matilde me llamó para preguntarme quién le había regalado un hueso nuevo a su perro la noche anterior. Le dije que no tenía ni idea, pues el can estaba encerrado en un dormitorio para que no fastidie a los invitados. Al rato corté la llamada y una luz de certeza vino a mi mente.

    “¡Carajo, Menelao!”, grité cogiéndome la cabeza.

    Desde esa noche del cumpleaños, no he vuelto a ver a Menelao hasta dos meses después. No le pregunté qué hizo todo ese tiempo. Imagino que parte de su luto es desaparecer así, de la nada para que nadie le pregunte qué mierda siente, pero hubo algo que me intrigó todo ese tiempo.

    “Matilde me llamó al día siguiente de su cumpleaños. Me dijo que su perro tuvo un hueso nuevo, esos que venden en las tiendas de mascotas. Fuiste tú, ¿verdad?”.

    Menelao volvió a hacer su sonrisa pícara.

    “Sí, fui yo. ¡No pongas esa cara! Es que no podía irme así de la nada sin al menos despedirme del perro. Le dejé ese regalo, porque supe que nunca más lo volvería a ver y quizá el perro nunca entienda por qué desaparecí luego de haber jugado con él tanto tiempo. Algo más de medio año. Se hizo mi amigo y quizá sea el único que pregunte por mí en esa casa. A nadie más le interesé todo ese tiempo”.

    Al rato Menelao me preguntó por Matilde. Le dije que no supe nada de ella desde su cumpleaños. Mi amigo asienta con la cabeza y volvimos a cambiar de tema…

    Menos mal, porque le mentí.

    No quise contarle lo siguiente, porque supe que la esperanza lo invadiría. Es curioso como la esperanza siempre parece bonita, pero puede herir el corazón hasta gangrenar el alma con ilusiones.

    Mejor así, pienso, que la memoria de Menelao acabe con esa última noche sin imaginar que -efectivamente- las matemáticas le dieron la razón. Haberse arriesgado por alguien que conoció en un mes acabó siendo terrible para Matilde tras dejar de lado a Menelao que cuidó de ella con tanto cariño desde que la conoció hace seis.

    ¡Hasta pensó en su perro cuando supo que nunca la volvería a ver! ¿Quién carajo hace eso en estos días de amor frívolo e instantáneo?

    Y hablando de eso último, el rostro del desconocido pasó a ser el de un cretino en la memoria de quienes se enteraron que él cortó con Matilde a través de un mensaje de audio por WhatsApp.

    Eso sí ni las matemáticas lo previeron.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 39

    Lo que nadie se imagina 39

    Cómo olvidarme de aquel imposible. Hace algunos años, no menos de cinco ni más de diez, hubo una pichanga entre los chicos del barrio. Fue un minicampeonato, ya ni recuerdo cuántos jugaron, pero lo había organizado la Municipalidad de San Miguel. Hasta el alcalde fue para hablarnos de cómo el deporte ayuda a la juventud para que evite la mala vida…

    Tremendo cojudo, si supiera cuánto ‘drogo’ había por equipo. Felizmente no hubo antidoping, sino se cancelaba la huevada por walk-over. De hecho, esos tipos eran los que mejor jugaban… Pero en fin, ese no es el asunto que vengo a contarte.

    Era el partido final. Jugábamos los “Malditos de Pando” contra los “Injertos de Castilla”. Aún no entiendo qué teníamos en la cabeza para elegir clubes con nombres de bandas delicuenciales. Cómo habrá sido de escandaloso que la policía solicitaba los nombres de los jugadores para ver si alguno estaba requisitoriado. Digamos que tampoco la cara nos ayudaba para aparentar ser buenos chicos.

    El partido inició con toda la parafernalia de las grandes pichangas que solo la gente humilde sabe celebrar: cajas de cerveza al borde de la línea, matracas haciendo bulla por doquier y papel pica-pica sobre casi toda la cancha de cemento.

    Sobre las cabezas de los doce jugadores caía el sol de las cinco de la tarde. No hacía mucho viento, a pesar de que el partido se jugaba cerca al mar de la Costa Verde.

