NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Carta para quienes creen ‘haberlo visto todo’

    Me faltan tres años para llegar a los 30 y es curioso conocer a contemporáneos que ya creen haberlo visto todo. El problema de ‘madurar’ es minimizar aquellos aspectos que antes nos parecían bastante idealistas e imposibles, para luego servir al estado de las cosas, con su burocracia y demanda salarial, porque «ser feliz sin dinero es una estupidez».

    A esta perspectiva es lo que uno puede denominar la exaltación de un ego sobre el resto que conforma nuestra identidad, algo aparentemente bueno, porque determina nuestro éxito en ciertos campos, pero pésimo para analizar la realidad.

    ¿Te has preguntado alguna vez quién eres? No solo eres lo que haces (abogado, futbolista, delincuente, etc.), sino también lo que eres por resultado de tu experiencia única de vida. La respuesta, a mi parecer, sería que TODOS partimos de una misma esencia humana que trasciende las etiquetas sociales, económicas y políticas.

    En palabras de John Locke, esta esencia es una tábula rasa, en la que cada individuo nace con la mente ‘vacía’ y adaptable según las experiencias y percepciones sensoriales. No obstante, la neurociencia podría explicar que dicha ‘mente vacía’ puede estar preprogramada biológicamente para ciertas actitudes o desequilibrios intelectuales.

    La respuesta final sobre quiénes somos es que no somos ni mierda. Me explico, nuestra esencia no es otra cosa que un ajuste de variables entre nuestra condición física (no sufrir alguna alteración) y el significado de la experiencia de cada sujeto social.

    Lo bueno de ser consciente de esta reflexión es que no te amargas la vida tratando de justificar las razones del resto mediante el prejuicio. Obvio que esto no soluciona los problemas más mortales de la vida, como buscar dinero para sobrevivir a fin de mes, pero elimina la frustración de quienes aburridos creen haberlo «visto todo» y los motiva a explorar nuevos campos de su naturaleza. Porque si algo sé de lo que tú eres ahora es que eres mucho más de lo que estás haciendo.

    Fuente de la foto: Kuoni Project 222

    André Suárez Paredes

    julio 31, 2016
    Artículos
    Reflexiones
  • El comandante de Auschwitz también tenía corazón

    Hace un par de semanas tuve la oportunidad de leer el diario de un verdadero monstruo. Se llama Rudolf Höss, comandante del campo de concentración Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. El texto se llama ‘El Comandante’, editado por Jürg Amann, y recopila los escritos de Höss entre su prisión preventiva en Cracovia hasta su ejecución dictada por el Tribunal Popular Supremo de Polonia.

    Leer la historia de Höss es sumamente interesante para entender hasta qué punto un nazi confeso colaboró con los crímenes de guerra de Adolf Hitler. De hecho, en algunas partes del libro, Höss sustenta su inocencia a partir de que solo cumplía órdenes e incluso confesó su desprecio por los guardias que abusaban de los prisioneros, porqué él mismo también lo fue en su paso por la Freikorps. Esta información bien puede ser falsa, preparada para aliviar los cargos en su contra, pero tratar de descubrir la verdad sin consultar su testimonio peca de profesionalismo.

    A pesar del intento para silenciar la memoria de los grandes criminales de guerra nazis, la versión histórica de Rudolf Höss es en realidad una prueba para no prejuzgar las atrocidades del pasado, porque las ideologías no funcionan por sí solas. Estas requieren de la experiencia de los súbditos para que doten de significado a las directivas y creencias de un determinado pensamiento político, social o cultural.

    La vida tiene tantas circunstancias que fácilmente podemos creer en algo que condenábamos en el pasado, porque simplemente no somos los mismos a lo largo del tiempo. Por ejemplo, Höss quería ser cura hasta los 15 años cuando empezó la Gran Guerra.

    Ser consciente de que somos vulnerables abre las puertas a un universo de infinitas posibilidades. Pasamos del odio a la curiosidad para llegar a la verdad pura de una psique incomprensible. A veces nuestros valores más firmes por la vida limitan la capacidad crítica de la historia, por lo que el detalle está en separar nuestro sentido de justicia del análisis de la mente de un ser humano.

    Creo que Höss exclama esta perspectiva en la última línea de su diario. «Que la opinión pública siga considerándome una bestia sedienta de sangre, un sádico inhumano, un genocida. Las masas no pueden imaginar al comandante de Auschwitz de otro modo; nunca comprenderían que él también tenía corazón y que no era una mala persona».

