NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • «Losers», perder también vale la pena

    «Losers», perder también vale la pena

    Ganar. Vivimos en una sociedad en la que el éxito está basado en la victoria y perder no es otra cosa que un medio para alcanzar el triunfo. Sin embargo, hay veces que la derrota tiene una mística impredecible. A veces nos acordamos más de quienes perdieron en lugar de los vencedores, porque hay «algo» -casi siempre indescriptible- que hace de los perdedores -a secas y sin el romanticismo de que vendrán tiempos mejores- unos seres que encarnan el esfuerzo, el destino y la humanidad.

    Y todo esto se me ocurrió disfrutando del minidocumental «Losers», disponible en Netflix.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Reflexiones
  • Lo que nadie se imagina 49

    Lo que nadie se imagina 49

    Hace unos días el hombre más feliz del mundo se suicidó. A nadie en la cuadra parecía importarle. Los muertos van y vienen, y mientras más seamos en esta ciudad, la muerte es tan solo una cifra en los archiveros. No se hacen sentir… No tienen esa mística de tocar a la gente por simplemente dejar de respirar. Morirse es como hacer algo sin hacer y eso es hermoso…

    Pero suicidarse, ya eso es otro cantar…

    El hombre más feliz del mundo vivía a unas cuadras de mi casa. Recuerdo la noche en la que los bomberos rompieron la puerta tras varios minutos de espera y la incesante queja de los vecinos por el desagradable olor que provenía de la vivienda. Bastaron dos patadas y un carajo a viva voz para romper la chapa e ingresar al domicilio.

    Y allí estaba el hombre más feliz del mundo, colgado de una viga y vistiendo el mejor de sus atuendos.

    No me malinterpreten. No sé estas cosas, porque ingresé de puro chismoso, sino por algo que los bomberos comentaron con los vecinos. El hombre más feliz del mundo había dejado una carta sobre su cama. Solo había una línea…

    «Vete a la reconcha de tu madre».

    Los familiares llegaron. Bastaron unos segundos para que armaran la escena. «¿Por qué te lo llevaste en tu gloria?», «¿Cómo no me esperaste para verte por última vez?», «¡Justo había quedado para verte!» y «¡Yo que pensaba verte en unos días!» gritaban los hijos, los amigos y la exesposa, mientras los vecinos no hacían otra cosa de tratar de averiguar quién era ese reconcha de su madre de la carta.

    Los familiares discutieron por algunas horas sin llegar a un acuerdo sobre a quién se refería el suicidado. Uno de los fiscales se acercó a ellos para ayudarlos con este misterio…

    «Al parecer, la carta estaba dedicada al primer amigo, familiar, etc. que encontrara su cuerpo. ¿Quién de ustedes iba a ser el primero en visitarlo?»

    Hubo silencio. Los hermanos del suicida se sintieron aliviados, porque no puede ser posible un insulto de ese calibre para alguien que comparte la misma madre. La exesposa intervino y precisó que «reconcha tu madre» no tiene un significado literal, sino puede ser una expresión de enojo puro. Los hijos eran los más contrariados. Antes de la lectura de la carta, los ingratos se lamentaban con la policía de que justo el suicidio ocurrió días antes de visitarlo por Navidad… y ahora juran de que no pensaban verlo hasta dentro de dos meses.

    Sin resultado alguno, las autoridades sacaron el cuerpo en una bolsa negra. Los familiares se fueron, más consternados de lo que vinieron. Los vecinos volvieron a sus vidas de siempre.

    Y yo con la duda de que si los hombres más felices del mundo merecen una muerte así. Pienso que sí. De haber una vida después de la muerte, quién no puede seguir siendo feliz sabiendo que hablarán de ti por generaciones tras insultar a quien existe y nadie sabe quién es… salvo en lo más profundo de la conciencia de quienes te amaron, te abandonaron y ahora viven con la culpa de tu tácito desprecio. Eso es la inmortalidad.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 48

    Lo que nadie se imagina 48

    Corte. Fuera del aire.

    El presidente de la República se saca el micrófono de la solapa. Mira a todos los presentes y nota la incertidumbre. «¿Qué será ahora de la democracia?», dicen los rostros de quienes guardan silencio ante el gobernador.

    Aleja la mesa, se pone de pie y se abre la corbata. Respira aliviado como si hubiesen nuevos vientos para el destino de la patria.

    El silencio parece eterno.

    «¿No irán por una cervecita?»

    Todos se echan a reír y no dan crédito de lo sucedido. Después de casi 200 años de vida republicana, un presidente tiene una idea clara de cómo es que el libre albedrío es una herramienta para evaluar la responsabilidad ciudadana.

    Al presidente le alcanzan una lata de cerveza. Este la abre al instante y hace salud con sus asesores, guardias de seguridad, gente de producción y algún que otro becario en Palacio de Gobierno.

    Su esposa lo toma de la mano y -muy católica ella- se acerca al oído para preguntarle si es que acaso todo irá bien para los hijos del Perú.

    «Estoy tan seguro como el día que te dije para casarnos», responde el presidente ya con media lata vacía después de un buen sorbo.

    Al día siguiente. Titulares.

    «Se acabó la Ley Seca», «Chelas democráticas», «Chupeta electoral»… Las portadas anuncian lo que el presidente tanto había reflexionado una noche cualquiera mientras decidía cuál era el mejor destino del país.