    No sé bien cómo recuerdo esas cosas, porque mi memoria suele ser pésima, e imagino que toda la escena está tan fresca por lo que sucedió faltando cinco minutos para el cierre del partido.

    El partido iba dos a cero a favor de los “Injertos de Castilla”. Ellos prácticamente estaban encerrados en su área, ya no podían atacar por lo extenuados que estaban. Desde la banca, los suplentes y los hinchas gritaban para que el árbitro liquide el encuentro, pero el juez del tiempo no se dejaba presionar. Cinco minutos y contando para el cierre. Señores, había que esperar.

    En eso veo que uno del equipo de los “Injertos de Castilla” pide entrar al campo. Se trataba del Negro Pelé, un viejo conocido que se ganaba la vida en la compra-venta de cachivaches. Una vez le vendí un televisor viejo, recuerdo.

    La cuestión es que el Negro Pelé entra a la cancha convertido en una fiera, tanto que ni tuvo ni el tiempo de limpiarse la nariz de ese polvo blanco. Sus más fieles admiradores creen que se comió un alfajor antes de entrar al terreno de juego.

    Faltaban cuatro minutos. Nuestro equipo seguía intentando contra el arco de los “Injertos de Castilla”, pero la defensa comandada por el Negro Pelé hacía que todo intento sea en vano.

    Luego faltaban tres minutos. Cada segundo contaba y el Negro Pelé ya parecía tener los ojos desorbitados. Su piel ardía. Su mirada estaba fija en el balón. Sus movimientos eran cada vez más bruscos. Si creyese en la combustión espontánea, diría que el Negro Pelé estaba por explotar…

    Y explotó.

    “¡Ya mierda!”, gritó al dar un tremendo puntapié al balón a manera de despeje.

    La pelota salió disparada en dirección al cielo. Todos vimos cómo esta seguía elevándose hasta alcanzar las nubes.

    Los jugadores en la cancha nos mirábamos las caras con una interrogante en los ojos. El Negro Pelé, por su parte, estaba tieso mirando el vacío con un gesto de furia. Ni se daba cuenta de lo que había hecho.

    El árbitro observó su reloj, notó que faltaban dos minutos y medio para que acabe el partido y se puso el pito entre los labios con un gesto incrédulo echando un vistazo al cielo. Me acerqué para preguntarle qué sucedía, por qué no pitaba como si el balón hubiese salido de la cancha.

    “Es que no ha salido. El balón está allí en el aire, aún sigue elevándose y no ha sobrepasado los límites de la cancha… O sea, la pelota sigue en juego. No puedo hacer nada hasta que el balón caiga o salga efectivamente de los límites del terreno de juego”.

    Los “Injertos de Castilla” ya se sabían campeones y alzaban al Negro Pelé mientras este seguía igual de tieso como lo dejamos en la cancha, con el mismo gesto de furia concentrada. Nuestro equipo, en cambio, buscaba información en Internet desde nuestros celulares para saber si lo que estaba sucediendo era legal.

    A pesar de ser cinco cojudos buscando la misma información, nada pudimos hacer en los dos minutos y medio que faltaban para que el partido concluya. El manual oficial de la FIFA era bastante extenso. Había uno que hasta quería llamar a su hermano que es abogado, pero nada pudimos hacer.

    El maldito balón no bajó a la cancha hasta siete minutos después de haber sido pateado por el Negro Pelé, el tiempo suficiente para que el árbitro finiquite el partido dando la victoria a los “Injertos de Castilla”. La intriga fue más poderosa que la desazón de perder de esa manera tan insólita.

    Aún hoy nadie sabe con claridad qué sucedió. Yo me tomé la molestia de guardar el balón a modo de evidencia de lo que hizo el Negro Pelé, quien pasó a ser una leyenda en el barrio. A veces trato, en mis tiempo libres, de emular la patada del Negro Pelé, pero a lo mucho sobrepaso la altura de un poste de alumbrado público.

