NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

  • Inicio
  • Cuentos
  • Poesía
  • Reflexiones
  • Mensaje de futuro a espera de ser leído (2)

    Hola, otra vez.

    Tiempo que no he vuelto a escribirte. No es porque me haya olvidado de ti, más bien todo lo contrario, solo que emocionalmente no me daba el espacio para escribirte como mereces: con toda la paciencia y estabilidad posible. Temo que estas palabras, si es que te las leo ahora, solo las escuches por uno de tus oídos, pero quería que sepan que jamás he dejado de pensar en ti.

    He vuelto a ver el cielo estas noches y tu estrella no aparece siempre. Sabes algo, por tres minutos imaginé la vida contigo y con quien sería perfecta para cuidarte. La historia al detalle no te la puedo contar, aún eres muy pequeño, pero sí, por tres minutos imaginé la vida a tu lado. Los nervios no sabes cómo me invadían, así como los instantes que imaginaba a los tres por fin bajo un mismo techo. Y te hablo de nervios, no porque no crea que vendrás tan pronto sin estar preparado, sino por la angustia de querer ser el mejor para ti. Esa meta, así como toda nueva empresa que hago en la vida, me genera esa sensación por querer dar todo y nunca fallar en el intento, como mi atareado entrenamiento para correr 21 kilómetros o siempre leer un libro camino al trabajo para no desperdiciar el tiempo.

    A diferencia de estudiar una carrera o aprobar un diplomado, nadie enseña a hacer uno el papel que formaré para tu vida. En esos tres minutos, echado yo en una cama-mueble, me acordaba del libro ‘El Profeta’ y me apretaba a la valentía de cargarte en unos meses. Sonría nervioso, pero imaginaba la voz fémina que te arrulle los sueños y tus figuras faciales a la hora de respirar mi mismo aire. Te soñé nervioso por el anhelo de hacerte bien, convencerme de que soy capaz de ser el mejor guía cuando siento convencido de que tengo a la persona ideal para ti.

    Esta es el texto que venía rezando en mi mente.

    Y una mujer que abrazaba a un bebé contra el pecho dijo, ‘Háblenos de los Hijos’.
    Y él dijo:
    Sus hijos no son suyos.
    Son los hijos del anhelo de la Vida de sí misma.
    Vienen por ustedes pero no de ustedes,
    Y aunque están con ustedes, ustedes no los poseen.
    Pueden darles su amor pero no sus pensamientos.
    Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
    Ustedes pueden alojar sus cuerpos pero no sus almas.
    Porque sus almas viven en la casa del día que viene, la cual ustedes no pueden visitar, ni siquiera en los sueños.
    Ustedes pueden esforzarse por ser como ellos, pero no se esfuercen para que ellos sean como ustedes.
    Porque la vida no va atrás ni se demora con el ayer.
    Ustedes son los arcos de los cuales sus hijos como flechas vivas son enviados.
    El arquero ve el blanco en el paso del infinito, y Él los dobla a ustedes con su fuerza para que sus flechas vayan rápidamente y lejos.
    Que su torción en la mano del arquero sea por alegría;
    Porque mientras Él ama a la flecha que vuela, también ama el arco que es estable.

    Espero verte brillando otra vez en la noche, aunque ahora te observe con la mitad de tu luz. Pero sé que del otro lado de la ciudad, donde seguro un par de ojos también cuidan de ti, habrá alguien que escriba de mí en un cuadernito que no me mostrará. Si logras divisarla, envíale una corazonada de que tu existencia sigue tan presente como el deseo de narrarle esta carta en persona. «Y si la ves, dile que…», dile eso, sé que se reirá un poco y por un instante se acordará de esa tarde que cantamos la referida canción, como yo me acuerdo ahora al escribir estas líneas.

