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Lima desde el silencio

A veces me pregunto qué esperanza tiene la democracia en una ciudad donde la gente no entiende que la puerta delantera del bus es para subirse y la trasera para bajarse. Si es que acaso no podemos entender tan simple lógica, cómo es que pecamos de ingenuidad al creer que las cosas pueden mejorar en una ciudad donde la informalidad ya es un estilo de vida.

Mientras aprecio el orden de una ciudad caótica, me pregunto cuántas generaciones más tendrán que haber para que efectivamente haya un cambio. Lo curioso es que la respuesta es casi inmediata: lo suficiente como para no verlo en vida, y eso que espero vivir más de 60 años con algo de suerte.

Y lo más triste, o quizá incomprensible, es darme cuenta que la informalidad llegó a un punto de convertirse en un estilo de vida, como si no hubiese algo mejor, como si la cotidianidad fuese la migaja del pan con el que debemos saciar nuestra hambre en esa búsqueda de la felicidad, en una ciudad donde te matan por un piropo o simplemente te ignoran en la dependencia policial por haber sufrido una violación sexual.

Lima está secuestrada.

Esa es la última conclusión de la que hago al bajarme del bus sin pagar el pasaje, porque no pienso alimentar el monstruo de la informalidad, aunque se trate de un trabajo justo y el sustento familiar de alguien a quien seguro odiaré por su actitud tan mezquina con los pasajeros. Debería sentirme mal por eso, pero creo que no debe haber compasión cuando se trata de lidiar fuego contra fuego esta bestia que no tiene compasión por la nobleza.

La revolución de las cosas pequeñas.

Tratar de golpear duro a la cara y en silencio.

Odiar en silencio.

Ejecutar en silencio.

Amarte, Lima… desde mi silencio.

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