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Cuentos 

Las mujeres de la vida

Recuerdo las circunstancias de tu tremenda pregunta y mi poca revelación. “¿Sigues inspirándote en las mujeres de tu vida?”. Te miré con ternura y me mantuve en silencio el tiempo suficiente para que te acomodes en el sillón, viendo a través de tus lentes de carey mi incomodidad.

“No tengo tantas vidas como para dedicar más de una a cada mujer de mi vida”.

Te reíste traviesa. Seguías callada esperando una respuesta más convincente. Me miraste frunciendo los labios rojitos mostrando insatisfacción y llevando el licor de uva a tus labios. Todo un ritual para ahorcarme en silencio para que confiese más cosas.

“Pero si de mujeres de la vida se tratan… Las mejores son aquellas que ni saben que existo… o al menos que no saben que son justamente las mujeres de mi vida. Suelo ir mucho tras bambalinas, incluso cuando el cuerpo y el alma me llaman a atravesarme en vidas ajenas. Todo por amor al arte”.

Abriste los ojos no tan sorprendida. Pero cómo diablos sabes manipularme.

“Ojo, no hablo de ser enamoradizo ni de infinitas mujeres. Las cosas obviamente cambian cuando estoy en una relación. Pero si me preguntas por las mujeres de la vida te diré que son criaturas que me arrancan del pecho un aire frío que entumecen mis extremidades hasta tal punto que la sangre se dispara en la cabeza, estimulando la ansiedad por crear. Puede ser algo muy espontáneo, pero ocurre en tan poquísimas veces. Esa ansiedad por crear, en este caso la escritura, es para tranquilizar tanta intranquilidad. Si ando tras bambalinas es porque la naturaleza está hecha para ser contemplada… Será sea mi idea de musas perfectas impolutas y yo, ser imperfecto, no creo ser capaz de siquiera interrumpir tan bello espectáculo de lo simple, minimalista y bello. Lo sé, ellas tampoco son perfectas pero eso quiero creer. Se trata de sueños frágiles que ponen a prueba una pasión no sobre las personas, sino sobre las ilusiones de mis ideas. Ilusiones, la delicia de lo efímero pero auténtico en tan poco tiempo que muere antes de nacer una realidad”.

Me observas callada con rostro de satisfacción, pero sin dar palabra alguna. Doblas la servilleta y cambias de hombro el rollo de cabello que te dejas caer con tanta frescura. Subes los zapatitos al soporte que hay debajo de tu silla para acercar tu rostro al mío y atravesarme como una espada las pupilas, como si pudieras verificar en alguna fibra de mi iris la verdad.

“Menuda pregunta la tuya. Creo que es tu vanidad saber estas cosas, porque no eres ciega para no ver lo evidente y de mí no sacarás una confesión”.

Te reíste satisfecha de haber descubierto tus pretensiones, tu complicidad por el arte de inspirar.

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