En el centro
de tantos
colores
habita
la más
oscura
de todas
las noches,
contraste
de puntos
y colores,
de belleza
congelada
a verme
a través
del alma…
mientras
contemplo
muerto de
nervios la
inmensidad
del vacío,
de la gracia
del universo
hecho polvo
de estrella
los contornos
de tu iris…
mientras
el tiempo
se detiene
y el espacio
se transforma
en nada,
perdiendo
la sensibilidad
de los vivos,
sintiendo
la muerte
de los que
no buscan
sobrevivir…
mientras
me rindo
a tocarte
el vacío
con la yema
de los dedos
y agotarme
hasta
transformarme
en eso,
en ti,
en polvo
de estrella
moribunda
en el eterno
vacío
de lo que
miras:
el mundo
y yo
en él.
-
Estelar
-
Antes de la memoria
Hay palabras
que nunca
te tocarán
la boca:
lo que callan
los labios
es la herida
de algo
que jamás
sucedió…
Pero lo vivo
como un recuerdo
del futuro,
que en otro
tiempo,
que en otra
vida,
que en otra
ciudad
me hizo
alguna vez
feliz…
Pues así
es como veo
tu silueta
de bosquejo
desdibujado
entre las
sombras
de un recuerdo
que perdura
desde antes
de la memoria. -
Ataúdes vacíos
Aún recuerdo la noche
eterna y triste
en la que
tu cuerpo
desapareció
de mis manos,
en la que
mis labios
no te alcanzaron,
en la que
no pude devolverte
el aliento
del último beso
que nos dimos,
en la que
temblé roto
de silencio
y herido
de sangre
en el alma,
en la que
no pude verte
hasta el final
de las horas,
en la que
por última vez
te regalé las flores
que nunca
te prometí,
en la que
te ocultaste
para siempre
en la oscuridad
de una caja
de madera
eterna y
triste
también… -
Ira de palabras
Te propongo durarte para siempre,
irracional e infinito de misterio
en el vacío de tu vida inexistente.
Demostrarte a partir de la lógica
la sinrazón del temor de los dedos,
los besos que los labios pierden.Pero de conjeturas no vive la pasión
de extraerte la vida con la memoria
nocturna de pequeñas luces de ilusión.Y seguirte los pasos sin alma
con las manos llenas de las sobras
que dejaron la ira de nuestras palabras. -
Memoria del desempleo
Éramos cinco los valientes que compartíamos una mesa en Vichama, un bar ubicado en el centro de Lima, luego de haber participado en una de las tantas marchas en contra del indulto presidencial a Alberto Fujimori. La cerveza iba y venía mientras la noche se hacía más noche, y la calentura política se transformaba de a pocos en resignación.
«Yo sé que el Chino no volverá a la cárcel. Sé que estoy aquí por las puras. Sé que nada de lo que piense se hará realidad… Pero estoy aquí porque me indigna, porque me hierve la sangre tanta conchudez», dije mientras destapaba otra botella de Pilsen.
«Para ser sincero, la verdad no tengo ninguna fe en este país. Lo quiero con toda mi alma, pero nos merecemos toda esta mierda. Aquí se sobrevive, no se piensa en un colectivo común desde el inicio de nuestra república… ¡Somos un proyecto fallido! ¡Un bebé muerto antes de parir!», agregué a modo de broche a mi malhumor.
El silencio se plantó en la mesa entre el cenicero y las botellas vacías.
La sonrisa inquieta
Mentalmente hacía una pequeña reflexión sobre la dureza de mis palabras. «Carajo, debo conseguir un empleo pronto», me dije en broma tratando de apaciguar la amargura. Bueno, en realidad no tanto: aún sigo buscando empleo desde que regresé de España.
Solté una sonrisa inquieta. Mi amiga se dio cuenta al instante. «¿De qué te ríes, André?». Le conté mi trajín de los últimos meses tratando de sobrevivir económicamente sin trabajo. No imaginan todas las peripecias y oficios que nunca pensé hacer en mi perra vida… siempre con la frase «el trabajo dignifica al hombre», de Karl Marx, para darme ánimos de que haga lo que haga me hace una mejor persona.
