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Reflexiones 

Se busca confidente

“Déjame pensar cómo te cuento esta historia para que no quedar como un completo imbécil”. Siempre he dicho esa frase cuando debo empezar un relato vivencial y trato de cuidar los detalles para no dar cuenta de algún error mío o simple inmadurez.

Cada quien cuenta las historias que más les conviene.

Pero mi tema ahora es alejarme de esta premisa para contar sin tapujos cada episodio inenarrable en la que yo soy el bufón protagónico de tantas sinvergüencerías o cada capítulo en el que soy alguien completamente distinto a lo que proyecto ser, como el romántico empedernido o el timorato en nuevas aventuras pasionales.

Lo curioso de esta situación es que para estas cosas se necesita un confidente. Hay quienes optan por sus mejores amigos, pero temo que no es lo más recomendable porque hay asuntos que merecen otro nivel de secretismo, uno en el que confesar algo no te hace objeto de burlas inocentes o de prejuicios.

El confidente es alguien que ya está dispuesto a escuchar secretos. El mejor confidente es el que se autodenomina así, porque asume su rol de forma activa. Digamos que ya está preparada para escuchar las barrabasadas que estás por confesar sin filtro alguno, porque sabe a lo que se está metiendo.

¿Pero hasta qué nivel? La mejor prueba para evaluar a un confidente es saber si es capaz de aguantar las confesiones  que hacen referencia a su persona; es decir, que el confidente escuche un secreto íntimo del locutor que trata sobre él.

Creo haberlo hecho un par de veces, pero no con el objetivo de conseguir algo más o producir una reacción en el confidente. No se trató de una confesión dirigida, sino simple sincericidio: el placer de ser un hombre-bomba por amor a la verdad más pura.

Lástima que no siempre un buen confidente es capaz de identificar dos cosas fundamentales: el relato de una verdad cuyo contenido guarda relación necesariamente con los demás (no somos seres que se desarrollan en la pura independencia, sino sujetos sociales sometidos a experiencias compartidas) y el prejuicio de lo que es creer que todo lo que alguien confiesa tiene necesariamente un objetivo.

Lo segundo siempre es más difícil, porque dicha reacción es un mecanismo de defensa para evitar involucrarnos en algo ajeno, cuando en realidad quien se involucra mentalmente es uno mismo al simplemente oír una información reveladora sobre un estado determinado de la realidad de alguien. Confesar “tengo hambre” no necesariamente significa “aliméntame”, sino solo eso: tener hambre.

Oscar Wilde ya lo advertía en el pasado: “un poco de sinceridad es algo peligroso, y mucha es absolutamente fatal”. Por eso pienso que el papel de confidente es algo que se vive al extremo, al borde de la fatalidad de las relaciones interpersonales pero aún así capaz de guardar las formas, de ajustar el calibre de las palabras. Siento que es como jugar a la daga con alguien más, como lanzar los cuchillos al aire para bailar debajo con los ojos vendados.

¿Crees poder soportarlo? Pues busco confidentes.

Foto: Alfredo Castilla – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

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