NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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    No leas esta línea
    como si fuese
    el pie de nota
    de una confesión
    sincera.
    No lo leas
    esperándome
    al otro lado
    del teléfono
    aguardando por
    una respuesta.
    No leas
    lo que viene
    con juicios
    concluidos,
    con cautela
    de romper
    cualquier cosa,
    con la esperanza
    de hallarte
    perfecta…

    Solo léelo
    como un boceto
    hecho a partir
    de un solo
    garabato
    de alegría,
    como una pieza
    irrepetible
    de anécdota viva,
    como una historia
    congelada,
    como un tributo
    a tus ahora
    que me acompañan.
    Léeme así,
    desnudo en la prisa
    de no dejar escapar
    lo que ignoras…
    Lee esta línea
    como si sintieras
    mi libertad
    de desprenderme
    de los tapujos,
    de mi tartamudez,
    de darte algo
    sin recibos
    ni reclamaciones,
    de obsequiarte
    mis instantes
    de delirio creativo…
    Léeme, por favor,
    regalándote
    lo más noble
    de mis sensaciones.

    André Suárez Paredes

    diciembre 4, 2018
    Artículos
    Poesía
  • ¿Se puede «morir de amor»? Conoce el síndrome del corazón roto

    «Morirse de amor». Una frase algo trillada si es que pensamos un poco sobre el amor. Siempre hemos escuchado esto como si fuese una sensación confusa entre la tristeza, la agonía y la desesperanza. ¿Pero a quién lo internan en el hospital por «morirse de amor»? ¿O es que acaso existe medicina para salvarse de tan extraña patología?

    Sé que suena a broma, pero sucede que tiene algo de cierto cuando entramos a los detalles. No es que te «mueres de amor» así literal, como si este último elemento fuese un virus que acaba con tu cuerpo, sino mediante las consecuencias emocionales que pueden alterar tu organismo. Mejor recurramos a la ayuda de los expertos

    Tengo el corazón roto…

    La metáfora del «corazón roto» en las artes es muy conocida, pero sabías que hay algo de verdad detrás de esta sensación. El canal de YouTube TikTakDraw hizo un video con apoyo de Glóbulo Azul para explicar si es posible perder la vida por tener el «corazón malherido».

    [embedyt] https://www.youtube.com/watch?v=bm4QJAjLX6c%5B/embedyt%5D

    Todo empieza por el estrés. Una experiencia negativa puede ocasionar un cuadro de estrés tan grave que los ventrículos del corazón (parte inferior) dejan de contraerse, limitando así la circulación de la sangre al resto del cuerpo. Esto hace que la presión sea mayor en las aurículas y adquiera una forma esférica, a la que se le denomina «el síndrome del corazón roto» o cardiomiopatía de takotsubo.

    La respuesta corta sería entonces que sí es posible morirse del «corazón roto» por las consecuencias del estrés en el corazón hasta el punto de impedir su correcto funcionamiento.

    Síntomas del corazón roto

    Las sensaciones que uno siente por el síndrome del corazón roto es falta de aire y dolor en el pecho, casi lo mismo que un paro cardíaco sin el bloqueo de las arterias. La diferencia entre ambos males no se sabe con certeza, incluso, hasta después de una observación médica.

    La población más susceptible a este mal son las mujeres mayores de 50 años.

    Respecto al tratamiento, este demora entre 4 y 8 semanas hasta que el corazón recupere su actividad cotidiana.

    André Suárez Paredes

    diciembre 3, 2018
    Artículos
    Amor, Ciencia, Salud
  • Divididos a cero

    Divido los besos
    hasta parecerse
    a rastros de nada,
    los oculto en boca,
    los vuelvo palabras,
    figuras sensibles
    de la tentación…
    Y los labios fruncen
    la imaginación
    de escenas pasadas,
    ocultas y libres,
    risueñas y libres,
    piadosas y libres,
    como reinventarte
    tantas pocas veces
    en nombre de la
    cordura debida.
    Fraccionar a cero
    tantos infinitos
    besos olvidados.

