NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Siempre contigo, Penélope (La Odisea)

    Cuando los amigos hablan de amores perdidos, de pasiones platónicas y de asesinas de la ilusión, siempre viene a mi mente una mujer cuya historia me ha fascinado desde el colegio. Hablo de Penélope, la esposa de Ulises (personaje principal de La Odisea), quien esperó el regreso de su amado a Ítaca durante años.

    ¿Pero acaso no te la han presentado?

    Un poco de historia

    Retomando. Penélope es la esposa de Ulises, el personaje principal de La Odisea, uno de los dos grandes poemas de Homero.

    Cuenta la historia que Penélope esperó durante veinte años el regreso de su esposo de la Guerra de Troya. Como siempre sucede cuando una bella e inteligente mujer anda disponible, no le faltaron pretendientes que aprovecharon la ausencia de Ulises. ¡Pero ven cómo la fábula se mezcla con la realidad!

    En fin. La anécdota más conocida de este relato es el ingenio de Penélope para alargar la elección del futuro rey de Ítaca. Para esto ella dice a los pretendientes que hará la elección cuando termine de tejer un sudario para el rey Leartes. Con la finalidad de extender el mayor tiempo posible esta labor, Penélope tejía y destejía el sudario hasta que finalmente fue descubierta. Felizmente, cuando esto sucedió, Ulises llega y asesina a todos los pretendientes.

    ¡Veinte años de espera! ¿Acaso se imaginan? No por nada Penélope es el símbolo de la fidelidad conyugal. Deberían crear una estampita con su imagen para encenderle una velita todos los días.

    Complejo de Penélope

    La psicoanalista Marie Langer acuñó el término complejo de Penélope para quienes hacen de la espera una constante existencial. O en buen cristiano, la eterna espera del regreso del ser amado te incapacita a readaptarte a la realidad. Podría decirse que la razón de espera tan prolongada está basada en un fantasma, en algo que ya no es porque no está más, sino en algo idealizado.

    Siempre Penélope

    Como les decía, Penélope es alguien que siempre llevo en mente mientras escucho historias trágicas de amores no correspondidos. Debe ser -ahora que lo pienso con calma- que ambos tenemos algo en común: la determinación. Hasta no saber la última palabra de algo, nunca pierdo la fe. Imagino que ella sintió lo mismo que no admitiría la supuesta muerte de Ulises hasta ver su cadáver, a pesar de la presión social.

    Tanto Ulises como Penélope fueron hechos tal para cual. Uno espera mientras el otro viaja. Claro que tampoco Ulises fue un santo, ¡cómo olvidarse de su aventura con la ninfa Calipso en la isla de Ogigia!

    Metafóricamente ambos tenían el mismo objetivo: la intención de reencontrarse. Lo realmente admirable de Penélope es la fortaleza de su carácter, su perseverancia por lo que creía. Pudo haber sucedido que Ulises nunca haya regresado y que Penélope quede como la cojuda del cuento.

    ¡Pero qué fácil es hablar tomando distancia de las circunstancias! Lo realmente valioso es que en el momento, en las circunstancias que ella atravesó, tuvo la personalidad de seguir la espera con convicción. No importa el resultado, eso solo lo sabe el tiempo. Lo importante es que nunca flaqueó y vivió convencida de lo que amaba.

    ¡Caramba, eso sí que es una mujer! No lo digo estrictamente por la fidelidad en sí, sino que esa actitud da pistas sobre alguien constituida íntegramente. Alguien que vive de sus convicciones, de su firmeza.

    Por cierto, el complejo de Penélope le hace mala fama a tan extraordinaria personaje. Obviamente se trata de un recurso metafórico, pero sería injusto que su también odisea emocional sea tachada como psicodependiente.

    Foto: J. W. Waterhouse – Penelope and the Suitors. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 14, 2018
    Artículos
    Amor, Mitología, Psicología
  • La defensa de la ilusión

    La ilusión… Personalmente odio cuando me dicen que estoy ilusionado, porque piensan que eres un tonto y que no tienes fundamento para sentir lo que sientes. ¡Pero qué saben ellos! Finalmente confiamos en la autenticidad de nuestras emociones. Solo nosotros somos capaces de sentirlo. No tenemos que dar explicaciones sobre ello…

    ¿Pero no será acaso que todo es una ilusión? ¿TODO?

    Veamos primero qué dice la Real Academia Española.

    ilusión

    Del lat. illusio, -ōnis.

    1. f. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.

    2. f. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.

    3. f. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.

    4. f. Ret. Ironía viva y picante.