    Pórtate bien allá arriba,

    Te ama, André

    Foto: Kristoferb – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    septiembre 8, 2014
    Artículos
    El Profeta, Espero que lo leas pronto y me digas si aún no crees que te amo de verdad, Libro, Lo que nadie se imagina
  • Zurdazo de buenas noches

    La cama es como un cuadrilátero
    en el que no se cuenta hasta diez
    para ser declarado rendido
    a los golpes que ablandan el rostro,
    pero que endurecen la vida.

    Y quien duerme,
    un boxeador sin esquina,
    con mandíbula de cristal,
    aprieta los dientes,
    escupe algo de sangre
    e inerte cree que respira.

    Mira ambos lados,
    no hay público que lo vea,
    se apagan las luces,
    se apagan las cámaras
    y duerme como cadáver.

    Cuando la cama es un cuadrilátero,
    no hay quien te despierte con un beso
    o cure las heridas del trajín diario,
    ni nadie comparte el dolor de los golpes
    cuando se cierran los ojos al dormir.

    Foto: Royal Navy – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    septiembre 8, 2014
    Artículos
    Poesía
  • Periodistas, ¿los peores novios?

    En más de una oportunidad pude leer que los periodistas (y escritores) no son muy buenos prototipos de novios. El informe más reciente que revisé fue uno hecho por la página femenina Belelú, basado en una encuesta a sus lectoras. La razón por la que los hombres de prensa no son los más aconsejables en el ámbito amatorio es porque «tienen mucho que leer en sus ratos libres, muchísimo, nunca es suficiente, lo cual les deja poco tiempo para el idilio. En cuanto a los periodistas, no están disponibles en fechas importantes, y se dice que están obsesionados con la verdad y que incluso son stalkers profesionales».

    Hay cosas que debería precisar, siendo yo periodista con buena voluntad de ser enamorado. Por cuestiones laborales, disponer de tiempo libre es un lujo. Muy pocos colegas, a menos que sean editores, tienen el privilegio de descansar dos días seguidos y mucho menos tener el fin de semana normal. A esto hay que sumarle los feriados inexistentes -como Año Nuevo o Navidad- y las primicias de último minuto que hacen del horario laboral más extenso. No habría mucho que agregar, pues la realidad parece algo obvia.

    Por otro lado, la necesidad de leer mucho (o informarse) en los ratos libres es algo imprescindible entre los colegas. Ya hay que tener cierto amor por la lectura para el noble oficio, por lo que disfrutar de un buen libro en soledad por unas cuántas horas al día sí podría afectar a la relación. No sé cómo piensan las mujeres, pero lo cierto es que la pasión profesional en este aspecto suele requerir de un espacio en el horario que de por sí ya es apretado. Sin embargo, algo difícil de hacer entender es que esta práctica lectora no necesariamente significa desinterés por la relación, sino una actividad que suma a un logro personal.

    Temo que los periodistas, con una mano en el pecho, deben reconocer cierto egoísmo en este aspecto. Así como gustamos de firmar nuestras notas y tratar de sacar el máximo provecho a los créditos de nuestro trabajo, solemos creer que el tiempo disponible es solo de nosotros. Y si lo compartimos, creemos que por más minúsculo que sea ese rato merece ser valorado millones de veces más, pues es resultado de reducir el tiempo de otras actividades personales, como leer o algún otro hobbie.

    Quizá este problema no se exclusivo de los periodistas, salvo la necesidad de aumentar exponencialmente nuestro archivo periodístico mental. También pasa que mejor explicamos las cosas escribiéndolas que hablándolas, porque tenemos el tiempo suficiente para pensar mejor y corregir lo ya mencionado. Y para esto, escribir también requiere de tiempo, por lo que la exigencia de disponer de tiempo libre sería aún mayor.

    Entonces, los periodistas no son malos novios de por sí, solo incomprendidos por ese afán a la soledad momentánea y las exigencias del mercado. Al menos, para diferenciar a unos de otros, habrá que discernir entre quienes tienen la buena voluntad de seguir adelante pese a estas vicisitudes.