    André Suárez Paredes

    noviembre 28, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Conoce las probabilidades de morir realizando estas actividades «divertidas»

    Hay una diferencia importante entre los deportes extremos y la temeridad. Los aficionados suelen llevarse tremendo susto cuando están a punto de realizar alguna osadía como caídas libres y salto de base. La razón es sencilla: cualquier fallo puede ocasionar la muerte.

    ¿Pero qué tan conscientes somos de que ocurra una tragedia en plena actividad extrema? Aunque parezca difícil de creer, las probabilidades son reducidas. Luego de leer esta información, tendrás ganas quizá de animarte a hacer aquella actividad «peligrosa» que te hará sentir bien contigo mismo.

    Actividades «peligrosas»

    El portal Best Health Degrees ha compartido una infografía que muestra las probabilidades de morir realizando diferentes actividades extremas. Estas varían entre deportes y recreación, deportes de montaña, transporte, salud, fiestas y juegos.

    Cabe precisar que la base de datos utilizada para la confección de la infografía proviene del Centro Nacional de Estadísticas de Salud de Estados Unidos. Por lo tanto, no se trata de cifras universales, sino a partir de aquellas que fueron registradas en territorio norteamericano. Esto nos lleva a pensar que obviamente hay una mayor fiscalización a los deportes extremos para lo que estamos acostumbrados en nuestro país. Claro que eso depende si estás leyendo estas líneas en Perú, México, Argentina o España.

    Hay cosas bastante curiosas como las muertes provocados por actividades impensables. Tenemos, por ejemplo, los casos de deceso por videojuegos de computadora que es uno por cada 100 millones, la misma estadística prácticamente para los juegos de mesa y fiestas de baile. Sí, jugar Monopoly o Risk puede ser una actividad muy peligrosa.

    Si lo tuyo es lo extremo, las probabilidades de morir escalando los Himalayas sobre los 6000 metros es de entre 10 y 12.6 cada 100.

    Lo que sí es especialmente peligroso es el salto de base con una muerte probable cada 60 casos registrados.

    La infografía de la muerte

    infografia probabilidades de morir

    André Suárez Paredes

    noviembre 27, 2018
    Artículos
    Artículos
  • A dos pasos y tres

    Te seguía por la calle
    a dos pasos y a tres
    imaginando con las sombras
    los cuerpos que no se tocan,
    alejados por la rareza
    de las incongruencias,
    heridos de distancia,
    insensibles al paso
    de las horas
    con una noche
    acabada de caricias,
    desnuda de luces
    y pocas estrellas.
    Viendo así las sombras,
    recostadas en la acera
    la nostalgia
    de tener cerca
    las sensaciones
    de tu lejos,
    infinita sobre
    las luces pálidas
    amarillas y grises…
    Y yo en silencio
    fingiendo que oigo
    los cargos en mi contra,
    jugando, soñando,
    antes de despedirme
    de la libertad
    de imaginar la mezcla
    de nuestras formas:
    la ilusión de hundirme
    en tu silueta hasta
    desaparecer
    y desde la nada
    encontrarme,
    sentirte,
    todo otra vez.

    André Suárez Paredes

    noviembre 26, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Al extremo de la memoria

    Quisiera corromper
    mis nervios hasta
    sentir las
    estimulaciones
    de mis propios deseos…
    Manipular mi cuerpo
    como si de pensar
    tanto pudiera
    sentir las sensaciones
    físicas de la memoria,
    como tu presencia
    al otro lado
    de la habitación,
    haciéndote bolita
    en la cama,
    tu última caricia
    antes de pedir
    perdón…
    Algo así
    como controlar
    los instintos
    para llevarme
    al extremo
    de los recuerdos,
    salirme de las
    emociones para
    sentir en mis
    propias carnes
    las imágenes
    del pasado…
    Quiero vivir
    allí al otro lado
    de la memoria,
    tocarte en
    ausencia,
    inventarme
    con recuerdos
    que se sientes
    dentro de
    mi historia…
    dentro de mi
    propia felicidad.

