Cuentos Ficción 

Antípoda

Un día caminando de cabeza sobre el cielo, te encontré paseando a tus peces sobre la arena. Estabas justo frente a mí de cabeza y yo de cabeza frente a ti, ambos pisando nuestra propia Tierra como si fuésemos habitantes de dos canicas que están muy próximas entre sí. Nos miramos como sujetos extraños, pero con cierta esencia que solo dos extraños sienten cuando creen que hay una pizca en común entre ambos.

Te tendí la mano para besarte los nudillos y tú me recibiste con la planta del pie. Ambos nos tomamos de la mano para ver quién salta al mundo del otro, o si uno de ambos se paraba de manos para ver correctamente la vida del otro, desde una perspectiva que está -efectivamente- de cabeza, pero todo en orden.

Pero cómo seremos de majaderos que ninguno de los cedió.

Fue entonces cuando corriste hacia tu horizonte y yo te perseguía detrás, te miraba alejarte como si observara las nubes y tú me mirabas como si una estrella fugaz te siguiera los pasos a toda velocidad. Así estuvimos de divertidos sin mediar palabra, tú jalando a tus peces renegones y yo tratando de no golpearme con los árboles mientras te seguía viendo -oh, mi nube pequeñita- con el cuello casi partido en dos.

Pero cómo será la física que mientras más nos divertíamos corriendo hacia el horizonte, la curvatura de nuestras respectivas Tierras nos iba alejando uno del otro mientras corríamos. Qué curioso era andar contigo en la misma dirección para luego caer con la sorpresa que al mismo tiempo te alejabas de mí.

Tanto así fue que nos hacíamos pequeñitos a mayor distancia recorrida, pero eso no nos detenía. ¡Qué importaba! Seguíamos jugando así hasta que cayó la noche.

Cuando la oscuridad cubrió nuestras cabezas, me quedé tan quieto como un faro que espera ver alguna nave que dé pista sobre algún alma humana en tanto vacío natural.

¡Entonces apareciste brillante!

Tuviste el tino de encender algo que parecía una antorcha y seguir corriendo hacia tu horizonte, dejando una estela de chispas alrededor. ¡Obvio que eras tú! Yo tuve a la mano una pequeña linterna, la encendí para darte unas señales -a las que tú contestaste agitando la antorcha en círculos- y nos echamos a correr nuevamente.

¡Qué risas aquellas! Yo aún viéndote en el cielo, viéndote correr como si estuviéramos juntos…

“¿Qué andas haciendo? ¿Por qué corres detrás de una estrella fugaz?”, me preguntó un amigo sumamente preocupado.

“¡No es una estrella! ¡Es ella!”, contesté.

“¿Ella quién?”, preguntó.

“La que pasea sus peces en el cielo”, respondí con una sonrisa.

Al cabo de un par de horas, mi lámpara dejó de iluminar por falta de energía en las baterías. Casi al mismo tiempo, la  llama de la luz de mi compañera celestial se extinguió. Besé la punta de mis dedos y alcé mi mano lo más posible en dirección al cielo.

“A ver si mi beso llega a tocar tus mejillas”, pensé.

Susurré un buenas noches y me eché a dormir.

Desde entonces me pasé la vida medianamente feliz y al mismo tiempo un poco triste. Traté de convencer a todos mis amigos que tú no eras un cuerpo celeste que brilla con luz propia en el firmamento, ¡sino una linda niña que pasea sus peces en un mundo de cabeza!

“¡Que eres un tonto! ¡Era una estrella fugaz!”, me decían en la escuela los amigos, los enemigos, los profesores.

Ahora que soy anciano, creo que si algo tuviste de estrella fugaz es nunca haber vuelto aparecer en mis noches desde hace 76 años. Si por casualidad vuelves a aparecer en el firmamento y llegas a leer este mensaje, quiero que sepas que en las puntas de mis dedos te aguardan 27 740 besos esperando tu mejilla.

Foto: Max Pixel. Bajo licencia de Creative Commons

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