NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

  • Inicio
  • Cuentos
  • Poesía
  • Reflexiones
  • Lo que duele escribir

    Nunca me he definido como un escritor, porque siento que esa etiqueta no se adecua a la labor que vengo haciendo, incluso cuando lo que hago es «escribir» en el sentido estricto del término. Los escritores son otros, siempre serán otros, pero nunca seré yo debido a que recurro a la escritura como un simple medio a través del cual ordeno mis ideas o materializo escenas irreverentes que suceden en mi imaginación.

    Vivo de la escritura como si fuese una extensión creativa de mi psique y un alivio para mis inquietudes artísticas, emocionales y filosóficas. No creo estar escribiendo para un público objetivo (aunque pueda inspirarme siempre de alguien), sino para quienes de casualidad acuden a este blog y por allí coinciden en algunas cosas conmigo.

    Pero escritor así como los que escriben, pues temo no serlo.

    Será que cuando te presentas como escritor, uno se imagina a un «buen escritor» y eso está mal. Uno es lo que se dedica a ser, no tiene nada que ver la percepción de los demás sobre si eres lo suficientemente bueno para ser «escritor», «poeta» o lo que sea. Quizá por allí van las balas: no me autodefino como escritor, porque no creo ser lo suficientemente bueno ni quisiera sonar pretencioso ante la crítica del resto.

    Debe ser eso… o es que la humildad hace de mí un ser invisible entre tantos egos inflados.

    Pero hay algo que debo confesar: escribir duele. Todas las veces que retomé ‘No hablemos de cosas tristes’ fue justamente porque algo me dolía o me mantenía inquieto y no tenía forma de descargar tanta presión mental. Lo más curioso es que dicha inquietud mental no es necesariamente originada por sentimientos negativos. A veces sucedía todo lo contrario: las emociones más sublimes y hermosas también tienen la capacidad de perturbar a la mente más estable.

    Y eso último, por más versos y cuentos apasionantes que puedan inspirar, siempre duele.

    Duele en el sentido que confiesas algo que por temor no quieres contar. Dicho temor puede ser ocasionado por cualquier cosa: etiquetas sociales, autocensura, insensibilidad, etc. El solo hecho de aventurarse a escribir al respecto es un proceso muy personal, algo así como desnudarse en público y la vergüenza impresiona hasta el terror.

    ¿Pero para qué escribir si es que no se cuenta todo? ¿O para qué someterse a ese dolor confesional si es que no cuentas lo suficiente? Siempre se puede cavar más hondo y lo mejor es hacer eso: extirpar la gangrena que pudre las raíces de una imaginación-pasión-amor-terror que se abren paso sobre la realidad.

    Jaime Bayly dijo algo muy interesante al respecto durante una entrevista con Moisés Naím. «Creo que el escritor pudoroso, honorable, decente es un escritor lisiado, minusválido. Más vale que se dedique a otra cosa».

    Desde hace unos días le vengo tomando la palabra y creo que de eso se trata ahora ‘No hablemos de cosas tristes’: un espacio que hará de aeronave para este piloto kamikaze sin sentido, que vuela hacia lo desconocido como las balas perdidas buscando un objetivo impredecible.

    Foto: Max Pixel – Creative Commons Zero – CC0

    [embedyt] https://www.youtube.com/watch?v=kWwXIw2XB9w%5B/embedyt%5DEntrevista a Jaime Bayly

    André Suárez Paredes

    enero 17, 2018
    Artículos
    Escribir, Jaime Bayly, Literatura, Moisés Naím
  • María y Rubén

    La noche oscurecía la ciudad belga de Amberes cuando María y Rubén, una pareja de tortolitos holandeses, entraron como dos chiquillos divertidos al dormitorio del hostel. Ambos llevaban un paquete oscuro, algo que cargaban con suma ansiedad y que soltaron inmediatamente sobre el camarote que habían reservado.

    Luego echaron un vistazo rápido por la habitación para saber si había alguien más en las demás camas del albergue. No querían un testigo para lo que sea que estaban planeando, pero no contaron con la presencia de quien ahora cuenta estas líneas.