    Todo el mundo se acuerda de lo que hizo el Negro Pelé, menos el mismo Negro Pelé. Dice no recordar nada, ni siquiera del alfajor que se comió antes de entrar a la cancha. A mí me puede decir muchas cosas, pero estoy convencido de que eso no era un simple alfajor.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Cómo saber que no todos son idiotas y el problema eres tú

    Cómo saber que no todos son idiotas y el problema eres tú

    Ya sea cuando crees que las redes sociales están llenas de comentarios imbéciles o que la la humanidad no merece una segunda oportunidad, hay probabilidades de que el problema seas tú y no el resto… y eso puede doler en lo más íntimo de nuestro ego. «No eres tú, soy yo» en su forma más brutal y sincera, prácticamente una declaración en contra de la naturaleza de quien se cree por encima de los más. Exacto, de «quien se cree», y uno puede creer en muchas cosas y no siempre todas son ciertas.

    Hay algo en la psicología social que se llama el efecto Dunning-Kruger, un sesgo cognitivo según el cual sobrevaloramos nuestras aptitudes sociales e intelectuales. Lo interesante es que dicho efecto sucede tanto con los incompetentes, quienes creen saber más que los demás y solo hablan cojudeces, como los altamente competentes, quienes subestiman sus habilidads en relación con la de otros.

    Aquí te dejo un video publicado por TED que ya tiene casi siete millones de reproducciones y explica muy bien este fenómeno que forma parte de la «superioridad ilusoria».

    «Nos juzgamos a nosotros mismos como mejores que otros en un grado que viola las leyes de las matemáticas», reza el video.

    TED pone como ejemplo dos empresas que pidieron a los ingenieros de software que calificaran su desempeño. El 32% de una y 42% de la otra empresa se autoposicionaron entre el mejor 5%.

    Otro es el caso que el 88% de los conductores de Estados Unidos se autodescribieron con habilidades de conducción por encima del promedio. ¡Algo que no tiene lógica!

    Hay que precisar que no hay un perfil sobre quiénes son más los más susceptibles al efecto Dunning-Krueger: todos estamos igual de expuestos, porque todos tenemos incompetencias que no reconocemos. No obstante, quienes más tienden a sobrevalorarse son quienes están peor cualificados.

    El origen del efecto efecto Dunning-Kruger está en que los menos calificados en un campo no tienen la experiencia necesaria para saber que lo están haciendo mal. A esto se suma nuestras experiencias para la construcción de historias en las que creemos saber lo suficiente sobre determinada materia. O, en otras palabras, nos convencemos de que sabemos más al sobredimensionar nuestro conocimiento sobre algo que desconocemos, pero que ligeramente dominamos.

    Ahora, si quieres saber qué tanto estás inmerso en el efecto Dunning-Kruger, puedes perdir comentarios a otras personas y seguir aprendiendo para saber qué cosas desconocemos.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
  • Ceros y unos que completan a uno

    Ceros y unos que completan a uno

    Eran las cinco de la tarde cuando le dije que ya lo nuestro no daba para más. Ella se sorprendió, más aún porque se lo dije por teléfono. Pudo haber sido peor, pensé. Más denigrante es terminar por SMS y yo, al menos, me tomé la molestia de terminar por WhatsApp. Que sepa que me gasté mis datos como para que le quede claro que hubo un mínimo de desprendimiento, y más ahora que ando ajustado.

    Sea como fuese, ella no estaba lista para tremenda noticia, porque -ahora que lo pienso mejor- no importaba mucho el medio, sino la razón. LA RAZÓN por la que una persona termina una relación con otra. Asumo que ella revisó nuestra historia en cuestión de segundos, cada palabra, cada gesto y cada vez que hicimos el amor para dar con una respuesta a lo que muchos se preguntan cuando se sienten responsables por algo, por lo que sea, sin ser conscientes de que no tienen culpa de nada.

    ¿En qué la cagué?

    No tuve el valor para darle explicaciones, porque sería imposible de que me creyera… No es tan fácil hacer entender a alguien las convicciones más íntimas y peor aún si sueltas tremenda bomba en WhatsApp, porque fue precisamente por WhatsApp que decidí terminar la relación de tantos años.

