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Los transespecie y la imagen “incómoda” del otro

Actualmente somos testigos de la constante lucha por la igualdad de oportunidades y condiciones sociales sin hacer del género sexual un impedimento para el desarrollo personal. El activismo del movimiento LGBT ya está calando en las políticas nacionales e internacional con el reconocimiento legal al matrimonio homosexual y la conformación de familias homoparentales.

Digamos que las cosas están en su camino, aunque el recorrido aún sea muy largo para alcanzar la igualdad total. Sin embargo, si echamos ojo a los distintos movimientos, notaremos que siempre hay un bache inalcanzable para los ‘ismos’ que son tendencia en la actualidad. Los hombres que son víctimas del machismo, por ejemplo, pueden emparentar objetivos con el feminismo, pero dentro de este grupo hay casos de estricta resistencia a la integración de hombres a la causa. “Feminismo solo y para mujeres” o “El hombre feminista no existe” son algunas de las frases más cotidianas para dar cuenta de que hay ciertas poblaciones vulnerables que no tienen a qué bloque acudir.

Ahora, siguiendo la línea de este ejemplo, vayamos a casos más peculiares y menos recurrentes. ¿Quién vela por los derechos y reconocimiento social de los transespecie? No son demasiados como para conformar un colectivo, pero sí merecen ser tomados en cuenta a la hora de ejecutar las normas de convivencia social. Siempre existe la falacia de creer que no merecen opinar, porque “no son la mayoría” o “no conforman un número importante de la población”. Y digo que es una falacia por la sencilla razón de que el Estado debe velar por el bienestar del individuo, no de colectividades.

Dejando esto claro, hablemos de los transespecie. Hace unos días saltó a la fama Tom Peters, un británico de 32 años que pidió ser reconocido como el primer hombre transespecie, ya que dice sentirse como un cachorro dálmata.

Peters fue invitado al programa ‘This Morning’ y aparece con su disfraz de cachorro y hace todo lo que es propio a estos animales: camina en cuatro patas, come galletas, duerme en un hogar para mascotas y suele ladrar según su humor.

“Vivir la vida de un cachorro te permite disfrutar de cosas simples en la vida”, confesó Peters a las cámaras.

Lástima que la difusión del caso en Internet no tuvo los efectos que Peters hubiese deseado. Muchos comentarios se burlaban del pobre hombre y lo acusaban de estar loco, como si ser transespecie fuera de otro planeta o un insulto a la naturaleza humana. Pues bueno, quizá el mundo no esté preparado para aceptar a los transespecie así como no lo estuvo para los homosexuales a inicios del Siglo XX.

Solo digo que debemos ser conscientes de las sensibilidades humanas antes de juzgar o de reconocer la identidad del otro sin cuestionarnos con el reducido discurso del “debería ser”. Y lo que aprendí del caso de Peters es cómo las personas autodenominadas “abiertas” basan su perspectiva en el reconocimiento de colectividades ya estandarizadas en el panorama social. El transespecie es algo así como la imagen “incómoda” del otro, pues se trata de una comunidad algo insólita para el imaginario colectivo respecto a la reivindicación social. Imagino que esto es una muestra de la condición humana: siempre dispuesta a crear categorías constantes e invariables para evitar la incertidumbre.

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