    Foto: Ulrich Lange – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    septiembre 7, 2014
    Artículos
    Psicología
  • Así funciona el cerebro del hombre y de la mujer

    He vuelto a ver este video y siempre dije que lo compartiría con ustedes. Me lo pasó mi enamorada, que es psicóloga, y me dijo que tiene bastante razón acerca de cómo pensamos los hombres y las mujeres. No tengo mucho conocimiento sobre la mente humana, pero sí hay cosas que por experiencia doy por ciertas con mucha fe. Por ejemplo, la ‘caja de la nada’ y la superconexión temática de las féminas.

    Mejor no sigo con más y aprecia este ‘stand up’ del comediante Mark Gungor, una prueba de que el humor puede ser más didáctico de lo que crees.

    Foto: Joe Mabel – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    septiembre 6, 2014
    Artículos
    Cerebro, comedia, Comediante, Creative Commons, Curiosidades, Entender a las mujeres, Hombres, Humor, Mark Gungor, Mente, Mujeres, Psicología, Stand Up, Tutorial
  • Cuando te mandan a la mierda

    Unos se enojan, otros responden y algunos lloran, pero yo soy diferente cuando me mandan a la mierda. Lo cierto es que depende de quién sea la persona que te mande a la mierda, porque más duele cuando se trata de alguien muy cercano a nosotros. Seguro que ya has pasado por eso.

    Cuando me mandan a la mierda, no me enojo ni reniego, simplemente me limito a ver sin observar el panorama y actúo sin mayor consideración a las circunstancias. ¿Has visto ‘Rescatando al soldado Ryan’, cuando Tom Hanks desembarca en Normandía y un pitido lo aturde? Pues así me pongo, me aturdo viendo a mi alrededor y no presto atención. Me aíslo de alguna manera, me entristezco y me echo a dormir como mecanismo de defensa a cualquier impulso externo.

    ¿Pero por qué duermo? Digamos que es la prima hermana del suicidio: tratar de despejar la mente hasta llegar a un estado inerte. No recuerdo bien desde cuándo lo comencé a hacer, pero al menos ayuda para evitar las horas y la soledad.

    Lástima que hacer esto, una actividad que realmente no daña a nadie, puede ser interpretado como falta de interés para solucionar las cosas. Nada más equivocado, simplemente es la huida en estados de crisis para volver al tema de conversación mucho más calmado y menos rendido o decepcionado de las circunstancias. Es como desaparecer, ensimismado en uno mismo para descubrirse de alguna manera y reaparecer siendo el mismo. Nada más fácil, pero incomprensible para la desesperación retórica de decisiones apresuradas.

    Foto: Hayden781 – DeviantArt. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    septiembre 6, 2014
    Artículos
    Psicología
  • Entre dos caras

    Una vez dije que el futuro es un presente constante,
    que soy el que miras ahora y el mismo del pasado.
    No hay diferencia entre los que habitan tu mente,
    entre el fallecido, el vivo y el sobreviviente.

    También dije promesas que ahora cuestionas,
    pero que no me traicionan, ya que se revelan
    cuando labios salvajes te raptan la razón
    y acarician el temor de herir apasionada.

    Cuando desequilibrado aúlla el beso,
    pareces redimirte a las palabras…
    Que ahora solo hay silencio forzado
    entre el vacío infinito de nuestras caras.

    Foto: Giustino – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    septiembre 6, 2014
    Artículos
    Poesía
  • El hombre del saco de yute (5)

    La sirena del patrullero policial alarman a la cuadra. Varios vecinos salen a las calles para observar la intervención de las fuerzas del orden. Además del ruido de la sirena, se escuchan golpes metálicos y el impacto de una gran roca sobre un plástico inquebrantable.

    Dos agentes bajan del vehículo intentando rodear al vándalo. Este se da cuenta que está por ser capturado y aplica más fuerza para quebrar la cubierta del póster publicitario, pero sin dañarlo.