    Yo estaba echado en la cama superior del camarote cuando María me mira con sorpresa con sus ojos azules  y saltones, para luego saludarme en inglés y soltar una carcajada nerviosa. Rubén voltea inmediatamente al escuchar la voz de su amada saludando a un extraño en la habitación, por lo que corrió hacia ella y aprovechó para tenderme la mano.

    Con qué cara los habré visto que ellos se dieron cuenta que andaba con la seria duda de lo que ambos pensaban hacer si es que yo no me encontraba en la habitación. Debo admitir que tengo expresiones faciales muy evidentes, más aún cuando me entra curiosidad.

    María se ríe aún más y me acerca los misteriosos paquetes que ambos habían metido a la habitación. «¡Mira lo que hemos traído!», me dijo divertida y sin tapujos.

    No hacía falta saber francés, neerlandés o español para entender que ambos paquetes eran dos trajes temáticos de Navidad. Pero no cualquier traje por fiestas: bastó con observar la etiqueta para entender inmediatamente que fueron comprados en un sex shop.

    «¡Los usaremos ahora!», ambos dijeron al unísono mientras se desvestían.

    ¡Yo no sabía donde mirar! Digamos que fui cómplice de ellos al observar mi celular en todo momento y evitar así observar algo por casualidad. Si tuvieron la confianza para contarme su travesura, al menos debo ayudarlos en algo, pensé.

    «¡Ya estamos listos!», exclamó María con algo de rubor en sus mejillas. «¿Puedes tomarnos unas fotos?».

    Me reí a carcajadas y acepté nervioso, tanto que les hablé en español por un instante. Les tomé como cinco o seis fotos, todas sumamente inocentes, nada tan escandaloso.

    Luego de tan divertida escena, María y Rubén se volvieron a desvestir para ponerse la pijama, siempre riendo de la travesura que acababan de hacer y de la cual fui cómplice.

    Verlos juntos era tan placentero, porque veía en ellos una complementariedad envidiable. Dos locos que han hecho del amor una escena en la que ambos preparan para dar lo mejor de ellos, para abandonar el ridículo y la vergüenza ajena para divertirse solo como ellos saben: disfrutando de sus excentricidades, saliéndose de las líneas de lo predecible, escribiendo un guión nuevo sin métricas ni formatos ante lo incierto.

    Hoy en día recuerdo esta anécdota con sumo cariño. Me pregunto en qué aventuras andarán María y Rubén. Quizá sigan juntos o quizá no. Nunca lo sabré a ciencia cierta, pero lo que sí sé ahora es qué sentir cuando me divierta con alguien sumamente especial. Gracias María. Gracias Rubén.

    André Suárez Paredes

    enero 17, 2018
    Artículos
    Amberes, Bélgica, Hostel
  • Las noches pupila

    Ahora que vivo entre cuatro paredes blancas, parece ya un recuerdo el sueño de haberte visto la última vez, desnuda a contraluz desde tantas ventanas y cada una con un sol distinto según las distintas horas de la mañana, de la tarde y del amor que se acurruca siempre de noche.

    Te cuento que aquí todo anda bien en la medida de lo posible. Aún me visitan mis seres queridos que ya casi ni me quieren, suelo tener citas con las agujas que cada vez me hacen doler menos el trasero y ya no lloro por las noches por culpa de la muerte de alguna de mis hormigas, de mis tan queridas amigas que me acompañan a las 5.54 de todas mis tardes para disfrutar de mi postre favorito: el pastel de vainilla con pecas de chocolate.

    Como es costumbre en este lugar, no tengo a casi nadie con quien hablar, solo millones de figuras producto del espejismo de una humanidad que cruza el vestíbulo de mi pabellón. Eso sí me pone algo triste, tanto que suelo sacar mi mano a través de mi pequeña ventana con barrotes de la puerta por si un día me contestas, por si cruzas desde la imaginación hacia la realidad para tomarme de los dedos y arrancarme el alma del cuerpo, que morirme ya no es una preocupación si me robas la vida en dulce agonía.

