lo que nadie se imagina 29Lo que nadie se imagina 

Lo que nadie se imagina 29

La noche por Barranco era tan fría que congelaba el pecho, el corazón clausurado por despecho, por el desamor. Los amigos que miran ávidos a las chicas no eran correspondidos: se querían largar del boulevard al no sé donde, pero aseguraban que ese desconocimiento era más divertido que estar parado pasando frío. Ellos buscaban sexo fácil y divertido.

“Un poco de letra, cojudo… algo que tu no sabes”, me dijo el Pepe Rioba, que consume la última hoja de marihuana para luego pisar el troncho. Lo miro absorto y no supe cómo responderle, ¿le daría la razón? Acaso cómo sabe que aún soy virgen… Lastimosamente, como dice siempre mi padre cuando me ve con los amigos, los chibolos crecen rápido, tan rápido que a los doce años debutan los jóvenes.

Yo tengo 16 y aún nada… piticlean… sanito… virgen, pues.

Pepe Rioba agrupa a nuestra gente. Eramos unos cinco malandrines sedientos del encanto por la incertidumbre e hiperactivos por las hormonas revueltas. “Vamos a malograr a este huevón”, decía Pepe agarrándome por el cuello. Cierto que no fumo marihuana como él, pero algo quería hacer conmigo.

“Hay que llevarlo al troca a este brother, hay que llevarlo al dentista”, dijo Pepe mientras guardaba sus cigarros. Todos me miran y accedieron. Me mostraron el dinero para que acepte, que todo iba a ser pagadito. Pues cómo no iba a serlo, si nos reunimos esa noche, porque era mi cumpleaños.

Bajamos del taxi justo al frente del “dentista”. Se trata un local medio abandonado, por la Victoria. Mi amigo me cuenta, mientras ingresamos, que el local lo alquila un dentista para que vayan las putas vayan a hacer lo suyo. Ingreso y el olor al típico plástico dental se adentra a mis malos recuerdos con el dentista. Veo a mujeres semidesnudas caminando de un lado al otro. Habían tan solo tres clientes muy ebrios. Dos de ellos dormían y el otro gozaba del seno de una de las prostitutas.

“Cómo lo lame el huevón. Piensa que es el de su niña”, djio Pepe mientras me jalaba hacia un extremo del local.

Las chicas parecían conocer a Pepe. Sucede que él es del barrio y aquí todos se conocer por sobrevivencia ante la inclemencia delicuencial de las calles de La Victoria.

“Leidy, ya pues, baila para el piticlean de acá”, gritó Pepe mientras me sentaba a la fuerza.

Ni apenas caigo, una chica de unos treinta se acerca hacia mí. EN el camino se saca el sostén y acerca sus dos senos al rostro. Ella bailaba frenética, a ritmo del dinero que le dieron mis amigos antes de acercarse a mí. Ella se menea, mis amigos gritan como los nómadas, como el instinto de los hombres cuando claman por sexo salvaje. Me miran todos viendo mis movimientos, mi soltura, mi clase de introducción a la hombría, al decir “cogí la teta de una mujer que me tiré”: la titulación de un muchacho joven como yo.

“Agárrale las tetas, cojudo. Para eso hemos pagado”, me recomienda Pepe. Los demás miran ávidos las contorsiones de la chica. Yo, helado, temblaba… incluso, debajo del pantalón.

“Agárralas, huevón!”, gritaron los demás al unísono. “Agárrala cojudo, ya que esperas, mierda”, decía otro que estaba en la barra.

Trataba de distraer la mirada para no ver ese voluptuoso cuerpo. Ella se acerca, se acercan sus senos y yo en medio, entre dos gigantescas montañas donde al escalarlas con las manos se debaten mi pertenencia al grupo, mi valor como macho cabrío entre la gente, entre mí mismo y mi debut… Ella se acerca´más. Me susurra al oído… “hazlo… vamos… hazlo, papi”, dijo suave, cándida… deliciosa.

No le contesté y mis manos suben hacia sus pechos tensos y pesados por la gravedad.

Los apreté y el resto fue el grito sórdido del de seguridad, un par de mierdas y carajos que clavaron sobre mí el peso de la vergüenza ajena.

“Cochino de mierda”, me dijeron las señoritas de la noche mientras vomitaba la poca bilis que tenía en el estómago. Las nauseas, mi vómito en el suelo tibio, el olor a cigarro… mi vómito en el suelo otra vez.

Una vez en la calle, Pepe me toma del hombro. “Carajo, eres más salado”, dice entre risas. “Eres un cague de risa, en serio. Mejor vámonos”.

Cómo no reírse de la situación si cuando apreté los senos de Leidy estos expulsaron leche materna directo a mi boca… Y yo que soy intolerante a la lactosa desde que nací.

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