    -¡Oiga, deténgase. Eso es propiedad privada!-, grita uno de los oficiales, quienes instintivamente lleva su mano derecho a la cadera para buscar su arma.
    -¡Al piso, puta madre! ¡Deja ese fierro!-, gritó el otro policía.

    Jano no hace caso a las advertencia. Ve que la cubierta se rompió por completo y logra sacar el póster entero, sin rasguño alguno. A penas pudo doblarlo antes de echar a correr, ya tenía lo que deseaba, pero ahora luchaba por escapar de los policías.

    -¡Al carro, huevón. Este pendejo se nos escapa!-, escuchó Jano mientras sacudía las piernas a toda velocidad. El vehículo policial ya estaba en marcha, sabía que debía meterse por calles pequeñas, pasajes, para escapar de la velocidad del patrullero. Su corazón latía a mil, no podía rendirse fácilmente.

    Jano emprendió la carrera. Para su mala suerte, las calles estaban tan vacías que no podía confundirse con la gente. Sin embargo, en plena marcha, observó a una pareja abrazada viendo los edificios, ella caminaba en el borde de un muro, cual equilibrista de circo, mientras él la tomaba de su mano derecha. A Jano se les hacía familiar, sobre todo ese joven de cola y pañoleta, quen vestía una sonrisa traviesa. Y ella, de nervios ricos cuando temblaba en los labios de su amado. Parecían dueños de la ciudad, amantes despiertos cuando el resto duerme.

    Jano comienza a sentir arcadas, acerca su rostro a la bolsa de yute y come otro poco de papel. No puede descansar, la sirena de los policías están cada vez más cerca. A pesar de que su urgencia es escapar, sabe que debe cumplir su cometido; al menos, no desviarse tanto de su destino final.

    Las piernas se le engarrotan luego de correr por veinte minutos. Comienza a cojear de un pie: la bolsa plástica se había roto y la planta de su pie estaba lacerada con piedritas y ramas. Comienza a dejar una estela de sangre en la vereda, pero Jano no siente dolor. Su cuerpo comienza a sudar, pero no se siente cansado. Las piernas son las únicas que traicionan sus órdenes, desobedecen su deseo de trasladarse lo más pronto donde Karem.

    El ruido del patrullero es lejano, pero amenaza con hacerse más fuerte, y Jano estaba a dos cuadras del lugar donde dormía Karem. A pesar de que la pierna ya no le responde, aplica más esfuerzo para no gatear en los tramos finales. Una vez escondido, tratando de no despertar a la joven, Jano despliega el póster, lo corta donde está manchado por las letras para que solo se aprecie el paisaje de Buenos Aires.

    Las manos de Jano comienzan a temblar, el apuro y el miedo son sus peores enemigos. Mira hacia atrás y escucha el ruido del patrullero aún lejos. Para medir la perspectiva de Karem al despertar, se agacha al costado de ella y posa sus ojos sobre la oreja de ella, así mediría dónde poner el póster para que lo vea al despertar.

    Se levanta nuevamente para situar en mejor lugar el póster. El ruido del patrullero parece haber desaparecido, lo que calma a Jano mientras miraba ansioso el rostro dormido de Karem: se hacía la idea de cómo reaccionaría la joven. Se agachó un poco para ver más de cerca el semblante calmado de Karem, pasó uno de sus dedos sobre la mejilla de la princesa durmiente. Quiso besarla, pero un viento frío recorrió su espalda antes de atreverse. Escucha el sonido hueco de una puerta de carro y teme lo peor.

    Los guardias, quienes decidieron apagar la sirena al descubrir dónde Jano estaba escondido, se acercaron lo suficiente para tenderle la trampa. Ya rendido, Jano camina de puntitas, con cierta dificultad, para no despertar a Karem en su salida. Se dirige al medio de la pista para evitar que los policías no vean a la joven dormir en el suelo, se entrega para que la bulla y los insultos no corten el plácido sueño de Karem, así como la sorpresa que tenía preparada.