    ¿Qué diferencia tiene eso ya, mi chascona pequeñita? ¿Qué diferencia tiene si en tus ojos muere la tarde y yo con ellos en los ocasos que observo a través de estas rejas?

    Pero no sabes cómo se siente eso… No sabes lo difícil que es ser testigo de una naturaleza que envejece conmigo mientras me hundo en colores grises, verdes y azules, en tonalidades que me extravían la mente en el recuerdo de tu iris durante la lenta extinción de las tardes, y todo acaba cuando la oscuridad hace lo suyo, cuando los colores del ocaso de tu iris se transforman en pupila de color noche.

    Porque son en las noches pupila cuando no puedo dormir al sentir que me observas desde todos lados, como si el universo oscuro sobre el techo del mundo fuese tu pupila entera, y me miraras desde la mesita de noche y por debajo de mi álbum de estampillas y por encima del librero.

    Es durante la noche pupila cuando el síndrome de abstinencia reaparece contigo a través de tu ausencia, incrustándote en la memoria y solo atino a temblar, y tiemblo hasta atraer a los médicos, los doctores, los asistentes… A las agujas, a la anestesia, a las lágrimas… A la inconsistencia de mis palabras, a mi rostro pegado al espejo del baño durante madrugadas enteras, mojado con agua fría y de pie con un sueño inducido que de pesadilla solo tiene su despertar.

    Ahora no duermo más, no quiero más noches pupila si es que no estás al lado de mi almohada para tranquilizarme acariciándome el rostro y convencerme que no eres una gigante que por las noches observa muy de cerca el mundo, sino que el mundo lo veo a través de tus ojos y desde tu cabeza recostada al lado de la mía, y que así sea cada noche por siempre y siempre a partir de las 5.54 de la tarde, porque así podría lamerte feliz las mejillas como si fueses -ahora hecho persona- mi pastelito de vainilla con pecas de chocolate que tanto adoro.

    Foto: Jack Gittoes – Pexels. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 16, 2018
    Artículos
    Cuento
  • A poquitos

    De a poquitos
    se marchitan
    los nervios,
    la piel
    se rasga,
    los labios
    se fruncen,
    la mirada
    se entierra
    en los mismos
    puntos vacíos
    del panorama,
    las manos
    de coquetas
    tiemblan,
    los oídos
    no escuchan
    hablarte más,
    la boca
    que de besos
    ahora besa
    sin emocionar,
    los suspiros
    que colapsan
    el pecho
    y la mente
    que desvaría
    difusa…

    De a poquitos
    el cuerpo
    desaparece
    hasta convertirse
    en las pulsaciones
    más primarias…
    El cardiograma,
    los rayos equis,
    la espirometría…
    Las pruebas
    médicas
    de una vida
    transparente
    que atraviesa
    tus ojos,
    buscándote
    en las esquinas
    de la imaginación.

    Foto: Michael Dorausch – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 15, 2018
    Artículos
    Imaginación
  • Honestamente seguro… Inseguramente honesto…

    ¿De qué sirve ser honesto si no estás seguro de las cosas que haces? ¿De qué sirve estar seguro de las cosas que haces si no eres honesto?

    Ambos conceptos -la honestidad y la seguridad- se complementan a la perfección cuando se trata de aclarar las cosas en cualquier tipo de situación, irremediablemente ambas parecen ir de la mano para entender la realidad de una manera estable.

    Si eres honesto con algo y estás seguro de lo que estás proyectando, cualquier persona puede asumir con tranquilidad que estás siendo coherente desde una perspectiva sólida, que lo que dices o haces es perdurable en el tiempo.

    Sin embargo, hay un pequeño detalle con esta lógica: los seres humanos no somos los mismos a través del tiempo. La honestidad y la seguridad pueden transformarse en una fotografía del momento, algo cuyo valor puede ser 100% verdadero pero inestable si consideramos la naturaleza humana.

