Amor Poesía 

Las noches pupila

Ahora que vivo entre cuatro paredes blancas, parece ya un recuerdo el sueño de haberte visto la última vez, desnuda a contraluz desde tantas ventanas y cada una con un sol distinto según las distintas horas de la mañana, de la tarde y del amor que se acurruca siempre de noche.

Te cuento que aquí todo anda bien en la medida de lo posible. Aún me visitan mis seres queridos que ya casi ni me quieren, suelo tener citas con las agujas que cada vez me hacen doler menos el trasero y ya no lloro por las noches por culpa de la muerte de alguna de mis hormigas, de mis tan queridas amigas que me acompañan a las 5.54 de todas mis tardes para disfrutar de mi postre favorito: el pastel de vainilla con pecas de chocolate.

Como es costumbre en este lugar, no tengo a casi nadie con quien hablar, solo millones de figuras producto del espejismo de una humanidad que cruza el vestíbulo de mi pabellón. Eso sí me pone algo triste, tanto que suelo sacar mi mano a través de mi pequeña ventana con barrotes de la puerta por si un día me contestas, por si cruzas desde la imaginación hacia la realidad para tomarme de los dedos y arrancarme el alma del cuerpo, que morirme ya no es una preocupación si me robas la vida en dulce agonía.

¿Qué diferencia tiene eso ya, mi chascona pequeñita? ¿Qué diferencia tiene si en tus ojos muere la tarde y yo con ellos en los ocasos que observo a través de estas rejas?

Pero no sabes cómo se siente eso… No sabes lo difícil que es ser testigo de una naturaleza que envejece conmigo mientras me hundo en colores grises, verdes y azules, en tonalidades que me extravían la mente en el recuerdo de tu iris durante la lenta extinción de las tardes, y todo acaba cuando la oscuridad hace lo suyo, cuando los colores del ocaso de tu iris se transforman en pupila de color noche.

Porque son en las noches pupila cuando no puedo dormir al sentir que me observas desde todos lados, como si el universo oscuro sobre el techo del mundo fuese tu pupila entera, y me miraras desde la mesita de noche y por debajo de mi álbum de estampillas y por encima del librero.

Es durante la noche pupila cuando el síndrome de abstinencia reaparece contigo a través de tu ausencia, incrustándote en la memoria y solo atino a temblar, y tiemblo hasta atraer a los médicos, los doctores, los asistentes… A las agujas, a la anestesia, a las lágrimas… A la inconsistencia de mis palabras, a mi rostro pegado al espejo del baño durante madrugadas enteras, mojado con agua fría y de pie con un sueño inducido que de pesadilla solo tiene su despertar.

Ahora no duermo más, no quiero más noches pupila si es que no estás al lado de mi almohada para tranquilizarme acariciándome el rostro y convencerme que no eres una gigante que por las noches observa muy de cerca el mundo, sino que el mundo lo veo a través de tus ojos y desde tu cabeza recostada al lado de la mía, y que así sea cada noche por siempre y siempre a partir de las 5.54 de la tarde, porque así podría lamerte feliz las mejillas como si fueses -ahora hecho persona- mi pastelito de vainilla con pecas de chocolate que tanto adoro.

Foto: Jack Gittoes – Pexels. Bajo licencia de Creative Commons

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