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Andar de mal humor te trae estos beneficios

Quizá imagines que soy un amargado de la vida por ser el administrador de un blog llamado ‘No hablemos de cosas tristes’. No te equivocas, realmente lo soy y no me compadezcas.

Una vez debatí con un amigo sobre si realmente vale la pena ser tan amargado. No me acuerdo cómo, pero llegué a un conclusión interesante: “Soy amargado, porque es mi principal mecanismo de defensa. Qué aburrida sería la vida si es que no reclamáramos algo mejor para el futuro. Nunca será suficiente, no pienso en detenerme nunca”.

Bastante poético, amargadamente poético, pero resulta que andar de mal humor tiene sus beneficios a la larga.

Ni un pelo de tonto

Lo genial de andar de mal humor es que no te dejas engañar fácilmente. Una investigación publicada en The Journal of Experimental Social Psychology puso a prueba la habilidad de un grupo de personas para detectar una mentira.

La investigación determinó que quienes andaban de mal humor, provocado por un cortometraje sobre la muerte causada por el cáncer, tuvieron mejor acierto en la detección de la mentira a comparación de las personas que vieron un videoclip de comedia.

“[Estar de mal humor] aumentó el escepticismo de los sujetos en relación con lo que debían juzgar y mejoró su precisión al identificar las comunicaciones falsas, mientras que los sujetos que estaban de buen humor fueron más propensos a sentir confianza e ingenuidad”, reza la conclusión del estudio.

El cerebro siempre atento

Estar de mal humor, además, mejora la atención de quienes buscan memorizar determinado espacio, así como el desarrollo de nuestra persuasión para determinados intereses. Incluso, hasta se habla de una mejora en la calidad de nuestros juicios. Si es que andas amargado, te aseguras de que no sea en vano. Quizá de ahí venga tanto esfuerzo cerebral.

“Los seres humanos desarrollaron la habilidad de experimentar emociones negativas por una buena razón: en cantidades moderadas, nos protegen de lo que podría hacernos daño y nos ayudan a alcanzar el éxito”, explica un artículo de Psychology Today.

“Los humanos de la antigüedad que eran capaces de sentir desconfianza, miedo, ansiedad e incluso ira, habrían sido menos proclives a involucrarse en situaciones perjudiciales o habrían podido sobrellevarlas de una mejor manera que aquellos que no eran susceptibles a esos sentimientos”.

No creas que la moraleja es andar siempre amargados de la vida, sino tener en cuenta que las emociones pueden afectar nuestra perspectiva de la realidad.

Foto: Petras Gagilas – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

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