Reflexiones 

Érase una vez en alguna marcha

Los últimos tres meses fueron muy agitados en la vida política. Creo no estar exagerando, pues nunca en mi perra vida he imaginado salir a marchar un 25 de diciembre. Y es que la política -o la mala política- simplemente no respeta ni el nacimiento de Cristo para hacer sus canalladas, como lo fue el indulto presidencial al exmandatario, asesino y dictador Alberto Fujimori.

Desde esa fecha he participado en varias movilizaciones hasta fines de enero. El tiempo hizo que las cosas se calmaran y la frustración acabó por torpedear la rabia contra la institucionalidad. Ya no hay más marchas. Las noticias ahora nos amargan la vida con otra cosa. La gente cada vez cree menos en el poder de la democracia.

A pesar de haber sufrido hasta la asfixia los gases lacrimógenos de la policía en el Centro de Lima, me siento satisfecho de haberme llevado un par de experiencias bastante particulares. Algo que de a pocos me alimenta la fe por esta sociedad que por su ignorancia merece toda la mierda que padece.

¿Te he visto en algún lado?

Explotaron las primeras lacrimógenas. Mi grupo se había separado entre las callejuelas cerca a la Plaza Mayor. Los más afectados estaban siendo atendidos por transeúntes y personal de algunos colectivos. Agua, vinagre, pañuelos húmedos… El kit de supervivencia para todo tipo de manifestaciones.

Me hallaba a pocos metros de la Bolsa de Valores. Miraba a todos lados tratando de ubicar un rostro conocido. Fue durante esa búsqueda cuando a poca distancia otro manifestante hacía lo mismo. Cruzamos las miradas y hubo ese ‘te miro sin verte’ para ganar tiempo tratando de recordar la identidad de la otra persona. Finalmente tomé la iniciativa:

“Hola, viejo… Tengo pésima memoria, pero te conozco de algún lado”.

Él se rió y me tendió la mano.

“De algún lado nos conocemos… No sé de dónde, pero algún lado”.

“Sea como fuese, un gusto verte acá. Cuídate, viejo”, respondí.

Él desapareció entre la gente. Yo me volví a encontrar con los amigos a pocas cuadras de allí.

No es una buena marcha si…

Ninguna marcha se da por concluida si no acaba en borrachera. ¡Pero qué tales borracheras! No se equivoque, no son como las de cualquier fin de semana. Un buen amigo-cineasta-poeta-escritor-músico (sé que le encanta ese crédito) tiene la frase perfecta para ese momento en el que los bares nos invitan a compartir la mesa.

“Creo que ha llegado el momento de sus chelas democráticas, ¿no?”.

Qué bonita frase para reunir a los mismos siete u ocho borrachos que nunca se ponen de acuerdo para jugar fulbito, pero cuando hay marcha, los primeros en reservar la mesa del Bar Zela, Yield, Vichama, da igual el lugar. Lo importante es una mesa donde soltar nuestra rabia, compartir noticias, opiniones y algún que otro chisme para amenizar el cierre del día.

Las chelas democráticas nunca morirán mientras existan los enemigos de la democracia.

Reencuentros teóricamente esperados

Pierre Bourdieu decía que los sujetos sociales se organizan en campos sociales de acuerdo con sus intereses. Esto hace que existan infinitos campos sociales según los diferentes intereses comunes que estén en juego. Toda mi vida he empleado esta lógica social al analizar fenómenos sociales, incluso para la sustentación de mi tesis.

Las teorías sociales como que existen en un plano etéreo, en una nebulosa de ideas sobre cómo describimos la sociedad. Curiosamente fue durante estas marchas cuando fui testigo de los campos sociales de Bourdieu.

Prácticamente a todos mis colegas de la facultad los encontré allí, en el mismo bando que el mío indignados por la política -o la mala política-. ¡He visto hasta compañeros de los primeros ciclos! Uno acaba sintiendo que supo elegir a sus amigos después de todo. Curiosamente todos nos encontrábamos frente al Palacio de Justicia. Bastaba un movimiento de ceja o mentón para dar cuenta que estamos juntos, que te conozco y todo irá bien.

O en palabras de Bourdieu, un campo social en el que sus integrantes (mis amigos y yo) nos cohesionamos según una perspectiva singular de la democracia.

Ahora sí le gritas a la policía

Hay situaciones tan divertidas y contradictorias que uno simplemente no sabe dónde esconder la cabeza.

Ya había ocurrido dos encuentros contra la policía. Estos respondieron con gases lacrimógenos, perdigones y bombas de aturdimiento. Lo normal que uno espera en situaciones así… Al igual que los insultos contra la madrecita de todos los policías allí presentes.

“Oye, André… ¿Pero no que tu viejo fue policía?”

Un amigo de la universidad me hace recordar que sí -efectivamente- mi padre fue policía durante las décadas de 1980 y 1990. Lo miré divertido y le mostré un pedazo de plástico que saqué de mi billetera.

“Sí claro, hasta tengo mi carné de socio a los clubes policiales”.

No pudimos aguantar la risa por lo insostenible de la situación. Luego le conté que no solo mi padre perteneció a la institución: tengo un primo que actualmente es oficial de la PNP.

“Ahora sí te digo que me llega al pincho la policía, pero tampoco quiero que los maten ni que nos matemos. ¡Pero esto ya es inconcebible! No podemos echarles la culpa, tan solo cumplen órdenes”.

Mientras decía esto observaba el rostro de los efectivos que nos acordonaban el paso. Eran muy jóvenes, todos casi de la edad de mi primo y hasta menores. La verdad sentía algo de lástima en el sentido que quizá acabaron de policías, porque no tenían para más o simplemente era lo que había. Quizá también haya quienes por vocación son policías y son de los mejores que hay, aunque la corrupción ensucie a la institución.

Aproveché ese momento para unir cabos y darme cuenta que en ese instante, aunque la policía nos gaseaba por órdenes superiores, no los sentía mis principales enemigos. Esos son otros, los intocables, los que no se ensucian las manos.

Cada cara, cada rostro

Hay un momento especial en las marchas cuando me detengo por completo mientras la gente avanza. Me planto firme y miro todos los rostros, cada uno de ellos y trato de memorizarlos. Sé que es una tarea casi imposible, pero me esfuerzo.

Señoras, señores, jóvenes, adolescentes…

Observo a cada uno con la finalidad -muy personal- de darle un rostro a esta indignación política y social contra la institucionalidad. Trato de unirlos todos, de reconocerlos y tratar de identificar qué hacen en la vida cotidiana. Hay estudiantes, algunos son profesores, no faltan los más políticos ni los oficinistas. Lo que hago es mezclarlos de alguna manera hasta dar con una impresión humana de lo que ha motivado a miles de personas a tomar la calle.

No falta quienes se quejan de las marchas, asegurando que solo hacen tráfico y nada ganan a cambio. La verdad es que se ganan muchas cosas: presencia en medios de comunicación, generar debate en la agenda y presionar políticamente a los funcionarios públicos. No puedes comparar 20 mil likes en Facebook con 20 mil personas en una plaza. ¡Simplemente no tiene comparación!

Difícilmente Alberto Fujimori regrese a la cárcel y seguro me dirán que marché por las puras. Pues la verdad eso poco me interesa: salí a marchar porque me indigna hasta el alma esta situación política tan asquerosa. Lo que hice con mi presencia en la movilización es sumar un pequeño grano al descontento generalizado. La idea es darle un rostro, de hacer palpable y tangible que estamos hartos de la corrupción.

No se trata de ganar o perder. Se trata de hacerme notar, que existo y estoy descontento con lo que hacen con nuestro país.

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