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Hola. Sabes algo, hay personas quienes parecen nacer viudos. Y tú, que me conoces tanto, sabes que me refiero a mí mismo, que soy viudo desde que el enfermero golpeó mis nalgas para que me desahueve en esta vida que la llevo sobreviviendo.

Resulta, doctora… Lo sé, no te digo así, porque aún no terminas la Universidad, pero lo eres desde el momento que vomité bilis en tu vereda mientras el mundo que conocía -o creí conocer- se enfrascaba en una botella de licor. Pero te diré doctora, a pesar de que me digas que aún no lo eres.

Resulta que este último mes, doctora, que una cadena de eventos desafortunados colman mi paciencia y no sé…

¿Qué doctora? ¿Si tengo alguna necesidad?

Pues sí, no muchas, pero tengo básica y elementalmente una, que ahora me avergüenza mencionarla. ¿Que debo decirla? Tú ya lo sabes, aquello que me motiva… ¿Musas? Ellas mismas y las de siempre, doctora.

Hasta hace unos días la poesía fluye por sensaciones forzadas a mi sentir. ¡Se trata de buscarle la quinta pata al gato, doctora! Se está tratando ahora la poesía con cierto cinismo a la amargura, a las desavenencias caprichosas del destino correspondido, para sonreirle a la vida con un verso. Doctora, entiéndame, me están volviendo cojudo…

¿Quién lo hace? El mundo, doctora. El mundo me tiene así. Nadie sabe lo que los demás quieren, a pesar que el derecho categórico de mejoría sentimental sea lo más idóneo. El mundo parece mandar al carajo a Kant, doctora.

¿Que me tranquilice, que ya pasará? Tendrá razón doctora, pero cómo no relacionar esta serie de hechos desafortunados conmigo mismo, cómo no trazar un hilo conductor de cordura a las acciones “cuerdas” de los demás que me involucran o, peor aún, a la verdad antipática que no brinda oportunidades a mi buena voluntad, a la poesía inocente, enamoradiza y niña.

¿Qué hechos desafortunado, doctora? Temo no querer decírselos… ¿Que debo? Mantenga el secreto, por favor, doctora…. Lo siento, sé que respeta el derecho profesional que recién está aprendiendo. Sucede doctora que, en resumen de los hechos desafortunados, no puedo escribir más. No puedo, entienda, y no es porque voluntariamente no quiera, sino que más parece una labor masoquista al insinuar relatar bellos pétalos de una rosa, que solo está hecha de espinas. ¿Que me haga explicar, doctora? Le diré, está bien, sucede que ya las musas resultan mediáticas, doctora, se van ni a penas la poesía las describe como aquellas personas que las imagino, y que solo imaginaré, porque lamentablemente parecen ser más hermosas mientras menos las conozca. No tengo aquella musa que…que…

¿Que ya entiende mi necesidad, doctora?

Sí, exacto, de ese se trata, que me hace falta aquella musa a quien poder por fin cogerla de la mano, verla mientras duerme observando la televisión, pelliscarle las costillas para forzarle una sonrisa cuando se enoje conmigo, jugar michi cuando estemos aburridos viéndonos la cara, que me convenza inutilmente que soy un buen bailarín y transformarme en pañuelo cuando el hoy parece eterno en su trajín majadero…

De eso se trata doctora… No, qué diga, no se trató de las necesidades metabólicas de todo hombre, ni que lo diga.
¿Me entiende ahora, doctora? Sí, de escribir poesía desde “dentro” de lo que expongo y no de puro observador-imaginario-no-participativo. ¿Y por qué no lo hago, por qué no lo intento? Ay doctora… Esa es una historia más larga, pero se resume en intentos fallidos, de saltos de trampolín a una piscina vacía, de rosas escondidas en las carteras, de entumecer el cuerpo mientras se vomita un verso ausente de felicidad, de escarapelar el cuello cuando el invierno posa sus labios en él haciendo más presente su ausencia…

¿Lo ve doctora?

¡Acaba de suceder otra vez! Volví a escribir aquellos versos plañideros…

¿Tendrá todo solución, doctora? ¿Que ya es tarde? Sí, lo sé doctora, debe descansar… ¿Y mañana podemos hablar? Ya veo, tiene reunión de colegas… ¿Y pasado? ¿Tampoco? Bueno, sí, lo sé, tiene que hacer. ¿Cuándo la veo entonces? ¿Que Ud. me llama? Está bien, mi número es… ¿Ah, ya lo tiene? Bueno… ¡Qué bonito su consultorio, doctora, ese cuadro me recuerda a…! ¿Qué me dice? ¡Qué bonito lapicero, doctora! ¿Quién se lo regaló?

Está bien, no tiene que gritar, doctora. ¿Me llama, no? Espero su llamada. ¿Y tiene mi número? Sí, ya escuché que me dijo que sí, pero queria asegurarme. No tiene porque empujarme, conozco la salida.

¡Qué bonita foto, doctora! ¿Viajó a Cajamarca, no?

¡Yaaaaaaaaa!, ya me voy. Hasta mañana… que descanse. Yo trataré.

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