    ¿Se puede ser honesto sin sentir seguridad? Pues claro que sí. ¿Se puede estar seguro de algo sin ser honesto? Obvio que también. Ambos elementos tienen una función independiente entre sí. El problema es que esto no nos basta para tomar la palabra de alguien quien puede jurar ser honesto sin estar seguro, o jurar ser seguro cuando no es capaz de ser honesto.

    Parece que la honestidad y la seguridad operan según dos polos cuyo punto medio es algo que denominaría la ‘verdad personal’. La ‘verdad personal’ es algo así como un cúmulo de experiencias que son sinceras a partir de una autoevaluación personal, pero que además están sujetas al reconocimiento de su incertidumbre. La ‘verdad personal’ viene a ser una proyección humana sumamente sincera que no pretende convencer a los demás que somos robots programados para ser honestos y seguros hasta la eternidad, sino seres de carne y hueso que ante la incertidumbre están dispuestas a dar lo mejor de sí a partir del reconocimiento de sus vulnerabilidades.

    ¡Eso sí es realmente ser honesto y seguro! Lastimosamente, en Occidente estamos acostumbrados a tomar una decisión y nunca cambiarla, porque sentimos que hacerlo es una derrota personal. La filosofía oriental es muy contraria a este pensamiento, ya que consideran que la realidad es un constante cambio. La rectificación es alabada como una acción ante la duda y como autoreconocimiento de lo más elemental de la condición humana: el proceso de constante de cambio a partir de las experiencias de vida.

    ¿Qué hacer entonces con la honestidad y la seguridad si mi naturaleza humana es cambiante a través del tiempo? Pues primero ser honestos con uno mismo sobre qué sientes o haces en ese momento determinado de tu vida para recién ser honesto con los demás. Mientras más exhaustivo sea este trabajo, implícitamente estarás más seguro de lo que estás proyectando -repito- en ese momento determinado de tu vida. Siempre es en un momento determinado de la vida, porque llegamos a conclusiones en un tiempo específico de la realidad. No obstante, esta labor antes referida está englobada en algo mucho mayor, y esto es ‘el sentido’.

    De acuerdo con Viktor Frankl en su libro ‘El hombre en busca de sentido’, «a un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino».

    ¡He allí la clave! El hecho de ser honesto y seguro con «algo» no es un fin en sí mismo en la aspiración de la humanidad como ser virtuoso, sino se tratan de elementos circunstanciales que ponen a prueba el desarrollo del sentido que yo le doy a mi vida. Ese sentido es la fuente a través del cuál soy capaz de discernir mis acciones procurando evitar las contradicciones.

    El sentido de la vida puede variar. Hay personas que gustan cambiar siempre, otras son más estables. Lo importante es identificar qué tanto mis acciones (como ser honesto y seguro a la vez) dan cuenta de si tengo un sentido de la vida corrupto o reflejan un sentido de la vida más consecuente con mis aspiraciones personales más puras, específicamente con la fibra más sensible de qué me motivó a elegir determinada actitud ante la vida.

    Saber cuál es la actitud que uno ha elegido para su vida no es de la noche a la mañana. Para esto hay muchas cosas de por medio: la experiencia, la confianza, el tiempo, etc. Solo es cuestión de ser observador y, sobretodo, ser capaz de mimetizarse con las experiencias del otro para evaluar sin prejuicio determinadas razones que no compartimos hasta identificar las contradicciones más elementales. Cuidado con esto último, porque son estas contradicciones donde se esconde el verdadero monstruo de quienes juran ser algo y acaban siendo todo lo contrario.

    Foto: Lisa Verhas – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 15, 2018
    Artículos
    El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl
  • Por siempre

    Quisiera sentir que de un solo intento soy capaz de aguardar en mi alma la inquietud de una vida ensueño, que de una sola vez tenga que redimirme a tus manos para besarte los pies, mirarte siempre debajo de la cintura para sentir que mi rostro se hunde en tu vientre y me cobijas en tu calor hasta desaparecer, hasta fusionarme en tu piel, tus músculos y sangre.

