NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

NO HABLEMOS DE COSAS TRISTES

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  • Donde no se ve, pero está

    Algo que resulta muy difícil es dar por sentado una realidad emocional cuando esta transcurre en un período largo de ausencia física. En buen cristiano, ¿cómo haces para autentificar tus sentimientos cuando desapareciste por buen tiempo? Una cosa es lo que nuestras bocas dicen, pero otra es convencer de dicha realidad cuando esta fue tapizada por el prejuicio o, peor aún, el olvido forzado.

    Lo bueno de escribir -y ser cachivachero- es que tengo pruebas de lo que sentía varios años atrás en viejos papeles escritos a máquina, pero me pongo en el lugar de quienes no tienen esta costumbre. De solo imaginarlo, me paraliza la idea de no poder autenticar lo que la mente procesaba fugazmente a lo largo del tiempo. Que las cosas no hayan sucedido necesariamente no significa que no se pensaron, meditaron y hasta reflexionaron. El vacío no necesariamente es ausencia de un elemento determinado, sino también las razones por las que existe dicha ausencia que origina la sensación de vacío.

    No sé por qué, pero el párrafo anterior me recuerda mucho el drama del anime japonés: los villanos no nacen así, sino que las circunstancias hicieron que estos cambiasen de actitud hasta notar, usualmente antes de morir, que hicieron mal y se reconcilian con el pasado. En ese lapso de maldad como mecanismo de defensa, no sorprende que la sensibilidad humana tenga estados de flashback ocasionales, haciendo en la memoria continua una serie de lagunas ocasionales. ¡Pero los flashback, prueba ineludible de los sentimientos, no pueden ser probados tan fácilmente!

    Hace unas semanas estaba lidiando con este tema, ya que como he contado anteriormente en el post Coming Soon, tuve que comprobar lo que sentía durante siete años de ausencia, a pesar de que esta fue repentina e inmadura, y no correspondiente al ‘André’ que soy ahora. Si no fuera por los poemas que guardaba en el escritorio, no habría podido conquistar parte de la confianza de quien se vio forzada a olvidarme. Felizmente, las oportunidades siempre aparecen cuando uno las busca con determinación, porque si no tuviera esta costumbre de guardar todo, la mejor solución que te recomiendo es invertir tu tiempo presente, aunque parezca nada comparado al vacío que dejaste, hasta que este conforme una nueva línea del pasado, una nueva muestra reivindicatoria de que sentiste de verdad. No es fácil, ya que nunca se sabe si se tendrá éxito al final -y sentirás frustración-, pero no hay peor empresa de la que no se hace.

    Foto: Darwin Bell – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    abril 27, 2014
    Artículos
    Poesía
  • Mensaje de futuro a espera de ser leído

    Hola,

    Sé que aún no tienes nombre definido ni fecha de cumpleaños establecida, pero sí un destino envidiable por el amor que te engendró desde antes que aprendas a leer estas líneas por tu cuenta; incluso, considerablemente anterior a tu sola existencia en este planeta. Cómo serás de ideado que a mis 25 años puedo sentirte tan cerca como el vientre que ahora abrigo con mis manos del frío, cuidando del espacio donde convertirás con tu sola presencia el amor de una mujer en el de la madre que buscaba para ti.

    Resulta increíble contarte estas sensaciones, mi pequeñ@ ángel de alas cortas, al hacer una retrospectiva sobre el origen de tu sola existencia en lo más profundo de mi psique, concepto que, por cierto, tu mamá puede explicártelo mejor porque es psicóloga. Seguro que ella te contará de un viejo diario que le regalé a mi regreso de Cuba, donde en las playas de Varadero escribí sobre la sensación de haberte visto llorando transformada en una bebé que me recordaba en todos sus gestos a tu mamá, sobre todo mi profundo deseo de que te parezcas a ella para tener dos amores en casa, pero ella insiste que debes tener mis ojos. Sea como fuese, será el destino que elija al final tu belleza natural, esa amalgama perfecta de quienes abrazas ahora tras leer esta parte del texto. Lo importante, como vengo diciendo junto a tu madre, es que tengas buena salud.

