El viejo surfer

Ya era tarde en la playa La Pampilla cuando un viejo de mierda me lanceó una ola. Ya estaba pensando en cómo insultarlo, algo que no haga referencia a su madre porque de seguro ya esta muerta, pero alguien me detuvo y me invitó a salir del mar. No entendí la lógica y estaba tan fastidiado que lo dejé pasar. Salgo a la orilla y veo que el viejo en cuestión seguía con lo suyo. Tomaba todas las olas así interrumpa al resto, pero nadie parecía decirle algo. A mí por menos me han mandado bien a la mierda, pensé, mientras cargaba mi tabla hasta subir por las piedras hacia la vereda.

En el camino noté que había gente de más. Todos miraban con lágrimas el horizonte, con pañuelos en mano y uno que otro con un rosario entre los dedos. Todos celebrando las olas que tomaba el viejo en cada oportunidad, así sea en desmedro del surf del resto.

Me saco el wetsuit y, de pronto, escucho un grito, un «NO» tan desgarrador como si la voz hiriera la garganta desde el alma. Veo que el viejo hace unas señas a la orilla. Estaba diciendo adiós. Veo cómo el anciano rema hacia el horizonte, más allá de donde se forman las olas hasta convertirse en un puntito negro en el paisaje. Fue tan allá hasta simplemente desaparecer.

Eran las seis con treinta y la gente comenzó a irse. No hubo más personas con lágrimas ni pañuelos en mano. Solo un rosario que colgaron en una de las banquetas. Todos se fueron siendo testigos y cómplices de quien prefirió morir sin despedirse del mar.