«No te desesperes… Yo estuve casi un año sin trabajo y fue la mejor experiencia de mi vida», dijo mi amiga. «Aproveché ese tiempo para hacer todo lo que me gusta. En verdad lo necesitaba para saber de qué era capaz».
La escuché en silencio mientras reflexionaba sobre qué cosas dignas de mención hice durante mi desempleo. Aprendí cosas interesantes. Se me ocurre, por ejemplo, los personajes lacra que se aprovechan de la situación laboral de miles de jóvenes desempleados. Aprendí a detectar el malhumor de las recepcionistas encargadas de llamar a cientos de postulantes. O cómo ganarme a las entrevistadoras con una bonita sonrisa, frases de baúl y un terno multifuncional según el evento social.
El trueque profesional
Pero lo que sí realmente destaco -y si eres un joven desempleado, aprovecha este consejo- es una práctica que llamo el trueque profesional. Este consiste en brindar un servicio profesional a cambio de otro servicio profesional. De esta manera, por ejemplo, conseguí ahorrarme una campaña de posicionamiento de este blog y cupones de consumo donde el dentista.
La cuestión es pensar que tú -mi buen amigo profesional- eres capaz de generar valor sin estar metido en la oficina. Tú realmente no vales únicamente la cifra que aparece mensualmente en tu recibo de pago. ¡Nada que ver! Tú vales lo que estás dispuesto a brindar al mercado según las capacidades que tengas.
Obviamente los profesionales dedicados al derecho o a la administración la tienen más fácil en el sentido que cuentan con herramientas para ser autónomos y emprendedores sin problemas. ¿Pero qué hay de los «inútiles» de ciencias humanas y sociales? ¿Tienen alguna oportunidad o solo viven con la mentalidad de empleado?
La potencialidad de los ‘inútiles’
Personalmente pienso que todo profesional tiene la capacidad de generarse el autoempleo o gestionar su propia marca. ¡De eso se trata el mercado laboral! La cuestión es mantenerse activo, incluso cuando no tengamos trabajo, porque así te abres espacio bajo el título que tú desees. Puedes ser especialista, analista, comunicador, consultor… Lo importante es no desconectarse de lleno hasta conseguir un próximo empleo de oficina.
Siendo periodista me dije esa noche: «si soy un buen comunicador, si estudié para comunicar, ¿por qué no destaco en mi área? ¿Por qué no me vendo a mí mismo mis propios servicios profesionales en beneficio de mi posicionamiento laboral?»
Eso fue un chispazo que ha cambiado mi perspectiva totalmente… y es algo además que nunca pude haber llegado a imaginar si no fuese por el desempleo, por la necesidad de hacer algo. Obviamente no espero que el desempleo me dure toda la vida. Lo qué sí le agradezco es la oportunidad haber puesto a prueba mis potencialidades, de convencerme que puedo ser -y hacer- lo que yo quiera.
Foto: André Suárez
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Proceso estocástico, Andrei Márkov y la vida cotidiana
La mejor manera de complicarse la vida es mezclando las matemáticas con la vida cotidiana. Esto es algo que siempre hago en mi búsqueda de la verdad plena… o al menos una aproximación bastante interesante -y al mismo tiempo muy nerd- sobre cómo explicar con ecuaciones o postulados matemáticos las situaciones más emocionales de la vida.
Pero bien es cierto que no somos máquinas. En este blog he derramado mucha tinta argumentando sobre la incertidumbre de nuestra naturaleza. Sin embargo, como seres de este mundo y de las leyes universales de la física, algo tenemos en nuestro organismo que obedece a esas macroreglas de números, sumas y restas.
No creas que estoy exagerando. Sabías, por ejemplo, que la sucesión de números de Fibonacci está presente en muchos eventos de la naturaleza como en la reproducción de las abejas, en las flores de los girasoles, en las ramas de los árboles y un largo etcétera.
