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Lectura para un día de mierda (II)

Hasta qué punto la soledad recrudece aún más a la muerte. Valgan verdades, hay maneras de morir y casi siempre idealizamos que nuestro final será el más bello e indoloro posible, algo así como en las películas: acabar nuestros días en las sábanas blancas de un lindo hospital o justo después del buenas noches para nunca más despertar.

Pero lo cierto es que la muerte no avisa y aparece sin pedir permiso o incluso sin respeto por tus ideales para una “buena muerte”. Tan solo llega y, mientras crees que tu alma sube al cielo -o eso esperas que suceda-, en el mundo real tu cuerpo está expuesto a cualquier situación impensable.

Lugares para morirse

Depende mucho del lugar donde mueras y de quiénes están inmediatamente cerca para que al menos tu cuerpo tenga un trato digno. Aunque ya no estés con vida, la integridad del cadáver merece un tantísimo de honorabilidad, de respeto a tu memoria a través del cuerpo ausente. Ser visto una vez muerto es algo que hasta debe agradecerse, aunque no tengas más vida -y por lo tanto consciencia- como para sentirse satisfecho.

Pero veamos el otro lado de la moneda. Las cosas realmente se complican cuando el cadáver yace en la absoluta soledad. No me refiero a morirse en algún paraje desolado, sino en un ambiente cotidiano como bien puede ser tu domicilio. Tener una idea de cuánto tiempo debería pasar para que tu cadáver sea hallado es inquietante. Eso podría demorar un par de horas o lo que tarde alguien en tener el interés por buscarte, tocarte la puerta y sentir preocupación al saber que estás desaparecida.

Si ya tienes una noción de cuánto tiempo tardaría el hallazgo de tu cadáver en esas condiciones, apuesto a que el resultado no se compara con lo sucedido con Joyce Vincent.

Joyce Vincent

Joyce Carol Vincent nació en 1965 en el distrito londinense de Hammersmith. Quedó huérfana de madre a los 11 años y tuvo una relación difícil con su padre.

A partir de los 20 años, Joyce comenzó a trabajar en diferentes empresas hasta que llegó al departamento de tesorería de Ernst & Young. Estuvo allí por cuatro años hasta que renunció en 2001.

Fue entonces cuando comenzó a distanciarse de su familia. Según amigos de Joyce, ella lo hizo por vergüenza debido a que fue víctima de abuso doméstico.

Debido al acoso que recibía por parte de su abusador, Joyce se mudó a una habitación encima del centro comercial ‘Wood Green’ en 2003. El piso era propiedad de Metropolitan Housing Trust y era usado para proteger a las víctimas de la violencia doméstica.

Joyce Vincent
Retrato de Joyce Vincent

Joyce se hallaba en su casa en diciembre del 2003 cuando, de pronto, no se supo más de ella. Pasaron las semanas, los meses, los años… Nadie sabía de ella y nadie se tomó el trabajo de buscarla.

No fue hasta que la propiedad fue embargada cuando la policía halló el cuerpo descompuesto de Joyce, boca arriba y rodeada de regalos para Navidad que ella había envuelto y estaba listo para enviar. Nunca se supo a quién.

La necropsia determinó que Joyce llevaba muerta en su apartamento por tres años y nunca nadie fue a buscarla, a pesar del olor que despedía el cadáver, del ruido del televisor, del tiempo sin pagar la renta…

A pesar de tener novio y una familia, nadie fue a buscar a Joyce.

Dreams of a Life (Trailer) de Cannon and Morley Productions en Vimeo.

Este caso en particular deja mucho en qué pensar acerca de cómo imaginamos la muerte. El debate no solo se limita a qué hay después del último de nuestros días, sino a qué sucederá con el cadáver una vez que dejemos de existir. Cabe preguntarse si es que seremos ignorados, si acaso -en el supuesto de andar solos- seremos encontrados por nuestros seres queridos o tan solo “desaparecidos” en el lugar donde siempre estamos, pero que nadie tuvo el interés de buscarnos. La muerte puede ser tan cruel, pero tanto que felizmente no sentimos esos golpes a nuestra imagen y memoria en el mundo de los vivos.

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