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Lo que nadie se imagina 42

A veces pienso que el karma es una buena mierda. Esta solo existe cuando nos ocurre alguna desgracia. Siempre tratamos de relacionar los malos acontecimientos con alguna falta nuestra en el pasado para darle un sentido al destino. Pamplinas. Nada de eso existe, porque cuando pensamos en las consecuencias de dichos “malos acontecimientos” no solo afectan a una persona, sino a todo un universo.

El karma es así, una especie de discurso para sentirnos culpable de algo malo que hicimos en el pasado y que actualmente alguna fuerza divina hace que paguemos nuestro merecido. ¡Cómo es que nosotros mismos nos controlamos a partir del miedo a lo que no existe! Es algo así como Dios… Todo el mundo habla de Él, pero nadie lo ha visto y juran que existe.

Y sobre todas las cosas, no creo en el karma cuando este hace de las personas un instrumento del mal. Aunque te parezca increíble, hay veces que somos realmente maléficos cuando -incluso- actuamos de buena fe. Somos piezas de lo que la gente denomina karma y nunca nos damos cuenta.

Si ando tan convencido de todo lo que has leído, se debe a una noche en la que me sentí el peor hijo de puta por casualidad… La vez en la que fui un instrumento del karma para liquidar el amor de alguien más.

Esa noche empezó como cualquier otra cuando un hombre sale con una mujer. Me cité con Juliana Pinglo en un bar por Miraflores. Ella lucía hermosa. Vestido de flores, labios rojos en tono mate, un único moño que me recordaban a las mujeres del tablao español… Una mujer bella hasta las uñas de los pies.

Nos pedimos unos tragos. Hablamos como de costumbre. Era la primera vez que salíamos solos. Creo que por aquel entonces teníamos recién dos meses de habernos conocido. Las cosas pintaban muy bien. Ya le había robado un beso, mi mano tocaba la suya y la otra estaba dispuesta a acariciarle un muslo. Ya saben, todo como de costumbre cuando un hombre sale con una mujer.

Pero las cosas tuvieron un cambio brusco.

“Carajo. Alberto va a venir. Normal, ¿no?”, me miró con sorpresa luego de haber atendido el celular. Yo juraba que se trataba de su madre. “Lo siento, en verdad”.

Alberto… Alberto… Trataba de recordar ese nombre. No me sonaba por ningún lado. ¿Por qué se disculparía si es que viene? Imagino que es porque ella creía que tendríamos la noche para nosotros solos. Así es mi ingenuidad.

“Sí, descuida. Todo bien”, respondí.

Alberto apareció. Saludó a Juliana con un beso en la boca y se sentó en la mesa. No hacía falta escuchar lo que dijo después Juliana para entender lo que estaba sucediendo.

“Te presento a mi enamorado, Alberto”, dijo Juliana con una sonrisa fatal.

Pedí un minuto para irme al baño y así ordenar mis ideas.

Me mojé el rostro para recordar cuándo diablos Juliana me habló de Alberto. Hice memoria y caí en la cuenta de que nunca me habló de él como su enamorado. Solo lo llamaba “Alberto” y punto. Yo qué iría a saber que eran pareja, menos aún si semanas atrás Juliana me hablaba para quedarnos solos toda una noche.

La verdad es que no estaba molesto, solo avergonzado… Quizá por culpa. No lo sé. ¿Con qué cara salir del baño? Bueno, salí con la misma de siempre: la del cojudo que no supo nunca dónde estuvo parado.

Alberto me miró directamente a los ojos. En ese instante, hice mis cálculos para saber quién pegaba entre él y yo. Ya saben, siempre hay que andar prevenido. El resultado era a su favor. Tenía todas para sacarme la mierda. Se parecía a Chong Li de ‘Contacto sangriento’, especialmente cuando ponía esa sonrisa de asesino y ojos saltones.

Me inventé una llamada al celular para escapar de allí. Inventé un supuesto accidente de mi madre con el carro. Pienso que fue la peor mentira de mi vida, pero el fin justifica los medios. Solo me quería largar.

Me despedí de la pareja y puse primera para largarme de una vez. No voy a mentir, sentí algo de adrenalina. No todos los días te topas con quien bautizaste de “cuernudo”, y menos aún en el mismo local junto a su chica. Será una estupenda anécdota, pensé.

Paulatinamente corté comunicación con Juliana. Habrá pasado un año desde esa última vez que nos vimos. Solía echar un vistazo a sus redes sociales para ver qué novedad en su vida, la mejor manera de saber algo de alguien sin tener que preguntar.

Revisé sus actualizaciones de Facebook. Primero noté que ya está de novia con un chico que no es Alberto. Imagino que las cosas con él ya estaban por joderse cuando me atravesé en la relación. Al menos, Juliana supo hacer su vida nuevamente… Algo que Alberto no fue capaz de lograr. Y no es porque él no pudiera superar la ruptura con Juliana, sino que no es posible seguir adelante en la vida si es que ya no tienes una. Alberto murió.

Una de las publicaciones de Juliana, escrita semanas después de lo ocurrido en el bar, estaba dedicada a Alberto a modo de pésame. “Pasamos momentos difíciles durante nuestra relación. Yo te acompañé durante todo el proceso de tu enfermedad [murió de cáncer], pero cómo es el destino que tuviste que recaer tan pronto, hace solo una semana, y ahora ya no estás conmigo…”.

Hice mis cálculos. A la fecha de esa publicación le resté una semana para determinar en qué día recayó en su enfermedad. Fue un lunes. Yo me topé con Alberto el sábado anterior a esa fecha. Apagué la computadora para no seguir pensando.

Mierda…

Le puse los “cuernos” a un enfermo de cáncer.

Hasta ahora me pregunto si es que eso le causó la recaída. No es para menos, pienso, porque perder a una novia así en un momento crítico debe ser devastador. A veces pienso que yo lo maté… sin querer, pero lo maté.

Entonces, me pregunto dónde está el karma en todo esto. No sé qué habrá hecho Alberto para morir de cáncer y encima “cachudo” durante sus últimas semanas con la enfermedad. ¿Y yo qué hice para vivir con esta intriga de haberlo matado por el bajón emocional? ¿Y Juliana como queda en todo esto, feliz con su nuevo enamorado?

¿Dónde está el karma?

Pues en ningún lado si es que nos sinceramos con que el equilibrio del universo es un constante caos. El karma es una invención para entender que las experiencias tienen un supuesto orden universal.

Cojudeces, pues dónde está el orden si Alberto se encuentra en la memoria de sus seres queridos, Juliana hace su vida manipulando las medias verdades a su antojo y yo cargo la culpa de haber asesinado a alguien a través de la depresión… Pues imagino que en la certeza de que somos vulnerables a la incertidumbre. El arte de dejarse llevar en medio del caos.

Foto: FlickrBro. Jeffrey Pioquinto, SJ. Bajo licencia de Creative Commons

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