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Lo que nadie se imagina 35

Una noche volví a casa y me encontré con mi padre en la cocina. Estaba fumando un cigarrillo. Se le veía tranquilo. Me senté a su lado en la mesa sin atreverme a verle los ojos. No sabía qué decirle, incluso después de 17 años que no lo veía, desde que juró nunca más volver a esta casa.

“Tienes algo… Esa cara de cojudo no la tiene cualquiera”, me preguntó antes de que pusiera mis dos manos sobre la mesa.

Lo miré extrañado. Tomé un largo respiro para contestarle, pero él se adelantó.

“Estás enamorado, ¿verdad?”, arremetió.

Ahora sí que no entendía. Moví la cabeza negando sus suposiciones, porque la situación se me hacía incomprensible. No me podía hablar de esa manera, como si nada, como si el cinismo fuese suficiente para limar asperezas tras casi dos décadas de ausencia… Pero aún así, aún con esas, tuvo razón. Dio con la diana.

“Tú qué sabes”, traté de cerrarme, de mostrar algo de rudeza.

Mi padre me miró con el mismo rostro como si viese a quien vende la Plaza de Armas a 20 soles y apagó su cigarrillo en el cenicero.

“Sé algunas cosas. ¿Una chica verdad?”, sacó otro cigarrillo de la cajetilla y se tomó la paciencia de encenderlo con los cerillos. “Me lo imaginé”.

Quise detener su discurso. Sentía en lo más profundo del corazón que la conversación debía ir por otro rumbo, pero no sabía cuál exactamente. Siempre pensamos así, que las cosas deberían tomar otro orden, pero nunca desarrollamos cuál. Ante el enojo, la impotencia y la rabia… No tenía nada para decir. Lo miré y no quise interrumpirlo finalmente, porque quizá así él quiere ser recordado, así quiere proyectar su imagen hacia mí, darme su verdad.

Me callé y atendí todas sus palabras. Mejor eso a hacer el ridículo con escenas que -desde pequeño creí- que merezco. Pero no las merezco. Merezco la verdad y la evasión a esas cuestiones urgentes que tienen tantos hijos abandonados es parte de ella.

“Primero quita esa cara de cojudo impresionante. Algo me dice que tanto te gusta la chica esta que ya eres fiel sin estar con ella, ¿verdad?”, preguntó justo antes de atorarse con el humo.

Me limité a verlo a los ojos. Quería saber si es capaz de descifrarme. Mierda que lo logró.

“Temo que sí. No te habré visto buen tiempo, pero idiota no soy. Lo que debes saber primero es si la chica esta es solo un buen polvo o el amor de tu vida”, lo dijo acomodando la silla y acercándose a mi rostro. “Hay una manera de saberlo”.

Mi padre deja el cigarrillo a la mitad. Toma una posición seria. No imagino lo que dirá. Nunca tuve esta conversación tan íntima sobre las mujeres con un padre, porque nunca lo tuve en esa edad crítica donde todos hablan de chicas y uno no tiene ni puta idea. Quizá lo que diga ahora sea el resultado de una reflexión profunda sobre el amor, especialmente viniendo de un hombre cuyo divorcio ha sido un estigma para el resto de su vida. Quizá, si tan solo quizá… Me hubiese equivocado.

“¿Te masturbas pensando en ella?”, preguntó sin asco. “Si no lo haces, es porque hay algo más, algo más que las tetas y el culo. Puede que sea amor y no te masturbes pensando en ella, porque es un acto medio sucio, medio indigno, para alguien tan especial. Si no lo puedes hacer, es porque hay algo más que te gusta y no quieres meterla en el mismo saco donde están las demás mujeres que te has pajeado. ¡Algo más que el placer de la carne! Anda, ve al baño y prueba. Yo espero. No quiero irme sabiendo que te dejé siendo un cojudo por 17 años más”.

Mi padre volvió a coger su cigarrillo y con un movimiento de ojos me ordenó a que vaya al baño. Lo miré sorprendido, con cara de qué mierda estamos hablando, pero él insistió con sus gestos faciales que debía hacerlo. Seguí su payasada y me fui al baño. Obvio que no me toqué, solo me senté en el inodoro a pensar lo que estaba sucediendo.

Salí sin pensar mucho. No tenía cabeza sobre lo que estaba sucediendo. Regreso a la cocina. Él ya no estaba allí.

Su cigarrillo aún seguía encendido sobre el cenicero, así que salí a la puerta principal para ver si llegaba a verlo en alguna esquina. No había rastro de él.

Después de esa noche, nunca más apareció. Para esta fecha, en la que recuerdo nuestro última conversación, probablemente esté muerto, pues tendría algo más de 75 años. Nunca supe su edad exacta, tampoco me interesó.

Nunca más lo volví a ver, así como nunca pude masturbarme pensando en aquella chica que me puso la cara de cojudo ante mi padre. Obviamente, nunca iba a poder, porque ella es ahora mi esposa, el amor de mi vida.

Siempre pienso en esa anécdota, nunca se lo conté a mi mujer y menos lo hablaré con mi hijo que nacerá en un par de meses. Quiero pensar que esa ausencia por tantos años justifica tan memorable encuentro, más allá de lo que uno cree merecer o exigir a los padres ausentes. Quizá fue necesaria esa separación para ahora recordarlo así para siempre: como un loco de mierda que antes de desaparecer de mi vida supo -como si me conociera desde siempre- que estuve enamorado.

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