    Ante la negativa del Congreso de hacer el voto voluntario, el presidente ordenó que no haya más la prohibición a la venta de bebidas alcohólicas en vísperas de elecciones.

    -¿Cómo cree, señor presidente, que esta medida sea la adecuada?-, pregunta una periodista en conferencia de prensa.
    -Quien es capaz de votar después de la resaca merece una medalla al mérito por civismo. El país solo necesita de los ciudadanos que sepan ordenar su vida con su participación activa en la elección de gobernantes. Es la mejor manera de que el país tenga una base sólida a partir del activismo responsable…

    Las declaraciones le costaron dos presentaciones en el Congreso, varias entrevistas más y cientos de memes en redes sociales.

    Fue el hazmerreír de la región hasta que el tiempo le dio la razón. Eso, y el Barómetro de las Américas al destacar la democracia peruana como la más activa del continente desde que, por primera vez, entregan la confianza del voto a los héroes del país: los hombres y mujeres que aún con la peor resaca de mierda son capaces de cumplir con sus deberes. Esos son, en palabras de Bertolt Brech, los imprescindibles del Perú.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 47

    Lo que nadie se imagina 47

    El talento artístico, por muy bueno que sea, tiene un límite… y es cuando el dolor de cabeza hace de tu día una buena mierda.

    Esto lo supe bien cuando, una tarde de mayo, se subió al bus una joven cantante, una artista callejera, que aprovechaba su hermosa voz para ganarse el pan del día. Lo curioso es que la conocía de vista, porque en varias otras oportunidades se ha subido al mismo bus que me lleva al trabajo. Digamos que tiene su ruta de «trabajo» se cruza con mi rutina. Yo supe quién era ella y ella, probablemente, ni notó mi existencia.

    «Hola a todos. Disculpen la interrupción en su viaje. No es fácil mi situación por la falta de oportunidades y por eso subo a las combis para ofrecerles mi arte. Toda moneda será bien recibida», dijo como hace siempre a todos los pasajeros.

    Y empezó a cantar.

    Su talento fue admirable. Su voz atrajo a cualquiera, incluso a quienes se quedaron «colgados» en el paisaje urbano a través del parabrisas… y ese volumen… Uno siente que es capaz de acariciarte el corazón a través de las vibras sonoras. Un deleite, un arte que no merece el humilde escenario callejero por ser sucio y sabandija… Un joya de salón. Un canto único y hermoso y…

    «¡Cállate, mierda!». Sí, ese era yo desde el fondo del autobús. Me acerqué a ella con cierta vergüenza por el exabrupto, con ojos de disculpa y tomándome de la cabeza para hacerle entender que nada de esto era su culpa. «Lo siento. Sé que no es la manera, pero tu voz ahora, en estos momentos, me está rompiendo la cabeza».

    Metí las manos en los bolsillos y saco la billetera.

    «Toma este billete. Son 100 soles. Por favor, no cantes más hoy y no quiero verte en, al menos, otros 100 buses que me lleven al trabajo. Cantas hermoso, pero ahora mismo me estás recagando la cabeza».

    Cerré los ojos con fuerza tras acabar mi discurso. Ya sentía la bofetada en mis mejillas, pero nada… Abrí los ojos nuevamente y ella había bajado del bus en silencio, algo indignada, pero con una sonrisa de consuelo al tener los 100 soles en su poder.

    El bus avanzó y la perdí de vista.

    Luego saqué la cuenta de que exageré, que probablemente con 50 ó 20 soles pude haber tenido el mismo efecto, pero cuando se trata del alivio inmediato a una jaqueca, no hay precio que bien valga pagarlo.

    Sobre la chica, no la volví a ver hasta tres meses después aproximadamente. Ella subió al bus y notó inmediatamente mi presencia. Se me acercó antes de dirigirse al público.

    «Toma. Aquí tienes 12 soles de vuelto por los 88 días que no nos vemos desde que me diste los 100 soles. Ahora sí, por favor, déjame cantar».

    Para su buena -o quizá mala- suerte, no me dolía la cabeza y esta vez pude disfrutar de su voz.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 45

    Lo que nadie se imagina 45

    Faltan pocos minutos para las seis de la tarde y Bruno Arinaga tiene una sola idea en la cabeza. Coge el teléfono y marca el número de su enamorada. Concretan una cita. Quedan en verse en el McDonald’s de Miraflores, ese mismo punto donde todo el mundo se espera para hacer cualquier cosa… Pero nada como Bruno tiene en mente.

    Se encuentran. Bruno la besa como si fuese la última vez, porque siente que puede ser la última vez, y le dice a su amada para que lo acompañe a cenar. «Te llevaré a un lugar donde nadie más te llevó», dice Bruno con una sonrisa sincera.

    La chica acepta. Se suben a un taxi. El chofer escucha la orden. «Avenida Iquitos con Antonio Raimondi, por favor», dice Bruno con cierto sudor frío en la nuca. Mira a su novia y ella está distraída con el teléfono. «No tienes ni puta idea de adónde vamos», piensa mientras el vehículo cruza las pacíficas calles de Miraflores para adentrarse al distrito de La Victoria.

    El taxi llega a su destino. «Vamos, amor… Ya llegamos». La chica baja del vehículo con un asombro del tres carajo. Son apenas las ocho de las noche, la noche se cierne sobre la ciudad, las luces de los postes hacen las calles algo menos horribles y la prostitución se hace dueña de las calles. La novia de Bruno logra ver a dos meretrices, una parecía bastante hombre, negociando el sexo del día con los mecánicos que trabajan por allí.

