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Alan García y los matices sobre juzgar un suicidio

El suicidio de Alan García me tiene contrariado. Aún no juzgaré lo que hizo, porque creo que eso merece su propia publicación, pero sí me detendré en cómo los medios de comunicación y colegas se han referido al suicidio desde una perspectiva maniquea e incluso determinista según la psiquiatría.

Se ha dicho bastante que el suicidio nunca es una opción, que únicamente lo hace la gente cobarde o entristecida, que no se trata de perdedores, sino de una condición psicológica inestable… Hay muchas ideas en la palestra y cada una de ellas -según mi parecer- insensibles a lo que significa el suicidio a nivel personal.

Partamos de algo elemental. Quitarse la vida es racional. Sé que puede parecerte ilógico, pero atiende la premisa sin ninguna clase de prejuicio. El suicidio es racional en el sentido de que se trata de un acto que satisface una necesidad determinada. Así como te alimentas cuando tienes hambre, el suicidio es una vía de escape para lograr tu objetivo: el alivio emocional o -en el caso de García- el honor de no verse humillado ante la justicia.

Ahora, la idea elemental por la cual alguien se suicida no debe ser evaluada según la casuística, sino mediante la evaluación individual de un caso determinado. Incluso así, dicho análisis debe tener una cuota de humildad para reconocer que somos ajenos a las experiencias de un suicidado y cómo estas acabaron convenciéndolo. No podemos, por lo tanto, suponer que entendemos las emociones para criticar la tozudez de sus razones para insistir con acabar su vida.

El suicidio es una decisión personal que no necesariamente se limita al imaginario colectivo de lo que es un suicida. Peor aún es la idea de juzgar el suicidio según nuestros valores y moralidad como si estos fueran universales, cuando en realidad es resultado de la experiencia personal.

Por más antipatías que tenga con Alan García, reconozco que su suicidio fue motivado por algo que él -remarco, SEGÚN ÉL- consideraba honor, la idea de acabar siendo ante los demás alguien intachable, incluso cuando la justicia parecía indicar lo contrario. Digo parecía, porque finalmente no se podrá investigar sus delitos, por lo que su suicidio acabó siendo también un táctica política para perdurar “inocente” en la memoria de la gente. Mal que bien, García finalmente se salió con la suya… Logró racionalmente aquello que tanto pregonaba en vida: nunca verlo como si fuese un delincuente, una imagen que él quiso cuidar hasta el último instante de sus días.

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