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Lo que nadie se imagina 37

Aún recuerdo la última vez que nos vimos. Solo me acuerdo de ella por su nombre, justo el mismo que tiene mi madre, y por la manera en cómo la dejé plantada aquella noche. No me malinterpretes. Mejor escucha mi historia.

Nos encontramos en un bar de Barranco. Ella había llegado radiante con su vestidito de flores y una sonrisa tan… No lo sé, ya hay cosas que mejor no valen precisar, porque uno acaba enamorándose de los recuerdos.

Sucede que llegó. Nos sentamos en la mesa, tal como hemos estado haciendo durante los últimos cuatro meses que salimos.

Llamamos al mesero. Este acerca con la carta de tragos y luego de una somera revisión, pedimos dos cervezas. De las grandes, esas que ya suponen una noche larga y una posterior resaca para la mañana siguiente.

“Lo siento, debo ir al baño”.

Ella se levantó y fue urgente a los servicios.

Trato de matar el tiempo. Veo a las parejas en otras mesas, leo todo el menú para saber si luego ordeno algo más y finalmente reviso mi teléfono por si tengo algún mensaje pendiente.

Resulta que sí. Mi madre me había enviado un mensaje de texto por WhatsApp con un escueto mensaje.

“Llámame”.

Entro a la agenda de mi teléfono, tecleo las primeras letras del nombre de mi mamá y hago la llamada…

Escucho el tono, nadie contesta… Pero siento que un teléfono suena a mi costado: es el móvil de mi amiga que está vibrando en la mesa mientras ella aún sigue en el baño.

Automáticamente veo mi teléfono y noto que por error estaba marcando a Lorena Arévalo, mi amiga, en vez de Lorena Padilla, mi madre. La razón por la que agendo a mi mamá con su nombre completo es por seguridad. Si me roban el teléfono, sé que el ladrón no sabrá los contactos de mis familiares. Soy medio friki con eso.

Antes de cortar la llamada, me dio curiosidad saber cómo mi amiga me tenía agregado en su teléfono. Siempre tuve la idea de que eso revela un poco de la relación que construimos con los demás. Hay quienes ponen apodos de cariño, otros son más protocolares e indexan el nombre completo… y otros hacen lo que sucedió conmigo.

Cerveza Gratis”.

Desde que leí eso, nunca más he vuelto a invitar algo a alguien.

En fin. Lorena volvió a la mesa. Se sentó y vio que tiene una llamada perdida mía. Le expliqué que confundí su número por el de mi madre.

El mesero viene con la orden. Deja las dos cervezas y procede a retirarse, pero antes lo detengo.

“Traiga, además, el piqueo más grande que tenga. Ese que sale como 70 soles para tres personas”.

Lorena me mira extrañada. Piensa que es mucha comida. Yo le digo que justo un amigo en común está por llegar y que, de hecho, está a unas cuantas cuadras. Mentira.

El mesero se va con la nueva orden y yo me levanto de la mesa para salir del local con el móvil en el oído, simulando que hablo con el susodicho amigo en común. Pasé la puerta principal. Ya estoy fuera del local.

“Mamá… Leí tu mensaje… ¿Qué fue?… Bien, voy para la casa”.

Habrán pasado 20 minutos cuando estaba en el bus de regreso. Siento las primeras llamadas de Lorena. Bloqueo inmediatamente su número, así como su perfil en todas mis cuentas de redes sociales.

Desaparecí.

Aún me pregunto si al menos tenía la tarjeta para cancelar la cuenta, pero siento que son cosas que ya no me deben importar… Solo que aún me importan y a veces me siento estúpido por hacerlo. ¿Se trata acaso de piedad? No lo sé, de qué sirve esa mierda si es que nadie la tiene contigo.

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