    Y te equivocas, no accedí a su celular y menos ella al mío.

    Fue más temprano, como a las dos de la tarde, cuando ella me preguntó por mi día. Abrí la aplicación y estaba por contestar cuando por error presiono una letra, una cualquiera, no recuerdo cuál… y estaba allí, frente a mis ojos, lo que ser convertiría en mi pesadilla.

    Daba igual qué letra pusiera, el autocompletado ofrecía todas las respuestas como si mis emociones fuesen las más predecibles. No importaba la letra, el sistema siempre daba con las palabras adecuadas. Incluso con la X y W, el sistema predecía lo que iba a escribir. Estaba conmocionado, incrédulo…

    Durante tres horas, conversé con mi enamorada con tan solo presionar una tecla y usando el autocompletado para que haga el resto. Lo que creí que era un amor improvisado y tangible en mis formas de expresarme acabó siendo un algoritmo más, algo muerto y frío, y predecible. No era ese amor inabarcable con el que creí amar, sino cualquier otra cosa… y sí, digo «cosa» porque el autocompletado no es más que una cosa, un objeto, un conjunto de ceros y unos capaz de anticiparse a mis emociones supuestamente indescriptibles.

    No podía más…

    A las cinco de la tarde tuve que decirle adiós, algo que nunca pensé hacer, y aún así el autocompletado tuvo las palabras adecuadas. Creo no podré amar como antes.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Los transespecie y la imagen «incómoda» del otro

    Actualmente somos testigos de la constante lucha por la igualdad de oportunidades y condiciones sociales sin hacer del género sexual un impedimento para el desarrollo personal. El activismo del movimiento LGBT ya está calando en las políticas nacionales e internacional con el reconocimiento legal al matrimonio homosexual y la conformación de familias homoparentales.

    Digamos que las cosas están en su camino, aunque el recorrido aún sea muy largo para alcanzar la igualdad total. Sin embargo, si echamos ojo a los distintos movimientos, notaremos que siempre hay un bache inalcanzable para los ‘ismos’ que son tendencia en la actualidad. Los hombres que son víctimas del machismo, por ejemplo, pueden emparentar objetivos con el feminismo, pero dentro de este grupo hay casos de estricta resistencia a la integración de hombres a la causa. “Feminismo solo y para mujeres” o “El hombre feminista no existe” son algunas de las frases más cotidianas para dar cuenta de que hay ciertas poblaciones vulnerables que no tienen a qué bloque acudir.

    Ahora, siguiendo la línea de este ejemplo, vayamos a casos más peculiares y menos recurrentes. ¿Quién vela por los derechos y reconocimiento social de los transespecie? No son demasiados como para conformar un colectivo, pero sí merecen ser tomados en cuenta a la hora de ejecutar las normas de convivencia social. Siempre existe la falacia de creer que no merecen opinar, porque “no son la mayoría” o “no conforman un número importante de la población”. Y digo que es una falacia por la sencilla razón de que el Estado debe velar por el bienestar del individuo, no de colectividades.

    Dejando esto claro, hablemos de los transespecie. Hace unos días saltó a la fama Tom Peters, un británico de 32 años que pidió ser reconocido como el primer hombre transespecie, ya que dice sentirse como un cachorro dálmata.

    Peters fue invitado al programa ‘This Morning’ y aparece con su disfraz de cachorro y hace todo lo que es propio a estos animales: camina en cuatro patas, come galletas, duerme en un hogar para mascotas y suele ladrar según su humor.

    “Vivir la vida de un cachorro te permite disfrutar de cosas simples en la vida”, confesó Peters a las cámaras.

    Lástima que la difusión del caso en Internet no tuvo los efectos que Peters hubiese deseado. Muchos comentarios se burlaban del pobre hombre y lo acusaban de estar loco, como si ser transespecie fuera de otro planeta o un insulto a la naturaleza humana. Pues bueno, quizá el mundo no esté preparado para aceptar a los transespecie así como no lo estuvo para los homosexuales a inicios del Siglo XX.