    André Suárez Paredes

    noviembre 22, 2018
    Artículos
    Poesía
  • A la vez nada

    Vuela de un sueño
    que las razones
    me acobardan
    a tu verdad.
    Deja en ceniza
    la ofrenda
    de mi vida:
    la palabras
    que emocionan
    sin convencer,
    el aturdimiento
    de las sensaciones,
    el chantaje
    de unos ojos caídos,
    la sonrisa
    de este farsante
    que te sigue
    pisándote los talones,
    dibujándote en
    otros horizontes:
    donde el cielo
    se funde con
    mi imaginación,
    donde los sueños
    se esparcen
    como dientes
    de león…
    Vuela de un sueño
    que lo único
    que ahora
    me preocupa
    es el letargo
    de las horas extras,
    las simulaciones
    improvisadas
    de la nada.

    Foto: © 2016 Sandpaper. Licensed under CC-BY.

    André Suárez Paredes

    noviembre 19, 2018
    Artículos
    Poesía
  • Lo que nadie se imagina 32

    Sigisberto Bonanza es un misterio, aunque no un ser extraño en medio del gentío del Vichama, donde puedes hallar a cada insólito personaje de esta ciudad. De las veces que he ido en las últimas semanas, me ha intrigado un sujeto muy particular ubicado en la esquina de la barra, sentado junto a una botella de cerveza y escuchando música a través de audífonos, algo bastante raro si hablamos de un bar donde la música revienta hasta estremecer las paredes.

    Supe su nombre a través de los meseros del local. Parecía que conocía a algunos de ellos, así que de curioso me tomé el trabajo de preguntar a cambio de una propina extra. Me dijeron que siempre viene una vez al año para hacer exactamente lo mismo que estoy viendo ahora: sentarse en la esquina de la barra, pedir unas cervezas y oír música en privado.

    Algo tiene ese sujeto.

    Mientras esperaba a mis amigos -siempre tan impuntuales-, me acerqué donde Sigisberto para tratar de entender qué diablos tanto escucha a través de los auriculares ante tanta bulla. Obviamente no sabía cómo iniciar la conversación con un extraño. Traté de ser empático ante algo que me pareció tan extraño como inexplicable. Creo que es tener paciencia ante lo desconocido.

    «¿No te gusta la música de aquí?»

    Le pregunto en voz alta mientras me siento a su costado en la barra. No tengo respuesta. Me doy cuenta que debía llamarle la atención antes de hablar, pues los auriculares le cubren todo el oído. Eso me hizo sentir más incómodo. Le toco el hombro.

    «Disculpa, el mozo te está llamando…»

    Mentí. Solo quería que se saque los audífonos por un instante. Sigisberto pregunta al barman y le dice que no es así, que todo fue una confusión. Aproveché su regreso al extremo de la barra para insistir nuevamente.

    «Me da curiosidad… ¿No te gusta la música de aquí?»

    Sigisberto me mira a través de sus lentes negros y considerablemente anchos. Me parece que tiene cuatro puntos de medida en cada ojo, pues noto cómo el aspecto de su rostro se desvirtúa debido al aumento de los lentes. Me mira como si me agradeciera la pregunta para cederle la palabra. Se acomoda en la silla, toma un trago de cerveza y se cubre la boca para eructar educadamente.

    Me cuenta su historia.

    Una parte en todas las canciones… No precisamente el coro, pero hay una parte en la que mezclamos el recuerdo con el sonido, el tiempo, el espacio y las sensaciones. Es un punto muy específico donde sientes un chispazo en la memoria y recuerdas… Recuerdas todo solo en ese instante de música.

    Dicen que la memoria viene más por el olfato que por el oído, pero guardar recuerdos en un lugar como este, que prácticamente huele igual todos los días, requiere de ayuda extra. He venido muchas veces, pero hay una en especial que quiero recordar para siempre.

