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El efecto espectador y cómo evitamos la responsabilidad

Una razón más para perder la fe en la humanidad es el efecto espectador. La historia de este fenómeno social es bastante cruda, pero reveladora ya que la sensación de seguridad no depende directamente de con cuánta gente nos hallemos en circunstancias críticas. La idea de comunidad solidaria se diluye, precisamente, por la cantidad de personas que existen en dicha comunidad.

Todo ocurrió en marzo de 1964, en el distrito neoyorquino de Kew Gardens. La propietaria de un bar, identificada como Kitty Genovese, fue apuñalada hasta la muerte. La policía acudió al lugar del crimen y se llevaron una terrible sorpresa: el hecho fue presenciado por 38 vecinos de los apartamentos circundantes y ninguno hizo nada para ayudarla.

Los psicólogos John Darley y Bibb Latané investigaron esta noticia que motivó una campaña de protesta en los medios locales estadounidenses. Cuatro después del asesinato, Darley y Latané realizaron un estudio para desarrollar lo que hoy se conoce como el “efecto espectador”. Este consistió en hacer creer a los participantes que otro de los participantes estaba sufriendo algún ataque.

¿Qué fue lo que sucedió? Las personas que se hallaban solas con la “víctima” se mostraron más dispuestos a buscar a ayuda y en menor tiempo a diferencia de los grupos de tres y cuatro participantes que se encontraban en la misma circunstancia.

Darley y Latané llegaron así a la conclusión de que la presencia de otras personas ante un evento crítico reduce el sentido de la responsabilidad.

Ahora, en un mundo en el que estamos más conectados que nunca, resulta preocupante cómo es que siendo parte de un grupo social más amplio podamos diluir la responsabilidad, nuestra capacidad individual, ante situaciones de riesgo. Imagino que algo deberá tener el sentido de culpa, debido a que -por ejemplo- si son tres los testigos de un crimen, la culpa se hace más pasajera que siendo el único responsable capaz de haber evitado una tragedia. Llama la atención, entonces, cómo es que somos capaces de sobrevivir en una sociedad tan “unida” y a la vez egoísta según los intereses de cada integrante.

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