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Las opiniones no están para respetarse

Hace varios años, en un curso de Teología en la universidad, el docente Andrés Gallego García dijo algo que aún comparto cuando me hallo en un debate algo picante: “las opiniones no están para respetarse”.

Viniendo de un clérigo, la frase puede ser malinterpretada teniendo en cuenta el conservadurismo de la Iglesia. Sin embargo, Gallego fue bastante franco al señalar que las opiniones están hechas para desmenuzarlas y así desarrollar ideas más potentes. El diálogo es importante, incluso cuando buscamos revertir aquellas cosas que damos por verdades absolutas.

“La cabeza no está para que el cuerpo no termine en punta”, era otra de sus frases que aún mantengo en la memoria.

Recurro a esta breve enseñanza de Gallego para denunciar, precisamente, que las opiniones hoy en día parecen sagradas en una sociedad cada vez más individualista y atomizada por los intereses socioeconómicos. Una opinión es una construcción de la realidad, una perspectiva sobre el mundo, y no cuestionarla por motivos ‘irrespetuosos’ para el ego puede llegar a ser un peligro para la convivencia social.

La opinión de una persona no es solo de esa única persona, sino un discurso que bien puede expandirse en la comunidad, teniendo en cuenta que las ideas se forjan a partir de la experiencia social de los individuos. Una opinión es la mezcla de una vida entera en sociedad, por lo que es una interpretación que merece ser debatida para así llegar a conclusiones enriquecedoras para todos.

Me sucedió hace un tiempo, por ejemplo, cuando discutí con una señora -muy religiosa ella- al contarle que no compartía la “religión de las instituciones”, sino que mi fe es más personal y menos dependiente de los discursos de un colectivo. No sé cómo llegamos al punto de la homosexualidad.

Ella opinó los siguiente: “Yo rezo por los homosexuales, porque es gente enferma. Aún así no los discrimino”. Estaba por contestarle cuando mi hermano intervino y me dijo: “Respeta su opinión”. ¡Obviamente que no la iba a respetar! Una opinión de ese calibre merece ser debatida, porque no contempla la convivencia con quienes merecen ser tratados por igual sin ser considerados “enfermos”, incluso si se hace de manera piadosa.

Y así me he topado con más argumentos con la lógica del “respeta mi opinión, porque es lo que yo creo”. Siento que el respeto se debe únicamente a aquellas creencias cuyo discurso forman parte de la integridad de una persona, de cómo uno en su máxima individualidad se relaciona con el mundo, pero pierde su respetabilidad cuando el discurso perjudica la imagen del otro. Una cosa es ser uno para uno mismo y otra ser uno juzgando a los demás, y esto último no merece ninguna clase de respeto.

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