    Hace unas semanas acabo de llegar a la conclusión de que sí. Todo en esta vida es una ilusión, incluso las cosas que consideramos 100% seguras. Mi principal argumento para afirmar esto es la teoría de las probabilidades aplicada erróneamente en un discurso reductor de complejidad. Suena a trabalenguas, pero vayamos por partes.

    Teoría de la probabilidad

    Las probabilidades es algo que ya hemos visto en el colegio. El lanzamiento de un dado o de una moneda… Matemáticamente podemos calcular cuál es la probabilidad de obtener un resultado determinado a partir del análisis de diferentes factores.

    La misma lógica la aplicamos en la vida diaria. Observamos ciertos gestos del comportamiento para resolver en una escala de probabilidad qué siente o piensa determinada persona. Esto es algo que hacemos siempre.

    ¿Pero acaso es posible aplicar la misma lógica matemática en el comportamiento humano? ¿Será que todos los hombres y mujeres funcionan igual que los dados: con un juego de factores determinantes y sin escalas de grises?

    La respuesta es un rotundo no. La experiencia y las emociones producto de ellas no son todas las mismas para cada persona en este planeta. Cada quien tiene un significado distinto para conceptos comunes. El amor es algo tan volátil que cada quien tiene un significado propio. La amistad igual. Esto se debe a que cada quien interpreta el mundo a partir de sus experiencias de vida, desde el ambiente y elementos socioculturales donde se ha desarrollado.

    Dentro de todo este universo de significados, hay elementos comunes. Esto nos lleva a la siguiente parte del enunciado.

    Reductor de complejidad

    Buscar elementos comunes en un universo infinito de significados no es una casualidad. Desde el principio de la filosofía, la humanidad sigue buscando elementos comunes para llegar a establecer un orden universal. Lo podemos notar en el lenguaje, en los diferentes reinos de la biología y un largo etcétera.

    ¿Pero cuál es el sentido de toda esta empresa de hallar elementos comunes para categorizarlos de alguna manera?

    El objetivo es diseñar un clasificador universal que permita analizar todo un panorama al detalle y sin errores. Esto mismo es algo que pretendemos hacer bien cuando evaluamos las experiencias humanas creyendo que todas y todos actuamos según cánones de comportamiento.

    ¡Eso sí que es muy pretencioso!

    Lo que buscamos es reducir la complejidad del universo de significados para no andar viviendo en el desconocimiento sobre las emociones del resto. Resulta más fácil tener una guía sobre lo que piensan y sientes los demás que ser conscientes sobre el infinito número de significados y experiencias que tiene la gente.

    ¿Qué tiene que ver todo esto con las ilusiones?

    Pues mucho. Las personas que te tildan de ilusionado viven fielmente para crear categorías, son seres que tratan de hallar un sistema de significados a todo lo que analizan. En el fondo buscan no sorprenderse. Le temen jodidamente a la incertidumbre, a no cruzarse con alguien que salga del discurso colectivo sobre temas muy volátiles como el amor, la amistad, el sexo, etc.

    Basta ser consciente de este universo infinito de experiencias para darse cuenta que las probabilidades matemáticas no aplican para la humanidad. El prejuicio contra la «ilusión» está fundamentado en un discurso de la realidad donde el colectivo social ha parametrado -a partir de elementos comunes- qué cosas son las emociones y los sentimientos. ¡Son esas personas que no toleran pensar que todo es una ilusión, porque invisibilizan a quienes sienten o piensan diferente!

    Seguro dirás: «pero hay veces que ya las pistas son tan evidentes que es muy difícil errar». Es cierto, pero basta una sola probabilidad de error para que todo finalmente sea una ilusión, debido a que el pronóstico está basado en un proceso estocástico, en el que los resultados varían sin llegar a un pronóstico determinista. Dicha variación se debe a que los factores que buscan determinar el comportamiento están basados en algo etéreo sobre un universo infinito de experiencias e interpretaciones de las mismas. Pueden existir tendencias -que es diferente-, pero no la previsión al 100%.

    ¿Por qué creer que solo uniendo los elementos comunes podemos determinar la vida del resto? ¿Acaso hemos vivido todos exactamente lo mismo para pensar igual y sacar conclusiones sin índice de error? No hay una fuente homogénea, por lo tanto los factores son endebles y los resultados varían según la experiencia propia del observador… o de quien pretende tener la razón calificándote de «ilusionado».

    El infinito y más allá

    Seguro volverás a insistir: «Pero si las probabilidades son muy bajas, ¡para qué considerarlas!». Lo mismo me gustaría pensar cuando salen las noticias de que un asteroide impactará la Tierra, pero hay algo que agregar a todo este análisis.