    Acaba de salirme un suspiro mientras escribo este mensaje para ti proyectado al futuro, momentos en los que espero inventarte cuentos para dormir por partida doble, ya que a tu madre siempre le gustó mi creatividad improvisada para iniciar narraciones fantásticas con moraleja. Cómo será, mi pequeñ@ ángel, que a los 24 años aún logro hacerla descansar en mi pecho contándole historias sin fin, donde los dos acabamos siendo protagonistas de una trama sencilla, pero seguro que participarás más adelante, sea como princesa por ser rescatada o valiente soldado que enfrente a sus miedos más profundos. Tú solo dime qué papel quieres tomar, pues mi imaginación busca mayores retos para hacerte sonreír.

    Dejemos de hablar de mí, pues me cautiva saber qué tendrás de quien acabo despedirme con un beso en las escaleras de su casa, lugar que me inspiró un bello poema -ya lo leerás más tarde- cuando toda esta situación parecía imposible, como los sueños más exquisitos que parecen inalcanzables, pero totalmente posibles. Qué tendrás de ella… Espero su cariño inocente y decidido al sentirse plenamente en confianza, su sonrisa pícara e imaginación ilimitada que se verá reforzada por mi aporte.

    No sabes cómo se pone cuando me habla de ti, incluso ahora que eres una promesa sellada con el mejor de los besos. Sonríe feliz de haberme aparecido en su vida, y yo que tras cada confesión sincera siento que las lágrimas se me salen de los ojos. Está ilusionada con toda esta inspiración, mi pequeñ@ ángel, por lo que vio en mis ojos al mostrarle el alcance de mis pretensiones, anhelos y deseos en búsqueda de la felicidad. No tienes por qué temer al devenir, ya que tomé su mano prometiéndole no soltarla en nuestro largo vuelo hacia la alegría contigo en brazos.

    ¡Antes que me olvide! Hablando de felicidad, ojala que no heredes mi alergia, te hará la vida imposible y sobrevivirás atado a un rollo de papel higiénico en el bolsillo. Tu mamá bien sabe, como la vez que le regalé mi polera azul con un ‘regalito’ para nada romántico.

    Ay, mi niñ@, tantas historias por contarte están pendientes en esta misiva. Sueño ahora narrártelas escuchando de fondo ‘Canción del elegido’, del cubano Silvio Rodríguez, por tratar la historia de un ser que enseña al mundo que lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida. Y lo hermoso aquí, entre los tres que leemos esto en el futuro, eres tú como el sueño resuelto de dos jóvenes que esta noche se prometieron más que nunca envejecer juntos para hacerte feliz al momento que leas esta carta.

    Te aman, André y Karla.

    Foto: Gideon Tsang – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    abril 23, 2014
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    Familia, Karla Echazu
  • Aunque unas caigan sobre el pavimento

    No son gotas de agua las que caen sobre tu cabeza cuando llueve, sino lágrimas de ángeles que están hartos de la maldad humana. Y existe un pueblo, al que se llega precisamente estando perdido, donde las gentes salen a las calles con bateas y jarros para acumular todas las lágrimas posibles para luego beberlas, ya que son tan nefastos que necesitan las lágrimas de los entes alados para poder llorar en la vida real…

    Algo así te hubiera respondido hace años sobre qué pienso de la lluvia. Exacto, así era mi imaginación hasta que, por cosas del destino, la censuré para evitar mayores estribaciones del amor, así como la poesía que recién acabo de recuperar.

    ¿Se acuerdan que llovió algunos días de verano en Lima? Yo me acuerdo bien, ya que mi estabilidad emocional pendía de un hilo, temiendo caer como cada gota que se estrellaba contra el suelo. «Ahora sí, ya no te quiero ver en mi vida», me dijo por aquel entonces quien ahora quiere verme por mucho más tiempo en su vida. En ese momento, caminando a casa como un soldado moribundo con fusil hecho bastón, me acordé con cierta nostalgia el primer párrafo de esta publicación, preguntándome qué había sido de ese realismo mágico que fraguaba las heridas de una pasión.