     

    André Suárez Paredes

    julio 28, 2016
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    Auschwitz, Polonia
  • Tengo un problema con la cerveza

    Ya sé qué estás pensando, pero no se trata de eso. Mi problema con la cerveza es que nadie parece entender cómo este néctar de los dioses puede alegrarte un buen día de mierda. Científicamente está comprobado que el licor actúa como depresor, pero pienso que esta conclusión mucho depende de la psique de cada consumidor.

    Creo que mi consumo es más un ritual que un gusto por dañarme el organismo. De hecho, odio las resacas, pero si acepto meterme una ‘tranca’, debe ser por algo importante: una boda, una graduación, un velorio… Aclaro que por ritual no me refiero a una ceremonia sacrosanta, sino a una experiencia que goza de significado para mí. Tanto así que hasta me ahorro la visita al psicólogo por estrés laboral.

    Pocas personas quizá puedan entender mi perspectiva, ya que nadie le ve algo bueno al consumo de drogas ‘legales’. Sé que hace daño, es cierto, pero tampoco es que me haga una borrachera todos los días. Solo dos chelitas -las más pequeñas del mercado- creo que es un consumo sano para disiparse durante la semana luego del trabajo.

    Sí, ya sé que te parece extraño promover el consumo de unas chelitas durante la semana. Pero deberás entender que esto es tan común en mi carrera. Es muy difícil conocer a un periodista que descanse sábado y domingo, y trabaje de 8:00 a.m. a 6:00 p.m. como todo el mundo; por lo que tomarse un par de chelas en la noche, luego de cerrar el diario, es algo bastante común y hasta saludable -pienso- para calmar las tensiones y aprovechar un tiempo con los colegas de planta. No hablo de la juerga de la vida, sino de compartir un tiempo con tan refrescante bebida.

    Si echas un vistazo al pasado, los mejores periodistas fueron unos borrachos empedernidos. Basta mencionar a Ernest Hemingway para saber el alcance de mis palabras. Claro que no todos somos Hemingway para creer que el alcohol nos hará el milagro de escribir como él, pero al menos hay que estar convencido de que la pasó muy bien. Eso sí, siempre con control.

    Fuente de la foto: David Goehring

    André Suárez Paredes

    julio 26, 2016
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  • Nadia Comăneci y la búsqueda de la perfección

    Siempre nos quejamos de que la vida no es perfecta, ¿pero qué tal si los seres humanos pueden llegar a serlo? En el terreno de la psique, estoy convencido de que la perfección no existe; sin embargo, a nivel orgánico la humanidad tiene la oportunidad de hacer cosas aparentemente imposibles con mucha dedicación.

    Según las investigaciones de Anders Ericsson, para que alguien sea un maestro en la disciplina que desee necesita al menos 10 mil horas de práctica repartidas en más de diez años. Eso sí, no sirve cualquier tipo de práctica, sino aquella que esté dirigida en ampliar los conocimientos, repetir errores sinfín de veces y ser autocrítico en todo momento.

    Obviamente que existen circunstancias específicas (falta de recursos, por ejemplo) que determinan el rendimiento del sujeto sin importar el tiempo que se dedique. Sin embargo, algo muy interesante ocurrió el 18 de julio de 1976. La rumana Nadia Comăneci obtuvo la primera calificación perfecta (10 puntos) en la historia de la gimnasia olímpica. De hecho, el tablero no estaba configurado para mostrar una calificación perfecta (se mostró la cifra 1), porque nadie tenía pensando que un ser humano podía lograr lo imposible.

    Trato de imaginarme por todo lo que pasó Nadia para lograr tremenda actuación, porque siempre saludamos los resultados, pero no somos conscientes del esfuerzo que hay tras bambalinas. Vale la pena ver este video echando una vistazo a nuestro pasado para analizar nuestro propio esfuerzo. Quizá sientas que no has logrado nada importante… porque aún sigues en tu lucha por algo más grande. Eso es lo que quiero creer.