    Toda actividad humana es infinita mientras existamos en este planeta; por lo tanto, las probabilidades de que algo extraordinario suceda -incluso si esta pronosticado 1 en 9 mil millones- puede suceder cualquier día. Cuando se habla de actividades infinitas, las probabilidades más excéntricas pueden suceder finalmente en cualquier momento, porque cada proceso no tiene memoria del anterior. Y si extendemos los procesos hasta el infinito, es solo cuestión de tiempo para que sucede.

    ¿Qué tal si ahora es ese instante en el que se cumple la probabilidad más excéntrica del infinito? O para ponernos románticos de manera nerd… ¿Por qué me llaman ilusionado si cada persona se enamorada de manera diferente según experiencias únicas? Teniendo en cuenta que la humanidad se enamora todos los días desde su existencia, ¿por qué creer que la probabilidad más excéntrica como corresponderme en el amor no puede ser dable?

    Para acabar…

    Quienes juzgan a las personas por su ilusión analizan el comportamiento humano según parámetros basados en su propia experiencia. Esto invizibiliza el universo de posibilidades y habla siempre mirándose al ombligo, amparado en su acortada perspectiva realidad. Lo que hacen estas personas es creer en la infalibilidad de un sistema de evaluación cuyo resultado es producto de un proceso estocástico. Como enamorarse es diferente según la experiencia del individuo, no puede haber un sistema universal que trate de homologar un resultado que ya es impredecible.

    Ahora suma al resultado impredecible del proceso de enamorarse le sumas las probabilidades excéntricas del infinito. ¿Terrible cierto? Como cada enamoramiento es una actividad infinita cuyo resultado no guarda relación con el anterior (no todos nos enamoramos de la misma manera y no lo hacemos según cómo se enamoraron otros), las posibilidad de que esa chica o chico imposible te diga que sí es realmente esperanzadora.

    Si has llegado hasta aquí, espero haberte convencido que ser un ilusionado no tiene nada de malo. De hecho, con las razones que explico aquí puedes considerarte un profesional. Ilusionarse a veces duele, porque guardas fe en algo que puede ser diferente y acaba siendo la misma mierda. Pero ahora como sabes qué es un proceso estocástico, el resultado de ese proceso vivencial no tiene por qué ser determinante en el futuro. Solo déjate llevar en ese universo infinito de significados. Te aseguro que vivir así -sin etiquetas ni categorías- hará que te sorprendas al conocer a los demás.

    Foto: Flickr – Sundaram Ramaswamy. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 13, 2018
    Artículos
    Amor, Filosofía, Humanidad, Psicología
  • Condenados a la libertad

    Todo el mundo ama la libertad, ¿pero qué hay de quienes no la valoran y prefieren desprenderse de ella? ¿Acaso las personas libres no tienen también el derecho a renunciar a su propia libertad?

    Quienes optan por renunciar a ella se convierten en unos apestados. ¿Qué loco echaría a perder su libertad? Pues los locos que toman decisiones sobre qué diablos hacer con sus propias vidas, aunque sus fundamentos vayan en contra de los ideales libertarios.

    Estoy convencido de que la libertad es un instante en el que toda persona tiene la posibilidad de elegir qué camino tomar en su vida. La libertad es tener todas las posibilidades a la mano sobre qué quiero hacer con mi existencia, incluso la posibilidad de abandonarla. ¡Eso sí que es ser libre!

    El problema con este concepto es que se ha convertido en un discurso social. Hoy en día entendemos la libertad como un estado constante de libre elección. Algo así como vivir con todas las cartas sobre la mesa y disponibles para cualquier momento.

    El esteta

    Lo malo de esta perspectiva es que vivimos creyendo que tenemos todo cuando en realidad gozamos de nada. Siguiendo el pensamiento de Soren Kierkegaard, la libertad plena vendría a ser el escenario perfecto para el esteta.

    El esteta evita optar por un modo de vida estable y con continuidad en el que se adquieran responsabilidades (…) En el estadio estético, el hombre se conforma con una vida placentera, exenta de dolor y de compromiso. No le gusta lo que implique un compromiso o una responsabilidad a largo plazo. Desconoce la responsabilidad. Se busca permanentemente lo nuevo, cuando lo tiene en las manos y pierde novedad, pasa rápidamente a otra cosa.

    Estado estético – Crecimiento espiritual

    Naturalmente la libertad, ese instante personal de libre elección sobre nuestras vidas, acoge en su razón de ser su propio fin. Digamos que es un medio para algo, no un fin en sí mismo. En cada decisión que tomamos, agotamos otras opciones y acortamos nuestra libertad. No podemos vivir creyendo tomamos todas las alternativas al mismo tiempo. Eso a la larga hace que uno sea irresponsable sobre sus decisiones si finalmente puede optar a otra cosa. ¡Eso hacen los estetas!