    A lo largo de tres años, siempre me creí un hombre seco de inspiración: la poesía estaba extinta y las novelas dejaron de fluir de mis manos mucho tiempo atrás todavía. Hasta mi consumo literario cambió radicalmente, sin dejar espacio a la creatividad, pero, como dice la salsa, no se puede corregir a la naturaleza.

    La cautela de crecer tratando de ser invulnerables hace que olvidemos la mitad más bella de la vida: la exigencia constante de revelarnos siendo nosotros mismos, incluso en los instantes que más determinación requiere. Odia la sonrisa del cobarde, sino adora las lágrimas del valiente… Morir de pie que vivir de rodillas…

    Toda esta filosofía vino a mi mente mientras veía las fotos de los jóvenes revolucionarios cubanos en el Museo de la Revolución. Veía sus rostros, sus edades, tan cercanas a las mías, y la frase del chileno Víctor Jara, si bien me acuerdo, al decir que todo revolucionario lo inspira el amor. Seguro que Cuba te trae ya ideas políticas actuales, pero no hablemos de eso, sino del motivo para empuñar un fusil y arriesgar la vida por la creencia de una vida mejor. No hablemos de todos los revolucionarios, ni de los más despiadados, hablemos de los que no aparecen en los libros de historia y en la última fila de las fotos amarillas en Sierra Leona. Ese, del soldado anónimo que es tan humano como el vecino, el panadero o el guachimán.

    No trato de ser cursi -este blog no se trata de eso-, sino de señalar cómo las emociones más inexplicables y determinadas fueron hechas por un motivo mayor, como arriesgar la vida por un ideal para que pueda ser vivido por los demás. ¡Eso es el amor!, pienso, esa maquinación natural llena de incertidumbre e incomprensible por el ser humano que lo lleva a inmolarse buscando la felicidad, como los poemas en forma de besos huérfanos que buscan la boca de mi musa, soltadas al viento tal gotas de lluvia que germinan las flores en tierra, aunque unas caigan sobre el pavimento.

    Foto: Mimi7 – Devianart. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    abril 17, 2014
    Artículos
    Poesía
  • Uno es viejo de cuerpo, pero joven de espíritu

    El show nocturno había acabado en la discoteca del Hotel Iberostar Taínos de Varadero, en Cuba. Disponía a salir hacia el jardín, un par de músicos se me acercaron para preguntarme si les podía hacer un favor: «¿Puedes sacarnos un trago? Es que no nos atienden por ser cubanos».

    Vestidos de traje blanco con una gorrita plana muy de salsero veterano, de unos 45 años, aguardaron en una zona oscura del gran jardín central en espera de las cervezas que les prometí. Nos sentamos en unas sillas plásticas, recién nos dimos las manos y me preguntaron de dónde era. Antes de contestarles, les dije que me habían confundido por cubano en los cuatro días que llevaba en la isla. Ellos se rieron y me dijeron que sí, que tengo todo el look de un joven renegado y el color de mi piel es lo suficientemente cálida como para confundirme entre los caribeños.

    Nunca les pregunté sus nombres, solo dedicamos el poco tiempo a conversar sobre cómo era la vida en Perú, ya que seguro no tendrán ellos la oportunidad siquiera de subirse a un avión hacia el extranjero. Parecían maravillados, muy curiosos de mi tierra y yo de preguntarles, con cautela, sobre cómo eran sus vidas en Cuba.

    Notaba que siempre miraban hacia sus espaldas, buscando si algún fisgón notaba que hablaban con un extranjero del hotel. Me sonrieron agradecidos por el trago y me preguntaron por la razón de mi visita. Les dije que por razones de historia, ya que soy periodista, y siempre me interesó el devenir político de Cuba, algo que quise hacer desde más joven. «¿Pero qué edad tienes?», me preguntó el más alto de ellos, más corpulento, antes de beber su cerveza. «Tengo 24 años», les contesté.

    Las risas no se hicieron esperar, sus manos morenas se dirigían a sus bocas para tapar la sonrisa. «Todavía eres joven», me dijeron, «¡qué dirás de nosotros!». Los miré tratando de recomponerme por la risa. La conversación se hacía más agitada, porque entrabamos más en confianza, pero también el tiempo se acortaba: los músicos debían volver esa misma noche al pueblo de Matanzas y el bus los esperaba en la entrada.