    Fuente de la foto: Dave Gilbert

    André Suárez Paredes

    julio 26, 2016
    Artículos
    Facebook, Juegos Olímpicos
  • Arrancamos otra vez…

    Hola. Quiero decirte que siento algo de vergüenza escribiendo estas líneas, porque regreso a este proyecto por enésima vez para volver a decirte que me lo tomaré en serio…

    En esta oportunidad, vuelvo a este espacio para reencontrarme en un momento crucial de mi vida: pronto viajaré a España y aprovecharé en reencontrarme viajando por el Viejo Continente. Obvio que hay más razones que estas pero, como reza el título del blog, no hablemos de cosas tristes.

    Espero contar aún con tu confianza editorial. Hace poco soñé que le hice una broma pesada a un viejo amargado (recuerdo que tenía la voz como la de Aldo Mariátegui) y me adelanté a disculparme antes de que me resondrara. «Nunca digas que ‘lo sientes’ por algo que hiciste sin antes haber recibido el escarmiento», me gritó. «Porque no ‘sientes’ nada sin haber sufrido las consecuencias».

    Acto seguido me desperté… Curioso, poca gente se acuerda de sus sueños, pero este pasaje me pareció tan directo al alma y oportuno para iniciar -otras vez- con esta aventura literaria. Prometo no desaparecer.

    Fuente de la foto: Dwayne Bent

    André Suárez Paredes

    julio 25, 2016
    Artículos
    Hola
  • El hombre del saco de yute (12)

    Sus ojos se abrieron. Karem abrió los ojos, pero no despertó. Solo en un sueño podría ver a Jano tan cerca, más aún si se aparece con un niño cuyo rostro resulta tan familiar. Karem se mantiene en silencio, solo observa a Jano y al pequeño que la mira con suma atención.

    Jano se acerca donde Karem, se agacha un poco y le muestra el saco de yute que todo este tiempo cargaba con tanto ahínco. Repito, Karem había abierto los ojos pero no despertó, porque sencillamente no daba crédito a que Jano soltara los pequeños papeles de su saco de yute sobre su pecho.

    Karem coge uno de los papelitos y observa que estaban en blanco. ¡No tenían nada! Jano lee su rostro, le explica que siempre estuvieron vacíos, porque no había nadie a quien escribirle la supuesta poesía que ya tenía hecha. Su mentira solo era una excusa para ocultar el vacío, los sentimientos cortos que nunca lograron hacerse un espacio en alguien tan solitario.

    «¿Por qué los botas? ¿Qué haces?», piensa Karem mientras Jano se acerca a su oído. Ella sabe que no lo escuchó, pero su rostro fue tan evidente que Jano pudo contestarle con solo ver su expresión.

    -Ya no hace falta más soportes para expresar ideas, porque esta aventura se escribirá en tu cuerpo toda mi vida hasta que desaparezcas. No hace falta saber leer para verte y recordar por qué estamos juntos- dijo Jano antes de darle un beso en la mejilla.

    Karem sufre del dolor abdominal. El niño se acerca y coloca su cabeza sobre su estómago, suelta un par de besos y abraza a Karem con tanta familiaridad. De a pocos el dolor comienza a desaparecer. El niño aún no suelta palabra alguna, solo la mira, callado, como si no esperara nada de ella, pero con la sensación de que debía quedarse con ella.

    Sí, sus ojos seguían abierto, pero no despertó, porque resulta imposible imaginar una realidad en la que Jano se acerque hacia sus labios para besarla en una mezcla de desesperación y ternura, una mezcla confusa de sentimientos pero auténtica en sí.

    El niño le toma la mano y ella responde con naturalidad. Se tocan, se reconocen por las manos y se miran como quien se halla a uno mismo ante un espejo.

    La ciudad estaba muda. Karem se paró, sintió un poco la brisa y confirmó que un sueño nunca puede ser tan mimético. Tomó de la mano a Jano y al pequeño compañero. Simplemente no quiso hablar, porque la situación era tan emocionante que en el silencio disfrutaban mejor cada momento.

    Se quedaron callados durante horas. Incluso, se las ingeniaron para comunicarse a partir de sonrisas esporádicas y gestos graciosos. Hasta el pequeño, que poco conocía del mundo, se entendía perfectamente con quienes serán en un futuro sus…

    ********************

    -¡Pero mira la hora! Ya debes estar durmiendo, pequeño bribón.
    -¿Por qué nunca terminas de contar toda la historia?
    -Por una sencilla razón… porque la historia dura tanto como dure nuestras vidas.
    -¿Qué quieres decirme?
    -Que ya sabes cómo termina… Con un hermoso niño cuyo padre le pide que se eche a dormir. Y mañana serás tú quien me cuente a mí cómo sigue el cuento. Buenas noches.