    La condena de ser libre

    «El hombre está condenado a ser libre». El filósofo existencialista francés Jean Paul Sartré sí que la atinó con esta frase al dilucidar que la humanidad es responsable absoluta de sí misma. Por lo tanto, la autodefinición es parte inherente a su condición de ser. Por esa razón estamos constantemente en un proceso de elección, agotando así la libertad según el camino que decidamos para nuestra vida.

    De eso se trata la libertad… A veces me apeno por ella, porque tantos crímenes se han cometido en su nombre.

    André Suárez Paredes

    febrero 9, 2018
    Artículos
    Filosofía, Jean-Paul Sartre, Libertad, Søren Kierkegaard
  • La insensibilidad y la nieve polaca

    Me hallaba en Varsovia cuando conocí por primera vez la nieve. Nunca antes en mi vida había visto nevar sobre mi cabeza. Solo conocía la nieve por fotos, por paisajes en la sierra y por la escarcha que salía del refrigerador. Pero así la nieve que uno imagina estando en una ciudad tal como sueño de Navidad, pues nunca de los nuncas.

    Como así tampoco nunca de los nuncas había sentido el dolor de haber perdido a quien se suponía iba a amar para toda la vida. Fue por aquel entonces cuando la tristeza me dio un abrigo natural para cuidarme del penetrante invierno polaco. Hablo de la insensibilidad a las bajas temperaturas.

    Mientras caminaba en lo que era el gueto de Varsovia, hacía memoria de un programa que vi en Discovery Channel. Se trataba de un experimento que sometía a las víctimas a leves dolores físicos para medir su resistencia según su estabilidad emocional. Curiosamente las personas que eran insultadas y maltratadas psicológicamente eran las que más dolor podían aguantar.

    «Menuda suerte la que tengo entonces», me dije mientras veía asombrado cómo continuaba en la calle mientras el termostato marcada -15 grados celsius. Traté de sonreír un poco y seguí mi camino en una ciudad reconstruida prácticamente en su totalidad.

    Ahora me encuentro en Lima y aquí ya no hay nieve, pero aún esa insensibilidad continúa en mí. Me sorprende ver cómo la gente se queja del frío cuando la temperatura me parece indiferente. Esto ha sido tan intrigante que hace varias semanas escribí un cuento inspirado en este extraño fenómeno que ocurre en mi cuerpo.

    En ningún momento este programa de Discovery Channel decía que el efecto era para siempre. ¡Cómo no advierten de esas cosas! Quizá sea aún estoy condicionado. Para qué echarles la culpa a los buenos productores y científicos del canal de ciencias.

    Quizá sea yo mismo la fuente de tamaña insensibilidad. Quisiera pensar que es un instinto de supervivencia salvaje… Algo heredado de los primeros humanos tenían que vérselas por sí solos mientras el mundo se hacía mierda.

    Imagino eso es todo… Porque de lo contrario, esta extraña insensibilidad tendría su origen al sentir que mi dedo anular no lleva el anillo que alguna vez le prometí.

    André Suárez Paredes

    febrero 8, 2018
    Artículos
    Nieve, Polonia, Psicología, Varsovia
  • La teletransportación y el desenfreno

    Imagina que existe la teletransportación. ¿Te imaginas cómo sería el mundo si pudiéramos irnos de un lugar a otro en solo instantes? Ahora a esta misma idea suma algo más radical: la posibilidad de transportarnos mediante una pulsera especial a la que toda la humanidad tendría acceso. Solo basta presionar un botón y ¡boom! estamos en el lugar que estamos pensando. ¡Y así con cada persona del planeta Tierra! ¿Sería esto posible?

    Teletransporte o teletransportación es el proceso de mover objetos o partículas de un lugar a otro instantáneamente. Según la narración de que se trate, puede realizarse, o no, utilizando una máquina o dispositivo llamada teletransportador. Literalmente quiere decir «desplazar a distancia», lo que puede ser entendido como un desplazamiento que se produce sin necesidad de establecer contacto físico directo con el objeto para que éste se mueva.

    Wikipedia

    Sé que suena una tontería, pero pensar en un mundo ficticio donde exista la teletransportación a un nivel tan accesible me resulta una catástrofe. Aunque no lo creas, a esta situación hipotética le encontré varias cuestiones inquietantes sobre cómo sería la sociedad y la conducta humana si fuera posible trasladarnos a todos lados en poquísimo tiempo.

    La salud

    En un mundo donde la teletransportación esté al alcance de todos con una facilidad increíble (solo basta presionar el botón de una pulsera para ir del punto A al B), la salud es algo que a la larga se verá deteriorada por la inactividad humana. Ya nuestro sentido de distancia se vería alterado, porque la humanidad ya no tendrá la necesidad de moverse físicamente, y esto ocasionará finalmente una vida sedentaria, algo que la OMS ya viene advirtiendo como un peligro de salud pública. Y eso que aún ni existe la teletransportación.