    «Uno es viejo de cuerpo, pero joven de espíritu. Eso nunca lo pierdas», me dijo uno de los soneros antes de despedirse con un fuerte apretón de manos.

    Los miré irse entre la oscuridad hasta el lobby del hotel. Me fui a la barra del mismo para pedirme el mojito de costumbre, sentarme en una mesa para cuatro y escribir en un diario de cuero que regalé a mi musa al llegar a Lima. «Joven de espíritu», me decía en mi mente mientras el lapicero se desangraba en el papel. «Joven de espíritu», me volví a repetir hasta detenerme en medio de una oración para comprender a cabalidad la frase: situarse abierto a nuevas experiencias, sin juzgarlas, sino disfrutarlas y aprender de ellas como si todas fueran las primeras veces, como el niño que hace juguetes con las herramientas de la oficina… o como el peruano que en Varadero sintió escribir en un pequeño papel un poema de amor en tiempos de escuela.

    André Suárez Paredes

    abril 17, 2014
    Artículos
    Cuba, Hotel Iberostar Taínos de Varadero, La Habana
  • Para Sirio

    Un testigo que vio la Tierra
    de lejos pero nunca ausente,
    vestido de luz en tiniebla,
    posa su brillo en mi frente
    acariciando el recuerdo
    que el suspiro doblega.

    Desde allá arriba observa
    cómo la pesada humedad
    se hace de a pocos niebla…
    ¡Qué ahora huele a mar
    y se adormecen las manos
    sintiendo lluvia de arena!

    Y ella que duerme lejos
    donde la luz nocturna
    no alcanza a proyectar
    la sombra de mi cuerpo
    donde ella soñó amar.

    Dónde te hallaré mañana
    cuando quisiera contarte
    que entre las estrellas
    te recuerdo con el alma
    que abandonó mi cuerpo
    para ahogarse en un mar
    de piel cubierto de arena,
    donde te miré de reojo,
    ya que cuando beso,
    beso como quien duerme
    preparándose para soñar.

    Foto: Costa1973 – Flickr. Bajo la licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    abril 9, 2014
    Artículos
    Poesía
  • He aquí una musa resuelta de anonimato

    Gracias a todos por haberme saludado por mi cumpleaños vía Facebook. Un día como ayer en 1989 me tocó nacer por cosas del destino, y siempre me pregunté si en realidad deben felicitarme a mí o a mi madre, quien hizo el esfuerzo sobrenatural de sacarme de sus entrañas para iniciar mi vida.

    Resulta bonito saber que más de 40 personas se han acordado del detalle, dejando algún recuerdo simbólico en la red social. Entre todos los saludos, resulta curioso leer a quienes jamás pensé volver a saber de ellos tras años de incomunicación. No faltan los recurrentes, los amigos de siempre, los familiares de siempre y algunos que de seguro se tomarán el tiempo mañana para felicitarme, cosas que siempre suceden.

    Sin embargo, un evento especial tuvo este cumpleaños en la red social de Mark Zuckerberg. Mi enamorada Karla escribió por primera vez en Facebook, evento que hemos considerado especial por las circunstancias en las que se redactó el mensaje, además de la historia que nos precede.

    Tuve la oportunidad de verla escribir mientras reíamos del destino en la playa Lobos, al sur de Lima. Tendida sobre la arena con mis lentes de sol y mi característica pañoleta, ella hizo que reflexione sobre su valentía de aparecer en mi muro, deseándome un feliz día sabiendo que ella formaba parte de él. Me llamó la atención su gallardía al lucirse entre los curiosos que se preguntaban por la bella chica de la foto que aparecía dándome un beso en Facebook, esfuerzo que me recordó algo especial sobre nuestra relación.