    Fue una noche de verano, precisamente el 12 de marzo de 2015. Sí, exactamente como un día como hoy pero hace tres años. Vengo haciendo esto desde aquel entonces en la misma fecha. No me tomes a mal, pero qué mejor momento para refrescar la memoria cuando el mundo se ubica en el mismo lugar en relación al sol. Ya te dije, todo suma para la memoria.

    A eso de las 12.34 pm volvía del baño en dirección a la mesa donde me esperaban mis amigos. Había harta gente en medio de la sala de baile. Decidí atravesarla por el medio, porque quizá me encuentre con algún conocido. Me ha pasado varias veces.

    Fue en eso donde me toman de la mano. Era una muy suave, algo huesuda. Era de una mujer.

    Me quedé helado cuando volteé la cabeza para saber de quién se trata y toparme con un rostro desconocido, tan desconocido como imposible, pues una mujer así uno no se la encuentra todos días.

    Era bellísima…

    Nos miramos a los ojos y en menos de lo que dura una ilusión imposible me besó. Fue tan rápido que no pude quedarme embobado en los detalles de su rostro, de sus ojos, de sus contornos. Solo sentía su silueta y reconstruía su cara a partir de lo que por lógica debería estar allí mediante pequeños detalles.

    Tenía dos ojos. Noté algo de azul, tendría entonces los ojos de color océano. Sus manos huesudas daban cuenta de su cuerpo esbelto y sus mejilla pegadas al pómulo, delgadísima. El brillo opaco de la punta de su nariz daba cuenta de algo de base. Cuando sentí su nariz cerca a la mía sentía que era algo respingada.

    Yo y mi estúpida costumbre de cerrar los ojos al besar. Pude abrirlos a tiempo para ver algo más de ella. Su piel era blanquísima. Se le escapaban un par de cabellos de su único moño. Era castaña.

    Me quise alejar para ver su rostro por completo, pero ella se pegó a mi pecho. «Bailemos», me dijo.

    No cruzamos palabra durante tres. Por instantes me abrazaba más fuerte y es cuando le correspondía por la simple empatía que generan los abrazos incluso de los más extraños. Había humildad en ella, quizá una historia por contar, había algo dentro de ella que brotaba de su cuerpo en cada esfuerzo por hundirse en mi pecho. Sentía sus respiraciones.

    Antes de empezar la cuarta canción, pasó sus manos por mi cuello y acercó su boca a mi oído.

    «Baila como si bailaras con una mujer que va a morir mañana».

    Dos minutos y treinta y cuatro fue lo que duró esa última pieza musical. Me dio otro beso, hago la torpeza de cerrar los ojos y al abrirlos ella simplemente desapareció. Miré a todos lados buscando explicaciones, pero incluso estando entre tanta gente, nunca hay testigos de lo que uno cree vivir en sueño.

    «…Una mujer que va a morir mañana».

    No hallaba respuesta. Caminé muy pensativo donde estaban mis amigos y veo en el suelo, precisamente junto a la barra, había una peluca del mismo castaño que había observado minutos antes.

    Salgo del local para observar si había algún otro rastro de ella. Me doy cuenta con que no hay nada. Desapareció.

    «Morir mañana». ¿Qué me habrá querido decir? Quizá sabía desde antes que iba a desaparecer sin dejarme pista alguna. Existió solo por un instante y murió al acabar la canción e irse de manera tan fugaz. ¿Y si realmente tenía algo y se iba a morir mañana? Quizá sí murió desde el instante que nos dejamos ver. ¿Qué diferencia hay entre la muerte y la distancia? Si ya estás lejos y simplemente no estás, es algo así como estar desaparecido y la muerte de alguien es eso… Es desaparecer.

    Ella «murió» al irse así tan de repente. Quiero pensar lo contrario, por eso vengo cada año, el mismo día y me siento aquí para ver si regresa.