    André Suárez Paredes

    marzo 31, 2016
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  • El hombre del saco de yute (11)

    Karem pasó la noche deambulando hacia ningún lado. Haber visto el nombre de Jano en la pared fue una dosis de adrenalina suficiente para desvelar toda la noche, incluso andando en la intemperie con un dolor indescriptible.

    Sí, un dolor extraño que ha estado sintiendo en el vientre desde la madrugada, pero que de alguna manera la hacía sentir feliz, como si esa molestia fuese catártica y hasta pariese una pequeña muestra de amor ahogado en su cuerpo. Una sonrisa descriptible se dibuja en el rostro de Karem mientras camina ya despreocupada por quién encuentre, una extraña fuerza universal la ha poseído.

    La ausencia de Jano parece un recuerdo lejano, pero presente. Quizá no trágica, pero si presente como una luz intermitente en medio de la neblina: una silueta luminosa y lejana que revive en cada par de segundos para hacerse extrañar y a la vez revelar que nunca se ha ido.

    Karem camina un par de pasos más hasta que cae cansada sobre una banqueta de un parque en Miraflores, exactamente en el Parque Kennedy. Los gatos abandonados que merodean por el lugar se acercan para hacerle compañía. Karem pasa su mano sobre uno de ellos, desliza su palma desde la cabeza hasta la cola del animal. Este último roza su cabeza sobre las manos tibias de Karem para pedir más cariño o como si devolviera el gesto.

    La mañana se hace más fría y el cansancio ya comienza a pasar factura. Karem extiende sus piernas sobre la banca y descansa su cabeza para echarse a dormir lo más cómoda posible. El dolor en el vientre comienza a desaparecer y cree que ya es momento para tomar su última pastilla que tenía en el bolso. El empaque de la pequeña cápsula invisible es de color rojo. Siendo la última que tiene para consumir,

    Karem sabe bien que no tendrá mayor oportunidad de sobrevivir sin su adicción. Lo piensa mil veces en cuestión de segundos, pero ya el tiempo no haría cambiar de opinión a nuestra personaje.

    Desenvuelve el empaque y traga su contenido con los ojos cerrados, no los abre hasta que sus ojos observan el cielo profundo, delineado por las extensiones de las ramas de los árboles. Karem pasa sus manos por su vientre y su dolor comienza a arder de repente. Ella no se apresura en desesperarse, solo se calma, respira hondo y disfruta aquel dolor que el amor hace placentero.

    A nuestra compañera de la historia se le agudizan los sentidos, logra escuchar todo lo que le rodea en un radio de diez kilómetros. Entre todas las voces, hay dos en especial que la sumen en el deseo de poderlas tocar.

    Una de esas voces es fácil de reconocer, la otra resulta difícil, porque es aguda y nunca antes la había percibido. Y aún así sentía cierta familiaridad con esa vocecilla que parece la mezcla de otras dos.

    El hípersentido comienza a reducirse y Karem se sume en un sueño profundo, pero con la nostalgia de haber estado tan cerca de quien acude a su imaginación para luego desaparecer. Lo párpados hacen de la mañana una densa noche para Karem. Se recuesta y uno de sus brazos cae de la banqueta para ser lamido por los gatos callejeros.

    Nunca sabremos con certeza en qué sueños divagó Karem a causa de la pastilla invisible que tomó. Solo podemos notar sus gestos a la hora del trance, pero nunca qué imágenes y sensaciones se generaban en su imaginación. De pronto, pequeños sacudones desordenan su placentero viaje hacia lo desconocido. Siente en el cabello pequeños tirones que interrumpen su sueño, pero se resiste a abrir los ojos.

    En cierto instante, ella tuvo miedo de siguiera abrir sus ventanas del alma por temor a no ver lo mismo que por última vez observó. Pero los tirones no dejan de fastidiarla. Ya cansada de los pequeños tirones, abre los ojos y da por última vez el respiro de una vida que, a partir de allí, comenzó a ser otra.