    Solo digo que debemos ser conscientes de las sensibilidades humanas antes de juzgar o de reconocer la identidad del otro sin cuestionarnos con el reducido discurso del “debería ser”. Y lo que aprendí del caso de Peters es cómo las personas autodenominadas “abiertas” basan su perspectiva en el reconocimiento de colectividades ya estandarizadas en el panorama social. El transespecie es algo así como la imagen “incómoda” del otro, pues se trata de una comunidad algo insólita para el imaginario colectivo respecto a la reivindicación social. Imagino que esto es una muestra de la condición humana: siempre dispuesta a crear categorías constantes e invariables para evitar la incertidumbre.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
  • ‘Jim & Andy’, la meta actuación en el cine

    ‘Jim & Andy’, la meta actuación en el cine

    Netflix tiene el peor catálogo de películas de terror, pero ¡diablos, sí que hacen buenos documentales! Uno de los que recién he visto es ‘Jim & Andy’, el polémico detrás de cámaras de la película ‘El Lunático’ (Man on the moon, 1999).

    No importa si has visto o no la película, lo que experimentó Jim Carrey a la hora de interpretar al comediante Andy Kaufman es una estupenda reflexión sobre hasta qué punto un actor debe interiorizar su personaje.

    Una cosa es alterar los aspectos físicos para hacer que la imitación sea perfecta, pero otra muy distinta es ser esa otra persona en todo momento y, mejor aún, sentir la libertad de abandonar tu identidad para aventurarte en la vida de ese otro.

    A lo largo de ‘Jim & Andy’, probablemente recuerdes el trastorno bipolar depresivo que padece Carrey y que lo llevó a retirarse del mundo de las cámaras. Y, de alguna manera, tendrás la sensación de cómo esa condición psicológica fue “adecuada” para que la personalidad de Andy tomara el cuerpo de Carrey y así llegar a la imitación perfecta, dolorosa y problemática para Carrey, pero satisfactoria y muy ajustada a la realidad.

    Si debo recomendar ‘Jim & Andy’ por algunas escenas en particular, debo destacar dos. La primera es la temeridad con la que Carrey, sin salirse nunca del papel -incluso con las cámaras apagadas- insultó y hasta escupió a un luchador profesional. Esto le costó cierta polémica en la prensa y una intervención en el hospital.

    La segunda escena es la interpretación de la muerte de Kaufman para la película. Carrey se rapa el cabello y actúa como si padeciera cáncer de pulmón, la misma enfermedad que acabó con la vida del comediante. Hay una parte en la que el equipo está en una mesa y Carrey confiesa estar enfermo. Todos se sorprenden, se ríen de los nervios, y no son capaces de identificar si se trata Kaufman o de Carrey.

    ¡Toda una locura! ¿Cómo es sentirse muerto estando “con vida” hasta el nivel al que llegó Carrey? Si echas un vistazo al documental, quizá pienses que es una sobreactuación, pero mientras vas avanzando, notarás hasta qué punto Carrey se transformó en otra persona para el rodaje de ‘El Lunático’. Recomendable, sin duda, para conocer los extremos de la psique humana.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
  • Una vida no es suficiente para evitar el dolor de la muerte

    Una vida no es suficiente para evitar el dolor de la muerte

    Anotaciones sobre la muerte. Debo reconocer que soy terrible dando el pésame.

    «¡No seas pendejo! Ya a los noventa uno espera que los abuelos se mueran». Sí, así de bestia me puse a la hora de charlar con un amigo que aún no superaba la muerte de su nona. «O sea, entiendo que sientas pena, es normal… como lo es también la muerte de la gente anciana. Así será siempre. De hecho, agradece que tu abuela haya superado la edad promedio en este país. Pudieron aprovecharla por bastante tiempo, aunque nunca es suficiente».

    Nunca es suficiente… Me quedé pensando en eso…

    Mi amigo -imagino que aún me considera así, a pesar de mi frialdad- me miró algo desencajado y agregó que nadie en la familia imaginaba que ella moriría así, de cáncer y postrada en la cama de un hospital. «Ella siempre estaba de arriba para abajo, tenía tanta vitalidad», recordó mi amigo.