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    Hace unos días, Karla me preguntó, con cierto asombro, sobre la valentía y determinación que tengo al escribir de ella tan públicamente en este blog, expresando sin tapujos los más sinceros sentimientos con nombre y apellido. Le dije que lo hacía por amor, por tener ahora la inspiración de expresarme sin miedo al qué dirán, al fracaso que autocensura las más bellas habilidades, como sucedió con mi regreso a la poesía. Ahora me enternece notar que ella hizo exactamente lo mismo por mí: revelarse contra el anonimato por amor, desearme un gran día sabiendo que ella estaba a mi lado, compartir conmigo nuestra primera foto sin temor a los demás, haciéndose notar como la musa confesa que es para este escritor y dedicándome un beso ‘muax’ como firma de sus labios.

    «Me conformaba con un gracias… Pero tú siempre sobrepasas mis expectativas. Por eso me enamoré de ti», acaba de decirme sobre mi menudo estilo de agradecerle su bonito gesto. Qué le puedo decir, una pasión es una pasión, aunque ya va comprendiendo la inspiración de mis letras cada día.

    Foto: kaysha – Flickr. Bajo la licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    abril 7, 2014
    Artículos
    Poesía
  • Gracias, Caballero de París

    ¿Crees en los deseos? Unos dirán que sí, otros que no, pero bien vale creer en momentos de incertidumbre. Aceptar que los deseos pueden cumplirse es admitir indirectamente que alguna divinidad cambió las reglas del destino. ¿Pero las divinidades existen?

    El matemático Blaise Pascal, creador de la teoría de la probabilidad, afirmó que creer en Dios es como apostar. Según la explicación del profesor de filosofía Barry Loewer, si Dios existe, entonces la consecuencia de creer en Él es la salvación eterna, mientras que los ateos y agnósticos les espera el infierno. Si Dios no existe, la consecuencia de creer en Él es, en el peor de los casos, es vivir religiosamente una vida correcta, mientras que la consecuencia de no creer en él es continuar con nuestra vida como hasta el momento.

    Por lo tanto, las consecuencias de no creer en Dios, si Él en verdad no existe, son terribles, y las de creer en él, si en verdad existe, son tan buenas que, incluso si pensáramos que la probabilidad de que Dios exista es muy pequeña, seguiría siendo preferible apostar que existe.

    Si conviene apostar que Dios existe, los deseos que puede cumplir acaban siendo parte de la fe. Hay personas que no toleran la esperanza, pero ¿si realmente existe la fuente de esa fe? Mejor es creer, aunque nos llamen locos. Como siempre digo, hay que estar lo suficientemente loco como para hacer un mundo mejor.

    Aunque parezca increíble, toda esta explicación tuve que hacerla en mi mente cuando Yunior, un bicitaxista de La Habana, me dijo que pidiera un deseo al Caballero de París, una estatua ubicada en la Plaza Francisco de Asís en La Habana Vieja. Para pedirlo, debí posar mi mano sobre el dedo izquierdo de la estatua; y la otra, sobre la barba al mismo tiempo. Cerré mi ojos y pedí mi deseo mientras Yunior me tomaba la foto.

    Cuenta la leyenda que el Caballero de París era un vagabundo muy bueno con los niños en la década de 1950. A pesar de no tener dinero, les regalaba caramelos en plena calle. Cómo habrá sido de amado por los vecinos que ordenaron la colocación de la estatua para recordarlo por su eterno amor a los más pequeños, ignorando, incluso, su propia condición.

    Nunca pedía limosnas ni decía malas palabras. Solo aceptaba dinero de las personas que él conocía, a las que a su vez daba un obsequio, que podía ser una tarjeta coloreada por él o un cabo de pluma o lápiz entizado con hilos de diferentes colores, un sacapuntas, u objeto similar. -CubaGenWeb-

    Me sentía muy identificado con el personaje, hasta daba pena alejarme de la estatua para seguir mi camino. Mi última noche en La Habana aproveché en visitarlo con mi característico habano Montecristo en los labios. Llovía un poco, recuerdo, y miré la estatua como preguntándole con los ojos si me cumplirá el deseo del día anterior. «Mejor es creer. Sin esperanza, ¿con qué alimentaré al amor futuro?», pensé mientras caminaba perdiéndome entre las calles.