    «¿A dónde me has traído?», pregunta.

    «Quiero invitarte la cena», dice él sin tapujos.

    No muy lejos está el puesto de una emolientera ambulante, esos puestos que tienen sus banquitas en fila. La dueña los mira y los trata con desprecio. Con la ropa sabe bien que no son de la zona. Bruno y su novia comparten mesa con otros dos sujetos más.

    «¿Así que te gusta pasear? Bueno, pasarás por caja, chuchetumadre», le dice uno de ellos a Bruno, quien sacó su billetera para pagar por las bebidas.

    «Bruno, ya vámonos», dice su novia.

    Bruno está calmado. Saca 20 soles y los entrega al sujeto. Este se retira para evitar mayores problemas. Ya tiene su botín del día.

    «¡Por favor! ¿Dime qué hacemos aquí? ¡Llévame a casa! Este lugar es horrible». La chica se desespera.

    Bruno la mira. Toma aire…

    «Antes debo preguntarte algo». Bruno se arrodilla en el piso mugriento. Saca algo del bolsillo. «Esperanza, ¿te quieres casar conmigo?».

    Ella se tapa la boca. No sabe qué decir. «¿Qué diablos tiene Bruno en mente?», piensa mientras luce indecisa.

    Los segundos parecen eternos para Bruno. La inacción de Esperanza da cuenta de lo obvio y, a la vez, inevitable. Bruno vuelve a guardar el aro en su bolsillo, ordena un taxi y vuelven para Miraflores, para el parque Kennedy.

    Ambos se quedan callados todo el camino, llegan a su destino y se ven obligados a hablar ante lo que será una despedida incómoda.

    «Bruno… ¿Qué esperabas de mí si me llevaste a ese sitio de mierda?», dice Esperanza ya muy incómoda por la situación.

    «¡Pues que me digas que sí!», dice Bruno.

    «¡Y cómo carajo supones eso! ¿Acaso no has visto cómo hacen los demás?», responde Esperanza tratando de evitar una escena.

    «Así es, y por eso mismo… Qué fácil es decir el ‘sí’ en París o en Roma. Todo es bello y hermoso allá, pero contigo no quiero un sueño de hadas… Quiero saber si seguirás conmigo incluso en las zonas de mierda donde te llevé… Porque si me decías el ‘sí’ en esas condiciones, puta madre, ya eso sí es amor de verdad. Estarías dándome el ‘sí’ donde a nadie más se lo hubiesen dado», dice Bruno tratando de no llegar a los gritos.

    Esperanza se echa a reír. Simplemente no lo puede creer. Abraza a Bruno con cierta ternura para que se le pase el enojo.

    «Contigo sí que nunca se sabe… Por eso mismo estamos juntos…».

    Cuatro años después

    Bruno acude a la casa de Esperanza con un sobre. Ella está de vacaciones del trabajo, así que Bruno preparó una última sorpresa. «La segunda es la vencida», se dice Bruno para echarle ganas a su nueva empresa.

    «Mi amor, ¡haz la maleta y saca el pasaporte! Tengo aquí unos pasajes para pasarla juntos en el extranjero. ¡Quiero que sea sorpresa! Partimos esta noche», dice Bruno con cierto brillo en los ojos.

    Esperanza traga un poco de saliva. «¿Qué puede salir mal esta vez?», dice sin imaginar -luego se enteraría en el aeropuerto de Madrid- que el destino final es Damasco, capital de Siria, donde actualmente se desarrolla una de las guerras civiles más sangrientas de Medio Oriente.

    Ese día fue la última vez que vieron a Bruno y Esperanza con vida. Aún hoy la familia trata de hallar los cuerpos con ayuda del consulado.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 46

    Lo que nadie se imagina 46

    Cuatro y media de la tarde. Oficina.

    Orlando Pinzón sabe que el futuro será difícil cuando ve a su jefe agarrarse las pelotas mientras orina en el baño y al mismo tiempo conversa con él.

    -¿Todo bien?
    -Sí, señor… Todo bien.

    Orlando vuelve a su escritorio para hacer lo mismo que viene haciendo desde hace nueve años. Lo mismo y con la misma paga. De pronto, siente una mano tocándole el hombro. Voltea. Reconoce esa mano inmediatamente. No solo por su textura, sino también por el olor: su jefe no se había lavado las manos.

    -Señor Pinzón, quisiera hablar con usted en mi oficina.

    Orlando acude sin chistar. Cierra la puerta detrás de él para evitar alguna filtración. Escucha atentamente.

    -Señor Pinzón, debido a su experiencia en esta compañía, quisiera saber qué cosas recomienda para mejorar el ambiente laboral.

    Después de casi una década, por fin alguien le pregunta a Orlando algo más que «¿ya se retira, señor?» y «¿a qué hora ingresó?». Sus ojos brillan. Es su oportunidad.

    -Despídame, por favor…
    -Pero, señor Pinzón…
    -Sí, hágalo. Hablo en serio. No puedo soportar estar más aquí. ¿Mira esta cara? ¿La ve? -Orlando toma por las mejillas a su jefe y acerca su rostro a unos pocos centímetros de su semblante- ¿Te parece el rostro de alguien feliz? ¿Te parezco ser un hombre feliz? Sácame de esta mierda… Se lo ruego…
    -Lo siento, pero estamos en una situación en la que cada persona cuenta. No podemos perder a nadie hasta tener un reemplazo. Recién podríamos despedirlo dentro de una semana.