    Nunca es suficiente…

    «Sabes algo», tomé la palabra antes de que se me fuera la inspiración. «Aunque tu abuela muera a los 200 años, aún seguirías sintiendo pena. Puede pasar toda una vida y jamás nos sentiremos satisfechos por el tiempo que le dedicamos a alguien. Nunca habrá ese velorio en el que nadie llore y la gente diga: ‘Lo aprovechamos bien, ya podía morirse en paz’. ¡Pues jamás! Creo que solo debemos rendirnos a la muerte, entenderla y tomar por adelantado que esta puede aparecer en cualquier momento. Y nunca tendremos tiempo para hacer que la muerte sea indiferente a nuestras sensibilidades».

    Mi amigo se quedó pensando un rato en mis palabras. Cambiamos de tema para aligerar el ambiente. Después de unas horas, me despido para irme a casa. Sé que no lo veré hasta el próximo fin de semana.

    ¿Y si se muere mañana o pasado? Nunca es suficiente…

    Esa noche traté de dormir pensando cómo es que me despedí por última vez de todas las personas que conozco. Supe que no tengo ganas de morir.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
  • El mensaje de quien murió por 27 minutos

    El mensaje de quien murió por 27 minutos

    Ya he dicho varias veces que la realidad supera a la ficción, y más aún si se trata de experiencias más allá de la vida. ¿Cómo es esto posible? Pues atendiendo a uno de los casos más paradigmáticos ocurrido en Estados Unidos. No se trata de esta imagen del túnel oscuro con una luz en el fondo, ese de toda la vida, sino de un insólito mensaje.

    Hace un tiempo, Tina Hines -de Arizona, Estados Unidos- sufrió un paro cardíaco durante 27 minutos. Para su buena suerte, la intervención oportuna de los médicos del hospital hizo posible que Tina recobrara el sentido con cierta inquietud. Solicitó inmediatamente a los enfermeros un papel y un lápiz para escribir un mensaje.

    «Es real».

    Brian Hines, esposo de Tina, contó a la prensa que el incidente ocurrió un día de febrero de 2018, cuando la pareja se disponía a pasear por una ruta del estado de Phoenix.

    Al momento del paro cardíaco, Brian llamó a emergencias para salvar la vida de su esposa. Ella estuvo 27 minutos muerta hasta que el personal médico pudo reanimarla. Tina contó en una página web que vio a Jesús junto a unas puertas negras y todo acompañado de un resplandor amarillo.

    «Era muy real, los colores eran muy vibrantes», precisó en AZfamily.com.

    Ver esta publicación en Instagram

     

    Ver esta publicación en Instagram

     

    Una publicación compartida por Madie Johnson (@madiejohnson)

    //www.instagram.com/embed.js

    Me llama la atención cómo estas noticias acaban siendo una supuesta prueba de que Dios existe. ¿Por qué no sabemos de otras visiones de la muerte en la que se aparecen otras deidades? Imagino que existen y, de ser así, ante lo que estamos es ante una especie de sueño inducido. El cerebro no dejó de operar cuando a Tina se le paralizó el corazón, y lo que hizo su materia gris fue proyectar las referencias visuales que ella tiene respecto a la muerte desde su perspectiva católica.

    Todo esto nos lleva, finalmente, a una conclusión un tanto fría: vivimos atados a nuestros propios cerebros, incluso cuando este adopta formas y figuras para hacerte experimentar qué hay supuestamente después de la vida.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
  • Los superpoderes más tristes de los cómics

    Los superpoderes más tristes de los cómics

    ¿Quién no desea ser un superhéroe? Tener habilidades especiales es el sueño de cualquiera. Muchos de los personajes de historietas, sean de Marvel o DC, cuentan con superpoderes de manera accidental y por cosas del destino. Spider-Man fue picado por una araña radioactiva, Flash puede ir a una velocidad fantástica por la inhalación de ‘agua pesada’… y así por centenas.

    Tener superpoderes es lo máximo, ¿pero qué tal si por casualidades de las vida contamos con uno realmente pésimo? Aunque no lo creas, hay poderes que mejor es no tener para evitar ser la burla de los ciudadanos que pretendemos cuidar de los villanos.