    -¡Al suelo, hijo de…!-, gritó uno de los oficiales, que no pudo terminar su insulto porque la mano de Jano silenció su boca. Este veía hacia atrás para ver si Karem seguía dormida, sonrió al ver que la bulla no la había despertado.

    En plena lucha para reducirlo, Jano hace el sonido universal del silencio mirando a los ojos de los guardias, pidiéndoles que no gritaran más. Uno de los oficiales sacó la macana y lo golpeó a la altura del pómulo derecho, dejando a Jano inconciente. Sin embargo, pudo sentir cómo su cuerpo era llevado en la parte trasera de la camioneta. En sus últimos segundos de lucidez, observó el cuerpo de Karem echado, se acordó de sus mejillas y labios de color fresa. Comienza a extrañarla, el dolor de su cabeza comienza a adormecerlo. Desesperado, pega sus labios al vidrio, imaginando que se atrevió a besarla.

    Foto: Téléversé par Rama – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    agosto 31, 2014
    Artículos
    Cuento
  • La confianza es como la virginidad, una vez que se pierde no se vuelve a recuperar

    ¿Te parezco una amenaza si te contara que soy un hombre de 25 años, periodista, autor de este blog, coleccionista de estampillas, exebrio empedernido, atleta aficionado, enemigo público de las discotecas y amante de la música folk? Si estas características te parecen de alguien aburrido, seguro me dirás que no se conoce a nadie 100%, que por allí debo tener mi bichito psicópata. Todo es ambivalente, es cierto, pero ese desconocimiento es cubierto no por la ingenuidad necesariamente, sino de la confianza depositada. Quizás necesites días, meses o años para que eso suceda, pero siempre hay un ‘no sé qué’ que genera la confianza con menos trámite y más corazón.

    Confiar en alguien no es fácil ni gratis. Para algunos, confiar es acto de debilidad, como si nadie fuese lo suficientemente perfecto para gozar de confianza, porque lamentablemente quienes temen confiar son aquellos que también temen salir heridos, pensando que la culpa es solo suya. Más duele el golpe de un buen amigo que del extraño, o el beso comprometido a uno fugaz sin daños colaterales.

    Para no reinventar la rueda, la RAE establece confiar como «depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa» y «dar esperanza a alguien de que conseguirá lo que desea». Nada mejor dicho, especialmente la segunda acotación, pues confiar no es responsabilidad de uno solo, sino un trabajo en equipo, tanto para quien confía como la persona que recibe esa confianza. Dar un poco de confianza en alguien al principio, por la más mínima que sea, ayudará para tener mejores argumentos a la hora de discernir sobre las personas que nos acompañan. El tema está en saber cuánto dar, pero eso es algo que se maneja con práctica.

    Temo ser alguien que confía muy rápido en las personas, pero me gusta hacerlo siempre pensando en las segundos oportunidades y el optimismo de que todo saldrá para mejor. Nadie nace malo, tenlo en cuenta. Y, bueno, ¿te parezco un ser amenazante?

    Foto: norynn – Deviantart. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    agosto 24, 2014
    Artículos
    Psicología
  • Cuando no puedes dormir

    La prueba más fidedigna de que algo te importa es cuando no puedes dormir tranquilo por ese asunto. Personalmente sufro de las ansias, pero esto es diferente a pesar de que mis uñas estén al borde de arrojar sangre sobre mis dedos. La razón de mi desvelo no es más que el descanso placentero que ha salido como un suspiro de mi boca y navega por el cielo oscuro en forma de un pequeño globo. Y por más que salte con los brazos extendidos, sea desde la cama o la azotea, no logro alcanzarlo.

