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Al otro lado del sueño

Los sueños, sueños son…

Me pregunto qué diría Calderón de la Barca si conociera la historia que estoy por contar. No sé qué tan buena idea sea compartirla, pues quizá por cuestiones de equilibrio mental. Advierto que no se trata de la pérdida de la razón, sino que por más razones que busco para explicar mi situación, más me adentro en la mística del destino y del oscuro universo de la interpretación onírica.

Déjame contarte mi sueño

Unos nuevos vecinos se instalan a un par de casas de distancia de la mía. Son dos hermanas, una mayor que la otra. No recuerdo haber visto a algún adulto con ellas, pero intuía que debían estar en algún lado.

Todas las veces que salgo de mi casa, me topo con ellas jugando en la vereda cual niñas pequeñas. Por su apariencia supuse que superaban los 18 años a duras penas. Se notan tan íntimas. Las mejores hermanas del mundo, pensé.

“¡Hola!”, me grita la hermana menor.

Yo respondo el saludo moviendo la mano y sintiendo vergüenza, porque me intimidó la forma en la que me gritó el saludo. Fue bastante estridente y a la vez alegre, como una niña que no es consciente de su comportamiento ante los adultos. Me deja sin palabras.

Esta dinámica se repite un par de veces más hasta que una de las hermanas desapareció. Nunca supe sus nombres.

“¡Hola!”, vuelve a gritarme la hermana menor en horas de la tarde. Yo me encontraba de camino a casa, ya de vuelta del trabajo.

La saludo con la vergüenza de siempre, pero esta vez me intriga que no estuviese con su hermana. Por primera vez, tomo la iniciativa de decirle algo más que un mero saludo.

“¿Tu hermana? ¿Qué haces jugando solita?”, le pregunto.

Ella mira mis ojos y noto todos los destalles de su inocente belleza. Tiene los ojos pardos, la cabellera castaña y una piel ligeramente tostada por el sol. Supongo que originalmente es más blanca, sino que en el sueño aún era verano. Su figura es esbelta con unos pechos pequeños debajo de un largo vestido floreado de color blanco con tonalidades rojas.

Se echa a reír al descubrir que me quedé hipnotizado por su apariencia.

“Vamos a jugar, ¿sí? ¿Qué dices?”.

Solo atino a mover la cabeza con una sonrisa inquieta y empiezo a caminar en dirección a casa. Solo quiero escaparme. Siento que su actitud me invade.

Llego a mi puerta, echo un vistazo atrás y noto que está allí paradita y sola esperándome.

“¡Vienes para jugar, ya!”, grita una vez más.

La miré como quien sigue la corriente, pero sin tomar las cosas en serio.

Entro a casa. No había nadie y todas las luces estaban apagadas. Me dirigí a mi cuarto para cambiarme. Me saco la playera y pienso en voz alta que me pondré la camisa de pijama. Bastaron un par de segundo para que empiece, entonces, la intriga que aún me dura hasta hoy.

“¡Aquí lo tienes a la orden!”, escucho una voz gritar desde el armario.

Es ella. La misma chica que hace un rato había dejado en la calle. Me dio mi camisa y se echó a reír por mi cara de asustado. Sus ojos se quedan viendo los míos y cierra el armario. Yo me quedo anonadado. Abro el armario nuevamente y ya no está allí.

Pensé, entonces, que todo es una alucinación por culpa del cansancio. Trato de calmarme y me dirijo al escritorio para escribir un poco antes de dormir. Luego de cinco minutos, siento que no puedo estirar las piernas completamente por debajo de la mesa. Echo un vistazo y ella aparece nuevamente, ahora con las pantuflas en sus manos y haciendo un gesto invitándome a usarlas.

Otra vez me asusto y le pregunto qué está haciendo. Ella responde que aún espera jugar conmigo más tarde. Yo le digo que eso no será posible, porque tengo deberes por hacer. Ella me mira otra vez muy coqueta y dice que me ayudará con todo, que no debo preocuparme por nada.

Es entonces cuando hago mi vida con ella. No hay lugar donde vaya para que ella aparezca como por arte de magia. Basta con que necesitara algo para que ella aparezca de cualquier rincón para auxiliarme.

¿Tenía hambre en la calle? Ella salía del buzón de la electricidad para darme un emparedado. ¿No tengo ganas de caminar? Ella aparecía con una bicicleta y me llevaba como pasajero por las calles del Centro de Lima… Así hasta que llegó una noche en la que debíamos dormir. Ella se acuesta de mi lado, me toma el rostro con ambas manos y me dice: “no te dejaré solo”.

Me besa y despierto del sueño

Vuelvo a la realidad.

“No te dejaré solo”. Ya estaba por olvidarme de todo este asunto del sueño cuando, una tarde saliendo del trabajo, me encontré con quien me pareció la misma chica de mi sueño. La hallé en Jirón de la Unión, Centro de Lima, caminando hacia mí. ¡Me llevé un susto tremendo! La observo con detenimiento, la sigo un par de calles más sin pretender asustarla. Solo quería verla para descubrir qué tanto se parece a la chica de mi sueño. Noto que únicamente tiene los mismos hombros, la espalda en general y la cabellera en particular.

Las cosas no se quedaron allí. Una semana después, asistí a un evento de lectura dramática en Barranco. Conocí a varias escritoras y, entre ellas, una argentina cuya apariencia me recordaba nuevamente a la chica de mi sueño. En esa oportunidad, ella tenía el mismo peinado, la apariencia física y la tonalidad de piel.

A partir de entonces, me habré topado con un par más de chicas que tenían al menos un aspecto físico que me recordaba a la chica de mi sueño. Las cosas parecían quedarse allí hasta me ocurrió lo más insólito.

Un buen día empecé salir con quien ahora es mi enamorada. Nunca le conté, imagino que recién se va a enterar, pero sucede que ella también se parece a la chica de mi sueño. Su contextura delgada, la naturaleza de su cabellera y varios gestos en su personalidad han hecho que me sienta especialmente inquieto al conocerla.

Lo que sí no esperé es que las cosas fueran aún más lejos cuando ella me compartió una imagen suya bastante simpática… dentro de un armario, exactamente igual a como encontré a la muchachita de mi sueño. Me impactó tanto que no le comenté nada para no asustarla, pero ahora que ha pasado el tiempo y asumo las casualidades con más tranquilidad, pues uno acaba maravillándose de lo que puede ser capaz la imaginación humana.

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La otra noche, por ejemplo, antes de despedirnos, me preguntó: “¿Si me meto en tu mochila para estar juntos? Así me sacarías cualquier momento del día que estés libres”. Igual como en el sueño cuando la chica se me aparecía en cualquier instante y sin avisar.

Me seguiré preguntando cómo es que una imagen onírica pudo acabar siendo una realidad. Imagino que es por lo mismo que los sueños están conformados por las impresiones del plano físico. La chica de mis sueños viene a ser un crisol de todas esas impresiones y así enlazadas con las personas con quienes me crucé en la realidad.

Pero vayamos al discurso de ese ser imaginado y su relación con la realidad. ¿Cómo es que una persona inventada en un sueño me asegura que se quedará conmigo y oportunamente aparecen señales que me recuerdan a ella en la vida real? O lo que es mejor, ¿cómo es que mi pareja se parece tanto a un producto de mi imaginación y tenga los mismos detalles en su personalidad, incluso llegando a hacer referencias casi directas a la chica que soñé?

Solo atino a creer en la casualidad… y en la suerte, porque ahora me siento vivir al otro lado de los sueños, donde la realidad se mezcla con piezas fantásticas en medio del azar.

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