    Gente mutilada

    ¿Qué sucede cuando dos personas se teletransportan al mismo punto? Imagino que ambas personas mueren o logran sobrevivir con las justas, porque ambos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo instante. Imagínate que un millón de personas se teletransporten a la sala del Louvre donde está la Gioconda. ¿No crees que en algún momento un recién teletransportado ocupará el mismo espacio de otra persona? ¿Qué sucede? No sé si ambos mueren por el impacto o el recién llegado le cae encima y solo muere el que estuvo allí primero.

    Negocios a la quiebra

    Si pudieras teletransportante a donde sea, ¿no aprovecharías para pillar algunas cosillas por allí? Puedes llevarte de todo: televisores, dinero del banco, libros, ir al cine gratis… Todo lo que está expuesto se puede robar si es que es posible tomarlo y simplemente desaparecer con la teletransporación. Ningún negocio que comercialice un producto está librado de esta vorágine. Los negocios que ofrecen servicios al menos tienen la posibilidad de sobrevivir. Ellos no tienen un stock, solo podrían sufrir los robos de lapiceros, computadoras y cualquier otro objeto que tengan en la oficina. De hecho, si pudieras teletransportarte, ¿para qué los aviones? Incluso, ¿para qué las agencias de viaje?

    Adiós a las fronteras

    La gente viajará de un lugar a otro con tanta facilidad que los controles de frontera no tendrían trabajo. De hecho, el comercio de sustancias ilegales y el contrabando tendrían una oportunidad amplia para operar. Ya no necesitarían de burriers para llevar la mercancía, solo haría falta dónde tener que ir para llevar toda la mercancía pegada al cuerpo. Los controladores aéreos serían despedidos por montones, solo tendrían trabajo para la movilización de carga pesada a través de los aviones.

    Chau espacios públicos

    ¿Qué sentido tendrán los espacios públicos como los parques, los jardines y las avenidas si es que todo el mundo puede moverse de un punto a otro sin tener un recorrido? Ya las veredas estarían de más. Las pistas serían cosas del pasado. La ciudad entera tendría que reformarse para localizar espacios donde la gente que se traslada al instante pueda tener un buen puerto.

    Se acabó la privacidad

    Con la teletransportación dejaría de haber espacios privados. Esto supone también una corrección en las condiciones legales de los ciudadanos, dando cuenta que no pueden transportarse a todos lados. Por privacidad no solo me refiero al cuarto de la vecina desnuda, sino también a áreas militares. Área 51 dejaría de ser tan misteriosa. Imagino que solo en esos casos, los militares estarían dispuestos a disparar si ven a un intruso teletransportarse allí como si nada. Siguiendo la línea de esta última medida, imagino que habrán bajan civiles por montones. ¿Quién nunca se animaría a visitar lugares prohibidos con orden de disparo? Sin duda muchos lo intentarán.

    Inseguridad mundial

    No se imaginan cuántos asesinos a sueldo estarían disponibles para asesinar a personas con poder teniendo a la mano el sistema de fuga perfecto. Solo hace falta aparecer, disparar e irse en instantes. Ninguna figura política estaría a salvo. Los baños de popularidad se acabarían para los políticos más odiados y los guardaespaldas seguro hasta tendrán más trabajo. Los figuras mundiales estarían igual de susceptibles a un ataque como cualquier otro. Tan solo imaginemos a Estado Islámico. ¡Cada uno de sus militantes puede hacerse estallar en cualquier parte del mundo y sin restricciones de preparación! Solo una cadena bomba y listo.

    Se acabaría un poco el romanticismo

    Si todo el mundo pudiera teletransportarse, no tendríamos la oportunidad de contemplar a alguien caminar mientras se acerca a uno para saludarlo o darle un beso. Así como la pérdida de usabilidad de los espacios públicos, los simples encuentros entre humanos serían frenéticos, muy intensos en el sentido de temporalidad. Esto se debe a la facilidad de estar en cualquier lado, cada quien puede irse por su lado o irse juntos a todos lados sin el menor esfuerzo. Viajar ya dejará de utilizarse, porque lo divertido de un viaje es todo el recorrido de ir de un lugar a otro. Pero si todo está en un parpadeo, ¿qué romántico y de esfuerzo tiene irse a conocer nuevos lugares?

    Con la teletransportación el mundo dejaría de ser tal como lo conocemos. Suena genial poder irse a todos lados en un instante, pero no nos ponemos a pensar de los riesgos que esto significa. La conducta humana sin duda se vería afectada. La ciudad dejaría de tener una personalidad si es que ya las calles, los edificios y las avenidas pierden su atractivo para los peatones, para la gente que camina tranquila por esos espacios admirando el paisaje urbanístico.

