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Lo que nadie se imagina 46

Cuatro y media de la tarde. Oficina.

Orlando Pinzón sabe que el futuro será difícil cuando ve a su jefe agarrarse las pelotas mientras orina en el baño y al mismo tiempo conversa con él.

-¿Todo bien?
-Sí, señor… Todo bien.

Orlando vuelve a su escritorio para hacer lo mismo que viene haciendo desde hace nueve años. Lo mismo y con la misma paga. De pronto, siente una mano tocándole el hombro. Voltea. Reconoce esa mano inmediatamente. No solo por su textura, sino también por el olor: su jefe no se había lavado las manos.

-Señor Pinzón, quisiera hablar con usted en mi oficina.

Orlando acude sin chistar. Cierra la puerta detrás de él para evitar alguna filtración. Escucha atentamente.

-Señor Pinzón, debido a su experiencia en esta compañía, quisiera saber qué cosas recomienda para mejorar el ambiente laboral.

Después de casi una década, por fin alguien le pregunta a Orlando algo más que “¿ya se retira, señor?” y “¿a qué hora ingresó?”. Sus ojos brillan. Es su oportunidad.

-Despídame, por favor…
-Pero, señor Pinzón…
-Sí, hágalo. Hablo en serio. No puedo soportar estar más aquí. ¿Mira esta cara? ¿La ve? -Orlando toma por las mejillas a su jefe y acerca su rostro a unos pocos centímetros de su semblante- ¿Te parece el rostro de alguien feliz? ¿Te parezco ser un hombre feliz? Sácame de esta mierda… Se lo ruego…
-Lo siento, pero estamos en una situación en la que cada persona cuenta. No podemos perder a nadie hasta tener un reemplazo. Recién podríamos despedirlo dentro de una semana.

Es entonces cuando Orlando se acuerda que el futuro será difícil… y cobra venganza.

-Entiendo…- Orlando se pone de pie y coge un pequeño cuadro que está encima del escritorio de su jefe- ¿Es su esposa?
-Sí, así es. El amor de mi vida… Allí aparece junto a mis hijos.
-Ya veo, una bonita familia

Hizo falta menos de 24 horas para que Orlando obtenga su ansiado despido -todo un milagro en la burocracia laboral- y algo más de 72 para que reciba una orden judicial, en la que se le prohíbe acercarse a la familia de su jefe a una distancia no menor a los 100 metros. La razón es simple: nadie quiere estar cerca de quien restregó sus testículos encima de fotos familiares ajenas.

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