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cuento-corto-lo-que-nadie-se-imagina-34Amor Lo que nadie se imagina 

Lo que nadie se imagina 34

Hacía bulla en medio de la sala. Sonaba la orquesta, pero mi ritmo era otro. Una sola canción sonaba en mi cabeza.

Creció con su sueño y un día le dijo…

Te veía admirado. Te movías entre las gentes, pero siempre en tu propio espacio, sacudiendo el cuerpo con dulzura y misterio. Sí, misterio de saber qué sientes cuando las caderas coordinan con tus hombros y sientes un goce que de golpe te cierran los ojos por unos instantes. Mientras tanto, en mi cabeza sonaba una sola canción.

Acabo de verte y ya sé que nací pa’ casarme contigo…

Me acerqué con valentía. Los nervios me carcomían, pero debía hacerlo. Ya nos habíamos visto, sabías que mis pasos estaban hacia tu dirección. No se puede dar vuelta en ‘U’ cuando todo, mis ojos, mi cuerpo, mis piernas, mi boca… Todo apuntaba a ti, y mientras una canción sonaba en mi cabeza.

Matilde mi vida, Matilde mi estrella…

Te tomé de la mano, siempre titubeando por la desconfianza. No quería que me malinterpretes. Solo quería mezclarme en tus ondas, tus movimientos y derrapes, que me guíes en ese arte de apoderarte el espacio. Sentir en el fondo que te apoderes de mí. Todo mientras la orquesta sonaba, pero en mi cabeza sonaba otra canción.

Le dijo que si nos casamos Antoine y bailó para ella…

Respondiste a mis impulsos. Me contagié de tus aromas, de tus vientos en pasos derechos y firmes. Desvanecía en alegría súbita. Te paseaba en mis brazos torpes, en mis piernas torpes, te escapabas y volvías coqueta, te divertías de mis tropezones, de mis pies comunistas. Bailabas y yo trataba de hacerlo a tu ritmo. Trataba de seguirte, pero eres inalcanzable. Trataba de seguirte. La orquesta no detuvo la música y mi cabeza seguía con una sola canción.

Abrázame fuerte que no pueda respirar…

Te detuviste de golpe en plena canción. Me diste un beso de lástima en la mejilla. “Para la próxima, querido”. Te fuiste volando a otro ser de piernas hábiles. Sonreí aturdido, la risa nerviosa de quienes lo pierden todo. Les dije a los chicos que iba al baño, pero en realidad me volvía casa. Llegué y fui directo al cuarto que hace de taller de costura para mi madre. Solo encendí la luz del escritorio y me vi ante un espejo gigante. Me desvestí por completo. Me saqué la pierna ortopédica. Salté de un pie hasta el maniquí de costura de mi mamá y bailé con él imaginándome que era ella. Bailé a mi propio ritmo. En mi propio mundo.

Mientras tanto, una sola canción sonaba en mi cabeza…

Tengo miedo de que un día ya no quiera bailar conmigo nunca más…

Cuento inspirado en la canción El marido de la peluquera de Pedro Guerra.

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