    Foto: photosammich – DeviantArt. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    marzo 30, 2015
    Artículos
    Cuento
  • El hombre del saco de yute (10)

    Jano se despierta malhumorado y siente que no ha descansado lo suficiente. Aún era de noche, se veían aún las estrellas en el firmamento, pero algo extraño sucedía. Alza la mirada con sorpresa y comienza a contar las pequeñas lucecitas que tiritan sobre los árboles, los edificios y las personas que duermen cálidamente sobre sus camas, sea acompañados con el amante, el esposo, el vecino.

    Nuestro personaje se levanta asustado, mastica un poco de papel que extrae de su bolsa de yute y corre hacia el policía más cercano. Corría como un desquiciado, como si no hubiese mañana. El oficial lo nota a varios metros que venía en su dirección, por lo que le grita que se detenga y que se identifique, porque presumía que lo iba a atacar.

    -¡Policía, ocurrió una desgracia sobre nuestras cabezas!-, decía Jano mientras señalaba con ambas manos el oscuro cielo.

    El oficial lo toma por loco y se acerca con los grilletes en las manos para reducirlo. Jano se percata de las intenciones del policía y huye a todo lugar, insultándolo por no querer ayudarlo. La bulla que hizo provocó que algunos vecinos salieran por la ventana para observar de qué se trata tanto escándalo.

    -¿Qué tanto le ocurre a este loco?-, le preguntó al portero una linda joven que estaba por entrar a la puerta de su edificio. Detrás de ella estaba su enamorado que cargaba con unas bolsas de comida.
    -Está gritando desde hace buen rato, no sé que tanto le pasa-, responde el portero.
    -Mira, amor, no deja de apuntar al cielo… Qué habrá visto que lo tiene así-, dice el enamorado que no tarda en sacar su celular para grabar el hecho. Su pareja lo mira y se ríe de tan chismoso joven que le robó el corazón.

    Luego de darse cuenta que hizo el ridículo gritando por algo que a nadie parece importarle, Jano recoge sus cosas y huye en busca de un nuevo espacio donde dormir. Andando por las entreveradas calles de Miraflores, Jano tropieza con cuanto objeto se le cruza porque no deja de ver el cielo mientras camina. “Dónde estás, dónde estás, carajo…”, grita en su mente tratando de explicarse tan extraño fenómeno.

    Ya cansando de caminar, Jano se sienta sobre la vereda muy triste. Se tapa los ojos con las manos y saca su bolsa de yute para ver en su interior cuántos papeles más habían adentro. Nota que ya quedaban muy poco y se impacienta por los recuerdos que cada papelito le traía de Karem. Por dónde andará aquella niña. Jano no lo sabía y lo peor era que no sabía por dónde buscar, aunque sintiera por ella una atracción indescriptible.

    Jano saca otro pedazo de papel para colocarlo en su boca. Esta vez era diferente, ya se sentía ridículo por dicha costumbre tan repetitiva, la cual es un absoluto secreto. Jano no tuvo a nadie con quien compartirlo hasta que llego Karem, eso es cierto, y ahora que ella no está, pues simplemente queda el remordimiento de haber tenido a alguien cerca con quien poder explicar sus actitudes más enfermizas, alguien con quien sentirse augusto con sus defectos más extraños e inexplicables.

    Karem, en qué calle estará paseando ahora o en qué lío podrá estar atravesando. Lo difícil es no haberse despedido tras haber hecho por ella un acto tan noble de amor. La noches han sido distintas sin ella, Jano lo sabe muy bien, pero lo más terrible es saber que si se vuelven a ver, ¿cómo explicarle a ella que estuvo siempre en su mente? ¿Cómo hacer confesar al silencio?

    Jano seca sus ojos de impotencia y se echa sobre la vereda tratando de dormir. Nadie más pasaba por allí, así que tomó la confianza de echarse a sus anchas, mirando el cielo con el misterio que aún late en su cerebro y unas lágrimas que ya se evaporarán por la rabia.

    Las horas comienzan a afectar a Jano, sus ojos se hacen cada vez más pequeñitos y la mente comienza a obnubilarse. Todo comienza a perder sus definiciones y se convierte en una mancha amarilla, roja y gris: la última imagen visual de quienes están por caer rendidos al cansancio.

    Ya adentrado en lo más oscuro de los sueños, en el que un traje morado parece enredarlo y abrigarlo mientras una mujer desnuda lo acaricia con los labios, siente pequeños tirones en el cabello, cada vez más fuerte. Estos se detienen hasta que un grito perturba el sueño de nuestro personaje, que se levanta asustado de un solo tirón.