    Es entonces cuando Orlando se acuerda que el futuro será difícil… y cobra venganza.

    -Entiendo…- Orlando se pone de pie y coge un pequeño cuadro que está encima del escritorio de su jefe- ¿Es su esposa?
    -Sí, así es. El amor de mi vida… Allí aparece junto a mis hijos.
    -Ya veo, una bonita familia…

    Hizo falta menos de 24 horas para que Orlando obtenga su ansiado despido -todo un milagro en la burocracia laboral- y algo más de 72 para que reciba una orden judicial, en la que se le prohíbe acercarse a la familia de su jefe a una distancia no menor a los 100 metros. La razón es simple: nadie quiere estar cerca de quien restregó sus testículos encima de fotos familiares ajenas.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 43

    Lo que nadie se imagina 43

    A veces me pregunto de qué somos capaces de hacer en las peores circunstancias, hasta qué punto dejamos de lado nuestros intereses, gustos y agrados para convertirnos en el victimario perfecto, una máquina que sabe leer las peores pesadillas de una sola persona para hacer de su vida una miseria. Hablo de ese punto en el que ya dejamos de lado todo lo que constituye nuestra identidad para dedicarnos exclusivamente a herir a esa persona que tanto odiamos.

    El punto en el que dejamos de ser nosotros mismos.

    Todo esto se me vino a la mente cuando me enteré quién estuvo en esta misma casa antes de mudarme. Gaspar Iturbe alquiló este mismo espacio hace un año. Se quedó aquí por solo una semana, el tiempo suficiente para haber quedado en la memoria de los vecinos que se enteraron de lo que ocurrió aquí.

    Todos se debió a su hijo, un tal Joaquín.

    La familia Iturbe era bastante normal. Un padre normal. Una madre normal. Un hijo algo «complicado». Sucede que Joaquín confesó su homosexualidad a los 18 años, para eso ya había ingreso a la universidad. Sus padres, muy católicos y ortodoxos, no supieron cómo responder. Felizmente, el amor a un hijo pudo más: sin importar sus intereses sexuales, lo amaron como nunca hasta que la muerte interrumpió en la casa de los Iturbe.

    Joaquín fue asesinado una noche en la que volvía de una fiesta con sus amigos. Fue acorralado por varios sujetos en una calle oscura. Él trató de defenderse, pero no pudo hacer nada contra la punta de un puñal. La policía actuó casi de inmediato y lograron capturar al homicida. Se trataba de Sergio Yovera, un matoncito bastante repudiado en redes sociales. El tipo era un homofóbico al mango. No había publicación en la que despotricara contra quienes considera un «daño a la sociedad».

    Si bien la policía actuó de manera casi instantánea para capturar al asesino, la justicia hizo lo propio con soltarlo a los pocos días con el argumento clásico de «falta de pruebas». Lo que se supo después es que Sergio salió libre gracias a los contactos de su papi. El Señor Yovera es un abogado bastante conocido en los pasillos del Poder Judicial. Solo hizo falta un par de firmas, unos policías cómplices y la cosa se solucionó en un instante.

    Un cabro más en el cielo a nadie le importa.

    Pero a quién sí le importó fue a Gaspar. Luego del entierro de su hijo, Gaspar comenzó a salir de noche, siempre a escondidas de su esposa. Ella no le prestó atención, porque supuso que es su manera de lidiar con el pésame.

    La soledad puede ser buena consejera, incluso para urdir una venganza.

    Gaspar investigó por meses a Sergio, quien estudiaba en una exclusiva universidad de Lima. El desolado padre lo seguía por todas partes, lo tenía rastreado en redes sociales y se suscribió a todos los grupos homofóbicos en los que él también formaba parte como miembro.

    A través de una cuenta falsa, Gaspar logra hacer contacto en uno de estos foros dedicados al odio contra los homosexuales. Mantuvieron el contacto por más de tres meses. Gaspar quería intimar con él para conocer algo muy puntual: su peor pesadilla.

    Sergio pica el anzuelo y una noche en el chat le comenta qué es lo peor que podría sucederle en la vida. Lo escribió todo en un par de líneas sin imaginar que firmó su sentencia de muerte.

    La señora Iturbe salió de viaje por cuestiones emocionales, no podía seguir en la misma casa donde su esposo está siempre ausente y la nostalgia de las habitaciones hacía insoportable la soledad. Dijo que salía por un mes del país. No especificó a dónde.

    Gaspar coordina con Sergio una reunión. Quien fue el asesino de Joaquín acudió a esta misma casa donde ahora vivo. Por aquel entonces estaba siendo alquilada, así que era el espacio perfecto para hacer lo que tanto había planeado.

    Como Sergio no debía ver el rostro de Gaspar hasta que esté reducido, Gaspar contrató a un sicario bastante joven, con buen porte, para que haga pasar a la víctima como si fuese el dueño de casa. Las cosas salieron de acuerdo al plan.

    A solo unos metros de la puerta, Sergio cae desmayado tras un duro golpe en la cabeza por parte del sicario.

    «¿Lo dejo aquí en el sofá?», pregunta éste muy obediente.

    «No tan simple. Te pago un extra si lo desnudas y lo atas a esa silla. Además de fijarlo al mueble, por favor, ata bien sus manos y pies, y en la boca ponle esta mordaza», responde Gaspar mientras cierra todas cortinas y enciende la radio.

