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El extraño encanto de lesionarse hasta el extremo

Hace un tiempo entrevisté a Luis Mendoza Loli, mejor conocido como Kotto, un patinador de scooter bastante particular. Si lo buscas en YouTube, hallarás varios de sus videos en televisión nacional. De hecho, salió en una edición de “Perú tiene talento” en Frecuencia Latina.

A pesar de sufrir escoliosis, una desviación de la columna vertebral que podría paralizarlo en caso de una mala caída, Kotto no le teme a nada y sigue haciendo de las suyas con el scooter como un deportista extremo más. “Uno tiene que correr riesgos siempre, toda la vida”, fue una de sus tantas frases que me compartió en la entrevista que le hice para Publimetro.

El entierro

Me acordé de él por algo especial, y es que fuera de cámaras conversamos acerca de su temeridad en las rampas. No recuerdo exactamente sus palabras, pero me dijo algo parecido a esto: “Si me van a enterrar, al menos sabré que desgasté mi cuerpo al máximo”. Lo dijo con cierta sonrisa como si le encantara llegar al límite, incluso si eso significara una lesión de gravedad.

Algo así como si el cuerpo fuera realmente una coraza que debemos ponerla a prueba constantemente, porque el paso del tiempo igual lo degenerará hasta el punto de hacerlo inservible. Si es que la última estación de los cuerpos sanos y bien cuidados es irremediablemente la inmovilidad de la vejez, pues qué mejor que adelantarse a eso y -como dice Kotto- “sacarle el ancho” para disfrutar las experiencias extremas.

Vienen los 30

Todo esto vino a mi cabeza por una circunstancia particular: estoy por cumplir 30 años y ahora siento los estragos de aquellas lesiones que me acompañarán por el resto de mi vida, porque -valgan verdades- el cuerpo ya no se regenera como antes.

Haciendo un inspección técnica inmediata, tengo una tendinitis crónica en la muñeca derecha por culpa de una caída, una ligera lesión en el talón de Aquiles que debo inspeccionar regularmente, cierto dolor en la cadera cuando me esfuerzo estirando las piernas… ¿Vale incluir la resaca que dura dos días?

De todas estas lesiones, la tendinitis fue la más frustrante, debido a que no podía entrenar con regularidad y ya me imaginaba dejar el tenis toda mi vida. Por aquel entonces me acordé de mi padre, quien se deprimió al perder la sensibilidad en su brazo izquierdo por culpa de un accidente vehicular, y empaticé con él.

Debe ser feo quedarse así para el resto de la vida, pero luego sacas conclusiones de que pudo haber sido peor, que las cosas pueden mejorar, que no hay nada peor que la muerte… Y en esa corriente de ideas es cuando aparece Kotto para recordarme que alguien con escoliosis entrega el cuerpo en nombre de una pasión: las ganas de vivir sin sentirse menos, a pesar de las circunstancias.

Donde estés Kotto, pues gracias.

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