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Lo que nadie se imagina 45

Faltan pocos minutos para las seis de la tarde y Bruno Arinaga tiene una sola idea en la cabeza. Coge el teléfono y marca el número de su enamorada. Concretan una cita. Quedan en verse en el McDonald’s de Miraflores, ese mismo punto donde todo el mundo se espera para hacer cualquier cosa… Pero nada como Bruno tiene en mente.

Se encuentran. Bruno la besa como si fuese la última vez, porque siente que puede ser la última vez, y le dice a su amada para que lo acompañe a cenar. “Te llevaré a un lugar donde nadie más te llevó”, dice Bruno con una sonrisa sincera.

La chica acepta. Se suben a un taxi. El chofer escucha la orden. “Avenida Iquitos con Antonio Raimondi, por favor”, dice Bruno con cierto sudor frío en la nuca. Mira a su novia y ella está distraída con el teléfono. “No tienes ni puta idea de adónde vamos”, piensa mientras el vehículo cruza las pacíficas calles de Miraflores para adentrarse al distrito de La Victoria.

El taxi llega a su destino. “Vamos, amor… Ya llegamos”. La chica baja del vehículo con un asombro del tres carajo. Son apenas las ocho de las noche, la noche se cierne sobre la ciudad, las luces de los postes hacen las calles algo menos horribles y la prostitución se hace dueña de las calles. La novia de Bruno logra ver a dos meretrices, una parecía bastante hombre, negociando el sexo del día con los mecánicos que trabajan por allí.

“¿A dónde me has traído?”, pregunta.

“Quiero invitarte la cena”, dice él sin tapujos.

No muy lejos está el puesto de una emolientera ambulante, esos puestos que tienen sus banquitas en fila. La dueña los mira y los trata con desprecio. Con la ropa sabe bien que no son de la zona. Bruno y su novia comparten mesa con otros dos sujetos más.

“¿Así que te gusta pasear? Bueno, pasarás por caja, chuchetumadre”, le dice uno de ellos a Bruno, quien sacó su billetera para pagar por las bebidas.

“Bruno, ya vámonos”, dice su novia.

Bruno está calmado. Saca 20 soles y los entrega al sujeto. Este se retira para evitar mayores problemas. Ya tiene su botín del día.

“¡Por favor! ¿Dime qué hacemos aquí? ¡Llévame a casa! Este lugar es horrible”. La chica se desespera.

Bruno la mira. Toma aire…

“Antes debo preguntarte algo”. Bruno se arrodilla en el piso mugriento. Saca algo del bolsillo. “Esperanza, ¿te quieres casar conmigo?”.

Ella se tapa la boca. No sabe qué decir. “¿Qué diablos tiene Bruno en mente?”, piensa mientras luce indecisa.

Los segundos parecen eternos para Bruno. La inacción de Esperanza da cuenta de lo obvio y, a la vez, inevitable. Bruno vuelve a guardar el aro en su bolsillo, ordena un taxi y vuelven para Miraflores, para el parque Kennedy.

Ambos se quedan callados todo el camino, llegan a su destino y se ven obligados a hablar ante lo que será una despedida incómoda.

“Bruno… ¿Qué esperabas de mí si me llevaste a ese sitio de mierda?”, dice Esperanza ya muy incómoda por la situación.

“¡Pues que me digas que sí!”, dice Bruno.

“¡Y cómo carajo supones eso! ¿Acaso no has visto cómo hacen los demás?”, responde Esperanza tratando de evitar una escena.

“Así es, y por eso mismo… Qué fácil es decir el ‘sí’ en París o en Roma. Todo es bello y hermoso allá, pero contigo no quiero un sueño de hadas… Quiero saber si seguirás conmigo incluso en las zonas de mierda donde te llevé… Porque si me decías el ‘sí’ en esas condiciones, puta madre, ya eso sí es amor de verdad. Estarías dándome el ‘sí’ donde a nadie más se lo hubiesen dado”, dice Bruno tratando de no llegar a los gritos.

Esperanza se echa a reír. Simplemente no lo puede creer. Abraza a Bruno con cierta ternura para que se le pase el enojo.

“Contigo sí que nunca se sabe… Por eso mismo estamos juntos…”.

Cuatro años después

Bruno acude a la casa de Esperanza con un sobre. Ella está de vacaciones del trabajo, así que Bruno preparó una última sorpresa. “La segunda es la vencida”, se dice Bruno para echarle ganas a su nueva empresa.

“Mi amor, ¡haz la maleta y saca el pasaporte! Tengo aquí unos pasajes para pasarla juntos en el extranjero. ¡Quiero que sea sorpresa! Partimos esta noche”, dice Bruno con cierto brillo en los ojos.

Esperanza traga un poco de saliva. “¿Qué puede salir mal esta vez?”, dice sin imaginar -luego se enteraría en el aeropuerto de Madrid- que el destino final es Damasco, capital de Siria, donde actualmente se desarrolla una de las guerras civiles más sangrientas de Medio Oriente.

Ese día fue la última vez que vieron a Bruno y Esperanza con vida. Aún hoy la familia trata de hallar los cuerpos con ayuda del consulado.

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