    Cómo -es lo que no sé- de un solo intento haber podido incrustarme en tu cabeza, justo entre los ojos, para que no me pierdas de vista a través del camino confuso y sin guía. Cómo en un intento tan solo poder regresarme en el tiempo para acariciarte el rostro confuso, las mejillas frías, besarte los párpados antes de dormir.

    Pero ahora solo quiero vivir así, de un solo intento, para detenerte viva en tu tiempo y en mi historia. Mantenerte quieta y perfecta mientras se me deshoja la piel en contacto con tus manos. Servirme de tu piedad. Amarte hasta la promesa de haberte dicho: «sí, me tendrás por siempre».

    André Suárez Paredes

    enero 14, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Cosquillas

    Son pequeñas las cosquillas
    que de risa en risa
    y de carcajada en carcajada
    te hacen aparecer
    como una luz violenta
    sobre la razón
    de las emociones…
    Pequeñitas cosquillas
    que entre mis dedos
    aún sienten tus costillas,
    los lunares de noche
    llena en tu piel…
    Una piel de risa,
    de carcajada,
    de cosquillas
    que nos devuelven
    a la infancia,
    como dos niños
    que juegan
    a jugar
    a los besos
    de amor.

    André Suárez Paredes

    enero 14, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Diagnóstico clínico de las emociones

    Las palabras adecuadas… ¿No les ha pasado que se sienten de tal manera que no tienen las palabras adecuadas para describirlo detalladamente, como que sienten un ‘no sé qué’ indescriptible en el cuerpo? Resulta medio complejo hacerlo, porque uno usualmente evade a este autoanálisis físico-emocional mediante etiquetas muy gaseosas como tristeza, nostalgia, ‘me siento cagao’, ‘ando medio ahuevao’, etc.

    Pero traten de hacerlo al menos un momento, porque resulta hasta revelador poder identificar los síntomas más curiosos de las emociones más difíciles de entender o asimilar en la vida. Es algo así como un diagnóstico médico de una especie de enfermo por algo que la ciencia médica no ha podido investigar.

    ¿Cómo se siente físicamente estar triste? ¿Qué condición física ocasiona en nuestro cuerpo la nostalgia? ¿Cómo reacciona nuestro cuerpo al amor?

    Este tema curiosamente lo vengo trabajando desde un par de días, y creo haber llegado a una descripción bastante detallada de cómo me siento ahora, justo a esta hora de la madrugada en las circunstancias y emociones que me acarrean.

    ¿Cómo me siento? Pues ahora mismo con una presión en el pecho que me acorta la respiración, como si me apretaran la caja toráxica a tal punto que mis pulmones funcionan a partir de bocanadas cortas y rápidas de aire. Pero eso no es todo… Dicha presión me calienta el pecho haciendo que las extremidades se me enfríen y entumezcan hasta ocasionarme microespasmos en el cuerpo, como un temblor casi indetectable e insensibilidad a las temperaturas frías.

    La cabeza la siento a tope: las ideas fluyen con mayor adrenalina, la sensibilidad está a flor de piel y el cuerpo está inquieto por hacer algo, lo que sea o fuese: correr, saltar, escribir, cualquier cosa que aligere la presión del pecho.

    ¿Y cómo llamo a todos estos síntomas? Inspiración, algo que no siento desde hace años.

    Foto: mbtphoto (away a lot) – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

     

    André Suárez Paredes

    enero 13, 2018
    Artículos
    Salud
  • Lo que nadie se imagina 21

    Conversación en Tinder (05/11/2017):

    Ella: ¿Cuándo nos vemos?

    Él: Este fin de semana estaría perfecto.

    Ella: Pues me parece perfecto, tengo tantas cositas por hacerte…

    Él: Cosas como…

    Ella: Cosas ricas.