    Hace un mes que regresé de Cuba, y saben algo… el deseo se cumplió. No te contaré exactamente de qué trataba, pero te bastará con saber que volví hecho un niño por quien ahora me toma de la mano: una niña de 24 años llamada Karla.

    PD: Gracias, Caballero de París.

    André Suárez Paredes

    abril 4, 2014
    Artículos
    Cuba
  • Deberías ser como los delfines…

    Un guía turístico de la empresa ‘Habanatur’ me dijo algo cierto sobre la vida cotidiana en Cuba: «Los cubanos son como los delfines: viven con el agua por el cuello, pero no dejan de sonreír». Anoté la frase en un cuadernillo de cuero para dedicarla posteriormente a mi regreso a Lima, y reposé la cabeza sobre la ventanilla del bus que paseaba por La Habana Vieja para comprobar si era cierta la reflexión del guía.

    «¿Cómo será la voz de un cubano triste? ¿Se puede mostrar tristeza en ese tono tan alegre?», pensaba mientras fotografiaba distintos edificios históricos. Me acordé de la teoría del determinismo geográfico, aquella que propone que las personas del mundo socializan de determinadas maneras dependiendo de su ubicación en el globo. Que los latinos sean mucho más ‘cálidos’ se debería a su ubicación cerca al ecuador, mientras que los escandinavos, por ejemplo, serían personas frías por lo mismo de sus condiciones de vida en la zona polar de Europa.

    Decir que todos los cubanos son así, como los delfines, sería engañar a la realidad. El gesto de la necesidad en el rostro de la gente es universal, en cualquier país existe, incluso en Cuba. Sin embargo, ante los problemas cotidianos por la escasez, en las interacciones más sencillas aparecían sonrisas por doquier, incluso en los lugares menos esperados. Como me sucedió a mí en la casa de cambio, donde la cajera prácticamente me despachó de su ventanilla haciéndome quedar en ridículo por solo preguntar: «¿Es todo, señorita?». Y eso no fue todo, dos de sus compañeras se sumaron a la fregada y me fui algo sonrojado, pero con el reto de ser menos ‘ahuevado’ cuando hable con demás cubanos.

    El guía seguía hablando con el grupo de turistas, mientras mi cabeza se hacía un globito de ideas, muchas de ellas radicadas en Karla, quien por ese entonces aún no era mi enamorada. «Debo aprender de los cubanos», me dije. «Debería ser un delfín para seguir sonriendo mientras ella aguarda en Lima».

    El recorrido estaba por acabar. El guía toma nuevamente el micrófono del bus para soltar una frase más para el recuerdo: «Cuba es como la poesía: bella e incomprensible». Nuevamente anoté la frase en mi libreta de cuero para dedicarla una vez en Lima. Y otra vez apoyé mi cabeza sobre el vidrio para hundirme en mis pensamientos. «Más lorna, si realmente fuera un delfín, nadaría hasta Lima por ella», me dije esbozando una sonrisa.

    André Suárez Paredes

    abril 3, 2014
    Artículos
    Bus, Cuba, CUC, Delfines, Habanatur, Karla Echazu, La Habana, La Habana Vieja, Lima, Peso Cubano, Turismo, Viajes
  • Confesión del niño de 24 años

    Recuerdo haber escrito hace varios meses que la mejor manera de saber si estamos enamorados era sentirse como niño: inocente hasta los huesos y temerario al asumir los sentimientos sin mesura. Hoy por la madrugada me he dado cuenta de algo importante sobre esta reflexión: sentirse así genera emociones sumamente entrañables, como la ternura de ciertas frases cuando uno se halla frente a la niña de sus ojos.

    Nunca me olvidé cómo se lo pregunté, tan descansado sobre el sofá, rozando las yemas de los dedos sobre su hombro esperando que el día tuviera más horas para no despedirme aún. «¿Te gustaría estar conmigo?», lo pregunté tan naturalmente, que no me percaté de la carcajada nerviosa de la niña que reposaba su mejilla sobre mi pecho. Al instante me cuestioné si hice bien al preguntar eso, pero ya lo había hecho. Ella me tomó del rostro sin dejarse de reír para que lo vuelva a decir, que le pareció super tierno, aunque yo me hallaba en jaque.