    Felizmente la tecnología de hoy está lejos de alcanzar el mundo apocalíptico que describo en esta publicación. Felizmente para cuando eso sucede ya estaré muerto.

    Foto: gaelx – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    febrero 7, 2018
    Artículos
    Filosofía, Teletransportación
  • Los malabares del miserable

    «Disculpa, ¿esperaste mucho?»

    Segisfredo Llorente toma asiento al lado de su cita hecho todo un caballero de la improvisación.

    La camisa que lleva encima es prestada. Los zapatos finos se los robó a un primo que -por desgracia- perdió ambas piernas en un accidente de tráfico. El pantalón de marca se lo sacó de una colecta pro fondos para damnificados. El perfume es en realidad una muestra gratis de Hugo Boss que alcanzó a pillar diez minutos antes del encuentro.

    «¿Pedimos algo? Tengo algo de hambre», le dice Justina Pollet.

    Segisfredo llama al camarero.

    «Favor de atender lo que pida la dama. Para mí solo un vaso de agua».

    Justina interviene.

    «¿No me acompañarás con algo?»

    «Sí, con el agua», responde.

    Justina se encoje de hombros y pide un jugo acompañado de una empanada.

    Ambos conversan un poco de muchas cosas. Se miran como buscando complicidad. Él se acerca un 90% a la cara -siguiendo los consejos de Hitch- para que ella solo disponga del 10% restante y así ver cómo acaba la tarde.

    Segisfredo aprovecha que Justina se va al baño para revisar si tenía condones y se da cuenta que no. Pero él lo tiene todo planificado. Espera a que Justina regresa para que él vaya ahora a los servicios.

    El café donde se encontraron no es mera casualidad; Segisfredo lo tenía friamente calculado: en menos de un kilómetro a la redonda hay un hotel barato, un centro comercial con uno de los cines más baratos de la capital y el tocador del mismísimo café tiene máquinas expendedoras de condones. Solo basta un par de puñetes para que cualquiera saque un par de condones.

    Eso es lo que exactamente hace Segisfredo y vuelve tranquilo donde Justina. «Ningún soldado va a la guerra sin casco», se dice así mismo mentalmente.

    Ambos pagan la cuenta… Bueno, solo Justina. Aún el mundo no está en crisis como para que los restaurantes cobren por el consumo de agua.

    La cosa se pone caliente y la pareja decide ir al hotel. Para esto Segisfredo quiso impresionar a Justina con su reluciente carro que hace un par de meses lo compró en una subasta de la SUNAT.

    «¿Qué son esos agujeros en los asientos?»

    Ah, faltó agregar eso. El auto estaba a la baja, porque allí mataron a dos narcotraficantes en el Callao. Uno de ellos justo estaba sentado donde ahora pasea la inocente Justina. Segisfredo obviamente cambia la versión.

    «Te traje a un lugar donde nadie nunca más te llevará»

    Segisfredo sabe lo que dice: dicha expectativa siempre funciona, porque ya estando en el lugar y con las hormonas revueltas, ya cualquier cuchitril con una cama funciona como escenario para el sexo descontrolado.

    Segisfredo se adelanta unos metros de Justina para negociar con la encargada.

    «Señora, ¿a cuánto el dormitorio más barato?»

    «60 soles. Me deja su DNI y se paga por adelan…»

    «No exagere, señora. Yo solo estaré un par de horas. No pasaré la noche aquí».

    «Así está el precio, señor».

    «Le explico la situación. Primero, yo no quiero televisor. Por las huevas es, porque ni veré las noticias».

    «Si así lo quiere, podemos bajar a 50 soles».

    «Pero, señora, las sábanas y las toallas están demás. No pasaré la noche aquí».

    «Con esas… Digamos unos 40 soles».

    «También puede quitar el jabón y hasta las cortinas. Ya es de noche y no prenderé las luces».

    «Señor, esto ya es el colmo. 30 soles y no hablamos más».

    Segisfredo paga lo acordado y la pareja sube de la mano.

    «Qué raro este hotel… El cuarto prácticamente tiene solo la cama…», dice Justina.

    «Sí, eso fue justamente lo que me contaba la encargada. Hace dos días entraron unos ladrones a robarse todo de los cuartos. De haberlo sabido no te hubiese traído…»

    «Descuida, quítate la ropa…»

    Acabada la faena, Segisfredo y Justina salen del hotel. Ya son las dos de la mañana.

    «¿Me acompañas a mi casa?», dice Justina.

    «Lo siento, mi madre me acaba de escribir al celular para que pase por la farmacia. Me está esperando ahora mismo por la pastilla».

