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Reflexiones 

¿Cuánto realmente vales?

La pregunta incómoda de toda entrevista de trabajo: ¿cuál es su expectativa salarial?

Siento que en ese momento tienes dos caminos: o apuestas por sincerarte con una cifra de lo que vale tu servicio según las referencias del mercado o tiras la cifra al suelo como diciendo ‘¡aprovecha esta ganga!, ¡un buen profesional a remate!’.

El sincericidio de la expectativa salarial

Cuando te sinceras, corres el riesgo de ser expectorado porque la empresa no está dispuesta a pagar tanto. Si te tiras al suelo, posiblemente te llamen porque ahorras costos a la empresa. Esto de los recursos humanos también es una negación continua entre suplir una necesidad laboral con el personal adecuado. Y por personal adecuado no es el mejor profesional calificado, sino aquel que mejor cumpla la función según las exigencias del empleador.

Hay que ser idiota para contratar a un ingeniero eléctrico para que únicamente se dedique a cambiar las bombillas de la oficina. Se entiende, ¿no?

Esta última reflexión venía a mi cabeza cada vez que recordaba el sacrificio que significó hacer la maestría en Europa. ¿Debo pedir lo que valgo según mi cartón? ¿O debo adecuarme al sueldo según el puesto que me ofrecen?

Lo segundo es lo más realista. Las empresas cotizan los puestos según una escala y aceptan a quienes están dispuestos a cumplir con los objetivos mensuales y anuales. El cartón profesional funciona algo así como una garantía de tus servicios, pero por sí solo no te asegura el trabajo. Curiosamente esos puestos más altos a los que solo compiten los que tienen un buen cartón profesional suelen ser asignados por confianza. No esperes hallarlos en Computrabajo o Bumeran. Lo digo en serio.

¿Cuánto realmente vales?

Pero volvamos a la pregunta: “¿cuál es su expectativa salarial?”.

Pienso que a esta pregunta no debe responderse según lo que tú crees que vales para el mercado, sino según lo que tú crees que vale lo que harás en ese puesto. ¡Es lo más justo! Si te van a pagar según una escala de acuerdo al puesto, lo mejor es pensar cuánto vale ese puesto. ¡No pensar lo que vales tú!

¿Pero cuánto vales tú? ¿Se han hecho esa pregunta? ¿Cuánto crees que vale tus servicios profesionales?

No trates de responder a la pregunta usando como referencia tus sueldos pasados. Eso no sirve, porque lo que has hecho es prestar tus servicios a un puesto determinado. Cuando eso sucede, tus demás talentos y habilidades -que bien pueden funcionar como un activo- son relegados.

La mejor manera de saber cuánto vales es pensando como emprendedor. Piensa en algún proyecto y del valor que puedes generar en el mercado apostando todas tus potencialidades. Piensa en una proyección de un par de años para tener una idea de lo que serías capaz de generar.

Ahora viene lo más interesante. Piensa si ese monto que tú bien puedes generar solo corresponde con lo mismo que te pagarán en el puesto al que postulas.

He hecho este ejercicio un montón de veces. Sé muy bien que yo valgo más de lo que me podrían pagar en los puestos que he postulado últimamente. Esta diferencia felizmente no me desanima, sino todo lo contrario. Me hace sentar cabeza sobre mi potencial en el mercado y visualizar -sin egocentrismo- la oferta laboral.

Ya dejó de indignarme los sueldos bajos, porque entiendo cómo funciona el sistema de la oferta y la demanda. Digamos que tirar el sueldo al piso es una manera de adaptarse al mercado.

¿Pero no pierdes el tiempo si tienes potencial para más?

Obvio que sí, pero ese ‘potencial’ no lo veas relacionado siempre con el puesto laboral al que puedes alcanzar, sino con el valor que puedes ofrecer al mercado. El fin no es conseguir el empleo en sí, sino utilizar los recursos ganados en ese empleo para financiar tu propio proyecto. ¡La idea es invertir en uno mismo! Si sacaste la cuenta de que tus servicios valen más de lo que te pagarán, ¡qué estás esperando por creértelo!

A lo mucho que puede ocurrir es el malhumor de que no te paguen lo que realmente te mereces. Créeme que lo sé bien, pero siempre mira el lado amable de las cosas. Aunque sea algo más que nada, siempre aprovéchalo. Y aunque sientas la rutina laboral como días de mierda, pues recuerda que de la mierda se hace el abono. No dejes de apostar en ti.

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