    El sicario hace su trabajo sin preguntar.

    «¿Nada más, señor?», pregunta por última vez antes de retirarse.

    «Nada más», dice Gaspar mientras espera a que Sergio despierte.

    Para mala suerte de Sergio, éste se despertó cuando -para su bien- lo mejor era que nunca despierte. Lo primero que vio fue a Gaspar sentado al frente de él. Solo los iluminaba un foco amarillo en medio de la oscura sala. Sergio trató de gritar, pero la mordaza en forma de bola en su boca lo impedía.

    «La peor pesadilla de un padre es enterrar a tu propio hijo… Es algo que no tienes ni idea, porque aún no eres padre. Tu papá de seguro lo sabe, por eso te sacó de la cárcel lo antes posible e intachable para que tengas un futuro digno. Cualquier padre haría lo mismo. Un hijo no deja de serlo nunca, incluso en las más grandes decepciones», dice Gaspar observando fijamente las pupilas de Sergio, quien ya sudaba profusamente.

    Gaspar hace una pausa y empieza a quitarse la camisa, siempre mirando a Sergio a los ojos.

    «Lo normal es sentirse satisfecho cuando la justicia llega… Eso no sucedió conmigo. Tú lo sabes mejor que yo. No hallé justicia para mi Joaquín y eso me tiene roto», Gaspar se detiene por las lágrimas. Traga algo de saliva y continúa. «Eso nos lleva a esta situación. Ante la ausencia de justicia, ¿ya qué me detiene a no actuar según mis propios medios? ¿A qué sistema debo temer si es que ya lo perdí todo? Mi hijo era mi todo y sin él ya qué puedo perder».

    La voz se le hace más firme. A veces tartamudea tratando de mantener la calma. Los mocos y la saliva ya comienzan a entorpecer la dicción.

    «¿Para qué ser buen padre o buen ciudadano si es que el sistema te da la espalda? Tener un hijo es una responsabilidad, hace que te cuides porque quieres seguir con vida para verlo crecer. Evitas los problemas, porque no quieres perderte ningún segundo del ser que amas… Pero cuando ya no está, ¿para qué entonces cuidarme? ¿Para qué seguir viviendo como si algo me importara si es que ya no está conmigo?».

    Gaspar ahora se quita el pantalón y la ropa interior. Ya está completamente desnudo.

    «Es tan extraño… Porque solo perdiendo al ser que amé he obtenido mi libertad plena. Ya no le debo nada a nadie. Ya no tengo ese lazo que me hacía aspirar a ser una mejor persona. ¿Ya para qué, Sergio? ¿Ya para qué?».

    Entonces, Gaspar se levanta y comienza a frotarse el pene con una de sus manos.

    «¿Y sabes qué decidí hacer con mi libertad? Pues joderte. Cagarte la vida. Pero no de cualquier manera. No pienso matarte, porque las peores pesadillas se sufren en vida y después de la muerte, pues solo hay más muertos, y lo que pienso hacerte es… Mejor no te adelanto las cosas. Sé que te gustará así».

    Todo esto lo supe por los partes policiales y el testimonio del mismo Sergio, quien fue rescatado tras una semana de haber estado secuestrado en este mismo lugar donde ahora vivo. Fue el casero quien avisó a la policía tras sentir un olor extraño en la sala, como cierto vaho que dejan los cuerpos al tener sexo frenético.

    Muy pocos vecinos se enteraron de lo ocurrido en este lugar. Yo tuve la suerte de acceder a los partes policiales, porque ahora soy dueño del domicilio, así que tengo derecho a estar informado. Por si se lo preguntan, Gaspar se suicidó con su cinturón antes de ser trasladado a la prisión. Sergio simplemente desapareció. No hay pista alguna de él.

    Lo que sí supe fue que el padre de Sergio se aseguró de que el tema no salga a la prensa. No quería que nadie sepa que su hijo fue violado analmente por quien fue un padre de familia ejemplar, muy católico, heterosexual y conservador. Así como tampoco quiso que nadie más se enterara de la peor pesadilla de Sergio, la misma que confió vía Internet a quien fue su violador.

    «Que me viole un hombre… Pero que lo haga así con ganas, que me trate como si fuera su mujer, que me golpee duro como si lo disfrutara. ¡Que goce de mí! Esa mierda, de solo pensarlo, me aterra», reza el mensaje enviado desde el móvil de Sergio a la cuenta falsa que Gaspar creó para contactarlo vía Internet.

    Quién dice que las pesadillas no pueden hacerse realidad.

    A veces me siento en la sala donde todo esto ocurrió y no dejo de cuestionarme una cosa: ¿cómo es que Gaspar, siendo católico, heterosexual y conservador, haya podido actuar de esa manera tan enajenada? Por más que me lo pregunte, llego a la conclusión que fue el odio, pero no cualquier odio, sino el más puro en todas sus formas.

    Un odio capaz de enajenarte de lo que es tu identidad, de tus gustos y creencias para transformarte en una máquina para hacer sufrir, en una invención de una pesadilla para ser la maldad en su estado más impoluto.