    Por si ya se lo imaginan, esto también es una mentira: su madre murió cuando él tenía siete años. Como ya está muerta, Segisfredo no cree que eso le moleste a estas alturas de la vida.

    Justina se vuelve a encoger de hombros y pide un Uber.

    Segisfredo hace que chatea con su madre.

    El taxi llegó justo a tiempo y Justina se despide.

    Segisfredo sonríe de su hazaña.

    «No he perdido el toque, carajo», se dice orgulloso mientras camina de regreso a casa con su último botín: mete las manos a los bolsillos y saca las pilas del control remoto que robó del dormitorio del hotel.

    «Ahora sí tengo para los relojes de la casa».

    Ríe, camina, se aleja y se pierde en la ciudad.

    André Suárez Paredes

    febrero 6, 2018
    Artículos
    Cuento
  • Cuando cierras los ojos al correr

    Anda, corre, vuela…

    Siempre pienso en esta frase cuando cierro los ojos al correr durante mis entrenamientos semanales.

    Por unos 30 ó 50 metros ando totalmente a ciegas sin miedo a tropezarme o chocar con alguien. Solo en esos 30 ó 50 metros siento que estoy viajando, que las piernas desaparecen, el piso desaparece y la mente se proyecta hacia la oscuridad, hacia la nada.

    El cuerpo se vuelve máquina, solo corres en automático y sientes cómo el aire te traspasa, cómo la piel se sensibiliza hasta un grado que llegas a sentir hasta cosquillas por cada pequeño cambio del viento.

    Es como desaparecer, como volverte en energía constante… Algo así como jugar a estar y no estar al mismo tiempo. Sabes que estás allí, porque físicamente lo estás, pero las condiciones mentales del cuerpo estás descolgadas del espacio y tiempo.

    Abstraerse, proyectarse, desaparecer…

    Es como viajar: uno siempre lo hace no para ir hacia otro lugar, sino para huir de donde se parte.

    Y cuando se acaban los 30 ó 50 metros, los ojos se abren con dolor y regresas a la realidad, y te sientes invencible en tu propia soledad.

    Foto: U.S. Air Force photo by Staff Sgt. Evelyn Chavez/Released

    André Suárez Paredes

    febrero 5, 2018
    Artículos
    Atletismo, Running
  • El ‘no pensar’

    El ‘no pensar’ es una tarea tan difícil. «Ya deja de pensar en ello, simplemente dedícate a otra cosa», solemos escuchar cuando algo nos atraviesa la mente las 24 horas.

    ¿Pero es posible ‘no pensar’ en algo? ¿No será que ese ‘no pensar’ es en realidad un pensamiento sobre lo que no queremos pensar?

    Me gustaría saber qué opinaría René Descartes. Quizá advierta que si no pensamos, estaríamos viviendo una realidad totalmente falsa si no somos capaces de al menos estar seguro de nuestra existencia, del yo que está pensando. Si dejáramos de pensar, ¡no tendríamos una base racionalista!

    Pero enseguida advertí que mientras de este modo quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, quien lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta verdad: yo pienso, por lo tanto soy, era tan firme y cierta, que no podían quebrantarla ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que estaba buscando.

    Seguro pensarás que estoy exagerando, que ‘no pensar’ es una recomendación para temas superficiales. La verdad es que pienso lo contrario, porque el diablo siempre se esconde en los detalles.

    El ‘no pensar’ es una evasión de algo que inquieta nuestros pensamientos, es huir de algo que creemos que no somos capaces de atender y resolver con nuestro poder de discernimiento. El ‘no pensar’ es contraproducente, porque mientras más tratamos de acordarnos que no debemos ‘pensar’ en algo, más nos acordaremos de esa espina a largo plazo.

    Pienso que en esas circunstancias es cuando debemos ser lo más humildes para entender que hay cosas que nos superan en complejidad cuando no contamos con toda la información disponible. Es como una ecuación matemática con un número ilimitado de variables, cada uno más misteriosa que otra y con alternativas irreales.

    ¡Esa es la clave! Hallar nuestro límite ante las circunstancias y resolver el ‘no pensar’ como un pensamiento irresuelto, cuya conclusión (o inconclusión) no es responsabilidad nuestra. Si pudiste haber vivido tranquilo desconociendo si hay vida extraterrestre, ¿para qué matarse por misterios más pequeñitos como para ‘no pensar’ en temas superficiales?

    Un amigo me dio un consejo interesante: «Dedícate a hacer otra cosa. Mantente ocupado y verás cómo todo fluye».

    Curiosamente tuvo razón, no tuve la necesidad de ‘no pensar’. Es otra manera de huir de los problemas, al menos más productiva que la otra.