    Ah, y los audífonos. Escucho siempre las mismas canciones que bailé con ella al estar aquí. Si por suerte aparece, podré presentarme y decirle «Hola, ¿te acuerdas de mí? Estas canciones las bailamos juntos» y dar con esa parte que le dé el chispazo que te decía. Esa parte de la canción que no es el coro y puede activarte la memoria. Además, eso me ayuda también a recordar esa noche y tener todo listo para acudir a ella sin titubear en las escenas del pasado. Quizá su memoria sea frágil, la música la ayudará y yo no quiero olvidar simplemente.

    ¿Nunca te ha besado alguien que sabes que en tu vida nunca volverás a besar a otra persona así? ¿Un beso con alguien que solo ocurre una vez en la vida? Quiero creer que no ha muerto. Solo es un día al año que estoy aquí así buscándola. Quiero verla otra vez, escuchar su historia, saber que está viva. ¿Por qué me eligió? ¿Como puedo ser digno para alguien cuya muerte iba a ser una día de «mañana» de hace algunos años?

    Quiero creer que está con vida. Quiero sacarme el tormento de que lo mejor que me ocurrió, ese beso inolvidable, no me lo dio una mujer que ya está muerta.

    ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí?

    Me tocan el hombro y son mis amigos. Finalmente llegaron. Me jalan para atrás y no pude despedirme de Sigisberto.

    Mis amigos me preguntan con quién conversaba.

    «Con un denso de mierda».

    Me sonrojo por mi respuesta. Solo no quería dar explicaciones. De reojo veo que terminó su vaso y procede a irse del local. Sigisberto cruza la puerta. Desaparece. «Murió».

    André Suárez Paredes

    noviembre 19, 2018
    Artículos
    Ficción, Lo que nadie se imagina
  • Aprende el arte de manejar un auto con cambio manual en cinco minutos

    Una escena familiar muy estereotipada es la del padre enseñando a manejar a su hijo. Lo hemos visto siempre, sea en películas o series. Pero lo cierto es que esas bellas imágenes en la pantalla no coinciden con la realidad, pues la paciencia se acaba con la primera metida de pata. ¡Peor aún si hablamos de un automóvil con cambio manual! Eso sí que es triste.

    Cambio manual es parte del pasado

    Los carros automáticos están hechos para quienes desean una vida placentera sin problema alguno en el transporte privado. Es prácticamente como conducir un carro de juguete, esos de batería cuando éramos niños.

    Aún me pregunto por qué el cambio automático no se ha vuelto el estándar si se supone que es la evolución del cambio manual. Solo presionas el acelerador y listo, no tienes que andar distraído (por lo menos al inicio) con coordinar una mano extra para hacer los cambios a tiempo.

    Me llama la atención que ahora muchos países apuestan por la norma del cambio automático para el parque automotor. Tiene bastante lógica, pero como una vez me dijo mi padre -y de seguro los padres de ustedes también-: «siempre es bueno saber el cambio manual en caso de emergencias».

    Y resulta que tiene razón. Estamos en una fase de transición y aún existen los vehículos con cambio manual, así que aprender no está de más para no tener problemas en la autopista.

    Truco para manejar autos con cambio manual

    Un experto de la escuela de rally Team O’Neil explica al detalle qué debes hacer para manejar un carro con cambio manual sin problemas.

    Tutoriales así existen en todos lados de YouTube, pero este destacada por dar ejemplos ilustrativos de cómo debe ser la coordinación para hacer los cambios en plena marcha del vehículo.

    [embedyt] https://www.youtube.com/watch?v=LEJahoaR5Rc%5B/embedyt%5D

    Lo mejor, además, es que la lección es bastante exprés. Solo necesitarás cinco minutos para dominar la técnica. El video hace especial hincapie en el embrague, ese tercer pedal que resulta imposible de entender para quienes vienen del sistema automático.

    El expero recomienda familiarizarse con el embrague del vehículo al avanzar en primera sin necesidad de presionar el acelerador, sino soltando el embrague en el punto exacto donde el carro avanza sin que se apague. De ahí ya todo es pan comido.