    Jano se despierta sobresaltado y mira alrededor suyo en busca de quién provenía tan agudo chirrido. Al mirar atrás, nota a un niño desnudo de cinco años sentado sobre la vereda. Nuestro personaje no toma reparos en quitarse el abrigo para tapar al pequeño engreído de cabello negro y unos ojos grandes y oscuros como dos abismos infinitos. Su piel se parecía al color de la leche mezclado con cocoa, parecía un dulce con la ternura que evoca con tan singular sonrisa.

    -¿Dónde está tu mami?-, pregunta Jano algo preocupado, esperanzado de que la madre del niño esté cerca.

    El pequeño alza la mano apuntando hacia una de las calles. Jano observa con cuidado y nota que no había nadie allí, le pregunta otra vez si está seguro y el niño mueve la cabeza diciendo que sí con seguridad. Extrañado por su actuar, Jano le toma la mano para caminar hacia la calle donde señaló.

    .-¿Cuál es tu nombre?-, vuelve a preguntar Jano para amenizar el momento.

    El niño alza los hombros dando a entender que no tiene idea al respecto. Jano está más confundido y hace una última pregunta.

    -Bueno… Entonces, ¿de dónde vienes?

    El niño alza la mano al cielo y Jano levanta la mirada creyendo que apunta a uno de los apartamentos de la zona. Se rasca la cabeza tratando de entender a qué se refiere. Quizá se dio cuenta de lo mismo que él hace unas horas, que falta una estrella en el cielo.

    Foto: andreagen – Pixabay. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    marzo 23, 2015
    Artículos
    Cuento, Jano
  • El hombre del saco de yute (9)

    Karem anda sin rumbo con una lágrima en la garganta por las avenidas del Centro de Lima. Llora en silencio, se pone muy roja su nariz cuando eso pasa, pero trata de respirar hondo mientras se adapta a la soledad. Antes de cruzar la avenida Tacna, cerca por Emancipación, nota que la soledad no es la misma de siempre.

    No es la primera vez que la dejan, o que ella haya decidido dejar a alguien, pero cada vez es diferente. Las ausencias no son siempre las mismas, porque las personas con quienes nos cruzamos en la vida no son las mismas. Aunque el encuentro con Jano fue fugaz, el espacio que abandona es igual de grande cómo el futuro que no llegó a ser. La falsa expectativa es lo que ahora liquida el alma de Karem, que la maltrata en cada paso que da por unas calles frías. Quizá puede pasar por las mismas calles frías que alguna vez andó con Jano, pero nunca serán las mismas sin él.

    Las pastillas invisibles que guardaba en el bolsillo aún no se acaban, solo queda una sola y Karem sabe que debe aprovecharla al máximo. Mira al cielo con ojos de derrota y se deja atragantar por la masa gris de la ciudad.

    Es curiosa la sensación de andar con la mente ocupada en temas tan sensibles que las personas que te rodean -oficinistas, secretarias, mercaderes- parecen autómatas sin sentimientos, rendidos a su rutina sin apreciar otra cosa que llevar el pan a la casa. De tanto pensar y pensar, Karem no se fijó en el camino y chocó con un joven que hablaba por celular muy triste.

    -Lo siento, no fue mi intención- dijo el joven mientras se agacha para recoger sus lentes. Karem se queda callada por la vergüenza.

    El joven sigue conversando por el teléfono de manera pausada. Tiene el ademán de quitarse los lentes cuando siente que sus explicaciones no logran darse a entender, o como si tratara de retratar mediante la voz su rostro debilitado por una discusión que parece llevar a ninguna parte. “Te amo, sabes que nunca te lo dejaré de decir”, cerró la llamada para luego ir corriendo en dirección a la estación del Metropolitano.

    Karem reacciona, sabe que ya pasó la bochornosa escena y trata de continuar su camino hacia ningún lado. Aunque trata de evitarlo, su mente insiste en descifrar cómo así Jano desapareció de una noche para otra. No tiene explicación, ella sabe que no hizo nada de malo, que nada pudo haberlo enojado o siquiera entristecerlo. Aún así siente en el fondo que hubo una responsabilidad suya, creyendo que el irse es una actividad tan humana que no hay espacio para las casualidades de la vida.