La sucesión de Fibonacci comienza con los números 0 y 1,2 y a partir de estos, «cada término es la suma de los dos anteriores», es la relación de recurrencia que la define.
0,1,1,2,3,5,8,13,21,34,55,89,144,233,377,987,1597…
En mi búsqueda por más material como este, me topé con un simpático canal de YouTube llamado ‘Derivando’. Allí aprendí algo sumamente interesante que ha cambiado mi perspectiva sobre la calidad de nuestras acciones sobre la vida cotidiana.
Hablemos del proceso estocástico
Un amigo economista me resumió el proceso estocástico en solo dos palabras: el azar. Si queremos ser un poco más quisquillosos, diríamos que es un concepto matemático utilizado para advertir de la sucesión de variables aleatorias a través del tiempo.
Dentro de los diferentes tipos de procesos estocásticos, la Cadena de Márkov es interesante al establecer que la probabilidad de que ocurra un evento dependa únicamente del estado actual del sistema. En otras palabras, cada evento que está por ejecutarse no guarda memoria del pasado.
Esto lo podemos notar en la ruleta de los casinos. Si ha salido cinco veces seguidas el casillero negro, ¡en el siguiente no hay razón para pensar que será rojo! La bolilla simplemente no guarda memoria de lo que ha salido anteriormente para decidir cuál será el siguiente resultado.
Mejor que el mismo Eduardo Sáenz de Cabezón te lo explique en este video.
[embedyt] https://www.youtube.com/watch?v=VPuRoEOVogo%5B/embedyt%5D
Márkov y las emociones cotidianas
Muchas veces he argumentado que estamos acostumbrados a crear categorías o etiquetas para reducir la incertidumbre de una realidad infinita de experiencias. Imagino que esta tarea debe resultar casi imposible cuando uno se topa con un proceso estocástico tipo Cadena de Márkov, porque no tienes un referente histórico para plantearte una base de suposiciones y posibles resultados.
¿Pero qué cosas pueden ser procesos estocásticos en las emociones del día a día? Imagino en todas aquellas en las que sentimos angustia por cómo afrontar nuevas experiencias. Como nunca hemos vivido algo parecido, el resultado dependerá únicamente de nuestras acciones y de las circunstancias del presente. Las probabilidades del futuro no tienen cabida donde los hechos del pasado no existen.
Un ejemplo sería el proceso de cómo nos relacionamos con un desconocido. Solemos desconfiar por naturaleza debido a experiencias pasadas, ¿pero de ahí que más? No tenemos ni idea de cómo esa persona tomará nuestras acciones, ideas o reflexiones cuando recién entablamos conversación.
Usualmente aplicamos reglas generales de comportamiento para tantear el terreno. Solemos ocultarnos en una neutralidad emocional y cierta indiferencia para descubrir algo medianamente predecible en la otra persona. Digamos que es un protocolo de actuación… uno bastante falso.
Si no podemos prever el resultado de conocer a alguien, ¿por qué no ser uno mismo desde el principio? ¿Para qué no arriesgarse si ante la falta de previsión de resultados cualquier cosa es posible?
Eso es lo divertido de la Cadena de Márkov en la vida cotidiana: poder ser uno mismo siendo consciente de los infinitos resultados en plena incertidumbre.
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En la nada
A veces te pienso
en las endiduras
del tiempo
o entre los
puntos suspensivos
del silencio
para luego
perderte
el rastro
al ver
que el reloj
anda en una
dirección
contraria
a la que
me lleva
tu vida.
Así de simple
solo desapareces
en dimensiones
incomprensibles,
en espacios
surreales
de memoria
extinta
como ceniza
de luciérnagas
echadas al fuego.