    Lo interesante es que Marvel y DC ya hicieron el trabajo por nosotros y dieron a conocer toda una colección de personajes con los poderes más inútiles. ¿Será que la imaginación tiene un límite? Echa una vistazo a este video creado por el canal de YouTube Grunge Español.

    Debo admitir que me sentí especialmente atraído por uno bastante triste, preciso para ser el superhéroe de este blog dedicado a la tristeza. Me refiero a Bailey Hoskins, un muchacho que lo único de especial que tiene es explotar una sola vez. Sí, y es que el personaje de Marvel -perteneciente al universo de X-Men- no puede sobrevivir a su propio estallido.

    ¿Qué puedes hacer con algo así en la vida real? A lo mucho es vivir con la psicosis de no explotar junto a tus seres queridos, y hasta puede hacer a uno muy voluble hasta el punto de que arrastrar a los demás a una muerte asegura si es que un buen día decides acabar con el mundo. Hay que ser muy malvado para imaginarse algo así, más aún para un pequeño que no tiene ni idea de cómo funcionan las cosas.

    Una publicación triste dedicada a Bailey Hoskins.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
  • El mensaje de la humanidad para los extraterrestres

    El mensaje de la humanidad para los extraterrestres

    El mensaje de Arecibo es un intento de la humanidad por hacer contacto con seres extraterrestres. Este fue enviado el 16 de noviembre de 1974 desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) por motivo de la remodelación de las instalaciones.

    ¿Se imaginan obtener una respuesta? ¿Qué podría ser? Bueno, en primer lugar, no estarás vivo para cuando eso suceda. El mensaje, que tiene una longitud de 1976 bits, tiene por objetivo el cúmulo de estrellas M13, situado en la constelación de Hércules a unos 25 mil años luz. Entonces, de llegar el mensaje a su destino y luego volver a la Tierra sería una espera de 50 milenios, casi lo mismo en lo que demoras en olvidar a tu ex.

    Bromas aparte. Otra razón por la que no puedes ni imaginar la futura y posible respuesta de los extraterrestres es que desconoces el mensaje que hemos enviado en nombre de toda la humanidad. Y no creerás cómo nos hemos ingeniado algo tan espectacular para que sea entendido por seres que nunca hemos visto en la vida.

    ¿No te interesa saber qué dice?

    El mensaje de Arecibo está codificado para que cualquier sociedad medianamente inteligente pueda entenderlo. Y si es así, entonces tú tampoco tendrás problemas, aunque deberás echar mano de las matemáticas y del sistema binario.

    Una de las explicaciones más interesantes que encontré en Internet pertenece a ‘Date un Vlog, un canal de YouTube administrado por el doctor en física Javier Santaolalla. Lo interesante de toda su presentación es cómo las matemáticas son la única fuente de conocimiento que podemos tener en común con los extraterrestres, debido a que hay elementos abstractos que son universales para la comprensión de las ciencias.

    Aquí comparto lo que dice todo el mensaje de manera resumida.

    Leído de izquierda a derecha (la imagen incluida en este artículo está invertida con respecto al mensaje original), presenta los números del uno al diez, los números atómicosdel hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno y fósforo (componentes del ADN del Homo Sapiens sapiens, la especie que envía el mensaje); las fórmulas de los azúcares y bases en los nucleótidos del ADN; el número de nucleótidos en el ADN y su estructura helicoidal doble; la figura de un ser humano y su altura; la población de la Tierra; el Sistema Solar; y una imagen del radiotelescopio de Arecibo con su diámetro.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
←Página anterior
1 … 13 14 15 16 17 … 94
Siguiente página→

Disculpa si te puse triste…

 

Cargando comentarios...
 

    • Suscribirse Suscrito
      • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
      • ¿Ya tienes una cuenta de WordPress.com? Inicia sesión.
      • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
      • Suscribirse Suscrito
      • Regístrate
      • Iniciar sesión
      • Denunciar este contenido
      • Ver el sitio en el Lector
      • Gestionar las suscripciones
      • Contraer esta barra