    ¿Qué tal si Jano está buscándola? Puede ser, pero como están incomunicados cómo saberlo. Se está haciendo de noche y Karem tiene frío, dormir es lo último que está pensando. Solo busca un alivio para sus dudas, pero jura no volver a servirse de las pastillas multicolores, esta vez no quiere escapar.

    Las luces amarillas de los postes ya iluminan gran parte del Centro Histórico. A pesar de andar por calles oscuras, sabe que no teme a ser asaltada, porque nada de valor lleva consigo, salvo el amor herido y una curiosidad perniciosa.

    Cuando la oscuridad se vuelve plena, Karem aprovechó su última moneda en tomar el bus. Aborda el vehículo con ninguna esperanza y se sienta al final para solo apoyar su cabeza sobre la ventana. Quizá el temblor alivie sus pensamientos turbios y aplaque con pequeños golpes el dolor de pensar los sentimientos.

    La mala suerte perseguía a Karem. Al menos, eso creía cuando el cobrador le dijo que debía bajar en la siguiente esquina; el bus había llegado a su último paradero. Karem no le responde al cobrador con la mirada, solo mira a través de la ventana sabiendo que debe atender el pedido del cobrador.

    Estaba muy callada, como si por dentro de su cuerpo hirvieran las palabras y desapareciera todo tipo de lenguaje verbal. Su rostro parecía de enfado, pero no es precisamente eso, sino una mezcla de sentimientos extraviados que descosen su percepción de la realidad. Los ojos, eso sí, los tiene de enamorada.

    -Disculpe, señorita, debe bajarse. Aquí tiene su pasaje-, el cobrador le extiende una moneda de S/. 1 y abre la puerta trasera del bus. Ella agarra la moneda, se abriga lo mejor posible y regresa nuevamente a la calle.

    Cuando guarda la moneda, Karem escucha cómo esta choca con otra en su bolsillo. En realidad, nunca había pagado el pasaje, sino que el cobrador se confundió al decirle que llegaron al paradero final. Ella lo toma como un gesto divino de gracia ante la necesidad y sonríe aunque sea de manera sucinta.

    Karem retoma el camino hacia ningún lado, no reconoce las calles y tampoco parece importarle. Solo no deja de condenar al maldito bus que tuvo que detenerse y obligarla a bajar. Al menos, tiene una moneda más al bolsillo. Un pan más para comer, pero ¿qué alimenta al corazón?

    Tratando de resolver esta duda, Karem tropieza con una saliente de la vereda y cae de rodillas. Nadie parece haberla visto accidentarse, por lo que ella tuvo que recomponerse por sí sola.

    Apoya su mano sobre la pared para acomodarse los zapatos y cuando se dispone a seguir caminando, nota que su mano está sucia con polvo naranja. Se la sacude y mira hacia la pared donde se había apoyado.

    La respiración de Karem se detuvo por completo y sus ojitos rojos se aliviaron. A pesar de haber caminado sin destino alguno, una extraña fuerza mayor movió sus fichas para que Karem tenga un rumbo lleno de esperanza. Aunque no lo haya visto desde hace buen tiempo, Karem tuvo en su mano derecha el polvo que conformaba el nombre de Jano escrito en la pared.

    Foto: Wikipedia. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    marzo 16, 2015
    Artículos
    Cuento
  • Strangers in the night

    Así como de noche te conocí,
    a oscuras nos tocamos
    creyendo que conocíamos
    mediante las manos
    lo que nuestros ojos
    con dificultad veían.

    Éramos extraños en la noche,
    eso era lo hermoso,
    a poca luz para taparnos
    las cicatrices del tiempo,
    los defectos del alma
    aparentando ser perfectos.

    A oscuras como los amantes
    que apagan la luz por miedo
    a sus cuerpos poseídos
    de energía transformada
    en un gimoteo que acaba
    en suspiro, pero traducido
    al susurro casi silencioso
    del amor que apareció,
    no para hacerse,
    sino para hacernos.

    De noche oscura nos vestimos
    para que los instintos
    nos halle desnudos,
    sin luz para sentirnos
    cómodos como los extraños
    que éramos y que somos
    ahora sosteniendo una vela
    que se apaga…
    No para extinguirse,
    sino para volver siempre
    a las escondidas…
    a las calles tomadas…

    Que todo eso recuerdo
    ahora que te pienso
    con luces apagadas.

    André Suárez Paredes

    diciembre 6, 2014
    Artículos
    Amor
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Disculpa si te puse triste…

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