Cuentos 

Los malabares del miserable

“Disculpa, ¿esperaste mucho?”

Segisfredo Llorente toma asiento al lado de su cita hecho todo un caballero de la improvisación.

La camisa que lleva encima es prestada. Los zapatos finos se los robó a un primo que -por desgracia- perdió ambas piernas en un accidente de tráfico. El pantalón de marca se lo sacó de una colecta pro fondos para damnificados. El perfume es en realidad una muestra gratis de Hugo Boss que alcanzó a pillar diez minutos antes del encuentro.

“¿Pedimos algo? Tengo algo de hambre”, le dice Justina Pollet.

Segisfredo llama al camarero.

“Favor de atender lo que pida la dama. Para mí solo un vaso de agua”.

Justina interviene.

“¿No me acompañarás con algo?”

“Sí, con el agua”, responde.

Justina se encoje de hombros y pide un jugo acompañado de una empanada.

Ambos conversan un poco de muchas cosas. Se miran como buscando complicidad. Él se acerca un 90% a la cara -siguiendo los consejos de Hitch- para que ella solo disponga del 10% restante y así ver cómo acaba la tarde.

Segisfredo aprovecha que Justina se va al baño para revisar si tenía condones y se da cuenta que no. Pero él lo tiene todo planificado. Espera a que Justina regresa para que él vaya ahora a los servicios.

El café donde se encontraron no es mera casualidad; Segisfredo lo tenía friamente calculado: en menos de un kilómetro a la redonda hay un hotel barato, un centro comercial con uno de los cines más baratos de la capital y el tocador del mismísimo café tiene máquinas expendedoras de condones. Solo basta un par de puñetes para que cualquiera saque un par de condones.

Eso es lo que exactamente hace Segisfredo y vuelve tranquilo donde Justina. “Ningún soldado va a la guerra sin casco”, se dice así mismo mentalmente.

Ambos pagan la cuenta… Bueno, solo Justina. Aún el mundo no está en crisis como para que los restaurantes cobren por el consumo de agua.

La cosa se pone caliente y la pareja decide ir al hotel. Para esto Segisfredo quiso impresionar a Justina con su reluciente carro que hace un par de meses lo compró en una subasta de la SUNAT.

“¿Qué son esos agujeros en los asientos?”

Ah, faltó agregar eso. El auto estaba a la baja, porque allí mataron a dos narcotraficantes en el Callao. Uno de ellos justo estaba sentado donde ahora pasea la inocente Justina. Segisfredo obviamente cambia la versión.

“Te traje a un lugar donde nadie nunca más te llevará”

Segisfredo sabe lo que dice: dicha expectativa siempre funciona, porque ya estando en el lugar y con las hormonas revueltas, ya cualquier cuchitril con una cama funciona como escenario para el sexo descontrolado.

Segisfredo se adelanta unos metros de Justina para negociar con la encargada.

“Señora, ¿a cuánto el dormitorio más barato?”

“60 soles. Me deja su DNI y se paga por adelan…”

“No exagere, señora. Yo solo estaré un par de horas. No pasaré la noche aquí”.

“Así está el precio, señor”.

“Le explico la situación. Primero, yo no quiero televisor. Por las huevas es, porque ni veré las noticias”.

“Si así lo quiere, podemos bajar a 50 soles”.

“Pero, señora, las sábanas y las toallas están demás. No pasaré la noche aquí”.

“Con esas… Digamos unos 40 soles”.

“También puede quitar el jabón y hasta las cortinas. Ya es de noche y no prenderé las luces”.

“Señor, esto ya es el colmo. 30 soles y no hablamos más”.

Segisfredo paga lo acordado y la pareja sube de la mano.

“Qué raro este hotel… El cuarto prácticamente tiene solo la cama…”, dice Justina.

“Sí, eso fue justamente lo que me contaba la encargada. Hace dos días entraron unos ladrones a robarse todo de los cuartos. De haberlo sabido no te hubiese traído…”

“Descuida, quítate la ropa…”

Acabada la faena, Segisfredo y Justina salen del hotel. Ya son las dos de la mañana.

“¿Me acompañas a mi casa?”, dice Justina.

“Lo siento, mi madre me acaba de escribir al celular para que pase por la farmacia. Me está esperando ahora mismo por la pastilla”.

Por si ya se lo imaginan, esto también es una mentira: su madre murió cuando él tenía siete años. Como ya está muerta, Segisfredo no cree que eso le moleste a estas alturas de la vida.

Justina se vuelve a encoger de hombros y pide un Uber.

Segisfredo hace que chatea con su madre.

El taxi llegó justo a tiempo y Justina se despide.

Segisfredo sonríe de su hazaña.

“No he perdido el toque, carajo”, se dice orgulloso mientras camina de regreso a casa con su último botín: mete las manos a los bolsillos y saca las pilas del control remoto que robó del dormitorio del hotel.

“Ahora sí tengo para los relojes de la casa”.

Ríe, camina, se aleja y se pierde en la ciudad.

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