    André Suárez Paredes

    noviembre 15, 2018
    Artículos
    Ciencia
  • Lo que nadie se imagina 31

    Amaranta… Aún recuerdo la última vez que te vi a los ojos, aunque nunca te alejaste de mi lado. Sucede que las desgracias nunca avisaron cuándo sería el momento que mis ojos dejaron de funcionar desde aquel accidente, justo horas después de haberme despedido con un beso en tu frente.

    Fue duro para ambos. Te escuchaba llorar, aunque no podía verte nunca más. Te imaginaba a oscuras, porque desde aquella noche, la noche se hizo oscura para toda mi vida.

    Trataba de consolarte. «Al menos estoy con vida». «Al menos ahorraré para ir al cine». «Ahora puedes ponerte lo que sea, siempre diré que estás hermosa».

    Ni mis pésimos chistes cambiaban tu humor, y la cosa se ponía más seria cuando me veías cayéndome en mis intentos de caminar con el bastón. «Sería divertido andar con uno de Charlie Chaplin». Nada te hacía reír, aunque la desgracia era mía, mías eran las alegrías que dependían de ti.

    «Quizá era el destino». Te decía de repente cuando el oído detectaba tus mocos por caerse y la lágrima que corta el aliento en medio de la garganta. «Quizá así descubramos que estamos hechos para andar juntos».

    Pero nada te convencía. Ya la pena te superaba hasta el punto de hacerte daño en tu salud.

    «Soy ciego, pero no cojudo».

    Al menos en tres noches sentía cómo abrías la maleta, esa misma con la que abandonaste la casa de tus padres, para mirarla sin atreverte a meter tus pertenencias. Y yo te oía desde la cama, no te decía nada, porque no sabía qué decirte exactamente. Nunca fui bueno con las palabras.

    Pero no fue hasta la cuarta noche en la que finalmente te atreviste a meter tus cosas dentro de la maleta. Sabía que estabas por irte. Sentí tu mano sobre la perilla que jurabas no volver a tocar.

    «Ven… Acércate a mí antes de que te vayas».

    Escuché a sus rodillas tocar el suelo. Yo estaba al borde de la cama. Extendí mis manos para tocarte el rostro. Una lágrima estaba por la mitad de tu mejilla izquierda.

    «Quiero saber si es el destino…»

    Te quedaste en silencio. Pensaste que te tocaba el rostro para memorizarte de por vida antes de que te vayas. Mi intención era otra.

    «Quédate quieta un momento más…»

    Entonces lo sentí.

    «Amaranta… Está en toda tu cara…»

    Le pedí que me diera un lápiz y un papel, y que volviera a arrodillarse para tomarle el rostro con una mano, mientras escribía con la otra sobre el papel. Pasaron unos dos minutos y le entregué el papel. No podía hacer más.

    «Este ser… cuyo cualquier nombre sea… está entregado a quien por amor descubra este mensaje».

    Amaranta leyó la carta en voz alta y se quedó en silencio. Ella aún no entendía lo que sucedía. Yo me senté en el suelo para estar a su altura y volví a tocarle el rostro con las manos.

    «Te dije… Es el destino».

    ******

    Faltan pocas horas para acostarse. Amaranta se echa a mi lado, siempre en el mismo borde de la cama, y se quita la bata. No hace falta verla para sentir su desnudez.

    Han pasado 14 años desde aquella noche, y desde entonces -en todas las noches- acaricio su piel en busca de más mensajes del destino. Ya se ha vuelto costumbre antes de dormir.

    Las maravillas que puede hacer uno leyendo un lienzo tan hermoso como es su piel recubierta de pecas sensibles a las yemas de mis dedos y traducirlos mediante el sistema braille.

    André Suárez Paredes

    noviembre 13, 2018
    Artículos
    Amor, Lo que nadie se imagina
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Disculpa si te puse triste…

 

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