    Un odio capaz de hacer que Gaspar viole a Sergio y disfrutar del acto sexual con la única intención de atribuirse el daño y ejecutar al pie de la letra la peor pesadilla de la víctima. Gaspar disfrutó de él mismo el ejecutor de su propio castigo, a pesar de que nunca tuvo desviaciones sexual con el mismo sexo, según concluyó la pericia psicológica. Gaspar había dejado de ser él mismo para convertirse en la extensión de alguien más, en el miedo de alguien más ya sin importarle quién era antes de la pérdida de Joaquín.

    Siempre dicen que un padre hace de todo por su hijo… Imagino que sí, incluso hasta el punto de dejar de ser uno mismo.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 44

    Lo que nadie se imagina 44

    Me odio.

    No creas que tengo poca autoestima al decir esto, porque quizá tú también pienses lo mismo si es que tienes la oportunidad de relacionarte contigo mismo. Piensa en toda la magnitud de esta última frase. No me refiero a esta idea cojuda de «conocerse a uno mismo» desde la introspección, sino al nivel de interactuar contigo mismo en un mismo plano.

    Todo esto suena imposible. Efectivamente, no tenemos un gemelo idéntico con todas nuestras características; sin embargo, debo confesar que durante una mala noche tuve la oportunidad de interactuar conmigo mismo… y todo acabó pésimo hasta el punto de decirle a ese sujeto tan parecido a mí que es un «hijo de puta» para luego acordarme que tenemos la misma madre.

    Aún lo recuerdo. Ese sueño lo tuve hace un par de meses. Fue un día largo en el trabajo. Habré llegado a casa a las diez de la noche y me dirigí al dormitorio con la única intención de ponerme la pijama. Solo quería entregarme a los brazos de Morfeo. No pasó mucho rato cuando finalmente me quedé dormido.

    Fue entonces cuando inició el sueño.

    Yo me encontraba de pie en medio de mi dormitorio. El espacio estaba bien iluminado por la luz natural. Parecía que era de madrugada. No tardé en darme cuenta que estaba consciente de que me hallaba en mi propio sueño… Así como tampoco se me pasó por alto que estaba sumamente agotado.

    Suena hasta cómico. Mi agotamiento a la hora de dormir fue tal que en mi sueño me imaginé cansado. Pues no te rías mucho, porque las cosas se pusieron bastante feas.

    El cansancio -en mi propio sueño- era tan insoportable que me eché en la cama. Cerré los ojos para finalmente satisfacer ese cansancio onírico, imaginando yo que me despertaría a la mañana siguiente con las pilas bien puestas.

    Nada más equivocado.

    Una vez dormido en mi sueño, me desperté en la realidad.

    Los ojos se me abrieron a pares. Revisé el reloj del celular y eran las dos de la madrugada. Aún seguía agotado. La frustración me invadía por no ser capaz de hacer algo tan sencillo como descansar. Volví a echarme de mal humor en la cama para coger sueño nuevamente.

    Entonces, caigo dormido en la realidad y me despierto en el sueño.

    Rabioso me levanto de la cama para empezar a gritar. «¡Carajo, quiero dormir! ¡Este está bien huevón!», me dije siendo tan egoísta cuando se trata de mis necesidades más primarias, incluso sabiendo que si me dormía en el sueño me afectaría a mí mismo en la realidad.

    Fue así como me odié con toda mi alma: si pudiera boicotearme a mí mismo para salirme con la mía, incluso si esto me pone en contra en otra realidad, sé bien que lo haría.

    Me duermo amargo en mi propio sueño. Me despierto otra vez en la realidad.

    Los ojos nuevamente se abrieron. Miro el reloj por segunda vez. Las cinco de la madrugada. Fui al baño a mojarme la cara. Los ojos estaban rojos del cansancio y la frustración no menguaba. Me miré al espejo y me pregunté qué diablos estaba haciendo. ¡Cómo puedo ser tan egoísta incluso conmigo mismo!

    Me echo nuevamente en la cama y me duermo en el plano de la realidad para despertarme instantáneamente en el mundo de mis sueños.

    Miro el techo blanco de mi dormitorio con detenimiento. Sé que las cosas no pueden seguir así. Tenía que negociar conmigo mismo desde la realidad para convencer a mi yo onírico.

    «Haré lo siguiente. No dormiré, pero sí estaré echado descansando cada músculo del cuerpo. De esta forma, yo podré dormir en la realidad por más tiempo. Ya cuando mi versión de la realidad empiece su día, pues yo dormiré por el resto que dure la vigilia».

    Lo extraño de esto fue lo que pensé en voz, imaginando que yo -desde la realidad- estaba al tanto de lo que iba a suceder. Tenía que hacer la tregua conmigo mismo, sino nunca podría estar en paz.

    Habré aguantado así unos diez minutos… Me dormí en mi propio sueño nuevamente y me desperté en la realidad por tercera vez.

    El sol ya tocaba los bordes de mi cama. Eran las ocho de la mañana. El cuerpo me respondía. Listo nuevamente para hacerlo mierda en el trabajo, y camino a mi centro de laborales me quedé pensando sobre qué ocurrió toda esa noche.

    ¿Volveré a encontrarme conmigo mismo alguna otra noche de cansancio extremo? ¿Estará ahora durmiendo en mi inconsciente mientras yo estoy en vigilia? Nunca más supe de él, o de mí mismo, para saber cómo es posible que pudiera ser tan ruin con alguien y ese alguien acabe siendo yo. O es que acaso uno puede hacerse daño para satisfacer nuestras peores versiones.

    Nunca lo sabré.