Pues así
solo desapareces
en la nada
cuando extravío
mi mente
en el vidrio,
en la brisa,
en tu imagen
tatuada
dentro de
los párpados.Foto: Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons
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Testigos de ciudad
Cuánto silencio
tuvo el tiempo
para descubrir
lo que callas
por los ojos
y niegas
con los labios
los besos
que se
escapan
de tu boca
al respirar
dentro
de mí.
Qué hubo
del misterio
que nos embarga,
de la duda
que me sonríe
cuando no
me dabas la cara,
la risa
evidente
del brillo
de tus ojos
al guardar
la noche
en un recuerdo
soñado debajo
de tus párpados.Y me pregunto
cuánto silencio
de tiempo
y misterio
embargado
y risa
evidente
y recuerdo
soñado
volverán
a cruzarse
entre la niebla,
la ciudad
y las banquetas:
los testigos
de nuestra
soledad. -
Que nunca llegó
Te extendí
la mano
para tocar
el alma
que de
pedazos
moraba
el cuerpo
desnudo
en soledad.
Con mis dedos
te toqué
la fibra
sensible
de lo
espontáneo,
el éxtasis
de tu felicidad,
apreté la
lágrima
que derramas
al amar.
Y así
en tu cuerpo
mendigué
las caricias
gratuitas
de tus
impulsos,
lo que regalas
de noche
y te olvidas
de día.
Te mendigué
el beso
del saludo
para rogarte
el beso
del adiós
que nunca
nos despidió. -
Lo que nadie se imagina 24
Percy Aragón toma un poco de aire antes de comenzar a escribir. Mira el blanco de los píxeles de su pantalla. Trata de enfocarse sobre la nada. Escribe palabras sin sentido para luego borrarlas: una manera de provocar a la imaginación para que de un chispazo encienda la pradera.
«Hola, ¿estás allí?»
No hay necesidad de más palabras. No hace falta escribir. Percy presiona el botón «publicar» y se olvida del resto… hasta que apareció su jefe.
«¡Qué mierda te pasa! ¡Cómo vas a publicar eso en redes sociales! ¡Somos la burla de todos!»
El editor de cierre del diario El Comercio golpea el escritorio de Percy para que este reaccione a su ira. Sin embargo, Percy sigue imperturbable observando la pantalla. Su jefe le dice que borre inmediatamente la publicación que ha hecho en las redes sociales del grupo. Pero Percy hace oídos sordos. Percy aguarda por algo más hasta que…
«¡Ya está! ¡Acaso no ves! ¡Me está leyendo!»
La publicación acaba de recibir un like en Facebook. Percy lee el nombre del usuario. El nombre le es familiar. «¡Lo sabía, siempre estabas allí!»
«¡Pero qué mierda sucede! ¡Por qué no borra aún el mensaje!», pregunta del director del diario al jefe de Percy.
La tensión aumenta en la redacción, pero Percy vive en otra realidad. Los griteríos continúan hasta que Percy se levanta y deja el escritorio. Sale por la puerta, sale del edificio y camina hacia Jirón de la Unión para perderse entre la gente.
En pleno andar, saca su celular y envía el siguiente mensaje: «Sabía que aún me leías en las noticias. Quería decirte que no he podido olvidarte».
A los pocos minutos recibe una respuesta: «Yo sí».
Percy está en la Plaza Mayor cuando llega el último mensaje y decide volver al trabajo, aun sabiendo del infierno que le espera. Para esto aprovecha el camino de vuelta para comprar un lapicero en la bodega y dirigirse directamente a la oficina de Recursos Humanos. Percy sabe que si iba a firmar su carta de renuncia, no lo haría con un lapicero prestado.
¡Hay que tener orgullo hasta para renunciar antes de ser despedido!
A la salida del trámite administrativo, Percy coge sus pocas cosas del escritorio y se retira para nunca más volver. Una mancha así dura un par de buenos meses en la comidilla periodística. Pero eso no parece importarle, porque finalmente resolvió un misterio que lo embargaba desde hace cuatro meses: saber si su ex novia lo había olvidado por completo. Su osadía le costó el trabajo, pero al menos vive aliviado y cojudamente feliz.