    Desde mi ventana con unas estampillas que pensaba regalar hace ocho horas, percibo que la afligía no está en las cosas que uno trata de convencer a quien se llevó mi suspiro en ese globito, sino en la congoja de no hallar el medio que mejor transmita las confesiones. No son las pequeñas cosas las que ahora me quitan el sueño, como los disparates de tonto con buena voluntad; en realidad, el Universo que acaricio inalcanzable y sus figuras que bosquejan esperanzas sobre el orgullo me maravillan con el encuentro del optimismo donde nadie más lo encuentra. Lo que me mantiene despierto es querer vivir un rato más, robarle un segundo más a la vida que se detiene con el sueño, para hacer de la confesión una certeza sostenible, una especie de caja de resonancia ante los arrebatos de la incertidumbre.

    Hoy parece que los ojos no se me quieren dormir, porque algo más me importa que el descanso: dejar la huella de una viandante que marca con sus dedos el recorrido ya trazado cuando nadie más lo ve. Ya serán las 4.30 a.m. y el globito parece haberse ido más lejos en busca de mis fragmentos que se cultivan a lo lejos, en un pecho que por esta noche no coordinará su latido junto al mío.

    Foto: marissavoo – DeviantArt. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    agosto 18, 2014
    Artículos
    Dormir
  • Fue sin querer queriendo

    En un momento de tu vida, sea en alguna nueva empresa o al lado de la mujer que deseas aferrar por siempre, ¿no has sido tan precavido que terminas perjudicando lo mismo que cuidas con recelo? Hablo de esa incomprensión resuelta en situaciones que sientes haber obrado fiel a tu voluntad, pero son las perspectivas del resto las que te abofetean por tratar de convencerte que no sientes nada, que la realidad es otra y ajena a tu entender.

    Nadie puede asegurar los sentimientos por otros, sean buenos o malos, pero la confianza y lealtad son valores que para ser admitidos requieren de una constante lucha. Interpretar lo que nos parece desinteresado, por ejemplo, puede resultar cualquier otra realidad si es que le preguntas a los mejores pseudolectores de mentes, pero solo quien es objeto de análisis sabe la verdad detrás de su accionar. Si antes de juzgar a primeras preguntáramos el porqué de dicha acción, tratando de captar así la interpretación más elemental del sujeto que juzgamos.

    Y si ese sujeto eres tú… ¿No has sentido que por tratar de hacer todo bien, sin la más mínima deslealtad a tus sentimientos ni saña para perjudicar a los demás, eres incomprendido? O es que nadie te preguntó qué tienes, o te señalaron con el dedo inquisidor del psicoanálisis. «¿Por qué?», creo que preguntarlo hace a uno parecer que pide un favor cuando se trata de un reclamo.

    Como decía al principio de este texto, hay un momento en la vida en el que te planteas con toda la pasión posible hacer todo bien, pero esa misma previsión -y hasta inocencia- hace que te sentencien de inadaptado. Pero vamos a lo elemental, ¡ese momento de la vida al menos ha llegado para hacer lo que nunca antes planeaste! Eso es buenísimo, lo siento de corazón, pero mis queridos lectores… Sin querer queriendo hay veces que cuando nos desnudamos completos, terminamos siendo tontos -a los ojos del resto- de buena voluntad. ¡Pero al menos convencidos que ese momento de la vida ha llegado: el cuidado para que esté todo bien!

    Foto: David Gilford – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    agosto 18, 2014
    Artículos
    Psicología
←Página anterior
1 … 70 71 72 73 74 … 94
Siguiente página→

Disculpa si te puse triste…

  • Suscribirse Suscrito
    • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
    • ¿Ya tienes una cuenta de WordPress.com? Inicia sesión.
    • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
    • Suscribirse Suscrito
    • Regístrate
    • Iniciar sesión
    • Denunciar este contenido
    • Ver el sitio en el Lector
    • Gestionar las suscripciones
    • Contraer esta barra