    Solo sé que me odio y eso puede resultar tan divertido. Por alguna extraña razón, me hace sentir orgulloso saber que estoy por encima incluso de mis propias necesidades.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 42

    Lo que nadie se imagina 42

    A veces pienso que el karma es una buena mierda. Esta solo existe cuando nos ocurre alguna desgracia. Siempre tratamos de relacionar los malos acontecimientos con alguna falta nuestra en el pasado para darle un sentido al destino. Pamplinas. Nada de eso existe, porque cuando pensamos en las consecuencias de dichos “malos acontecimientos” no solo afectan a una persona, sino a todo un universo.

    El karma es así, una especie de discurso para sentirnos culpable de algo malo que hicimos en el pasado y que actualmente alguna fuerza divina hace que paguemos nuestro merecido. ¡Cómo es que nosotros mismos nos controlamos a partir del miedo a lo que no existe! Es algo así como Dios… Todo el mundo habla de Él, pero nadie lo ha visto y juran que existe.

    Y sobre todas las cosas, no creo en el karma cuando este hace de las personas un instrumento del mal. Aunque te parezca increíble, hay veces que somos realmente maléficos cuando -incluso- actuamos de buena fe. Somos piezas de lo que la gente denomina karma y nunca nos damos cuenta.

    Si ando tan convencido de todo lo que has leído, se debe a una noche en la que me sentí el peor hijo de puta por casualidad… La vez en la que fui un instrumento del karma para liquidar el amor de alguien más.

    Esa noche empezó como cualquier otra cuando un hombre sale con una mujer. Me cité con Juliana Pinglo en un bar por Miraflores. Ella lucía hermosa. Vestido de flores, labios rojos en tono mate, un único moño que me recordaban a las mujeres del tablao español… Una mujer bella hasta las uñas de los pies.

    Nos pedimos unos tragos. Hablamos como de costumbre. Era la primera vez que salíamos solos. Creo que por aquel entonces teníamos recién dos meses de habernos conocido. Las cosas pintaban muy bien. Ya le había robado un beso, mi mano tocaba la suya y la otra estaba dispuesta a acariciarle un muslo. Ya saben, todo como de costumbre cuando un hombre sale con una mujer.

    Pero las cosas tuvieron un cambio brusco.

    “Carajo. Alberto va a venir. Normal, ¿no?”, me miró con sorpresa luego de haber atendido el celular. Yo juraba que se trataba de su madre. “Lo siento, en verdad”.

    Alberto… Alberto… Trataba de recordar ese nombre. No me sonaba por ningún lado. ¿Por qué se disculparía si es que viene? Imagino que es porque ella creía que tendríamos la noche para nosotros solos. Así es mi ingenuidad.

    “Sí, descuida. Todo bien”, respondí.

    Alberto apareció. Saludó a Juliana con un beso en la boca y se sentó en la mesa. No hacía falta escuchar lo que dijo después Juliana para entender lo que estaba sucediendo.

    “Te presento a mi enamorado, Alberto”, dijo Juliana con una sonrisa fatal.

    Pedí un minuto para irme al baño y así ordenar mis ideas.

    Me mojé el rostro para recordar cuándo diablos Juliana me habló de Alberto. Hice memoria y caí en la cuenta de que nunca me habló de él como su enamorado. Solo lo llamaba “Alberto” y punto. Yo qué iría a saber que eran pareja, menos aún si semanas atrás Juliana me hablaba para quedarnos solos toda una noche.

    La verdad es que no estaba molesto, solo avergonzado… Quizá por culpa. No lo sé. ¿Con qué cara salir del baño? Bueno, salí con la misma de siempre: la del cojudo que no supo nunca dónde estuvo parado.

    Alberto me miró directamente a los ojos. En ese instante, hice mis cálculos para saber quién pegaba entre él y yo. Ya saben, siempre hay que andar prevenido. El resultado era a su favor. Tenía todas para sacarme la mierda. Se parecía a Chong Li de ‘Contacto sangriento’, especialmente cuando ponía esa sonrisa de asesino y ojos saltones.

    Me inventé una llamada al celular para escapar de allí. Inventé un supuesto accidente de mi madre con el carro. Pienso que fue la peor mentira de mi vida, pero el fin justifica los medios. Solo me quería largar.

    Me despedí de la pareja y puse primera para largarme de una vez. No voy a mentir, sentí algo de adrenalina. No todos los días te topas con quien bautizaste de “cuernudo”, y menos aún en el mismo local junto a su chica. Será una estupenda anécdota, pensé.

    Paulatinamente corté comunicación con Juliana. Habrá pasado un año desde esa última vez que nos vimos. Solía echar un vistazo a sus redes sociales para ver qué novedad en su vida, la mejor manera de saber algo de alguien sin tener que preguntar.

    Revisé sus actualizaciones de Facebook. Primero noté que ya está de novia con un chico que no es Alberto. Imagino que las cosas con él ya estaban por joderse cuando me atravesé en la relación. Al menos, Juliana supo hacer su vida nuevamente… Algo que Alberto no fue capaz de lograr. Y no es porque él no pudiera superar la ruptura con Juliana, sino que no es posible seguir adelante en la vida si es que ya no tienes una. Alberto murió.

    Una de las publicaciones de Juliana, escrita semanas después de lo ocurrido en el bar, estaba dedicada a Alberto a modo de pésame. “Pasamos momentos difíciles durante nuestra relación. Yo te acompañé durante todo el proceso de tu enfermedad [murió de cáncer], pero cómo es el destino que tuviste que recaer tan pronto, hace solo una semana, y ahora ya no estás conmigo…”.