    «¿Te gustaría estar conmigo?», volví a preguntar, ya sonriendo, y ella volvió a reír sacudiendo despacio el cuerpo sobre el sofá. Ya preparándome a la negativa, en mi mente articulaba las frases de conciliación, pero todo acabó siendo de la mejor manera: «Sí, André, me gustaría». ¿No han sentido que el mundo se detuvo esta madrugada a las 12.00 a.m. aproximadamente? Si fue así, ya saben quién fue la artífice de paralizar el tiempo.

    «Te parecerá tonto, pero ya estamos, ¿no? O sea, así, formalmente», dijo ella temiendo que mi pregunta haya sido cuestión de curiosidad y no una propuesta seria. Yo tenía la misma duda que ella pero al revés: su respuesta pude asumirla como solo cuestión de gusto y no el pacto de una relación.

    El mejor remedio fue la risa para matizar los nervios. «Ya, mira. Te lo volveré a preguntar, pero ahora sí mejor estipulado», le dije. «¿Te gustaría estar conmigo, y comenzar a estarlo dentro de tres… dos… uno…?». Ella respondió afirmativamente sin dejar de sonreír. «Ya, ahora sí es oficial, ¿no?», volvió a preguntar, tapándose los ojos por la carcajada. Finalmente, los dos niños de 24 años reposaron la felicidad en los labios de cada uno, evitando ver el antipático reloj. A pesar de los ocho años de mi ausencia, el tiempo resulta cíclico como para sentirse nuevamente niños, ahora con la oportunidad de confesar el amor musitado con la magia de haber vuelto a la poesía gracias a ella. Te amo, Karla Echazú.

    31 de marzo de 2014

    Foto: Nasrulla Adnan (Nattu) – Wikimedia. Bajo licencia de Creative Commmons

    André Suárez Paredes

    marzo 31, 2014
    Artículos
    Amor
  • No tiene mi nombre

    Esta letra no es mía,
    los pulsos que la escriben
    tampoco son los míos.
    Mis manos que te tocan
    tampoco son las mías.
    Los ojos que te ven,
    los oídos que perciben
    el silencio de mi placer
    no son míos ahora.
    Tampoco es de mí
    lo que mi cuerpo no guarda:
    el aire frío del pecho,
    el suspiro que te llama
    y el gemido atajado
    por tu boca.
    No tengo nada más
    que el vacío natural
    de las creaciones
    más maravillosas,
    esas que apiadan
    el desvarío
    transformándolo en prosa.
    Sin más que los huesos,
    el húmero, cráneo, clavícula,
    los perdí la noche
    que perdimos los miedos:
    en la dermis que moldea
    el más bello espacio
    donde rendirse
    siendo ligeros de aire,
    tibios como lluvia
    de rocío caída
    del cuerpo desnudo.
    El codo, el meñique,
    el cuello, los hombros…
    Las pestañas, el índice,
    los talones, las costillas…
    Fueron sus manos redentoras
    que extendieron las fronteras
    del cuerpo que posee,
    abriéndome en cada respiro,
    tallando con su aliento
    el deseo de sentirse amada.
    Cuestiona con la mirada,
    se aferra a su posesión,
    tiembla a la vez que pide
    que no abandone su mirada.
    La veo convertida en esencia,
    atravieso sus pupilas,
    navego en la oscuridad,
    me hallo entre sus sombras,
    nado cada vez más
    haciendo de segundos
    la eternidad multiplicada.
    Mi piel dejó de ser mía
    para desnudar el alma.
    Absorbiste de ella
    con tus ojos,
    me la quistaste,
    no la quiero de vuelta,
    que aún así respiro.
    No sé qué me sostiene
    si mi cuerpo tiene nombre
    pero no es el mío.
    Así como esta boca
    que siendo tuya
    guarda el ‘te amo’
    escondido en la fibra
    más secreta del corazón.

    Foto: quinn.anya – Flick. Bajo licencia de Creative Commons

    André Suárez Paredes

    marzo 29, 2014
    Artículos
    Poesía
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Disculpa si te puse triste…

 

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