    Igualmente ambas formas ayudan y cada quien es libre de huir de las encrucijadas mentales que tiene. Pero el problema es que no se puede huir para siempre, y si por un milagro logras olvidarlo por completo, has perdido la oportunidad de desarrollar (a costa de esfuerzo intelectual y emocional) tu personalidad.

    ¡Claro, porque los obstáculos no están hechos para evadirlos, sino para superarlos y con ello el desarrollo de habilidades que nos entrenarán para la vida! Nadie dice que será fácil. Todo lo contrario. Lo importante es el temperamento, saber que la cabeza está para pensar y no para que el cuello termine en punta.

    André Suárez Paredes

    febrero 4, 2018
    Artículos
    Cogito ergo sum, Filosofía, René Descartes
  • Lo que nadie se imagina 23

    Orlando Silva juega con sus dedos mientras aguarda la respuesta de Consuelo Rojas, la mujer que justo hace cinco minutos acaba de recibir un peluche ridículamente grande como romántico en plena Avenida Abancay. Uno que otro curioso se acerca para ver el desenlace de la escena.

    El silencio incrementa la tensión en la mente del pobre Orlando. «Cómo chucha no fui un avestruz para enterrar mi cabeza», se dice así mismo en su mente para calmar un poco las cosas.

    Ella abre la boca. Va a hablar…

    «Siempre te dije que te quiero como un amigo… Pero estoy dispuesta a que eso cambie… He notado que eres alguien muy especial»

    Orlando no se lo puede creer. La sonrisa estúpida ya se dibuja en su cara.

    «Pero hay una sola condición para que estemos… Me tienes que mostrar las últimas actividades de tu Facebook y debo ver que no le has dado ningún ‘like’ a ninguna chica en las últimas tres semanas».

    Orlando está atónito. Ya sabe que está jodidazo, porque al menos a una amiga le ha dado like por cualquier otro motivo que no sea necesariamente un conato de gileo. ¡Qué no todo es sexo en esta vida!

    «Claro, toma mi celular. Aquí te abro el Facebook y revisa…»

    Ay, Orlando. Lo mejor que puede pasarte es que todo sea una prueba, que la chica te diga después: «Solo quería saber si eres transparente conmigo y se nota que lo eres. No le temes a nada por mí». Pero esas cosas nunca suceden en esta perra vida. Hay que ser bien cojudo para pensar así, mi estimado Orlando. Pero la fe es lo último que…

    «¡TAN SOLO ANTEAYER LE HAS DADO UN LIKE A ESTA TIPA! ¡PENSÉ QUE ERA DIFERENTE!»

    Orlando se coge la cabeza. La realidad ya parece un mal chiste. Los curiosos comienzan a reírse a carcajadas.

    «¡Ya eso son huevadas!», «¡No te dejes, oe!» y «¡Qué tal locona!» son algunas de las frases que los ambulantes, choferes e incluso policías gritaron para animar al pobre muchacho que, así como su tremendo peluche, también fue tremendo pelotudo para no ser precavido.

    Consuelo le devuelve el celular a Orlando y este -entre enfadado, flipado y triste- enrumba a casa no sin antes hacer un número final. Ya saben, para la improvisada audiencia que fue testigo de una declaración de amor no correspondida.

    «¡Mira cómo le doy like a tu vieja! ¡Más rica!»

    La risa inunda el escenario callejero.

    Orlando se sube los pantalones y se retira con paso marcial.

    Orlando no regresa la mirada para ver lo desencajada que está Consuelo con tremenda escena, tan tremenda como el osito cojudo que regaló a final de cuentas.

    Orlando se sube al bus. Orlando se tapa la cara. Orlando se echa a llorar.

    * Inspirado en un caso de la vida real

    André Suárez Paredes

    febrero 4, 2018
    Artículos
    Cuento
  • Sombras

    De puntitas
    de ballet
    sobre arena
    se proyectan
    nuestras sombras
    hacia el horizonte
    oscuro donde
    se pierden
    las figuras
    de nuestros
    cuerpos.
    Así de solos
    abrigados
    de noche
    complicidad.
    Y en el centro
    de nosotros
    una llama
    que acaricia
    los nervios
    con dolor
    y riza
    nuestros
    vellos
    de papel.
    Y en él
    la luz
    de
    energía
    humana
    incandescente.
    Y en él
    los juegos
    del tira
    y afloja,
    las venas
    de alcohol
    macerado,
    los pulmones
    de humo
    indebido…
    El hambre
    de calentar
    los pies
    pateando
    latas
    y el corazón
    dividido
    entre
    tú
    yo
    todos

    André Suárez Paredes

    febrero 3, 2018
    Artículos
    Poesía
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Disculpa si te puse triste…

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