    Hice mis cálculos. A la fecha de esa publicación le resté una semana para determinar en qué día recayó en su enfermedad. Fue un lunes. Yo me topé con Alberto el sábado anterior a esa fecha. Apagué la computadora para no seguir pensando.

    Mierda…

    Le puse los “cuernos” a un enfermo de cáncer.

    Hasta ahora me pregunto si es que eso le causó la recaída. No es para menos, pienso, porque perder a una novia así en un momento crítico debe ser devastador. A veces pienso que yo lo maté… sin querer, pero lo maté.

    Entonces, me pregunto dónde está el karma en todo esto. No sé qué habrá hecho Alberto para morir de cáncer y encima “cachudo” durante sus últimas semanas con la enfermedad. ¿Y yo qué hice para vivir con esta intriga de haberlo matado por el bajón emocional? ¿Y Juliana como queda en todo esto, feliz con su nuevo enamorado?

    ¿Dónde está el karma?

    Pues en ningún lado si es que nos sinceramos con que el equilibrio del universo es un constante caos. El karma es una invención para entender que las experiencias tienen un supuesto orden universal.

    Cojudeces, pues dónde está el orden si Alberto se encuentra en la memoria de sus seres queridos, Juliana hace su vida manipulando las medias verdades a su antojo y yo cargo la culpa de haber asesinado a alguien a través de la depresión… Pues imagino que en la certeza de que somos vulnerables a la incertidumbre. El arte de dejarse llevar en medio del caos.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
  • Lo que nadie se imagina 41

    Lo que nadie se imagina 41

    Hay rostros que aparentan ser duros para que nadie tenga idea del drama ajeno. Nunca me equivoco al reconocerlos y últimamente soy una imán para los hombres así, pero no creas que es algo de lo que me siento orgullosa. No quiero entrar en detalles, pero digamos escuetamente que me gano la vida interactuando con hombres de todo tipo. No hace falta precisar más.

    Una noche llegó al bar uno de esos tantos rostros duros, pero a diferencia del resto de caretas artificiales que tiene la masculinidad, este tuvo cierta grieta que acabó siendo reveladora.

    “Ven. Siéntate aquí y solo por esta noche serás Laura”.

    Su mirada estaba clavada en los estantes de la barra. No me miraba a los ojos al hablar. Decidí seguir la corriente.

    “Corazón, ¿qué puedo hacer por ti?”

    Por primera vez volteó para verme, solo un par de segundos. Respiró hondo y miró el fondo de su cerveza sintiendo vergüenza.

    “Solo quédate así. Déjame invitarte una copa. Pide lo que quieras”.

    Será un cliente fácil, pensé. Los deprimidos son los más rentables para el negocio, pues están dispuestos a gastar lo que sea para sentirse mejor. Pero este deprimido no parecía como los otros. Este parecía que tenía algo personal con aquella Laura que esta noche vengo a encarnar en la extraña ilusión de un desconocido.

    “¿Entonces me quedo aquí? ¿Así sin hacer nada?”.

    Volteó una vez más. Esta sería la última de toda la noche.

    “Sí. Quizá sientas que pierdes tu tiempo, pero descuida porque igual te lo pagaré. Dinero fácil”.

    Acepté el acuerdo, aunque la intriga me carcomía por dentro. Dinero por hacer nada. ¿Buen negocio, verdad? En un punto me sentí mal y decidí echarle un vistazo de vez en cuando para que sepa al menos que me puede consultar cualquier cosa. No soy psicóloga, pero tampoco soy tan miserable para aprovecharme de los deprimidos. Eso sería cruel.

    El tiempo de mi servicio estaba por concluirse, así que me acerqué para advertirle que ya me iba. Ya era hora de volver a casa tras un arduo turno de seis horas. La noche dejaba de ser tan oscura.

    “Entiendo y gracias por todo. Haz hecho bastante”, me dijo siempre mirando a los estantes de la barra.

    La miré tan extrañada, porque nunca me había pasado algo así.

    “¿Pero gracias de qué?”, le pregunté.

    “Por haberme visto estando solo. Fuiste testigo de mi soledad, la prueba viviente de que efectivamente alguien sabe que estoy solo”, me dijo mientas sacaba el dinero para pagar la cuenta y mi servicio.

    “¿Y quién es Laura?”, volví a preguntar.

    “Laura es mi ex esposa, solo que a veces me gusta imaginar que está conmigo, que está viendo mi soledad con la intriga de saber qué siento”, respondió sin darme oportunidad a otra pregunta más. Se levantó raudamente y se dirigió a la puerta.

    Nunca más lo volví a ver.

    Esa vez salí del local con cierto orgullo. Ser un testigo de soledad no es algo que ocurra siempre. Hasta creo haber sentido cierta ternura, porque incluso en su soledad me hizo sentir especial. Por aquel entonces no me había dado cuenta, pero todo ese tiempo yo también estaba sola… y ciertamente siempre lo estoy, a pesar de que viva rodeada de hombres interesados en mi cuerpo.

    Compartir la soledad. Me pregunto si eso es más íntimo que el sexo. Imagino que sí, y eso que tuve mucho sexo en mi vida.

    André Suárez Paredes

    mayo 21, 2022
    Artículos, Cuentos
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Disculpa si te puse triste…

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