    Él: Adelántame un poco para saber, pues. No me dejes con la intriga…

    Ella: Lo que se me antoja ahora tirar en la calle, ¡que nos vean haciéndolo! Eso y que me ates de las manos, que sea así tu esclava sexual y hagas lo que quieras conmigo. Podemos sumarle algo de música de fondo y también grabarnos para tener así un recuerdo. ¡Mira lo que me haces escribir! Pero contigo quiero estar así, como que me inspiras a ser sucia y hacer todito para satisfacerte…

    Él: ¡Woao! Eso está espectacular. Todita para mí…

    Ella: Así es.

    Él: ¿Qué tal si a todo eso le sumamos una amiguita?

    Ella: ¡PERO QUÉ MIERDA TE PASA! ¿QUÉ CLASE DE MUJER CREES QUE SOY? NO QUIERO VOLVER A HABLARTE EN MI VIDA.

    Él: Pero si…

    Conversación finalizada

    * Caso de la vida real

    Foto: Melina Sampaio Manfrinatti – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    enero 12, 2018
    Artículos
    Cuento, Lo que nadie se imagina, Tinder
  • Estrategias WhatsApp-eras

    La tecnología ha hecho que la humanidad adopte nuevas etiquetas sociales en el mundo virtual. Ahora hay normativas de conducta que resultan implícitas cuando dos personas recién se conocen y comparten mutuamente sus números telefónicos para escribirse, como sucede con el popular WhatsApp.

    Curiosamente esto es algo que a mí me trae sin cuidado, porque cuando eres consciente de que las normativas son convenciones sociales, no hay verdades absolutas ni algo «necesariamente» malo como saludar en reiteradas ocasiones (sin llegar al acoso) o simplemente intentar una videollamada al azar. Bueno, ese soy yo, un tipo bastante raro.

    Pero mis amigos los Don Juanes sí que tienen todo un arte para estas cosas. Aquí comparto una serie de consejos que -imagino- a alguien le servirá en el futuro. De hecho, en algún momento apliqué algunos de estos consejos y diría que tienen bastante de acertados.

    «¿Ya te dio su número? Ahora no seas desesperado en escribirle. Dale un tiempo a la flaca, unos tres días y recién dile ‘hola’».

    «La dejada en visto es básica. No contestes inmediatamente, sino dale un tiempo de unos minutos para que no te vea desesperado. Si quieres seguir hablando con la chica por más días, trata de ser siempre tú quien deja en visto para así continuar la charla después».

    «Si quieres causar ansiedad, presiona cualquier tecla para que aparezca el mensaje ‘escribiendo texto’ en el celular de la otra persona. Esperas un buen rato y luego borras todo para así dejarla en tensión».

    «No debes ser siempre tú quien empiece los chats. Esta huevada es como un toma y daca, un tira y afloja. Debe haber un punto, porque una conversación siempre es de dos, sino sería un interrogatorio».

    «Los memes son importantes. Trata de meterlos en medio de la conversa para hacerla reír, así no todo se traduce en una constante lectura de palabras».

    «Si la estás dejando en visto, trata de aparecer como ‘conectado’ para así ella vea que estás interesado en otras cosas también y no solo miras su chat. Aunque eso puede ser cierto, la cosa es no parecerlo».

    «Yo sé de alguien que únicamente decía ‘hola’ en los chats de mi ex. Cuando ella le preguntó por qué hacía eso, él dijo que siempre lo hacía cuando estaba medio tomado y se quedaba en el saludo para no decirle cosas que ‘le daban miedo confesar’. No sé cómo diablos pero le funcionó, le plantó la duda a la chica y ahora son enamorados».

    André Suárez Paredes

    enero 12, 2018
    Artículos
    WhatsApp
←Página anterior
1 … 49 50 51 52 53 … 94
Siguiente página→

Disculpa si te puse triste…

  • Suscribirse Suscrito
    • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
    • ¿Ya tienes una cuenta de WordPress.com? Inicia sesión.
    • NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES
    • Suscribirse Suscrito
    • Regístrate
    • Iniciar sesión
    • Denunciar este contenido
    • Ver el sitio en el Lector
    • Gestionar las suscripciones
    • Contraer esta barra