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Investigación revela cuál es el aspecto del “rostro de Dios”

El rostro de Dios es un enigma que acompañará a la humanidad por el resto de su existencia, debido a que las deidades -en general- son proyecciones culturales y espirituales de cada sociedad.

Dios y las diferencias culturales

Echando un vistazo al pasado, por ejemplo, notaremos que diferentes culturas han tenido deidades con características comunes según distintas necesidades. La fertilidad es una deidad muy corriente en la mayoría de las civilizaciones, pero caracterizada de manera distinta de acuerdo con el imaginario colectivo de los sujetos sociales.

Ahora vayamos a algo más micro. Si analizamos el debate entre dos creyentes de la misma fe, daremos cuenta que ambos tienen ligeras diferencias sobre cómo actúa o cómo es su supuesta apariencia.

¿Quién tiene razón? Pues ninguno y nadie la tendrá, debido a que Dios pasa a ser una interpretación colectiva, que puede diferir según el universo simbólico de los colectivos sociales.

El rostro de Dios

Lo que sí puede haber es un acercamiento a cómo estos colectivos interpretan a Dios. Un estudio elaborado por la Universidad de Carolina del Norte consultó a 511 cristianos estadounidenses para reconstruir el “rostro de Dios”.

La prueba consistió en la visualización de cientos de caras que variaban aleatoriamente en grupos de dos. El participante tenía elegir la imagen de cada par que se parecía más al aspecto que atribuían a Dios.

Con los resultados obtenidos, el sistema combinaba todas las imágenes para construir una imagen compuesta de la cara de Dios.

El resultado es lo que ves a continuación.

EL ROSTRO DE DIOS
El aspecto más probable (der.) y menos probable de Dios según los cristianos estadounidenses

“La gente suele proyectar sus creencias y rasgos en los demás, y nuestro estudio muestra que la apariencia de Dios no es diferente: las personas creen en un Dios que no solo piensa como ellos, sino que se parece a ellos”, explica Kurt Gray, autor principal del estudio, a PLoS ONE.

El egocentrismo

Lo que señala Gray es lo más natural cuando se trata de interpretar algo tan etéreo: la imposición del yo frente a lo desconocido. Sin embargo, esta práctica incurre en algo que puede resultar peligroso si es que no somos conscientes de la experiencia de los demás.

“La tendencia de la gente a creer en un Dios que se parece a ellos es consistente con un sesgo egocéntrico”, concluye el estudio.

Curiosamente, a pesar del sesgo egocentrista, tanto hombres como mujeres se imaginaron a un Dios masculino.

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